martes, 24 de enero de 2012

Capitulo 017 - Primera Parte

Lo hemos conseguido — dije, al derrumbarme en el asiento del autobús, tan cansada que hasta las piernas me temblaban.
Gastón negó con la cabeza.
—Todavía no.
El autobús se puso en marcha con una sacudida y enfiló la carretera lentamente. Habíamos sido los últimos pasajeros en subir. Tres minutos más y habríamos perdido la oportunidad de escapar.
—Sé que mis padres son rápidos, pero no creo que puedan atrapar un autobús en la autopista.
Una mujer mayor, sentada unas cuantas filas por delante de nosotros, se volvió para mirarnos con evidente curiosidad por saber de qué narices estábamos hablando. Gastón le dedicó la más encantadora de sus sonrisas, a la que ella respondió con otra, flanqueada por unos hoyuelos, antes de volver a concentrarse en su novela. A continuación, Gastón me tomó de la mano y me condujo hacia la parte de atrás del autobús, casi vacío, donde pudiéramos hablar con total libertad sin peligro de que algún pasajero nos oyera charlar sobre vampiros.
Gastón ocupó el asiento de la ventanilla. Creía que iba a estrecharme entre sus brazos, pero permaneció tenso, mirando fijamente el cristal enturbiado por el agua.
—No lo habremos conseguido hasta que crucemos el paso elevado, el que está a casi cinco kilómetros del pueblo.
No sabía de qué estaba hablando. Estaba claro que Gastón había hecho un reconocimiento táctico de la zona mucho más profundo que el mío.
—¿Qué crees que harían? ¿Plantarse en medio de la carretera para parar el autobús?
—La señora Bethany no es tonta — contestó, sin apartar la vista de la ventanilla. Las luces de la carretera que íbamos pasando proyectaban sobre él una suave luz azulada, que se desvanecía al dejarlas atrás y volvían a recluirnos entre las sombras — Sí, puede que me hayan seguido hasta el pueblo, pero también puede que hayan adivinado que iba a tomar un autobús y, si es así, su expedición de caza estará esperándome en ese paso a nivel. Irrumpirán en el autobús, me sacarán a la fuerza y que la poli se las apañe luego para explicar lo sucedido a los pasajeros.
—¡Como van a hacer una cosa así!
—¿Para detener a un cazador de la Cruz Negra? Ya puedes apostarte lo que quieras.
—Si estás con esa Cruz Negra, ¿por qué viniste a la Academia Mandalay?
—Me enviaron para que me infiltrara en la escuela. Era mi misión y las misiones de la Cruz Negra no se rechazan. O la cumples o mueres en el intento.
La desanimada convicción con que Gastón lo dijo me preocupó tanto como todo lo que había oído sobre los vampiros.
—¿Acabáis de descubrir el internado?
La Cruz Negra conoce la existencia de Mandalay  casi desde que se fundó. Los lugares a los que acuden los vampiros...
—Perdona, acudimos.
—Da igual. Suelen ser los lugares donde los vampiros apenas atacan. Nadie quiere montar escenas o que la gente de los alrededores sospeche, por eso los vampiros siempre se controlan en esas zonas. No cazan y no causan problemas. Si los vampiros se comportaran así siempre, la Cruz Negra no tendría razón de ser.
—La mayoría de los vampiros no cazan — insistí.
El autobús dio una sacudida al encontrar un bache y todos nos zarandeamos. Solté un grito ahogado empujada por el miedo. Gastón me puso una mano en la rodilla para tranquilizarme, pero volvió a mirar por la ventanilla de inmediato. Ya casi habíamos salido de Riverton y cada vez quedaba menos para llegar al paso a nivel.
—¿Recuerdas lo que me has dicho en la tienda de antigüedades? — murmuró — Lo de que se lo digan a Augusto . Iba a por Candela.
¿Cómo podía hacérselo entender? Intenté encontrar un ejemplo que sirviera.
—Te gustan las hamburguesas, ¿no?
—Deberíamos hablar seriamente de cuándo es el momento adecuado y cuándo no para las charlas triviales. Durante la cena: bien. Cinco minutos antes de una emboscada de vampiros: mal.
