martes, 17 de enero de 2012

Capitulo 015 - Segunda Parte

La peor tormenta de todas estalló a mediados de marzo, una noche de sábado tan ventosa que incluso los gruesos y antiguos cristales de las ventanas de la escuela traqueteaban en sus marcos. Los relámpagos iluminaban el cielo tan a menudo que a veces parecía de día durante un par de minutos. Dada la imposibilidad de salir afuera, todas las estancias comunes estaban abarrotadas. Por fortuna, varios amigos y yo encontramos el modo de distraernos.
—Vale, ¿cómo puedes tener tantos de Duke Ellington y ni uno de Dizzy Gillespie? — le preguntó Victorio a mi padre.
Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, rebuscando entre los discos para poner algo de música. Yo podría haber ido a buscar unos cuantos compactos y la minicadena a mi cuarto, pero eso habría significado dejar libre el sitio que ocupaba junto a Gastón en el sofá. El me había pasado un brazo por encima de los hombros y yo no tenía ninguna intención de moverme.
—Antes tenía algunos de Dizzy — se justificó mi padre — pero los perdí en el incendio del sesenta y cinco.
María, sentada con remilgo en una silla, suspiró.
—Yo viví un terrible incendio en 1892. Es horrible.
—Pues cualquiera diría que te habría encantado aprovechar la oportunidad para renovar el vestuario — le tomó el pelo Gastón. Todos nos volvimos hacia él — ¿Qué he dicho?
—El fuego es una de las pocas cosas que puede acabar con nosotros — le explicó mi madre, con los brazos cruzados delante del pecho — Por eso es un tema delicado.
Mis padres seguían sin fiarse de Gastón, pero hacían lo que podían. Igual que la señora Bethany, habían comprendido que cuanto más supiera, menos probable sería que cometiera desafortunados errores por el estilo.
Vi que a Gastón se le enturbió el semblante y por un segundo me intrigó lo que estuviera pensando o sintiendo. Aunque en realidad estaba deleitándome con la idea de que mi madre había dicho «con nosotros», incluyéndolo a él, como si Gastón ya fuera uno de los nuestros.
—De hecho, el otro día hablábamos de ello — dijo Gastón, de repente — ¿Qué otros modos hay? Me refiero a modos en que pueden morir los vampiros.
—Bueno, veamos. — Mi padre dio una palmada, como si tuviera que desempolvar sus recuerdos para traerlos a la memoria — En realidad la lista es bastante corta.
—Estacas — dijo Gastón sin dudarlo — Al menos eso es lo que sale en tele.
—La caja tonta — Era evidente que María creía que la televisión era un invento demasiado moderno para que mereciera su atención, aunque al menos no le importaba hablarle a Gastón de lo que significaba ser un vampiro. Yo albergaba la esperanza de que se abriera un poco, igual que lo había hecho sobre su vida en Nueva Orleans, pero hasta el momento se había ceñido a los hechos — Las estacas son mortíferas, pero solo de manera temporal. En cuanto te la sacan, te recuperas en un santiamén.
—Solo tienes que procurar tener un amigo que te desentierre y se ocupe de ello, claro — añadió Victorio, poniendo un disco de Billie Holiday.
—O sea que, fundamentalmente, son el fuego y la decapitación — intervino mi madre, contándolos con los dedos.
—¿Y el agua bendita? — preguntó Gastón.
—En absoluto — contestó mi padre, sin preocuparse de ocultar su desdén por la sugerencia de Gastón — Me han rociado con agua bendita varias veces y si hay alguna diferencia entre esa agua y la lluvia, que baje Dios y lo vea.
Gastón no parecía demasiado convencido, pero se limitó a asentir con la cabeza.
—Muy bien. Lo siento, sé que son preguntas tontas.
—Hay mucho que aprender — dijo María.
Viniendo de ella, era un gesto muy generoso, así que le sonreí mientras apoyaba la cabeza en el hombro de Gastón. Cortinas de lluvia repicaban contra las ventanas, un constante susurro de fondo para la ronca voz de Billie.
Mi madre debió de fijarse en que me arrimaba a Gastón, porque le dio unos rápidos golpecitos en el hombro a mi padre.
—Muy bien, Adrián. Ya hemos pasado un ratito con ellos. Estoy segura de que estos chicos preferirían charlar sin tenernos delante.
—¿Chicos? Resérvate eso para la clase, ¡pero si casi somos de la misma edad! —Victorio se echó a reír. Tenía razón, aunque se me hizo raro pensar en ello — Deberíais quedaros.
—A mí no me importa — dijo María, encogiéndose de hombros.
Gastón y yo intercambiamos una mirada. A nosotros sí nos importaba. En un mundo ideal, mis padres se habrían llevado a Victorio y a María con ellos para que nosotros pudiéramos hacérnoslo en el sofá, pero eso no iba a suceder.
