Gastón llegó al circo a la mañana siguiente, cuando los primeros camiones entraban en el recinto de Chattanooga. Los días eran más cortos y el verano llegaba a su fin. El circo se dirigía hacia el sur para pasar el invierno cerca de Tampa, donde se instalarían hasta el final de la temporada durante la última semana de octubre. La excedencia de Gastón en la universidad concluía en enero y había pensando hacer una investigación en Ucrania antes de incorporarse, pero ahora sabía que no lo haría. Sin Rocío todo lo demás carecía de importancia.
Echó un vistazo al recinto. El nuevo asentamiento estaba en una ladera con muy poco espacio llano para montar la carpa principal. Gastón tenía ojeras por la falta de sueño, pero le dio la bienvenida al reto. Sabía que eso no apartaría a Rocío de sus pensamientos —nada lo hacía, —pero le ayudaría a pasar el tiempo.
Era Trey quien conducía su caravana hasta allí, pero aún no había llegado, así que Gastón se dirigió a la carpa de la cocina para tomarse un café bien cargado que calmara el vacío de su estómago. Antes de llenarse la taza, oyó un chillido agudo y exigente. Maldijo por lo bajo y se dirigió hacia donde estaban los elefantes.
Cuando llegó, no le sorprendió ver que Neeco parecía resentido.
—Devuélveme la picana, Gastón. Con un solo pinchazo pondremos fin a esta sandez.
A pesar de la petición, Gastón sabía que el domador prefería no usar la picana tras su encuentro con Sinjun. Le gustaba pensar que había sido Rocío y su manera de tratar a los animales lo que había abierto los ojos de Neeco, porque ahora era más suave con los elefantes y todo marchaba mucho mejor. Pero tenía que asegurarse de que Neeco lo había entendido y de que no volvería a las andadas.
—Mientras siga siendo el jefe, no volverás a usar la picana.
—Entonces, hazlo vos.
Gastón se acercó a Tater y el elefante lo abrazó. Le metió la punta de la trompa por el cuello de la camisa para olerlo, igual que hacía con Rocío. Gastón lo desató y se dirigió al camión que transportaba la carpa con Tater trotando tras él.
Tater había dejado de comer al desaparecer Rocío, pero Gastón había estado demasiado sumergido en su infierno privado para notarlo. Neeco le obligó a ser consciente de la situación cuando el estado del elefantito comenzó a deteriorarse.
No tardó mucho en comprobar que el elefante encontraba sosiego con su presencia; pero no por Gastón, sino porque Tater lo asociaba con Rocío. Comenzó a comer otra vez y poco después seguía a Gastón por el recinto como antes la había seguido a ella.
Los dos se abrieron paso hasta el camión. Desenrollarían la carpa tan pronto decidieran dónde colocar el circo. Nicolás había llegado antes que él, pero se apartó cuando Gastón se acercó. Gastón no sabía que hubiera hecho sin Nicolás; Jack y él se habían encargado de que todo marchara bien durante sus largas ausencias.
Durante las horas siguientes, Gastón trabajó codo con codo con los empleados en el montaje. Todavía tenía puesta la ropa que llevaba en el avión, pero tampoco se la cambió cuando llegó Trey con la camioneta. El sudor empapaba la camisa azul de algodón y se le había desgarrado el pantalón del traje gris, pero no le importó. El trabajo le entumecía la mente e impedía que pensara.
Cuando ya no pudo posponerlo más, fue a la caravana con Tater pisándole los talones. Ató el animal cerca de donde Digger había preparado el heno y vaciló al acercarse a la puerta. La caravana olía a Rocío, tenía su toque, lo único que faltaba era su presencia y él odiaba estar allí dentro.
Entró y se vio torturado por imágenes de ella entrando corriendo por la puerta con las mejillas manchadas, la ropa sucia, la paja enredada en el pelo y un brillo de satisfacción en los ojos. Se acercó a la nevera, pero lo único que encontró fue una lata de cerveza y un yogur que Rocío había comprado. Había caducado dos semanas antes, pero no quería tirarlo.
Agarró la cerveza y la abrió mientras se acercaba a Tater. El elefantito se estaba echando el heno en el lomo, y tomó un poco de paja fresca para espolvorear a Gastón con ella como gesto de amistad. Gastón entendía ahora por qué su esposa siempre llevaba el pelo lleno de heno.
—Estoy seguro de que Rocío te echa de menos, amiguito —dijo suavemente, frotando la trompa del elefante.
Se sentiría todavía más perdida sin Sinjun. Existía una extraña comunicación entre Rocío y el tigre, algo que él nunca había entendido por completo. A su esposa le encantaba trabajar con los animales que nadie más quería: un elefantito problemático, una gorila tímida, un viejo tigre con aire regio... Debía de ser difícil para ella no estar con los seres que amaba. En ese momento se quedó paralizado, se le puso la piel de gallina y se olvidó de respirar. ¿Qué le hacía pensar que no estaba con uno de ellos?
