miércoles, 18 de enero de 2012

Capitulo 016 - Primera Parte

Me senté aturdida en el último escalón de la escalera, atenta a los preparativos que estaban llevándose a cabo  mí alrededor.
La expedición de la señora Bethany estaba compuesta por cinco vampiros: mis padres, Victorio, el profesor Iwerebon y ella. Todos llevaban impermeables pesados y puñales sujetos a las pantorrillas y los antebrazos.
—Deberíamos llevar pistola para enfrentarnos a este tipo de situaciones — apuntó Victorio.
—Solo hemos tenido que enfrentarnos a «este tipo de situaciones» en dos ocasiones en más de doscientos años — contestó la señora Bethany, más glacial que nunca — Nuestras aptitudes suelen ser más que suficientes para tratar con los humanos. ¿O acaso no cree estar preparado para lo que se le encomienda, señor D’alessandro ?
«Gastón es un cazador de vampiros. Gastón vino aquí para matar gente como mis padres. Me dijo que no me fiara de ellos. Supongo que creyó que me habían raptado siendo un bebé. Intentó abrir una brecha entre nosotros. Creí que solo estaba siendo grosero, pero tal vez estaba decidido a matarlos.»
—Sé arreglármelas yo solo — dijo Victorio — pero es posible que Gastón también vaya armado. Es un cruz negra. Es imposible que viniera aquí a pecho descubierto. Es muy probable que haya encontrado un escondite para su arsenal dentro de la escuela y le aseguro que ahí estarán sus armas.
«Subimos la escalera de la torre norte juntos y estuvo rezongando todo el camino. Creí que era porque Gastón me tenía miedo, que temía a los vampiros, pero no se trataba de eso. Incluso una vez en el suelo, cuando estábamos besándonos, me pidió que volviéramos a vernos a solas, pero en otro lugar.»
—En la habitación que hay en lo alto de la torre norte — dije de repente con una voz extraña que apenas reconocí como mía — Está allí.
La señora Bethany se puso muy tensa.
—¿Usted lo sabía?
—No, es una corazonada.
—Comprobémoslo — Victorio me tendió la mano para ayudarme a ponerme en pie — Vamos.
Parecía que todo estaba igual que la última vez que Gastón y yo estuvimos allí arriba juntos. La señora Bethany cerró los ojos un momento, consternada.
—La habitación de archivo. Si ha estado aquí arriba, habrá leído casi toda nuestra historia. Los lugares donde se ocultan muchos de los nuestros... Y ahora la Cruz Negra los conoce.
—Muchos de estos archivos llevan décadas desfasados — intentó razonar mi padre — Los años más recientes están en el ordenador.
—Creo que también ha tenido acceso a esos — dije, recordando el día que había encontrado a Gastón saliendo a hurtadillas del despacho que la señora Bethany tenía en la cochera.
La señora Bethany se volvió en redondo hacia mí, a punto de perder los estribos.
—Vio que Gastón Dalmau incumplía las normas y jamás avisó a nadie de dirección. Dejó que un miembro de la Cruz Negra campara a sus anchas por Mandalay  durante meses, señorita Igarzabal . No crea que voy a olvidarlo.
Por lo general, yo solía encogerme cuando me hablaba de ese modo; sin embargo, esa vez repliqué.
—¡Fue usted quien lo admitió aquí en primer lugar!
Después de eso, todo el mundo guardó silencio unos segundos. Solo lo había dicho para defenderme, pero comprendí que la señora Bethany había metido la pata, pero hasta el fondo, y su intento por endiñarle la culpa a otro le había salido mal.
En vez de estrangularme, la señora Bethany me dio la espalda, muy estirada, para inspeccionar la estancia.
—Abran las cajas, miren en los armarios y en las vigas. Quiero saber qué guardaba aquí arriba el señor Ross.
El recuerdo de los momentos que Gastón y yo habíamos pasado juntos me abrumaba, pero intenté concentrarme en un día en concreto: el día que subimos a esa habitación. Gastón se había sentado inmediatamente sobre el enorme arcón que había colocado contra una pared. En aquel instante pensé que estaría cansado, pero tal vez lo había hecho por un motivo bien distinto: para que yo no lo abriera.
