martes, 24 de enero de 2012

Primera Parte, Capitulo Veintidos

Petroff lo fulminó con la mirada.
—¿Por qué pierdes el tiempo buscándola aquí? Ya te dije que me pondría en contacto contigo en cuanto supiera algo de ella.
Gastón miró por la ventana, escrutando Central Park como si pudiera encontrar la respuesta en el parque. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había comido algo decente o dormido más de unas cuantas horas sin despertar sobresaltado. Tenía el estómago revuelto, había perdido peso y sabía que estaba hecho un desastre.
Hacía un mes que Rocío había huido, pero no estaba más cerca de localizarla ahora que la noche que había desaparecido. Había seguido una pista tras otra, faltando a más funciones de las que podía enumerar, pero ni él, ni el detective que había contratado, habían conseguido averiguar nada.
Bartolomé le había dado una lista de las personas con las que podía haber contactado Rocío y Gastón había ido a visitarlas a todas, pero era como si su esposa hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Él rezaba para que sus alas de ángel la mantuvieran a salvo.
Se volvió lentamente y se enfrentó a Bartolomé.
—He pensado que podías haber pasado algo por alto. Rocío no tenía más de cien dólares cuando se fue.
Amelia intervino desde el sofá.
—Gastón, ¿de verdad piensas que Bartolomé te ocultaría algo después de todo el trabajo que se tomó para que estuvieran juntos?
La manera que tenía Amelia de arquear las cejas siempre le había hecho rechinar los dientes y, con los nervios a flor de piel, Gastón no pudo ocultar su desagrado.
—La cuestión es que mi esposa ha desaparecido y nadie sabe dónde está.
—Tranquilo, Gastón. Estamos tan preocupados por ella como vos.
—Te aconsejo —dijo Amelia— que le preguntes a ese empleado que la vio por última vez.
Gastón había interrogado a Al Poner hasta la saciedad, y ya se había convencido de que el anciano no tenía nada más que decirle. Mientras Gastón cometía la estupidez de ir a aquella tienda, Al había visto cómo Rocío se subía a un camión de dieciocho ruedas. Llevaba puestos los vaqueros y, en la mano, la pequeña maleta de Gastón.
—No puedo creer que hiciera esto —dijo Bartolomé. —Podrían haberla asesinado.
Aquella angustiosa posibilidad había tenido a Gastón en vilo durante tres días, pero una tarde Jack salió precipitadamente del vagón rojo para decirle que acababa de hablar con Rocío por teléfono. Al parecer había llamado para asegurarse de que los animales estaban bien.
Colgó sin mencionarlo a él en cuanto Jack intentó sonsacarle dónde se encontraba.
Gastón maldijo las circunstancias que habían evitado que fuera él quien contestara al teléfono, luego recordó la media docena de llamadas que no habían tenido más respuesta que un chasquido al otro lado de la línea. Rocío había llamado hasta que fue otra persona la que respondió. No quería hablar con él.
Bartolomé se paseó de un lado a otro de la estancia.
—No puedo comprender por qué la policía no se lo toma más en serio.
—Porque desapareció voluntariamente.
—Pero podría haberle ocurrido cualquier cosa desde entonces. No es capaz de valerse por sí misma.
—Eso no es cierto. Rocío es inteligente y no le asusta el trabajo duro.
Bartolomé ignoró sus palabras. A pesar del incidente que había presenciado con Sinjun, todavía veía a su hija como una persona inútil y frívola.
—Tengo amigos en el FBI, ya va siendo hora de que hable con alguno de ellos.
—Centenares de testigos vieron lo que sucedió esa noche en la pista. La policía cree que tenía razones de sobra para desaparecer.
—Eso fue un accidente y, a pesar de todos sus defectos, Rocío no es vengativa. Nunca te guardaría rencor. No, Gastón. Tiene que haber alguien más implicado, no dejaré que me mantengas al margen más tiempo. Hoy mismo me pondré en contacto con el FBI.
