martes, 17 de enero de 2012

Tercera Parte, Capitulo Cinco

El dolor la estaba dejando sin respiración, o tal vez era el miedo. Rochi sabía que tenía que llegar a un hospital, pe­ro le daba miedo moverse. Tenía miedo de que, si se movía, aquella humedad caliente y pegajosa que ya empapaba la fal­da de su vestido de novia de lana blanca se convirtiera en una inundación que se llevara consigo a su bebé.
Como no había comido apenas nada en todo el día, Rochi había atribuido los primeros calambres al hambre. Luego había sufrido un espasmo tan fuerte que apenas pu­do hacerse a un lado con el coche.
Plegó las manos sobre su estómago y se hizo un ovillo. «Por favor, no dejes que pierda el bebé. Por favor, Dios mío.»
-¿Rocío?
A través de la neblina de sus lágrimas, vio que Gastón mi­raba por la ventanilla del coche. Como ella no se movió, él golpeó el cristal.
-Rocío, ¿qué te pasa?
Ella intentó responder, pero no pudo. Gastón señaló el seguro de la puerta.
-Abre el cierre.
Ella estiró el brazo, pero tuvo otro calambre. Gimió y se envolvió los muslos entre los brazos para que no se separasen.
Gastón volvió a golpear el cristal, esta vez con más fuerza.
-¡Toca el seguro! ¡Sólo tócalo! Sin saber cómo, Rochi logró hacer lo que le pedía.
Una ola de aire frío la golpeó cuando él abrió la puerta de par en par y su aliento creó una nube de vaho en el aire.
-¿Qué te ocurre?
El miedo la había dejado sin habla. Lo único que pudo hacer fue morderse los labios y apretar aún más los muslos.
-¿Es el bebé?
Ella asintió nerviosamente con la cabeza.
-¿Crees que tienes un aborto?
-¡No! -Rochi combatió el dolor e intentó hablar con más calma-. No, no es un aborto. Sólo... sólo son calambres.
Ella se dio cuenta de que él no se lo creía, y le odió por ello.
-Hay que llevarte a un hospital.
Gastón corrió hacia el otro lado del coche, abrió la puer­ta y le tendió los brazos para trasladarla al asiento del pasa­jero, pero ella no podía permitírselo. Si se movía...
-¡No! ¡No...! ¡No me muevas!
-Tengo que hacerlo. No te haré daño, te lo prometo.
Gastón no lo entendía. No era a ella a quien le haría daño.
-No...
Pero él no la escuchaba. Ella se agarró los muslos con más fuerza mientras él la sujetaba por debajo y, con dificul­tad, la desplazaba hacia el otro asiento. El esfuerzo dejó a Rochi jadeando.
Gas volvió corriendo a su coche y regresó enseguida con su teléfono móvil y una manta de lana con la que tapó a Rocío. Antes de sentarse al volante, colocó una chaqueta en el asiento. Para cubrir su sangre.
Mientras él se dirigía de nuevo hacia la autopista, ella deseó que sus brazos tuvieran la fuerza suficiente para se­guir manteniendo sus dos piernas juntas. Gastón hablaba con alguien al teléfono... Estaba intentando localizar un hospi­tal. Los neumáticos de su diminuto Escarabajo chirriaron mientras salía como un rayo de la autopista y trazaba una curva. Conducción temeraria. «Por favor, Dios mío...»
Rocío no tenía ni idea de cuánto habían tardado en lle­gar a ese hospital. Sólo se dio cuenta de que él abría la puer­ta del pasajero y se preparaba para volver a tomarla en sus brazos.
Intentó apartar las lágrimas de sus ojos pestañeando y le miró.
-Por favor... Ya sé que me odias, pero... -Rocío jadeó tras un nuevo calambre-. Mis piernas... Tengo que mante­nerlas juntas.
Él la examinó un momento y luego asintió con la cabeza.
Rochi sintió como si no pesara nada cuando Gas des­lizó sus manos por debajo de la falda de su vestido de novia y la levantó sin esfuerzo. Gastón apretó los muslos de Rocío contra su cuerpo y cruzó la puerta de entrada.
Alguien se acercó con una silla de ruedas y Gastón corrió hacia ella.  
-No... -Rocío intentó agarrarle el brazo, pero estaba demasiado débil-. Las piernas... Si me sueltas...
-Por aquí, señor -gritó una enfermera.
-Indíqueme dónde tengo que llevarla -dijo Gastón.
-Lo siento, señor, pero...
-¡Vamos, deprisa!
Rocío apoyó la mejilla en el pecho de Gastón y por un momento sintió que el bebé estaba a salvo. Ese momento se esfumó en cuanto él la llevó a un cubículo con cortinas y la dejó cuidadosamente sobre la camilla.
-Nosotros nos encargaremos de ella. Mientras, vaya us­ted a registrarla, señor -dijo la enfermera.
Gastón apretó la mano de Rochi. Por primera vez desde que había regresado de Australia, parecía preocupado en lu­gar de hostil.
-Vuelvo enseguida.
Con la mirada fija en la luz fluorescente que había en el techo, Rocío se preguntó cómo iba Gastón a rellenar los pa­peles. No sabía ni su fecha de nacimiento ni su segundo nom­bre de pila. No sabía nada de ella.
La enfermera era joven, de rostro dulce. Pero cuando quiso ayudar a Rochi a quitarse las medias ensangrentadas, ésta se negó. Tendría que aflojar las piernas para hacerlo.
La enfermera le acarició el brazo.
-Iré con mucho cuidado.
Pero de nada sirvió. Cuando llegó el médico de la sala de urgencias a examinarla, Rochi ya había perdido a su bebé.

