jueves, 19 de enero de 2012

Primera Parte, Capitulo Seis

Melissa la Rana era la mejor amiga de Daphne. La mayor parte de los días le gustaba vestirse con perlas y organdí. Pero todos los sábados les añadía un chal y fingía ser una estrella de cine.
Daphne se pierde.


Nuestro foco de atención a la Celebridad de la Se­mana en Chicago ilumina a la rica heredera del fútbol rocío Igarzabal. Al contrario que su atractiva herma­na, la propietaria de los Chicago Stars, María Igarzabal, Rocío Igarzabal ha tratado siempre de pasar inadver­tida. Pero, mientras nadie miraba, la sigilosa señorita, cuyo pasatiempo es escribir libros para niños, se ha llevado al soltero más solicitado de Chicago, el deli­cioso quarterback de los Stars, Gastón Dalmau. Incluso los amigos más íntimos se sorprendieron al conocer la noti­cia de la boda, que se celebró la semana pasada, en pri­vado, en casa de los Riera.


La periodista del corazón abandonaba a continuación su estilo superficial y adoptaba un tono de profunda preocu­pación.

Aunque al parecer los recién casados no han tenido un final feliz. Algunas fuentes informan que la pareja su­frió un aborto casi inmediatamente después de la cere­monia de la boda, y desde entonces están separados. Un portavoz de los Stars se limitó a decir que la pareja in­tentaba superar sus problemas en privado y que no ha­rían comentarios a los medios de comunicación.