Victorio miró hacia donde apuntaban mis ojos. No dijo nada, pero enarcó una ceja a modo inquisitivo. Asentí con la cabeza y se dirigió hacia el arcón para abrir la tapa. No pude ver lo que había dentro, pero mi madre dio un grito ahogado y el profesor Iwerebon maldijo entre dientes.
—¿Qué es? — pregunté.
La señora Bethany se acercó y echó un vistazo al interior del arcón. Mantuvo una expresión de absoluta frialdad al agacharse y sacar una calavera.
Ahogué un grito y me sentí como una estúpida.
—Eso tiene que ser muy antiguo. Vaya, mirad qué pinta tiene.
—Nuestros cuerpos se descomponen muy deprisa al morir, señorita Igarzabal. — La señora Bethany no paraba de darle vueltas al cráneo, lo que me recordó sus clases sobre Hamlet—. Para ser exactos, se deterioran hasta alcanzar el estado de descomposición que tendrían si hubieran muerto siendo humanos. A pesar de que los huesos están limpios, conservan restos de piel... Lo que nos sugiere que este cráneo pertenecía a un vampiro que murió hace décadas, tal vez incluso un siglo.
—Augusto — dijo Victorio de pronto — Una vez comentó que había muerto en la Primera Guerra Mundial. Gastón y Augusto  siempre se estaban buscando. Si Gastón lo atrajo hasta aquí y Augusto  no tenía ni idea de que estaba tratando con un cazador de la Cruz Negra, el resultado es fácil de imaginar.
—Sobre todo si Gastón contaba con uno de estos — Mi padre había abierto otra caja, de la que había sacado un cuchillo enorme; no, un machete — Con esto podría despachar a cualquiera de nosotros en un abrir y cerrar de ojos.
Victorio dejó escapar un prolongado silbido mientras examinaba la hoja.
—Esos dos solían pelearse, pero Augusto  siempre pudo con Gastón. O bien Gastón perdía a posta, o sabía que si demostraba lo que era capaz de hacer lo hubiéramos descubierto.
—Creía que Augusto  se había escapado — protesté.
Tenía que ser así; Gastón y Augusto  se habían peleado, pero Gastón no podía haberlo matado.
—Es lo que creímos todos, pero nos equivocamos — La señora Bethany devolvió el cráneo de Augusto  al arcón sin ceremonias — Sigamos buscando.
Los demás obedecieron. Temblorosa, me acerqué al arcón para mirar dentro. Había un montón de huesos, un uniforme polvoriento de Mandalay  y, en un rincón, un redondel de color marrón. Con un sobresalto comprendí que se trataba de la pulsera de cuero que Candela  había perdido. Era imposible que Gastón se la hubiera robado. No, se la había quitado Augusto  y la llevaba cuando murió.
«Cuando lo mató Gastón.»
—Rocío, cariño — Mi madre se acercó. Se había puesto unos téjanos y unas botas. Por lo general, se negaba a vestirse con lo que seguía calificando como ropa de hombre, pero había hecho una excepción para ir tras Gastón — Deberías ir a nuestra habitación. No es necesario que sigas aquí.
—¿Que me vaya al piso a hacer qué? ¿A leer un libro? ¿A escuchar música? Creo que no.
La señora Bethany me fulminó con la mirada por encima del hombro de Iwerebon.
—Daremos con su rastro a pesar de la lluvia. No le contará jamás a nadie de esta escuela nada acerca de esta noche.
Cerré la tapa del arcón lentamente.
—Yo también voy.
—Rocío — Mi madre negó con la cabeza — No tienes por qué hacerlo.
—Sí, sí tengo que hacerlo.
—No — Victorio se acercó a mí — Esto es totalmente nuevo para ti... y la Cruz Negra... Son muy buenos. Mortales. Puede que Gastón sea joven, pero es bastante obvio que sabe perfectamente lo que se hace.
—Lo que Victorio no dice por educación es que puede ser peligroso — Mi padre parecía furioso. Tenía la nariz roja e hinchada, probablemente rota. Incluso las heridas de los vampiros tardan un tiempo en curar — Gastón Dalmau podría hacerte daño, incluso podría matarte.
Me estremecí, pero no di mi brazo a torcer.
—Podría mataros a cualquiera de vosotros y aun así iréis tras él.
