lunes, 16 de enero de 2012

Capitulo 015 - Primera Parte

Con marzo llegaron las lluvias, aguaceros torrenciales que enturbiaban los cristales y convertían la tierra en lodo. Por primera vez no podíamos evadirnos en los prados; sin embargo, también por primera vez no nos hacía falta. Gastón y yo estábamos empapándonos de Mandalay. Empezábamos a formar parte de ella.
—Mira esto — Una tarde, sentados en un apartado rincón de la biblioteca, Gastón me acercó uno de los pesados volúmenes de la señora Bethany, encuadernados en piel negra. Solo se oía la lluvia golpeando contra los cristales. El paso del tiempo había amarilleado las páginas del libro y la tinta se había difuminado, por lo que tuve que entrecerrar los ojos para adivinar las palabras. Fui leyendo mientras Gastón me lo explicaba—. Hablan todo el rato de «la Tribu». Un grupo ancestral de vampiros. ¿Hay alguien aquí de la Tribu?
—Nunca había oído hablar de esa Tribu — Jamás habría imaginado lo compleja que era la tradición vampírica. Mis padres ni siquiera habían mencionado nada de aquello — Aunque, ¿a qué te refieres cuando dices «ancestral»? Mi padre tiene cerca de mil años. Dudo que se pueda ser más ancestral.
—No si todo el mundo es inmortal. Debe de haber vampiros dos, tres, diez veces mayores que él. Antiguos romanos, antiguos egipcios, los que vinieran antes que ellos... ¿Dónde están? Aquí no creo.
Tenía razón. Probablemente Julián, que había muerto en el siglo VII, era el vampiro de mayor edad de Mandalay. Los vampiros también morían; es decir, que morían de verdad. Podía matarlos la abstinencia de sangre durante muchos meses o, incluso, una abstinencia más corta pero combinada con exponerse a la luz del sol. Mis padres me lo habían dejado muy claro cuando era niña y no quería acabarme el vaso de sangre de cabra. La peor pesadilla de todos era el fuego, que acababa con los vampiros incluso con mayor rapidez que con los humanos. Sin embargo, a pesar de esos peligros, muchos vampiros debían de haber sobrevivido incluso más tiempo que Julián.
—Mis padres dicen que hay gente que pierde el norte  — murmuré — Que pierden la noción del tiempo y ya no son capaces de seguir el ritmo de los cambios. La Academia Mandalay  se construyó para que los vampiros no cayeran en esa trampa. ¿Crees que era ese el propósito de mis padres? Tal vez la Tribu acoge a los vampiros que perdieron el norte, a eremitas y reclusos sin relación con la Humanidad.
Me estremecí de solo pensarlo.
—Te estás agobiando, ¿verdad?
—Sí, un poquito.
Gastón me acarició la mejilla con el pulgar.
—¿Quieres que hagamos un descanso?
Comprendí que, en cierto modo, así era.
—Debería estar estudiando Historia. Es difícil sacar excelentes cuando te ponen al lado gente que ha vivido en sus propias carnes la mitad de los acontecimientos que aparecen en el libro. Además, mi madre es más dura conmigo que nunca.
—Adelante — Gastón ya había devuelto su atención al libro sobre la tradición vampírica — No me moveré de aquí.
No levantó la cabeza del tomo en la hora siguiente, y cuando recogí mis cosas para bajar, tuve que irme sin él porque se quedó trabajando hasta que cerró la biblioteca. Ni nos habíamos planteado que pudiera llevárselo a su habitación. Nicolás podía ser un inconsciente, pero no era tonto, y sería una imprudencia dejar a la vista información fidedigna sobre vampiros.
De vez en cuando me asaltaban las dudas y me preguntaba si Gastón no tendría otras razones desconocidas para sumergirse en los libros de la señora Bethany, pero enseguida descartaba la idea. La mayoría de las veces lo animaba a seguir adelante, pensando que estaba cada vez más cerca de convertirse en un vampiro y de quedarse conmigo para siempre.
Por descontado, no todo el mundo estaba de acuerdo. Eugenia había aflojado la presión después de que yo mordiera a Gastón por primera vez imaginando, tal vez, que por fin había ingresado «en el club». Sin embargo, no quería que él formara parte de ese club; es decir, que después de que corriera la voz por la escuela acerca del segundo mordisco, ella había entrado en modo «bruja supino».
—¿Te imaginas pasar cientos de años saliendo con ese tipo? — rezongó un día en clase de Tecnología moderna, dirigiéndose a Genevieve en voz alta, mientras el señor Yee estaba en el rincón explicándole algo, con paciencia de santo, al perpetuamente despistado Julián — Es decir, por favor. Me basta y me sobra teniendo que aguantar un curso entero a Gastón Ross. Va listo si cree que de aquí a veinte años voy a irle detrás cuando esté intentando dar coba a la gente con la que estuvo metiéndose.
—Eh, Eugenia, refréscame la memoria — dijo Victorio con toda naturalidad, mientras intentaba programar el microondas, que era en lo que consistía la lección del día — El otro día creí recordar que te había visto en la Indochina francesa, pero luego me di cuenta de que no podía ser porque tú te transformaste... ¿Cuánto hace? ¿Cincuenta años?
—Hum... — De súbito, Eugenia parecía muy interesada en la punta de su coleta — Más o menos.
—No, espera. No hace cincuenta — Victorio frunció el ceño, como si el microondas fuera para él una máquina ininteligible, aunque adiviné que ya había descubierto cómo funcionaba — Fue en... No, en los setenta tampoco... En 1987, ¿no?
—¡No! —Eugenia se había sonrojado. Genevieve la miró fijamente; no sabía nada y parecía horrorizada — Fue en 1984.
—Ah, en 1984, tres años antes. Bastante después de que los franceses se fueran de Indochina. Me había equivocado — Victorio se encogió de hombros — Discúlpame, Eugenia. Las décadas pasan volando para los que llevamos ya un tiempo danzando por aquí.
Fingí que no estaba escuchándolos, pero se me escapó una risita cuando Victorio le dio triunfalmente al botón de encendido y el microondas empezó a calentar un vaso de sangre. La edad significaba estatus, y todo aquel que no pasara de medio siglo era un novato, por lo que los aspavientos indignados de Eugenia quedaron ridiculizados. Gastón y yo pertenecíamos a la escuela tanto como ella... Lo que me hacía sentir rara, pero era cierto. Puede que volviéramos al cabo de cuarenta años o de cuatrocientos; tal vez regresaríamos para entender los cambios que se habían producido en el mundo y volveríamos a visitar el lugar donde nos habíamos conocido. Todavía me acongojaba pensar en la eternidad que nos esperaba por delante. Seguía angustiándome ligeramente cada vez que pensaba en hasta qué punto tendría que adaptarme a un mundo que podía cambiar tanto como lo había hecho para mi padre desde la invasión normanda. La sensación que me invadía en esos momentos se acercaba mucho al pánico a las alturas: muy cerca de la caída.
Sin embargo, cuando pensaba en que tendría a Gastón a mi lado para enfrentarme a todos esos años, mis miedos desaparecían.

1 comentario:

  1. Sooooocia!!!

    volviste y volviste con la nove :D que buenoooo!!! muuuy buen capitulo, me encanta como se van informando juntos acerca de los vampiros... me gusto mucho este capi, veremos como sigue... espero mas ;)

    Beso-

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