Gastón no le había explicado a Bartolomé toda la verdad, y era eso lo que le había impulsado a ir allí ese día. Al no haberle puesto al corriente de todos los hechos, se estaba reservando una información que podría dar una pista a Bartolomé o a Amelia sobre el paradero de Rocío . No le gustaba tener que decir nada desagradable de sí mismo, pero su orgullo no era tan importante como la seguridad y el bienestar de su mujer y su hijo.
Cuando miró a su suegro se dio cuenta de que había envejecido considerablemente durante el último mes. Había perdido parte de la flema diplomática que le caracterizaba. Sus movimientos eran más lentos y su voz menos firme. A su manera —rígida y prejuiciosa, por lo que Gastón había podido observar, —Bartolomé quería a Rocío y sufría por ella.
Gastón miró por un momento el samovar de plata que había encontrado para Bartolomé en una galería de París. Había sido diseñado por Peter Cari Faberge para el zar Alejandro III y llevaba impresa el águila imperial rusa. El distribuidor le había dicho que databa de 1886, pero el detalle de la pieza hacía que Gastón pensara que se acercaba más a 1890.
Contemplar el talento de Faberge era menos duro que pensar en lo que tenía que contarle a Bartolomé . Se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y luego las sacó. Carraspeó.
—Rocío no sólo estaba molesta conmigo por lo que le hice con el látigo.
Bartolomé lo miró fijamente.
—¿Qué?
—Está embarazada.
—Te lo dije —dijo Amelia desde el sofá. Bartolomé y Amelia intercambiaron una mirada que puso a Gastón en guardia.
—Claro que me lo dijiste, cariño —dijo Bartolomé en tono cariñoso.
—Y supongo que la reacción de Gastón al oír las buenas nuevas no fue demasiado agradable.
Amelia era irritante pero no estúpida. Aquellas palabras fueron como meter el dedo en la llaga.
—Me comporté mal con ella —admitió él.
Amelia miró a su marido con aire satisfecho.
—También te dije que ocurriría eso.
Gastón trago saliva antes de obligarse a decir el resto.
—Le ordené que abortara.
Bartolomé apretó los labios.
—¿Cómo te atreviste a decirle eso?
—Cualquier cosa que me digas ya me la he dicho yo mil veces.
—¿Sigues pensando igual?
—Por supuesto que no —dijo Amelia. —Sólo hay que mirarle a la cara para darse cuenta. La culpa le pesa sobre los hombros. —Se levantó del sofá. —Voy a llegar tarde al masajista. Ya resolverán esto solos. Felicidades, Bartolomé.
Gastón percibió que había algo oculto en las últimas palabras de Amelia y en la sonrisita cómplice que intercambió con Bartolomé. Se la quedó mirando mientras abandonaba la estancia y supo que Bartolomé y ella le ocultaban algo.
—¿Tiene razón Amelia? —inquirió Bartolomé . —¿Ya no piensas lo mismo?
—Tampoco lo pensaba cuando se lo dije a ella. Pero me dio la noticia de sopetón y la adrenalina me nubló la razón —estudió a Bartolomé. —Amelia no se ha sorprendido al oír que Rocío estaba embarazada a pesar de saber que tomaba la píldora. ¿Por qué?
Bartolomé se acercó a la vitrina de nogal y observó la colección de porcelana a través de las puertas de cristal.
—Lo esperábamos, eso es todo.
—¡Estás mintiendo! Rocío me dijo que era Amelia quien compraba las pastillas. ¿Qué me estás ocultando?
—Nosotros... hicimos lo que creímos más conveniente.
Gastón se quedó paralizado. Pensó en el pequeño bote de las píldoras de Rocío. Como si lo estuviera viendo en ese momento, recordó que no tenía precinto. En esta época de medicamentos precintados, aquellas píldoras no lo llevaban.