—Escúchame. ¿Te comerías una hamburguesa si hubiera la posibilidad de que te diera un puñetazo?
—¿Cómo va a darme un puñetazo una hamburguesa?
—Imagínate que puede — No era el momento para ponerse quismiquis con las metáforas —¿Perderías el tiempo intentando hincarle el diente o preferirías comer otra cosa?
Gastón lo pensó un par de segundos.
—Dejando a un lado el esfuerzo de imaginación que se necesita para ver una hamburguesa al ataque, que ya te digo que es mucho, no, creo que no me la comería.
—Por eso la mayoría de los vampiros no atacan a los humanos, porque los humanos responden, gritan, vomitan, llaman a la policía por el móvil... De un modo u otro, los humanos crean más problemas que otra cosa. Es mucho más fácil comprar sangre en la carnicería o alimentarse de animales pequeños. La mayoría de la gente escoge el camino fácil, Gastón. Sé que crees que las personas solemos movernos por motivaciones egoístas, por eso debería resultarte fácil entenderlo.
—Aséptico y lógico. Seguro que me lo estás contando tal como te lo contaron tus padres, pero todavía no te he oído decir que matar a alguien esté mal.
Me fastidió que hubiera adivinado que la explicación procedía de mis padres y no de mí. Y me fastidió no contar con ninguna otra versión a parte de la que ellos me habían ofrecido.
—Eso no hace falta decirlo.
—Pues muchos vampiros no opinan lo mismo. Lo que dices tiene sentido, pero no es tan tranquilizador como crees. Uno de los dos se equivoca acerca de cuántos vampiros matan, pero yo sé que muere mucha gente. Lo he visto, ¿y tú?
—No, nunca. Mis padres... No son así. Ellos nunca le harían daño a nadie.
—Que no lo hayas visto no significa que no haya ocurrido.
—¿Acaso lo has visto tú? — lo reté.
Se me cayó el alma a los pies al ver que asentía con la cabeza y fue peor aún al oír lo que dijo a continuación.
—Mataron a mi padre.
—Oh, Dios.
Gastón clavó la mirada en la ventanilla con mayor intensidad que antes. Teníamos que estar muy cerca del paso a nivel.
—Yo no estaba. Era muy pequeño, de hecho apenas me acuerdo de él. Pero he visto vampiros atacando a gente y he visto los cuerpos que dejan detrás. Rocío, es horrible, más de lo que creo que puedas llegar a comprender, incluso de lo que puedas llegar a imaginar. Tus padres solo te han enseñado la cara amable, pero también existe una que no lo es tanto.
—¿Y si eres tú el que solo ha visto la cara desagradable? ¿Y si eres tú el que no entiende el verdadero equilibrio? — Tenía el estómago revuelto y mis dedos se hundieron en el respaldo del asiento vacío que tenía delante. ¿Estábamos a punto de tener que luchar por nuestras vidas? — Si mis padres me han ocultado la verdad, quizá tu madre también haya hecho lo mismo contigo.
—Mi madre no suele dulcificar las cosas. Créeme — Gastón soltó un suspiro — Prepárate.
El autobús tomó una curva cerrada y los pasajeros se vieron zarandeados de un lado al otro. Vi que se acercaban las luces del paso a nivel a través de la cortina de lluvia y escudriñé en la oscuridad tratando de adivinar siluetas o algo en movimiento, cualquier señal de que la señora Bethany pudiera estar esperándonos.
Gastón inspiró hondo.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Dos segundos más y el autobús pasó con estruendo bajo las barreras del paso a nivel. No ocurrió nada. Al final, la señora Bethany había conducido la expedición al pueblo.
—Lo hemos conseguido — susurré.
Me acogió en su pecho. Al tiempo que Gastón se relajaba sobre mi hombro, me di cuenta de lo cansado que estaba y de la presión a la que había estado sometido. Pasé los dedos por su cabello húmedo para tranquilizarlo. Ya habría tiempo para discutir luego, para hablar de Mandalay  y de la Cruz Negra y de todo lo que nos separaba. Por el momento, lo único que importaba era que estábamos a salvo.

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