Julia Calvo apagó la emisora local de Chicago y respi­ró profundamente. Gastón se había casado con una heredera consentida del Medio Oeste. Cerró las puertas acristaladas que daban al jardín de su casa de Brentwood. Las manos le tem­blaban. Luego cogió el chal de pashmina de color café que ha­bía dejado en los pies de la cama. Tenía que calmarse fuera como fuera antes de llegar al restaurante. Aunque Mallory Mc­Coy era su mejor amiga, este secreto sólo le pertenecía a ella.
Se colocó el chal sobre las hombreras de su último traje de St. John, un vestido de color crema con botones dorados y un exquisito ribete trenzado. Luego cogió una caja de re­galo de colores brillantes y se marchó hacia uno de los res­taurantes más nuevos de Beverly Hills. Cuando la hubieron acompañado a su mesa, pidió un licor de mora. Haciendo caso omiso de las miradas de una pareja que se sentaba en la mesa contigua, estudió la decoración.
Una luz tenue lustraba las paredes, de un blanco nacara­do, e iluminaba la pequeña pero elegante exposición de arte original del restaurante. La alfombra era de color berenjena, la mantelería, de color blanco crudo, y la cubertería, lustro­sa, era de diseño art déco. Un lugar perfecto para celebrar un cumpleaños poco deseado. Su quincuagésimo. Aunque na­die lo supiera. Incluso Mallory McCoy creía que celebraban los cuarenta y siete de Julia.
A Julia no le habían dado la mejor mesa del comedor, pero estaba tan acostumbrada a representar el papel de diva que nadie lo habría notado. Dos de los jefazos de ICM ocu­paban la mesa principal, y por un momento consideró la po­sibilidad de acercarse a ellos y presentarse. Ellos ya sabrían quién era, por supuesto. Todo el mundo recordaba a Ginger Hill de Encaje, S.L. Pero en aquella ciudad nada gustaba me­nos que ver a un antiguo bombón con sobrepeso celebran­do su quincuagésimo cumpleaños.
Se recordó a sí misma que no aparentaba la edad que te­nía. Sus ojos todavía conservaban aquel color verde brillan­te que siempre le había gustado a la cámara, y aunque ahora llevaba el pelo más corto, el mejor colorista de Beverly Hills se aseguraba de que su castaño rojizo no perdiera ni un ápi­ce de su brillo. Apenas tenía arrugas en la cara, su piel seguía lisa, gracias a Craig, que no le había dejado tomar el sol cuan­do era más joven.
Los veinticinco años de diferencia que se llevaba con su marido, junto con el buen parecido de Craig y el hecho de que era él mismo el representante de Julia, habían invitado a que inevitablemente se los comparara con Ann-Margret y Roger Smith, o también con Bo y John Derek. Y era cierto que Craig había sido su Svengali. Cuando Julia había llega­do a Los Ángeles hacía ya más de treinta años, ni siquiera te­nía un diploma del instituto, y fue él quien le enseñó cómo debía vestirse, andar y hablar. Le mostró la cultura y trans­formó a la adolescente desgarbada en una de las sex symbols más atractivas de los ochenta. Gracias a Craig, Julia era una persona muy leída y culturalmente cultivada, con una parti­cular pasión por el arte.
Craig lo había hecho todo por ella. Había hecho inclu­so demasiado. A veces se sentía como si hubiera sido engu­llida por la exigente fuerza de su personalidad. Incluso de moribundo, había sido un dictador. Aun así, él la había ama­do de verdad, y, al final de sus días, ella deseó haber sido ca­paz de amarle más.
Julia se distrajo con las pinturas que había colgadas en las paredes del restaurante. Sus ojos pasaron de largo un Ju­lian Schnabel y un Keith Haring y se concentraron en un ex­quisito óleo de Liam Jenner. Era uno de sus artistas favori­tos, y sólo con mirar el cuadro se calmó.
Miró el reloj y vio que Mallory llegaba tarde, como de costumbre. Durante los seis años en que habían grabado En­caje, S.L., Mallory siempre había sido la última en llegar al plató. Normalmente a Julia no le importaba, pero en aquel momento le estaba dejando demasiado tiempo para pensar en Gastón y en que se hubiera separado de su esposa here­dera incluso antes de que hubiera tenido tiempo de secarse la tinta de la licencia matrimonial. La periodista decía que Rocío Igarzabal había sufrido un aborto. Gastón se pregun­tó cómo se debería haber sentido Gastón, o incluso si el bebé era suyo. Los deportistas famosos eran un objetivo princi­pal para mujeres sin escrúpulos, incluidas las ricas.
Mallory llegó andando deprisa a la mesa. Seguía tenien­do la misma talla cuatro que llevaba en sus días de Encaje, S.L. y, a diferencia de Lilly, había sido capaz de mantener viva su carrera y ahora era la reina de las miniseries. Aun así, Mallory no tenía la presencia de Julia, y nadie se dio cuenta de su llegada. Julia la había sermoneado por ello en inconta­bles ocasiones: « ¡Actitud, Mallory! Anda como si te paga­ran veinte mil por película.»
-Lamento llegar tarde -gorjeó Mallory-. ¡Felicida­des, felicidades, mujer adorable! Los regalos, más tarde.
Intercambiaron besos sociales, como si Mallory no hu­biera tenido en sus brazos a Julia en más de una ocasión du­rante su sufrimiento por la larga enfermedad y la muerte de Craig, dos años atrás.
-¿Me odias por llegar tarde a tu cena de cumpleaños? Lilly sonrió.
-Sé que te sorprenderá oír esto, pero, después de vein­te años de amistad, ya me he acostumbrado.
Mallory suspiró y dijo:
-Llevamos juntas mucho más tiempo que el que haya durado cualquiera de mis matrimonios.
-Eso se debe a que soy más simpática que ninguno de tus ex maridos.
Mallory se rió. Apareció el camarero para tomarle nota de la bebida y luego las invitó a probar un amuse-bouche de tarta de ratatouille con queso de cabra mientras estudiaban la carta.
Antes de aceptar, Julia consideró durante unos instantes las ca­lorías que debía de tener. A fin de cuentas, era su cumpleaños.
-¿Lo echas mucho de menos? -preguntó Mallory cuan­do se hubo marchado el camarero.
Julia no tuvo que preguntarle a Mallory a qué se refería, y encogió los hombros.