La presión que sentía desde que Rocío desapareció le oprimió el pecho. Una vez más había dudado de su esposa y, de nuevo, se había equivocado.
—Lo planeaste vos, ¿no? Igual que planeaste todo lo demás. Reemplazaste sus píldoras.
—No sé de qué me hablas.
—No quiero jugar al gato y al ratón. Dime la verdad, Bartolomé. Dímela ya.
El hombre pareció derrumbarse. Se le doblaron las rodillas y se hundió en la silla que tenía más cerca.
—¿No lo entiendes? Era mi deber.
—¿Tu deber? Debí suponer que lo verías así. No puedo creer que haya sido tan estúpido. Siempre he sabido lo obsesionado que estás con la historia de mi familia, pero nunca se me ocurrió que pudieras hacer algo así. —La amargura le revolvió el estómago. Desde el principio, Rocío y él no habían sido más que títeres de Bartolomé.
—¿Y qué? Por Dios, deberías agradecérmelo. —Bartolomé se levantó de un salto de la silla. Apuntó a Gastón con un dedo tembloroso. —Para ser historiador, no respetas tu linaje. ¡Eres bisnieto del zar!
—Soy un Dalmau. Eso es lo único que significa algo para mí.
—Una panda de vagabundos. Vagabundos, ¿me oyes? Eres un Romanov y tu deber era tener un hijo. Pero no querías ser padre, ¿verdad?
—¡Ésa era una decisión mía, no tuya!
—Esto es mucho más importante que un capricho egoísta.
—Cuando Rocío me dijo que estaba embarazada pensé que lo había hecho a propósito. ¡La acusé de haberme mentido, bastardo!
Bartolome hizo una mueca y la justa indignación de Gastón perdió fuelle.
—Gastón, míralo desde mi punto de vista. Sólo disponía de seis meses y tenía que aprovecharlos. No podía esperar que llegaras a enamorarte de ella, es imposible que un hombre con tu inteligencia se interese por alguien tan atolondrado como mi hija, salvo para acostarse con ella.
Gastón sintió ganas de vomitar. ¿Cómo era posible que su educada e inteligente esposa sintiera cariño por un padre que tenía tan poco respeto por ella?
—Rocío es más lista que nosotros dos juntos.
—No es necesario que enmascares los hechos.
—No lo hago. No conoces a tu hija en absoluto.
—No podía aceptar que vuestro matrimonio finalizara sin intentar que hubiera un heredero Romanov.
—No era asunto tuyo.
—Eso no es cierto. A lo largo de la historia, los Petroff siempre se han dedicado a hacer lo mejor para los Romanov, incluso aunque los Romanov no estuvieran de acuerdo.
Mientras miraba a Bartolomé, Gastón se dio cuenta de que el padre de Rocío estaba obsesionado con ese tema. Bartolomé podía ser un hombre coherente en todo lo demás, pero no en eso.
—Ibas a dejar que muriera tu estirpe —dijo Bartolomé, —y yo no podía consentirlo.
No había nada más que discutir con él. Para Bartolomé el niño que Rocío llevaba en su vientre no era más que un peón, pero ese bebé significaba algo muy diferente para Gastón, y todos sus instintos paternos afloraron para protegerlo.
—¿Qué coño ha estado tomando Rocío ? ¿Qué le diste?
—Nada que pudiera dañar al bebé. Pastillas de fluoruro, eso es todo. —Bartolomé se derrumbó en la silla. —Tienes que encontrarla antes de que haga algo estúpido. ¿Y si se ha librado del bebé?
Gastón clavó los ojos en el anciano. Poco a poco la amargura se convirtió en piedad al pensar en todos los años que Bartolome había desaprovechado, todos los años que había pasado sin conocer a su maravillosa hija.
—Nada conseguiría que Rocío hiciera eso. Tiene agallas, Bartolome . Hará lo que sea para mantener a salvo a ese bebé.

1 comentario: