jueves, 26 de enero de 2012

Primera Parte, Capitulo Ocho


Una chica lista nunca acepta montar en el coche de un  extraño, aunque esté buenísimo.

«La dura vida del autoestopista»
Artículo para la revista Chik


Rocío se arrastró con Cafre al asiento trasero del veloz to­doterreno que Gastón conducía en lugar de su Ferrari. Apo­yó la cabeza en la almohada que había traído consigo e in­tentó dormirse, pero era imposible. Mientras aceleraban por el este del desastre urbanístico de Gary y tomaban luego la I-94 hacia Michigan City, Rocío no dejaba de lamentarse por no haber abierto el correo. Lo único que habría tenido que hacer era presentarse en la oficina del abogado. Entonces no habría sido abducida por un quarterback malhumorado.
Su negativa a hablarle empezaba a parecer infantil. Ade­más, su dolor de cabeza había mejorado, y quería saber ha­cia dónde se dirigían. Acarició a Cafre.
-¿Tienes algún destino en la cabeza, o se trata de un secuestro improvisado?
Gastón hizo oídos sordos.
Estuvieron durante otra hora en silencio, hasta que pa­raron a repostar cerca de Benton Harbor. Mientras Gastón llenaba el depósito, un fan le vio y le pidió un autógrafo.
Rocío le puso la correa a Cafre y lo llevó a la hierba; luego en­tró al baño. Mientras se lavaba las manos, se vislumbró a sí misma en el espejo. Gastón tenía razón: su aspecto era horri­ble. Se había lavado el pelo, pero se había limitado a pasarse los dedos a modo de peine. Su piel estaba cenicienta y te­nía los ojos hundidos.
Empezó a buscar un lápiz de labios en su bolso, pero no tardó en decidir que representaba demasiado esfuerzo. Pen­só en telefonear a alguna de sus amigas para que viniera a buscarla, pero la amenaza implícita de Gastón de hablar con Mery y Nico sobre su estado físico la hizo dudar. No po­día soportar causarles más preocupaciones de las que ya te­nían. Mejor seguir con Gastón, de momento.
Él no estaba en el coche cuando ella volvió. Consideró volverse a colocar en el asiento de atrás, pero pensó que Gastón probablemente no hablaría con ella a menos que la tuvie­ra ante sus narices, así que dejó a Cafre atrás y se sentó delan­te. Gastón salió de la estación de servicio con una bolsa y una taza de café de plástico. Una vez dentro del coche, colocó el café en el posavasos, sacó una botella de zumo de naranja de la bolsa y se la dio a Rochi.
-Habría preferido café -dijo ella.
-Lástima.
Le gustó el tacto de la botella fría en las manos, y se dio cuenta de que tenía sed, pero cuando intentó abrirla descu­brió que estaba demasiado débil. Los ojos se le llenaron ines­peradamente de lágrimas.
Gastón tomó la botella sin comentarios, desenroscó el ta­pón y se la devolvió.
Mientras se alejaban de la gasolinera, Rocío ahogó la ten­sión de su garganta.
-Al menos los chicos musculosos serven para algo.
-No dejes de avisarme si necesitas aplastar alguna lata de cerveza.
Rochi se maravilló al oírse reír. El jugo de naranja bajó deslizándose en un hilo frío y dulce por su garganta.
Gastón salió a la interestatal. A su izquierda se extendían dunas de arena. Rochi no podía ver el agua, pero sabía que habría barcos en el lago, probablemente buques de mercan­cías de camino a Chicago o Ludington.
-¿Te importaría decirme adónde vamos?
-Al noroeste de Michigan. A un agujero llamado Wind Lake.
-Adiós a mis fantasías de un crucero por el Caribe.
-Es el campamento del que te hablé.
-¿El lugar donde me dijiste que pasabas los veranos cuando eras niño?
-Sí. Mi tía lo heredó de mi padre, pero murió hace po­cos meses y he tenido la mala fortuna de acabar quedándo­melo. Quiero venderlo, pero antes debo comprobar en qué estado se encuentra.
-No puedo ir a un campamento. Tendrás que dar media vuelta y llevarme a casa.
-No estaremos allí mucho tiempo, créeme. Dos días como máximo.