—Nosotros nos ocuparemos del asunto — insistió Victorio — Lo peor de todo esto es lo que te hizo, Rocío. Tus padres no dejarán que Gastón se salga con la suya, y yo tampoco.
La señora Bethany enarcó una ceja. Era obvio que para ella mi corazón roto no era «lo peor de todo», por eso esperaba que arremetiera contra mí, como siempre.
—Que venga — dijo, en cambio.
Mi madre se la quedó mirando, incrédula.
—¡Solo es una niña!
—Fue lo bastante mayor para morder a un humano, lo bastante mayor para darle poderes, y eso la hace lo bastante mayor para afrontar las consecuencias — Me miró fijamente — ¿Necesitará un arma, señorita Igarzabal?
—No.
¿Cómo iba a clavarle un cuchillo a Gastón?
La señora Bethany malinterpretó mi negativa. Tal vez con toda la intención.
—Supongo que podría completar su transformación esta noche.
—¿Esta noche? — dijeron mis padres al unísono.
—Los niños crecen tarde o temprano.
«Quiere que vuelva a morder a Gastón, pero esta vez quiere que lo mate. Le prenderán fuego al cuerpo antes de pueda volver a levantarse en forma de vampiro y habré perdido a Gastón para siempre.»
La señora Bethany se dirigió hacia la puerta y la abrió de un empujón. Victorio me puso un chubasquero sobre los hombros y yo intenté meter los brazos por las mangas, demasiado largas.
—Vamos.
Iniciamos nuestro descenso por la escalera hacia la oscuridad.


Mis padres me explicaron que eran vampiros en cuanto fui lo bastante mayor para saber guardar secretos, por lo que el hecho de no ser humana era algo tan normal y corriente para mí como que el cabello de mi madre tuviera un tono acaramelado o que a mi padre le gustara llevar el ritmo chascando los dedos al compás del jazz de los cincuenta. Bebían sangre sentados a la mesa en vez de ingerir alimentos, y les gustaba perderse en sus recuerdos acerca de los buques de vela, la rueca y, en el caso de mi padre, acerca de la vez que vio a William Shakespeare actuando en una de sus obras. No eran más que anécdotas, divertidas y enternecedoras, pero nunca escalofriantes. Nunca las había considerado como algo antinatural.
En cuanto iniciamos la persecución, comprendí lo poco que los conocía en realidad.
Avanzaban mucho más rápido que yo, más que la mayoría de los humanos. Gastón y yo creíamos estar desarrollando nuestros poderes cuando corríamos por los terrenos del internado semanas atrás, pero comparados con ellos éramos unas tortugas. Mis padres, Victorio, todos avanzaban con paso seguro a pesar del fango, y podían ver en la oscuridad. Yo tenía que confiar en los haces de luz de las linternas y en sus voces para guiarme.
—¡Aquí! — El acento nigeriano del profesor Iwerebon era aún más cerrado cuando algo lo preocupaba — El chico ha pasado por aquí.
«¿Cómo pueden saberlo?» Vi que Iwerebon apoyaba la mano sobre las ramas de un arbusto. Al tocarlo, sentí el vello de las suaves yemas de las hojas nuevas en mis manos heladas. Una de las ramas estaba partida. Gastón la había roto al pasar corriendo por el lado.
«Corre para ponerse a salvo. Debe de estar muerto de miedo.»
«Dijo que me quería.»
El estallido de un nuevo relámpago centelleó en el cielo y todo quedó iluminado por unos instantes como si fuera de día. Vi la silueta de la señora Bethany recortada contra el oscuro bosque y reconocí el paisaje: estábamos muy cerca del río. Era la primera vez desde hacía un buen rato que sabía dónde estábamos, porque las nubes cargadas de lluvia ocultaban las estrellas.
—No es uno de los caminos habituales que toman los alumnos — dijo la señora Bethany — La Cruz Negra debe de haberlo entrenado lo bastante bien para que tuviera preparado un plan de fuga, y eso significa que ha tenido que marcar la ruta con antelación.
Un trueno estalló sobre nosotros y ahogó la respuesta del profesor Iwerebon. Con cansancio, saqué los pies del fango en el que se habían hundido. Victorio me cogió por el codo para servirme de apoyo hasta que encontrara tierra firme.
«¿Cómo es posible que durante todo este tiempo en que creía que Gastón estaba protegiéndome, en realidad estuviera poniéndome en peligro?»