Veinticuatro horas después estaba frente a la verja de la zona tropical del zoo Brookfield de Chicago mirando a Glenna. La gorila estaba sentada sobre la montana rocosa del centro del recinto y comía un tallo de apio. Gastón llevaba horas vagando por las pasarelas que rodeaban el hábitat. Le picaban los ojos por la falta de sueño, le dolía la cabeza y notaba como si le ardiera el estómago.
¿Y si se equivocaba? ¿Y si ella no estaba allí después de todo? Había pasado por la oficina de empleo del zoo y sabía que no trabajaba allí. Pero estaba seguro de que Rocío querría estar cerca de Glenna. Además, no tenía más pistas y no perdía nada por intentarlo.
«Tonto.» La palabra resonaba en su cabeza como el ruido de una taladradora. «Tonto. Tonto. Tonto. Tonto.»
El pesar que sentía era demasiado privado para ser exhibido y, cuando oyó el murmullo de otro grupo de niños, subió por la senda curva, bordeada por vegetación tropical y una verja de hierro pintada de verde como el bambú y unida por una cuerda. Arriba estaría solo. Glenna se agarró con fuerza a una de las pesadas cuerdas que colgaba de los troncos que coronaban la cima de la montaña de los gorilas y se acercó a él. Parecía sana y feliz en su nuevo hogar. Se bajó, esta vez con una zanahoria.
De repente, la gorila alzó la cabeza y comenzó a emitir ruiditos. Gastón siguió la dirección de su mirada y vio cómo Rocío se acercaba por el sendero de abajo hacia el animal.
El corazón le palpitó contra las costillas, pero la alegría que amenazó con hacerlo estallar fue sustituida casi de inmediato por ansiedad. Incluso a quince metros era evidente que Rocío no llevaba maquillaje y que las líneas de fatiga marcaban su rostro. Llevaba el pelo agarrado en la nuca y, por primera vez desde que la conocía, parecía marchita. ¿Dónde estaba la Rocío que disfrutaba maquillándose y echándose perfume? ¿La Rocío que disfrutaba untándose loción de albaricoque y pintándose los labios de color frambuesa? ¿Dónde estaba la Rocío que gastaba toda el agua caliente en una ducha dejando una densa capa de vapor en el cuarto de baño? A Gastón se le secó la boca mientras se empapaba con la imagen de su esposa y algo se desgarró en su interior. Ésta era la Rocío que él había creado.
Ésta era la Rocío con la luz del amor extinguida.
Se acercó más y vio que se le habían hundido las mejillas; se dio cuenta de que había perdido peso. Deslizó la mirada a su vientre, pero la chaqueta floja y los pantalones oscuros le impidieron ver si su cuerpo había experimentado algún cambio. Gastón se asustó. ¿Y si había perdido al bebé? ¿Sería ése el castigo que le esperaba a él?
Rocío estaba tan concentrada en la silenciosa comunión con la gorila que no vio cómo él se abría paso entre los niños y se acercaba a ella.
—Rocío —dijo en voz baja.
Rocío se puso tensa antes de volverse. La vio palidecer todavía más y cerrar los puños. Lo miró como si se estuviera preparando para escapar y él dio un paso adelante para detenerla, pero la fría expresión de su esposa lo detuvo. Sólo había visto unos ojos tan vacíos como ésos cuando se miraba en el espejo.
—Tenemos que hablar. —Aquellas palabras imitaron inconscientemente las que ella le había dicho tantas veces, y la expresión fría con que lo miró debía de ser un reflejo de la manera en que él la había mirado con frecuencia.
¿Quién era esa mujer? En su cara no asomaba la animación que acostumbraba. Sus enormes ojos mieles estaban tan vacíos que parecía que nunca hubiera llorado. Era como si algo hubiera muerto en su interior y él comenzó a sudar. ¿Habría perdido al bebé? ¿Era ésa la causa de su cambio? «Por favor, que no le haya pasado nada al bebé.»
—No hay nada de qué hablar. —Se volvió y se alejó atravesando la cortina de cuerda que servía de entrada al hábitat. Él la siguió y la tomó del brazo sin pensar.
—Suéltame.
¿Cuántas veces le había dicho eso Rocío cuando él la arrastraba por el recinto del circo o la sacaba de la cama al amanecer? Pero en ese momento las palabras carecían de la fuerza anterior. Miró la cara pálida e inexpresiva de su esposa. «¿Qué te he hecho, mi amor?»
—Sólo quiero hablar contigo —dijo él con rapidez, apartándola de la gente.
Ella miró en silencio la mano con que le rodeaba el brazo.
—Si lo que quieres es que aborte, es demasiado tarde.