-No importa. Yo ya no voy de campamentos. Tuve que ir todos los veranos cuando era niña, y me prometí a mí mis­ma que no regresaría jamás.
-¿Qué tenían de tan malo tus campamentos?
-Todas aquellas actividades organizadas. Deportes. -Ro se sonó la nariz-. No había tiempo para leer, ni para estar sola con tus pensamientos.
-No eres demasiado deportista, ¿eh?
Un verano había salido a hurtadillas de su cabaña en mi­tad de la noche y había sacado todas las pelotas del coberti­zo de material: pelotas de voleibol, de fútbol europeo, de te­nis, de béisbol. Le había costado media docena de viajes llevarlas todas al lago y tirarlas al agua. Los consejeros nun­ca habían descubierto al culpable. Ciertamente, nadie había sospechado de la tranquila e intelectual Rocío Igarzabal, que había sido nombrada la Más Colaboradora a pesar de pintarse el flequillo de verde.
-Soy mejor deportista que María -dijo.
Gas se estremeció.
-Los chicos todavía comentan la última vez que tu her­mana jugó al béisbol en un picnic de los Stars.
Rochi no había estado allí, pero se lo podía imaginar.
Gastón pasó al carril izquierdo y dijo, con sorna:
-No creo que pasar unas pocas semanas cada verano en algún campamento para niños ricos pueda hacerle a nadie demasiado daño.
-Supongo que tienes razón.
Excepto que Rochi no pasó allí sólo unas pocas sema­nas. Había ido todo el verano, todos los veranos, desde que tenía seis años.
Cuando tenía once, hubo una epidemia de sarampión y enviaron de vuelta a casa a todos los chicos del campamen­to. Su padre se había puesto furioso. No encontró a nadie que se pudiera hacer cargo de ella, así que se había visto obli­gado a llevársela con él a Las Vegas, donde la había instala­do en una suite independiente de la suya junto con una niñera, una de las chicas encargadas de dar cambio, aunque Rocío había insistido una y otra vez en que ya era mayor y no necesitaba una niñera. Durante el día, la chica miraba culebrones, y por la noche se iba al otro lado del pasillo para acostarse con Barto.
Fueron las dos mejores semanas de la infancia de Rochi. Leyó las obras completas de Mary Stewart, pedía pastel de queso con cerezas al servicio de habitaciones cada vez que le apetecía y entabló amistad con las camareras hispanas. Al­gunas veces le decía a su canguro que bajaba a la piscina, aun­que, en vez de eso, se paseaba por los alrededores del casino hasta que encontraba a una familia con muchos hijos. Se que­daba lo más cerca posible de ellos y fingía formar parte de la familia.
Normalmente, cada vez que recordaba sus intentos infan­tiles de crearse una familia se ponía a reír, pero ahora sintió el hormigueo de las lágrimas y tuvo que tragar saliva.
-¿Sabías que hay un límite de velocidad? -le pregun­tó a Gastón con ironía.
-¿Te pongo nerviosa?
-Eres tú quien deberías estarlo. Yo ya estoy acostum­brada: han sido muchos años yendo en el coche de Nicolás.
Además, tampoco le importaba demasiado. Se sorpren­dió al darse cuenta de que no tenía ningún interés por el fu­turo. Ni siquiera podía reunir la energía para preocuparse por su economía, ni tampoco por la insistencia de las llama­das de la editora de Chik.
Gastón levantó un poco el pie del acelerador.
-Sólo para que lo sepas, el campamento está en medio de la nada, las casitas son tan viejas que probablemente ya de­ben de estar en ruinas, y el lugar es más aburrido que la mú­sica de ascensor porque nunca va nadie más joven de seten­ta años -dijo inclinando la cabeza hacia la bolsa de comida que había comprado en la estación de servicio-. Si ya has acabado con el jugo de naranja, hay algunas galletas y que­so para untar ahí dentro.
-De rechupete, pero creo que pasaré.
-Diría que has pasado de muchas comidas últimamente.
-Gracias por darte cuenta. Supongo que si pierdo otros veinticinco kilos, estaré tan delgada como alguna de tus ché­res amies.
-Casi que te concentres en esa crisis nerviosa que sufres. Al menos así estarás calladita.
Rochi sonrió. Si algo podía decir a favor de Gas era que no la trataba con guantes de seda como Nicolás y María. Era agradable ser tratada como una adulta.
-Paso, aunque puede que me eche una siesta.
-Pues hazlo.
Pero no durmió: cerró los ojos e intentó obligarse a pensar en su próximo libro, aunque su mente se negaba a adentrarse ni un solo paso en los confortables caminos apartados del Bos­que del Ruiseñor.
Tras salir de la interestatal, Gastón paró junto a la carrete­ra en una tienda con estanco incorporado y volvió cargado con una bolsa de papel marrón que dejó en el regazo de Rochi.
-Desayuno de Michigan. ¿Te ves capaz de hacer algu­nos bocadillos?
-Tal vez si me concentro...
Dentro de la bolsa, Rocío encontró una cantidad gene­rosa de pescado blanco ahumado, un buen pedazo de queso cheddar fuerte y una hogaza de pan de centeno integral, jun­to a un cuchillo de plástico y algunas servilletas de papel. Reunió la energía suficiente para preparar un par de rebana­das para él y, para ella, otra más pequeña, que, tras unos pocos mordiscos, acabó devorando Cafre.
Se dirigieron al este hacia el centro del estado. Rocío, aunque aún con los ojos medio cerrados, distinguió huertos florecientes y bonitas granjas con sus silos. Luego, cuando las últimas luces de la tarde empezaron a apagarse, se diri­gieron al norte hacia la I-75, que se extendía hasta Sault Ste. Marie.
No hablaron demasiado. Gastón escuchaba los CD que había traído consigo. Le gustaba el jazz de todo tipo, des­cubrió Rochi, desde el bebop de los cuarenta hasta las fu­siones. Por desgracia, también le gustaba el rap, y después de quince minutos intentando hacer oídos sordos a la visión machista de Tupac sobre las mujeres, Rochi pulsó el bo­tón de expulsar, agarró el disco y lo tiró por la ventanilla del coche.
Descubrió que a Gastón se le enrojecían las orejas cuan­do gritaba.
Ya anochecía cuando llegaron a la zona norte del estado. Justo después del bonito pueblo de Grayling, cambiaron la autopista por una carretera de dos carriles que parecía no llevar a ninguna parte. Al poco rato estaban atravesando den­sos bosques.
-El noreste de Michigan quedó prácticamente defores­tado por la industria maderera durante el siglo XIX -expli­có Gastón-. Lo que ves ahora son segundas y terceras plan­taciones. Hay partes bastante salvajes. Los pueblos de la zona son pequeños y están aislados.
-¿Falta mucho?
-Sólo poco más de una hora, pero el lugar está en rui­nas, así que no quiero llegar allí cuando haya anochecido. Se supone que hay un motel no muy lejos de aquí, pero no te esperes el Ritz.
Como no podía imaginar que Gastón le temiera a la os­curidad, sospechó que le había contestado con evasivas, y decidió acurrucarse aún más en su asiento. Las luces de al­gún coche ocasional iluminaban sus rasgos masculinos, pro­yectando peligrosas sombras tras esos pómulos de modelo de ropa interior. Rocío sintió un escalofrío, por lo que cerró los ojos e imaginó que estaba sola.
No volvió a abrirlos hasta que Gastón paró el coche fren­te a un motel de carretera de aluminio blanco y falso ladrillo de ocho habitaciones. Cuando Gastón salió del coche para re­gistrarse, Rocío pensó en ir tras él para asegurarse de que te­nía claro que ella quería una habitación independiente, pero la detuvo el sentido común.
Efectivamente, Gastón salió de la oficina con dos llaves. Su habitación, según observó, estaba en el extremo opuesto de la de Gastón.

1 comentario:

  1. me encanta que Gas fuese el único que la pudo sacar,de alguna manera,de esa depresión en la que estaba

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