-Mientras Craig estaba enfermo, cuidarle me absor­bía tanta energía que no podía pensar en el sexo. Desde que murió, he tenido demasiadas cosas quehacer -le dijo a Ma­llory y, para sí, añadió-: «Y estoy tan gorda que no permi­tiré que ningún hombre vea mi cuerpo.»
-Ahora eres tan independiente. Hace dos años no tenías ni idea de lo que había en tu cartera financiera, por no hablar de cómo gestionarla. No sabes cuánto te admiro por cómo te has hecho cargo de todo.
-No tenía otra opción.
La planificación financiera de Craig le había dejado el di­nero suficiente como para trabajar únicamente para darle un propósito a su vida. El año anterior le habían dado un pe­queño papel en una película medianamente decente: era la atractiva madre del protagonista masculino. Había logrado salir airosa porque era una profesional, pero tuvo que es­forzarse para vencer su sentido del ridículo durante todo el tiempo en que estuvieron rodando. Para una mujer de su talla y de su edad, seguir interpretando a mujeres buenas, aunque fueran maduritas, le parecía en cierto modo absurdo.
No quería tener su sentido de la identidad envuelto en una profesión por la que ya no sentía pasión; sin embargo, actuar era lo único que sabía hacer, y con la muerte de Craig tenía que mantenerse ocupada o pensaría demasiado en los errores que había cometido. Si al menos pudiera retroceder en el tiempo y volver al momento crucial en que se había ex­traviado.
El camarero regresó con la bebida de Mallory, el amuse­bouche, y una larga explicación de los principales platos de la carta. Una vez hubieron elegido, Mallory levantó su copa de champán.
-Por mi mejor amiga. Feliz cumpleaños, y te mataré si no te gusta mi regalo.
-Tan graciosa como siempre.
Mallory se rió y sacó una caja plana y rectangular del bol­so que había dejado a un lado de su silla. El paquete estaba envuelto profesionalmente con papel de cachemira, y esta­ba atado con un lazo de pez de Borgoña. Julia lo abrió y des­cubrió en su interior un exquisito chal antiguo con encaje de oro.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción.
-Es precioso. ¿De dónde lo has sacado?
-Un amigo de un amigo, que se dedica a los textiles ra­ros. Es español. De finales del siglo XIX.
Al ver el simbolismo que encerraba ese encaje, se le hizo un nudo en la garganta. Le resultaba difícil hablar, pero ha­bía algo que tenía que decir. Julia alargó la mano por encima de la mesa para acariciar la mano de su amiga y dijo por fin:
-¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te quiero?
-Lo mismo digo, cariño. Tengo mucha memoria. Cuan­do me ayudaste a superar mi primer divorcio, todos aque­llos años horribles con Michael...
-No te olvides del lifting de la cara -le recordó Julia.
-¡Eh! Me parece recordar un trabajito que te hiciste en los ojos hace pocos años.
-No tengo ni idea de qué me estás hablando.
Intercambiaron una sonrisa. La cirugía plástica podía pa­recer algo vano para casi todo el mundo, pero era una nece­sidad para las actrices que habían basado su fama en su atrac­tivo sexual. Aunque Julia se preguntaba por qué se había tomado la molestia de arreglarse los ojos si ni siquiera era ca­paz de perder diez kilos.
El camarero depositó ante Julia un plato Versace de bor­de dorado con un diminuto recuadro de gelatina que conte­nía astillas de langosta hervida rodeadas por un reguero de salsa de azafrán, batida en forma de espuma cremosa. El pla­to de Mallory contenía una tajada de salmón del grosor de una galleta, acentuada con alcaparras y unas cuantas rodajas transparentes de manzana cortada a la juliana. Julia compa­ró mentalmente las calorías.
-Deja de obsesionarte. Te preocupas tanto por tu peso que has perdido de vista lo atractiva que eres todavía.
Julia obvió el discurso bien intencionado que ya había oído tantas veces y alargó la mano bajo la mesa, de donde sa­có una bolsa de regalo. La cascada de cinta francesa que ha­bía colgado a un lado le hizo cosquillas en la muñeca mien­tras lo entregaba.
Los ojos de Mallory se iluminaron de placer.
-Si es tu cumpleaños, Julia. ¿Por qué me haces un re­galo?
-Coincidencia. Lo he terminado esta mañana y no po­día esperar más.
Mallory rasgó las cintas. Julia sorbió su licor mientras miraba, intentando disimular lo mucho que le importaba la opinión de Mallory.
Su amiga sacó la almohada acolchada.
-Oh, cariño...
-El diseño tal vez te parezca demasiado extraño -se apresuró a decir Julia-. Sólo es un experimento.
Julia había empezado a hacer colchas durante la enfer­medad de Craig, pero los patrones tradicionales pronto ha­bían dejado de satisfacerla, así que empezó a experimentar con diseños propios. La almohada que había hecho para Ma­llory tenía docenas de matices y patrones azules que se arre­molinaban en un complicado diseño, mientras una estela de delicadas estrellas doradas asomaban por lugares inespe­rados.
-No le veo nada de extraño -dijo Mallory sonrien­do-. Creo que es la cosa más bonita que has hecho hasta ahora, y lo guardaré siempre como un tesoro.
-¿De verdad?
-Te has convertido en una artista, July.
-No digas tonterías. Es sólo una forma de hacer algo con las manos.
-Siempre dices lo mismo -dijo Mallory sonriendo con malicia-. ¿Es una casualidad que hayas utilizado los colo­res de tu equipo de fútbol preferido?
Julia ni siquiera se había dado cuenta. Tal vez era una ca­sualidad.
-Nunca he comprendido por qué te volviste tan aficio­nada a los deportes -dijo Mallory-. Y ni siquiera de un equipo de la Costa Oeste.
-Me gustan los uniformes.
Julia se encogió de hombros y cambió de tema de con­versación. Sus pensamientos, sin embargo, siguieron dán­dole vueltas a lo mismo.
«Gastón, ¿qué has hecho?»

2 comentarios:

  1. Q capitulo mas triste el anterior :'(rochi a perdido el bebe. :S que feeeeeo. y este no lo entendi bien, quien vendria siendo Julia! jejeje espero mas pronto y que Rochi no sufra mas :S

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  2. SE SUPONE Q ES IMPORTANTE JULIA??? XQ SIENDO SINCERA ME ABURRIO Y NO LO LEI... JEJEJE

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