Gastón quiso echar la cabeza hacia atrás y aullar. Rocío había perdido el bebé y era culpa suya.
—No sabes cuánto lo siento —dijo a duras penas, dejando caer la mano.
—Oh, ya lo sé —dijo ella con una extraña calma, —me lo dejaste muy claro.
—Yo no te dejé claro nada. No te dije que te amaba. Lo único que te dije fue un montón de estupideces. Cosas que no sentía de verdad. —A Gastón le dolían los brazos por el deseo de abrazarla, pero Rocío había erigido una barrera invisible a su alrededor. —Olvidémonos de todo eso, cariño. Vamos a empezar de cero. Te prometo que todo será distinto esta vez.
—Tengo que irme. No puedo llegar tarde al trabajo.
Fue como sí él no hubiera hablado. Le había dicho que la amaba, pero no había servido de nada. Rocío sólo quería irse y no volver a verlo nunca más.
La determinación de Gastón se hizo más fuerte. No podía dejar que ocurriera eso. Ya se ocuparía más tarde de su pesar. Antes haría lo que fuera necesario para recuperar a su esposa.
—Te vienes conmigo.
—Ni hablar. Tengo que ir a trabajar.
—¿Y qué pasa con nuestro matrimonio?
—No es un matrimonio de verdad. Nunca fue más que un acuerdo legal.
—Ahora es de verdad. Hicimos unos votos, Rocío. Unos votos sagrados. Y eso es tan cierto como que estamos aquí.
A Rocío le tembló el labio inferior.
—¿Por qué haces esto? Ya te he dicho que es muy tarde para que aborte.
Sufría por ella. A pesar de lo intenso que era su dolor, sabía que no podía ser tan intenso como el de Rocío .
—No te preocupes, cariño. Lo intentaremos otra vez. En cuanto el médico nos lo permita.
—¿De qué estás hablando?
—Quería a este bebé tanto como vos, pero no me di cuenta de eso hasta que desapareciste. Sé que es culpa mía que lo hayas perdido. Si te hubiera cuidado mejor nunca habría ocurrido.
Rocío frunció el ceño.
—No he perdido al bebé. —Lo miró a los ojos. —Aún estoy embarazada.
—Pero has dicho... cuando te dije que quería hablar contigo, dijiste que era demasiado tarde para que abortaras.
—Estoy de cuatro meses y medio. El aborto ya no es legal.
Mientras él se sentía inundado por la alegría, Rocío torció la boca en un gesto de cinismo que nunca hubiera imaginado en ella.
—Eso cambia las cosas, ¿no, Gastón? Ahora que sabes que el pastel sigue en el horno y que va a quedarse ahí, supongo que ya no estarás tan ansioso por que regrese.
Gastón se vio embargado por tantas emociones que no sabía cómo asimilarlas. Aún estaba embarazada. Lo odiaba. No quería volver con él. No podía manejar tal caos emocional, así que recurrió a lo práctico.
—¿Estás yendo al médico?
—Voy a una consulta no lejos de aquí.
—¿A una consulta? —Él tenía una fortuna en el banco y su esposa iba a una consulta. Tenía que llevársela a un lugar donde pudiera borrar a besos esa implacable y resuelta mirada de su cara, pero la única manera de hacerlo era intimidándola.
—No creo que hayas estado cuidándote demasiado. Estás delgada y pálida. Y tan nerviosa que parece que te vaya a dar un ataque.
—¿Y a vos qué te importa? No quieres al bebé.
—Oh, claro que quiero al bebé. Puede que actuara como un bastardo cuando me diste la buena nueva, pero te aseguro que he recuperado la cordura. Sé que no quieres volver conmigo ahora, pero no tienes otra opción. Es peligroso para a vos y para el bebé, Rocío, y no voy a permitir que sigas así.
Gastón supo que había encontrado su punto débil, pero ella se siguió oponiendo a él con terquedad.
—No es asunto tuyo.
—Claro que sí. Voy a asegurarme de que tanto vos como el bebé estén bien. —En los ojos de Rocío apareció una mirada recelosa. —No me importa jugar sucio —añadió Gastón en voz baja, —pienso descubrir dónde trabajas y me encargaré de que te despidan.
—¿Me harías eso?
—Sin pensarlo dos veces.
Rocío hundió los hombros y él supo que había ganado, pero no sintió ninguna satisfacción.
—Ya no te amo —susurró ella. —No te amo en absoluto.
A él se le puso un nudo en la garganta.
—No importa, cariño. Yo tengo amor suficiente por los dos.
Casi me muero del susto con lo del bebé,pensé que lo había perdido.Que Gas le diga de una vez todo lo que siente!
ResponderEliminarme encanta esta nove
ResponderEliminaral fin gas le dijo que la amaba ahh
ya quiero leer el proximo