Mi madre hizo un alarde de esa preocupante telepatía materna que tenía y suspiró comprensiva.
—Supongo que hay veces en que toda la intimidad que pueden proporcionarte tus padres no es suficiente, ¿eh?
—Sí, no es fácil salir con alguien en Mandalay  — convino Gastón.
Victorio fingió interesarse repentinamente en la carátula del disco de Billie Holliday.
Pensando en cómo le había dado calabazas a Victorio, traté de encontrar el modo de relajar el ambiente para que se sintiera más cómodo, y entonces recordé una historia curiosa que podía contar.
—Eh, al menos nosotros no lo tenemos tan mal como lo tuvo tu retatara lo que sea, ¿no, Gastón?
Gastón me miró perplejo y palideció, como si hubiera dicho algo terrible. Seguramente no me había entendido.
—¿Se trata de una anécdota familiar? — preguntó mi madre — Esas son las mejores.
Todo el mundo me prestó atención.
—Hará unos ciento cincuenta años, uno de los antepasados de Gastón estudió en Mandalay , un bisabuelo o algo así. ¡Pero si tú lo cuentas mejor! — Le di un codazo a Gastón, pero estaba muy tenso, rígido como una tabla. Me había advertido que la historia era un secreto, pero lo habría dicho en broma, ¿no? Una historia de hacía más de ciento cincuenta años no podía ser un secreto. Tal vez Gastón pensaba que era un poco embarazosa, pero yo no creía que hubiera nada de lo que tuviera que avergonzarse — Bueno, pues resulta que vino a estudiar aquí y se batió en duelo con otro alumno, creo que por una chica, justo en el vestíbulo principal. Y así es como acabó rota esa vidriera, ¿lo sabíais? Ninguno de los dos murió, pero lo expulsaron y...
Mi voz fue convirtiéndose en un débil hilillo al ver que mis padres y Victorio se habían quedado completamente inmóviles y habían clavado sus miradas en Gastón, quien estaba hundiéndome los dedos en el hombro.
La única persona de la habitación que parecía tan confundida como yo era María.
—¿Ya habían admitido humanos antes?
—No — contestó Victorio con aspereza — Nunca.
—¿Uno de tus antepasados era vampiro? — No daba crédito a lo que estaba oyendo — Gastón, ¿cómo es posible que no lo supieras?
—Me temo que no es eso — Mi padre se puso en pie lentamente. No era un hombre muy alto, pero el modo en que se acercó al sofá resultó muy intimidatorio — Mucho me temo que se trata de otra cosa.
—Hace ciento cincuenta años — A mi madre le temblaba la voz — Eso fue cuando... La vez que...
—Sí — contestó mi padre, sin apartar la mirada de Gastón.
Y lo apresó por el cuello.      
Yo lancé un chillido. ¿Es que mi padre se había vuelto loco? De repente, Gastón introdujo sus brazos por dentro de los de mi padre para obligarle a soltarlo y acto seguido le propinó un puñetazo en la nariz. La sangre manó a borbotones y unas gotitas húmedas me salpicaron la cara.
—¡Parad! ¿Qué estáis haciendo? ¡Quietos! — grité.
A continuación, todo sucedió muy rápido. Victorio me apartó a un lado, sin miramientos, y yo acabé trastabillando y cayendo al suelo. El también le lanzó un puñetazo a Gastón, pero este lo esquivó. María me rodeó con sus brazos y empezó a gritar con fuerza, incapaz de moverse. Mi madre golpeó una de las sillas de madera del salón contra el suelo con tanta fuerza que esta se partió. Al principio pensé que estaba intentando atraer su atención para aclarar qué demonios ocurría; sin embargo, arrancó una de las patas de la silla con una mano y, a modo de porra, golpeó a Gastón en los riñones.
Gastón gritó de dolor, pero se volvió de inmediato y le arrancó la pata de la mano a mi madre, cuya muñeca se resintió. Mi padre y Victorio se abalanzaron sobre Gastón y lo abordaron a la vez, pero Gastón era igual de rápido que ellos y esquivó sus golpes. En ese momento, recordé la pelea de la pizzería. Aunque entonces las habilidades de Gastón me habían sorprendido, comprendí que en realidad no había sido nada. Lo que estaba viendo ahora era la verdadera demostración de sus aptitudes, lo bastante desarrolladas para rechazar a dos vampiros a la vez.
A pesar de poseer la fuerza suficiente para luchar con ellos, no quería pelearme con mis padres por Gastón, o con Gastón por mis padres, al menos hasta que supiera qué demonios había ocurrido.
—¿Qué estáis haciendo? — me desgañité — ¡Parad de una vez, parad!
