martes, 31 de enero de 2012

Primera Parte, Capitulo Nueve

  
Daphne vivía en la casita más bonita del Bosque del Ruiseñor. Estaba sola en medio de una gran arboleda, lo que sig­nificaba que podía tocar la guitarra eléc­trica siempre que quisiera porque nadie se quejaba.

Daphne se pierde.

Gastón tenía el teléfono móvil pegado a una oreja y el te­léfono de la casa de huéspedes pegado a la otra, y se pasea­ba nervioso por el vestíbulo ladrándole órdenes a su gestor y a otra persona que debía de ser su secretaria o su casera. Detrás de él, una imponente escalinata de nogal subía me­dio piso y luego seguía hacia arriba formando un ángulo rec­to. Las barandas estaban llenas de polvo, y la alfombra que recubría los escalones, aunque tenía un bonito estampa­do, necesitaba con urgencia un aspirador. Una urna llena de plumas de pavo decaídas coronaba una pilastra en el re­llano.
Los pasos de Gastón la estaban poniendo nerviosa, así que Rocío decidió explorar la casa mientras él hablaba. Con Cafretrotando detrás de ella, avanzó lentamente hacia el salón de delante. El sofá capitoné y unas agradables sillas viejas esta­ban tapizados con bonitas telas de ranúnculos y rosas. Es­tampas botánicas y escenas pastorales colgaban en marcos dorados de las paredes de color crema, y unas cortinas de en­caje flanqueaban las ventanas. Candelabros de latón, una va­sija china y algunas cajas de cristal ornamentaban la repisa de la chimenea. Por desgracia, el latón estaba deslustrado, el cristal mate y la vasija llena de polvo. Una alfombra oriental punteada de pelusas contribuía a darle a la estancia el aire de dejadez general.
Lo mismo se podía decir de la sala de música, donde el tradicional papel pintado con dibujos de piñas servía de telón de fondo para las sillas de lectura, con dibujos de rosas, y un clavicordio. Sobre un escritorio esquinero había algunos utensilios de marfil, junto con una anticuada estilográfica y un bote de tinta. Un par de candelabros de plata deslustrada y una jarra de cerveza con forma de persona coronaban la es­cena.
Una mesa de estilo reina Ana y diez sillas de respaldo alto a juego embellecían el comedor, al otro lado del pasi­llo. La característica dominante de la sala era una ventana salediza cuadrada que proporcionaba una generosa pano­rámica del lago y los bosques. Rocío sospechó que los altos floreros de cristal del aparador habrían contenido flores frescas cuando tía Judith todavía vivía, pero ahora la repisa de mármol estaba abarrotada de bandejas de servir el desa­yuno.
Atravesó una puerta de la parte posterior y entró en una trasnochada cocina campestre alicatada con azulejos azules y blancos, y equipada con unos armarios de madera sobre los cuales había una colección de cántaros de porcelana. En el centro, una robusta mesa rústica con una plancha de mármol servía como espacio de trabajo, pero ahora su superficie es­taba repleta de cuencos sucios, cáscaras de huevo, mesuras y un tarro abierto con arándanos secos. El moderno horno, de tamaño de restaurante, necesitaba una limpieza, y la puerta del lavaplatos estaba mal cerrada.
Frente a las ventanas había una mesa redonda de roble para cenas informales. Cojines estampados cubrían el asien­to de las sillas rústicas, y del techo, justo sobre la mesa, col­gaba un candelabro de estaño con algún que otro golpe. De­trás de la casa, el patio bajaba en pendiente hacia el lago, flan­queado por el bosque.
Rocío echó una mirada furtiva a una gran despensa bien abastecida que olía a especias para hornear; luego entró en una pequeña habitación contigua, donde, encima de una vieja mesa de taberna, un moderno ordenador indicaba que aquello era el despacho. Estaba cansada de andar, así que se sentó y lo conectó. Veinte minutos más tarde oyó a Gastón.
-¡Rocío! ¿Dónde demonios te habías metido?
Aquella rudeza slytherin no merecía una respuesta, así que hizo oídos sordos y abrió otro archivo.
Para ser un hombre tan grácil, aquella mañana sus pasos eran inhabitualmente pesados, y rocío le oyó llegar mucho antes de que él la localizara.
-¿Por qué no me has respondido?
Rochi recolocó el ratón mientras él se acercaba por detrás, y decidió que había llegado el momento de plantarle cara.
-No respondo a los rugidos.
-¡Yo no rugía! ¡Yo estaba...!
Como calló de pronto, Rochi alzó la mirada para ver qué le había distraído. Detrás de la ventana, una mujer muy jo­ven con un reducido pantalón corto negro y un top ajusta­do pasó corriendo por el jardín, seguida por un hombre igualmente joven. Ella se volvió y corrió hacia atrás, riendo y burlándose de él. Él le gritó algo y la muchacha asió el do­bladillo de su top y tiró de él hacia arriba, mostrándole por unos instantes sus pechos desnudos.
-Uf -dijo Gastón.
Rocío sintió calor en la piel.
El joven la tomó por la cintura y la arrastró hacia el bos­que para que no les pudieran ver desde el camino, aunque Gastón y Rocío podían verles claramente desde donde esta­ban. El joven se apoyó contra el tronco de un viejo arce. Ella saltó de inmediato encima de él y se abrazó con las piernas a su cintura.