Gastón se negó a que le dieran el alta antes del día siguien­te, y, como era una celebridad, su deseo se cumplió. A través de la ventana de su habitación privada, Rocío veía un apar­camiento y una fila de árboles deshojados. Cerró los ojos in­tentando no oír.
Uno de los médicos hablaba con Gastón, utilizando el tono deferente que adopta la gente cuando habla con alguien fa­moso.
-Su esposa es joven y goza de buena salud, señor Dalmau. Tendrá que ir a que la visite su médico de cabecera, pe­ro no veo ningún motivo para que ustedes dos no puedan te­ner otro hijo.
Rochi sí que vio uno.
Alguien tomó su mano. Rocío no sabía si era una enfer­mera, el médico o Gastón. No le importaba, y la apartó.
-¿Cómo te encuentras? -susurró Gastón. Ella fingió estar dormida.
Gastón se quedó en la habitación durante mucho rato. Cuando finalmente se marchó, Rocío se dio la vuelta para al­canzar el teléfono.
Se sentía aturdida por las pastillas que le habían dado, y tuvo que marcar dos veces antes de poder hablar. Cuando María respondió, Rochi se echó a llorar.
-Ven a buscarme. Por favor...

Nico y Mery aparecieron en su habitación poco des­pués de medianoche. Rochi creía que Gastón se había mar­chado, pero debía de haberse quedado dormido en el vestí­bulo porque le oyó hablar con Nicolás.
María le acarició la mejilla. La fértil María, que había dado a luz a cuatro hijos sin ningún percance. Una de sus lá­grimas cayó en el brazo de Rocío.
-Oh, Rochi... Lo siento tanto.
Cuando María dejó la cabecera de la cama para hablar con la enfermera, Gastón tomó su lugar. ¿Por qué no se mar­chaba? Era un extraño, y nadie quiere a un extraño cerca cuando su vida se está derrumbando. Rocío volvió la cabe­za hacia la almohada.
-No hacía falta que les llamaras -dijo tranquilamen­te-. Yo te habría llevado de regreso a casa.
-Ya lo sé.
Gastón había sido amable con ella, así que se obligó a mi­rarle. Vio preocupación en sus ojos, y también cansancio, pero no encontró la más mínima sombra de pena.
En cuanto llegó de vuelta a casa, Rochi rasgó los esbo­zos de Daphne encuentra a una bebé conejo y los tiró a la basura.
A la mañana siguiente, la noticia de su boda llegó a los periódicos.

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