lunes, 2 de enero de 2012

Primera Parte, Capitulo Diecinueve

Nicolás  estaba furioso con Eugenia.
—No quiero que metas las narices en esto.
—Sólo quiero que te tranquilices un poco. Vamos dentro.
Él subió las escaleras y abrió de un tirón la puerta metálica. Estaba demasiado alterado para prestar atención a los lujosos muebles que hacían de la RV de Eugenia la caravana más ostentosa del circo.
—¡Es una ladrona! ¡Mi hija es una puta ladrona! Permitió que se culpase a Rocío . —Apartó a un lado un juego de pesas y se dejó caer sobre el sofá, donde se pasó la mano por el pelo.
Eugenia agarró una botella de Jack Daniel's del armario de la cocina y llenó dos vasos. Ninguno de los dos era bebedor y Nicolás  se sorprendió cuando ella vació el contenido de uno de los vasos antes de pasarle el otro. Cuando se acercó a él la bata se le ciñó a las caderas, haciendo que Nicolás  se olvidara de su enfado, aunque sólo fuera por un momento.
Eugenia tenía la habilidad de nublarle la mente. No era algo que le gustara y había luchado contra ello desde el principio. Era engreída, terca y lo volvía loco. Era de esas mujeres que tenían que estar al mando en cualquier situación, un control que él nunca cedería a una mujer por mucho que lo atrajera. Y no había ninguna duda de que Eugenia Quest lo atraía. Era la mujer más excitante que había conocido nunca. Y la que más lo irritaba.
Eugenia le dio el vaso de whisky y se sentó a su lado. Al hacerlo se le abrió la bata dejando al descubierto un muslo. Era vigoroso y esbelto y Nicolás  sabía, tras haberla observado trabajar con los trapecistas, lo tonificado que estaba. En la RV se encontraba todo el equipo que ella utilizaba para mantenerse en forma. Había instalado una barra de ejercicios sobre la puerta del dormitorio. En la esquina había un banco de entrenamiento con un surtido de pesas de mano.
Eugenia se reclinó sobre los almohadones del sofá y cerró los ojos. Arrugó la cara, casi como si fuera a echarse a llorar, algo que nunca le había visto hacer.
—¿Eugenia? —Ella abrió los ojos. —¿Qué te pasa?
La mujer apoyó un tobillo en la rodilla opuesta adoptando una postura típicamente masculina. Era tan descarada que Nicolás  no entendía cómo podía parecer a la vez tan femenina.
Vislumbró un retazo de seda púrpura entre las piernas de Eugenia y encontró un blanco para su furia.
—¡Por qué no te sientas como una señora en vez de como una vulgar mujerzuela!
—No soy tu hija, Nicolás . Me sentaré como me dé la gana.
Nicolás  nunca le había pegado a una mujer en su vida, pero en ese momento supo que le estallaría la cabeza si no la provocaba. Con un movimiento tan rápido que ella no lo vio llegar, la agarró de la bata y la puso en pie de golpe.
—Te la estás buscando, nena.
—Por desgracia, tú no eres lo suficiente hombre para darme lo que quiero.
Nicolás  no pudo recordar ninguna otra ocasión en la que se sintiera tan furioso y Eugenia se convirtió en el blanco de todas las emociones que estaban a punto de explotar en su interior.
—¿Me estás provocando, Eugenia? ¿Es que no tienes a mano a nadie mejor que yo? Soy el hijo de un carnicero de Brooklyn, ¿recuerdas?
—Lo que eres, es un bastardo deslenguado. Lo insultaba a propósito. Era como si ella misma quisiera que la lastimara, y el estaba dispuesto a complacerla. Le abrió la bata y se la arrancó de un tirón.
Eugenia se quedó desnuda salvo por unas provocativas bragas de seda color púrpura. Tenía los pechos grandes y los pezones oscuros del tamaño de una moneda de medio dólar. Ya no tenía el vientre plano y sus caderas eran más redondeadas de lo que deberían ser. Era voluptuosa y madura en toda la extensión de la palabra, y Nicolás  nunca había deseado tanto a una mujer.
Ella no hizo ningún intento por cubrirse, sino que le sostuvo la mirada con un descaro tal que le dejó sin aliento. Eugenia arqueó la espalda y colocó la pierna izquierda delante de la derecha con un movimiento elegante. Luego plantó la mano sobre la cadera. Sus pechos se balancearon ante Nicolás  y éste perdió el control. —Que te jodan. Ella siguió provocándole.
—Eso intento, Nicolás . Eso intento.
Intentó agarrarla, pero olvidó lo veloz que era. Eugenia se alejó con rapidez, con el pelo rojo flotando a su espalda y los pechos rebotando. Nicolás  se abalanzó tras ella, pero se le volvió a escurrir entre los dedos. Eugenia se rio, pero no fue un sonido agradable.
—¿Estas mayor para esto, Nicolás?
Iba a domesticarla, no importaba lo que tuviera que hacer. Impondría su voluntad sobre esa mujer.
—No tienes ni la más mínima oportunidad —se burló él.
—Ya veremos. —Eugenia le arrojó una de las pesas, que cayó rodando al suelo como si fuera un bolo.
A pesar de la sorpresa, él la esquivó con facilidad. Vio un destello de desafío en los ojos de Eugenia y cómo le brillaban los pechos por el sudor. El juego había comenzado.
Nicolás  hizo una finta a la izquierda y luego se volvió a la derecha. Por un momento, la tomó por sorpresa, pero cuando él le rozó el brazo con los dedos, ella dio un salto y se colgó de la barra de ejercicios que había en el dintel de la puerta.