No se detuvieron. Mi padre le lanzó un puñetazo al estómago y cuando Gastón se encorvó, dio la impresión de que iba a caer hacia atrás, pero en realidad estaba fingiendo. En realidad se había agachado para coger la pata de la silla que mi madre había soltado. Mi padre y Victorio retrocedieron al instante y comprendí que Gastón se había hecho con una estaca. Puede que no pudiera matar definitivamente a ninguno de los dos solo con eso, pero al menos podía dejarlos fuera de circulación por el momento.
María empezó a chillarme en el oído cuando Gastón cargó contra el pecho de Victorio con la estaca en alto. Victorio dio un salto hacia atrás y consiguió esquivarlo por los pelos. Vi que el puñetazo de Gastón le había hecho un corte en el pómulo en forma de media luna. A continuación, y para mi más absoluta consternación y horror, Gastón se volvió hacia mi padre. Iba a intentar clavarle la estaca a mi padre.
—¡Gastón, no! — le supliqué — Mamá, dile que... ¿Dónde está mamá?
Estaba tan absorta en la pelea que no la había visto salir.
—Ha bajado a buscar ayuda — contestó mi padre con un gruñido — La señora Bethany no tardará y se ocupará de esto.
Gastón vaciló solo un segundo.
—Rocío, lo siento. Lo siento mucho.
—¿Gastón?
Nuestras miradas se encontraron.
—Te quiero.
Echó a correr hacia la puerta y bajó los escalones como una exhalación. Al principio, nos habíamos quedado tan desconcertados que no supimos reaccionar, pero mi padre y Victorio enseguida salieron detrás de él. Me volví hacia María, que seguía hecha un ovillo a mi lado, en el suelo.
—¿Tú entiendes algo?
—No.
Se pasó las manos por el suave cabello trenzado, como si pudiera ahuyentar el pánico arreglándose el pelo. No le importaba nada más.
Aunque me temblaban las piernas, me levanté para salir tras ellos y bajé la escalera tropezando en los escalones. Desde allí arriba oí los gritos de Victorio, que resonaban en las paredes de piedra.
—¡Detenedle! ¡Detenedle!
A continuación se oyó un gran estruendo, el sonido quebradizo de las esquirlas de cristal rebotando contra suelos y paredes, y mi padre soltó un taco. El corazón me latía con tanta fuerza que creí que me moriría si no paraba de correr, aunque también lo haría si me detenía, porque Gastón estaba en peligro y yo debía estar con él.
Bajé los últimos peldaños de la escalera de caracol como pude, medio corriendo, medio tropezando, y me encontré con Victorio, mi padre y unos cuantos alumnos más allí plantados, mirando fijamente la ventana del cristal transparente del vestíbulo principal. La ventana estaba hecha añicos y comprendí que Gastón había utilizado la pata de la silla para romperla y escapar por allí. Ni siquiera había tenido tiempo para atravesar la distancia que lo separaba de la puerta. Probablemente mis padres no habían salido tras él porque el vestíbulo estaba lleno de alumnos humanos alucinados y a punto de ponerse a hacer preguntas comprometidas.
Mi madre entró en el vestíbulo principal, cogiéndose la muñeca. Unos pasos más atrás venía la señora Bethany, en cuya mirada hervía una rabia mal disimulada.
—¿Qué demonios ocurre aquí? — Candela  bajó la escalera detrás de mí — ¿Ha habido...? ¿Ha habido una pelea o algo así?
La señora Bethany se puso muy derecha.
—Esto no es asunto suyo. Todo el mundo a sus habitaciones.
Candela  me miró mientras regresaba a nuestro piso. Era obvio que quería que se lo explicara, pero ¿qué iba a decirle? Estaba muy acalorada, aunque mi cuerpo fue enfriándose con cada latido de mi corazón; me faltaba el aire. No hacía ni cinco minutos que estaba sentada junto a Gastón, riéndonos de los chistes de mis padres.
Mis padres y Victorio no se movieron de su sitio cuando los demás regresaron a sus habitaciones, y yo también me quedé con ellos.
En cuanto nos quedáramos solos, iba a preguntarle a mi padre qué significaba todo aquello, pero se me adelantaron.
—¿Qué ha ocurrido? — preguntó la señora Bethany.
—Gastón es miembro de la Cruz Negra — contestó mi padre. La señora Bethany lo miró con ojos desorbitados, aunque no de espanto, sino de sorpresa; la primera vez que apreciaba una mínima vulnerabilidad en ella — Acabamos de descubrirlo ahora mismo.
—La Cruz Negra — Cerró las manos en un puño y miró fijamente la ventana rota. El viento azotaba la lluvia que entraba por el agujero bordeado de cristales afilados y volvió a oírse el estallido de un trueno — ¿Qué pretenden?
—Tenemos que ir tras él de inmediato.
Mí padre parecía dispuesto a salir corriendo en cualquier momento.