Noté la presión de los dedos de Victorio en mi brazo.
—Por aquí, vamos.
Cuando un nuevo relámpago surcó el cielo, vi lo que Victorio había encontrado: pisadas profundas en el barro que se dirigían hacia el río. Gastón había tenido que sacar los pies del fango como yo. A pesar de los nuevos poderes que compartíamos, Gastón no era ni tan rápido ni tan sobrenaturalmente etéreo como los vampiros que tenía a mi alrededor. Solo era un chico que corría hasta el límite de sus fuerzas, abriéndose camino a través de una tormenta, consciente de que se jugaba la vida si lo atrapaban.
Llovía con demasiada fuerza para que ese tipo de pisadas aguantaran mucho antes de que el agua las borrara. Ya estábamos muy cerca.
«Me mintió desde el principio. Desde el primer día. Mientras yo estaba angustiada por todos los secretos que no podía compartir con él, Gastón se burlaba de mí cada vez que nos besábamos.»
—¡Rápido! — nos urgió la señora Bethany. A pesar de la larga falda, se movía más rápido que ninguno. Yo me quedaba rezagada, sin aliento y helada de frío, aunque lo bastante cerca de ellos para oír la lluvia rebotando contra sus chubasqueros — Habrá cruzado el río. Eso nos hará perder tiempo.
El río.
Desde que tenía uso de razón, mis padres habían bromeado sobre el pánico que le tenían al agua en movimiento. Cuando íbamos de excursión, siempre intentaban seguir una ruta que no atravesara ningún río. Si había que hacerlo, lo hacían, pero solían demorarse bastante hasta que por fin se decidían: mi padre frenaba en cuanto aparecía un puente a la vista, mi madre se mordía las uñas angustiada y yo no podía parar de reír durante la media hora que necesitaban para encontrar el valor y decidirse a cruzarlo. Ambos describían su viaje en barco al Nuevo Mundo como la peor experiencia que jamás habían vivido.
«Los vampiros tienen problemas para cruzar el agua en movimiento.»
Algunos alumnos humanos se habían preguntado por qué los profesores a los que les tocaba vigilarnos salían en dirección a Riverton antes que nosotros, aunque yo sabía que era porque querían cruzar el puente a su ritmo, sin testigos de lo que representaba para ellos esa experiencia. En ese momento, comprendí que Gastón también lo sabía y que contaba con ello para ponerse a salvo.
Seguimos adelante, hasta que todos se detuvieron unos pasos más allá. No hizo falta que ningún relámpago me mostrara el camino. Jadeando, les di alcance y pasé al lado del profesor Iwerebon, de Victorio, de mis padres y, finalmente, de la señora Bethany, quien se había detenido a escasos pasos del puente.
—Espere aquí — ordenó — continuaremos enseguida.
Frunció los labios, tal vez infundiéndose ánimos para superar su única debilidad.
—Escapará.
Pasé junto a ella.
—¡Señorita Igarzabal! ¡Deténgase inmediatamente!
Mis pies tocaron el puente. Era más sencillo caminar sobre unos viejos tablones de madera empapados de agua que por el fango.
—¡Rocío! — me llamó mi padre — Rocío, espéranos. No puedes hacerlo sola.
—Sí, puedo.
Eché a correr. La lluvia me golpeaba la cara y me dolía el costado por culpa del flato. El chubasquero cargado de agua era como un peso muerto sobre los hombros. Lo único que quería era dejarme caer sobre el puente y llorar. Mi cuerpo estaba al límite de la extenuación.
Y sin embargo seguí corriendo. Corrí aunque las piernas me pesaban como el plomo y tenía un nudo en la garganta por las lágrimas reprimidas, mientras mis padres, mis profesores y mi amigo no dejaban de gritarme que volviera. Seguí corriendo, y a cada paso ganaba velocidad.
Desde que había llegado a Mandalay... No, en realidad durante toda mi vida había dejado que los demás solucionaran mis problemas. Nadie podía encargarse de aquello por mí. Tenía que enfrentarme yo sola.
No sabía si iba detrás de Gastón o si huía con él. Lo único que sabía era que debía correr.

1 comentario:

  1. No puedo creer que Gastón sea "malo" :| Yo se que la ama aunque sea una vampiro

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