Con un grito triunfal, Eugenia comenzó a balancearse, hacia delante y atrás. Arqueó la espalda y enagarró las piernas, usándolas para golpearlo. Sus pechos se movían como una invitación y aquellas diminutas bragas púrpuras se deslizaron a un lado, revelando el vello rojizo que cubrían. Nicolás  nunca había visto nada más hermoso que Eugenia Cardoza Quest, la reina de la pista central, actuando para él en esa representación privada.
Aquello sólo tenía una salida posible. Nicolás  se quitó la camiseta y los zapatos. Ella siguió meciéndose mientras observaba cómo él se quitaba los pantalones cortos. A Nicolás  no le gustaba llevar ropa interior y estaba desnudo debajo de ellos.
Los ojos de la mujer escrutaron cada centímetro de su cuerpo; Nicolás  sabía que ella apreciaba lo que veía.
Cuando se acercó, Eugenia le dio una patada, pero él la sujetó por los tobillos.
—Bueno, a ver qué tenemos aquí. Le separó lentamente las piernas formando un arco. —Eres un demonio, Nicolás  Pepper.
—Ya deberías saberlo. —Le recorrió las corvas con los labios y siguió explorando, ascendiendo por el músculo del interior del muslo. Cuando alcanzó el retazo de seda púrpura, se detuvo un momento para mirarla a los ojos, luego inclinó la cabeza y la mordisqueó a través de la delicada tela.
Ella gimió y apoyó los muslos en sus hombros. Él aferró las nalgas de Eugenia con las palmas de las manos y continuó con su húmeda caricia. Eugenia cambió de posición y se soltó de la barra. Nicolás  profundizó la presión de su boca mientras ella cabalgaba sobre sus hombros y se apretaba contra él.
La mujer echó la cabeza hacia atrás mientras la llevaba por el pasillo hacia la enorme cama de la parte trasera. Se dejaron caer sobre ella. Eugenia perdió el control cuando Nicolás  le quitó las bragas y hundió los dedos en su interior mientras se recreaba en sus pechos.
Eugenia se retorció para colocarse encima y montarle, pero él se lo impidió.
—Aquí mando yo.
—¿De verdad crees eso?
—Por supuesto que lo creo. —La puso boca abajo, luego la colocó de rodillas para poder penetrarla desde atrás, pero se dio cuenta de que no podía tomarla de ese modo. No quería negarse a sí mismo el placer de observar la arrogante cara de Eugenia cuando se hundiera en ella.
Antes de que pudiera hacer nada, ella emitió un gruñido que se convirtió en un gemido. Con un poderoso movimiento, Eugenia se volvió y pasó la pierna por encima de la cabeza de Nicolás  para quedarse boca arriba. Él pudo sentir un deseo tan poderoso como el suyo.
El pecho de Eugenia subía y bajaba agitadamente.
—No vas a doblegarme.
—Quizá no quiera.
Aquellas palabras los tomaron a los dos por sorpresa y, por un momento, no dijeron nada más.
Eugenia se humedeció los labios.
—Bien. Porque no podrías hacerlo. —Extendió las manos hacia él y agarró los poderosos brazos de Nicolás  para atraerlo hacia ella. Eso lo colocó en la posición dominante pero, como era ella quien lo había dispuesto así, él no se sintió tan dominante como quería y la castigó con un envite profundo y duro.
Eugenia respondió alzando las caderas para recibirlo y su gutural susurro resonó en los oídos de Nicolás .
—Ya puedes tomártelo con calma, bastardo, o te mataré.
Él se rio.
—Eres desquiciante, Eugenia Quest. Realmente desquiciante.
Ella cerró el puño y lo golpeó en la espalda. Se desató una batalla por el poder y, por un mudo acuerdo, se decidió que el primero que alcanzara el éxtasis sería el perdedor. Una trapecista y un equilibrista; la flexibilidad de sus cuerpos otorgaba infinitas posibilidades a su manera de hacer el amor. Celebraban la necesidad de conquistar, pero cada castigo erótico que se infligían el uno al otro también se lo infligían a sí mismos. Esto los obligó a utilizar sus afiladas lenguas como armas de batalla. Ella dijo:
—Sólo me acuesto contigo para que no lastimes a Heather.
—Ha sido lo único que se me ha ocurrido para que te tranquilizaras.
—Mentirosa. Necesitabas un semental. Todos saben cuánto necesita a sus sementales la pequeña Eugenia.
—No eres un semental. Sólo un caso de caridad.
—¿Es Gastón el único al que quieres como semental? Lástima que él no te quiera a ti.
—Te odio.
Y así siguieron, hiriéndose y castigándose hasta que, de repente, dejaron de decirse aquellas crueles palabras. Se unieron, escalando juntos hasta la cima y, en un momento arrebatador, se olvidaron de todo.
Después Eugenia intentó salir apresuradamente de la cama, pero Nicolás  no la dejó.
—Quédate aquí, nena. Sólo un momento.
Por una vez, la dueña del circo contuvo su afilada lengua y se giró en los brazos de Nicolás . Los mechones de su pelo rojizo se esparcieron como cintas relucientes sobre el pecho masculino.
—Rocío será ahora una heroína. —Nicolás  sintió cómo se estremecía al decirlo.
—Se lo merece.
—La odio. La odio.
—No tiene nada que ver contigo.
—¡No es verdad! No sabes nada. Las cosas iban bien cuando todos pensaban que Rocío era una ladrona. Pero ahora no. Ahora Gastón pensará que ha ganado.
—Olvídalo, nena. Simplemente olvídalo.
—No me das miedo —le dijo desafiante.
—Lo sé. Lo sé.
—No me da miedo nada.
Él la besó en la sien pero no la llamó mentirosa. Sabía que Eugenia tenía miedo. Por alguna razón, la reina de la pista central ya no se reconocía a sí misma y eso la asustaba muchísimo.

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