—Siempre habrá cazadores — dijo mi madre en voz baja, poniéndole la mano buena en el brazo — Nada ha cambiado.
La señora Bethany se volvió hacia ella, con la cabeza inclinada y los ojos entrecerrados.
—Su compasión no nos sirve de nada, Celia. Comprendo que desee ahorrarle sufrimientos a su hija, pero si su marido y usted hubieran puesto mayor cuidado, ahora no se encontraría en esta situación.
—Ese chico vino aquí con una misión y le hizo daño a nuestra hija para cumplirla. Le aseguro que averiguaré qué pretendía — Mi padre escudriñó la oscuridad — No puede avanzar tan rápido como nosotros en la tormenta. Deberíamos salir ahora mismo.
—Todavía hay tiempo para formar una expedición — insistió la señora Bethany — El señor Dalmau pedirá ayuda en cuanto pueda, lo que significa que no es seguro que lo encontremos a solas. Señor y señora Igarzabal, ambos vendrán conmigo para alistar y armar a los demás.
—Yo también voy — dijo Victorio, con determinación.
La señora Bethany lo miró de arriba abajo, evaluándolo.
—Muy bien, señor D’alessandro. Por el momento le sugiero que se ocupe de la señorita Igarzabal. Explíquele la insensatez que ha cometido y procure que no vaya contándolo por ahí.
Mi madre me tendió una mano.
—Debería hablar con ella.
—Dada su inclinación a ignorar la realidad, será mejor que le deje esa tarea a una parte más neutral.
La señora Bethany señaló la escalera de caracol.
Todavía tenía la esperanza de que mi madre le dijera a la señora Bethany dónde podía meterse su prepotencia, pero mi padre la cogió por el brazo bueno y la empujó escalera arriba con él. La señora Bethany los siguió, levantando la larga falda con una mano. Me volví hacia Victorio en cuanto estuvimos solos.
—¿Qué ha ocurrido?
—Chist, Rocío, cálmate.
Victorio colocó sus manos en mis hombros, pero yo no estaba por la labor.
—¡Que me calme! Acabáis de atacar a mi novio y él se ha revuelto. ¡No entiendo nada de nada! Victorio, por favor, dime... Dime... Por Dios, ¿qué...? ¡Si ni siquiera sé qué preguntar!
Había tantas preguntas agolpándose por salir, que era como si me atragantaran y me asfixiaran.
—Te han mentido. Nos han mentido a todos — contestó Victorio, sin alterarse.
La pregunta que acudió a mis labios anuló todas las demás.
—¿Qué es la Cruz Negra?
—Cazadores de vampiros.
—¿Qué?
La Cruz Negra es un grupo de cazadores de vampiros que lleva asediándonos desde la Edad Media. Nos siguen el rastro, nos separan de los nuestros y acaban con nosotros —Victorio me limpió las gotas de sangre de mi padre que me habían salpicado la cara, con tanta delicadeza como si fueran lágrimas — Ya en una ocasión intentaron infiltrarse en la Academia Mandalay . De vez en cuando, un humano consigue entrar mediante zalamerías o sobornos y se le tolera para evitar llamar la atención. Uno de esos humanos resultó ser un miembro de la Cruz Negra.
—Hace ciento cincuenta años... — La historia que acababa de contar arriba, la que Gastón me había confiado cuando nos conocimos, cobró sentido de repente — La pelea de la que hablaba... no fue un duelo, ¿verdad?
Victorio negó con la cabeza.
—No, alguien descubrió que era miembro de la Cruz Negra y él consiguió escapar. Lo mismo que ha ocurrido esta noche.
La Cruz Negra. Cazadores de vampiros. Gastón nunca me había mencionado que hubiera encontrado algo por el estilo en los libros que la señora Bethany le había prestado, y en ese momento comprendí que me lo había ocultado. Gastón había acudido a Mandalay  para cazar y matar criaturas como yo. Incluso me había embaucado para que volviera a morderle... y así proporcionarle la fuerza y el poder que necesitaba para defenderse. Me había utilizado para convertirse en un asesino más eficiente, había intentando matar a mis padres y me había mentido en todo, desde el principio.
«En un primer momento, antes de que Gastón supiera que yo era un vampiro, había intentado protegerme. Yo creí que se preocupaba por mí porque me sentía sola, pero no era por eso; él pensó que yo era una humana rodeada de vampiros, y por eso se preocupaba por mí. Pero desde que ha descubierto lo que soy, me ha estado utilizando para adentrarse en los entresijos de Mandalay, para asumir nuestros poderes, para llegar a donde deseaba. Me hizo sentir culpable por haberle mentido cuando él me estaba contando una mentira aún mayor.»
Lo que parecía amor era traición.

2 comentarios:

  1. wuau quede re sorprendida no pensaba, no imaginaba eso pobre rochi!!! haa quiero mas pero ya!!!!

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