Rochi sintió agitarse la lenta pulsación de la sangre inac­tiva mientras observaba a los jóvenes amantes devorarse el uno al otro. Él asió el trasero de la chica. Ella apretó sus se­nos contra el pecho del mozo y luego, apoyando los codos en sus hombros, le agarró la cabeza con fuerza, como si no le estuviera besando ya lo bastante a fondo.
Rocío oyó que Gastón se movía detrás de ella, y su cuer­po experimentó un perezoso estremecimiento. Sentía su al­tura asomándose por detrás de ella, percibía su calidez a tra­vés de su fino top. ¿Cómo podía oler tan bien alguien que se ganaba la vida sudando?
El joven le dio la vuelta a su amante para que apoyara su espalda contra el árbol. Metió su mano bajo la camiseta y le magreó un pecho.
Rocío sintió un hormigueo en sus pechos. Quería dejar de mirar, pero no lo lograba. Aparentemente, Gastón tampo­co, porque no se movió y su voz pareció vagamente ronca.
-Diría que acabamos de echarles la vista encima a Amy y Troy Anderson.
La joven se dejó caer en el suelo. Era bajita, pero pasi­larga; tenía el pelo rubio ceniza y lo llevaba recogido con una diadema violeta. El pelo de él era más oscuro y muy corto. Era un joven delgado y un poco más alto que la chica.
Las manos de ella se deslizaron entre sus cuerpos. Rocio sólo tardó un momento en descubrir qué estaba haciendo.
Desabrocharle los vaqueros.
-Lo van a hacer justo delante de nosotros -dijo Gastón en voz baja.
Su comentario despertó a Rocío de su trance. Se apartó de un salto del ordenador y le dio la espalda a la ventana.
-No delante de mí.
Gastón apartó la mirada de la ventana y la posó en Rochi. De entrada no dijo nada. Se limitó a observarla. Ella sintió de nuevo esas palpitaciones perezosas en su corriente san­guíneo. Le recordaron que, aunque habían tenido relaciones íntimas, ella no le conocía.
-¿Se está poniendo demasiado caliente para ti?
Rocío estaba sin duda más caliente de lo que hubiera querido estar.
-No me va el voyeurismo.
-Eso sí que me sorprende. Teniendo en cuenta que te gusta atacar a los desprevenidos, habría jurado que estaba entre tus predilecciones.
El tiempo no había ayudado a aliviar la vergüenza que sentía Rocío. Abrió la boca para pedir disculpas nuevamen­te, pero la expresión calculadora que descubrió en la mirada de Gas la detuvo. Con asombro, se dio cuenta de que Gastón no tenía interés alguno en humillarla. Lo que pretendía era divertirse discutiendo.
Se merecía una de las mejores salidas de Rocío, pero su cerebro había estado inactivo durante tanto tiempo que le costó encontrar una respuesta.
-Sólo cuando estoy borracha.
-¿Estás diciendo que aquella noche estabas borracha?-dijo mirando hacia la ventana y luego de nuevo hacia ella.
-Totalmente piripi. Stolichnaya con hielo. ¿Por qué otro motivo crees que me comporté de aquella manera? Otra mirada por la ventana, ésta un poco más larga.
-No recuerdo que estuvieras borracha.
-Estabas dormido.
-Lo que recuerdo es que me dijiste que eras sonámbula.
Rocío soltó un resoplido simulando estar ofendida.
-Bueno, no quería confesarte que tenía problemas con el alcohol.
-Te veo muy recuperada, ¿no? -Sus ojos verdes eran demasiado perspicaces.
-Sólo de pensar en el Stolichnaya me entran náuseas.
La mirada de Gas rastrilló lenta y pausadamente el cuerpo de Rochi.
-¿Sabes lo que pienso?
-No me interesa -respondió Rochi, tragando saliva.
-Creo que te resulté irresistible.
 Rocío buscó en su mente imaginativa alguna réplica mor­daz, pero lo mejor que se le ocurrió fue un penoso...
-Si eso te hace feliz...
Gastón cambió de posición para tener mejor panorámica de la escena que estaban representando fuera.
-Eso tiene que doler -dijo, estremeciéndose.
Rocío apenas podía resistir las ganas de mirar.
-Estás enfermo. No mires.
-Es interesante -dijo ladeando ligeramente la cabe­za-. Bueno, no conocía yo esa manera de abordar el asunto.
-¡Basta!
-Ni siquiera creo que sea legal.
Ella no pudo soportarlo más y se volvió rápidamente: los amantes se habían esfumado.
La risita de Gastón tuvo algo de diabólica.
-Si sales corriendo, tal vez aún puedas atraparles antes de que acaben.
-Te crees muy gracioso.
-Bastante divertido.
-Pues esto sí que te va a divertir. Me he sumergido en los archivos del ordenador de tu tía Judith, y parece que la casa de huéspedes está reservada hasta bien entrado sep­tiembre. Y la mayoría de las casitas, también. Es increí­ble la cantidad de gente que está deseosa de pagar por venir aquí.
-Déjame ver eso -dijo dándole un ligero empujón pa­ra llegar al ordenador.
-Que te diviertas. Voy a buscar algún lugar donde hos­pedarme -dijo Rocío.
Gastón ya estaba ocupado explorando la pantalla y no res­pondió, ni siquiera cuando ella alargó el brazo por delante de él para coger la hoja de papel que había utilizado para ano­tar los nombres de las casitas desocupadas.

1 comentario:

  1. JAJAJAJA que buen capitulo, como estaban los nuevos huespedes xD JAJAJAJA me gusto el capi, ese lugar traera buenas cosas entre ellos(?) mmm... espero que si... :D espero mas pronto.

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