Cuando regresó cinco minutos después, se acercó apresuradamente al reservado. Si bien las luces eran tenues, estaba segura de que todos podían darse cuenta de que estaba desnuda bajo la delgada tela de seda. Gastón la estudió con atención mientras se acercaba. Había tal arrogancia en su postura que no cabía duda de que era un Romanov de los pies a la cabeza.
Cuando Rocío se acomodó a su lado, él le pasó un brazo por los hombros y le deslizó un dedo por la clavícula.
—Pensaba decirte que abrieras el bolso y me mostraras tu ropa interior para estar seguro de que habías seguido mis órdenes, pero me parece que no será necesario.
—¿Se nota? —Miró a los lados, alarmada. —Ahora todos saben que estoy desnuda debajo de la ropa y es culpa tuya. Nunca debí dejar que me convencieras de esto.
Gastón le deslizó la mano bajo el pelo y la agarró por la nuca.
—Tal y como yo lo recuerdo, no tenías otra opción. Fue una orden real, ¿recuerdas?
Él había aprovechado todas las oportunidades que se le presentaban para tomarle el pelo desde el domingo, y ella disfrutaba de cada minuto. Le lanzó una mirada reprobatoria.
—Yo no obedezco órdenes reales.
Él se acercó más y le rozó la oreja con los labios.
—Cariño, con un chasquido de dedos puedo hacer que te encierren en una mazmorra. ¿Seguro que no quieres reconsiderar tu postura?
La llegada del camarero la salvó de responder. Había retirado los restos de la ensalada mientras ella estaba en el baño y ahora les sirvió el plato principal. Gastón había pedido salmón ahumado y ella pasta. Los linguini olían a sabrosas hierbas y a los camarones que se escondían entre las verduras. Mientras probaba el delicado manjar, Rocío intentó olvidarse de que estaba medio desnuda, pero Gastón no la dejó.
—¿Rocío ?
—¿Mmm?
—No quiero ponerte nerviosa, pero...
Él levantó la servilleta que cubría el pan caliente y estudió atentamente la cesta y su contenido. Ya que todos los panecillos eran iguales, ella no entendía por qué tardaba tanto tiempo en elegir uno como no fuera para ponerla nerviosa.
—¿Qué? —lo azuzó. —¿Qué decías?
Gastón partió el pan y lo untó lentamente de mantequilla.
—Si no me satisfaces por completo esta noche... —la miró, y sus ojos estaban llenos de fingido pesar— me temo que tendré que cederte a mis hombres.
—¡Qué! —Rocío casi se levantó de un salto de los cojines.
—Es sólo para inspirarte. —Con una sonrisa diabólica, hundió con firmeza los dientes blancos en el trozo de pan.
¿Quién podía haber imaginado que ese hombre tan complicado sería un amante tan imaginativo? Pensó que ese pícaro juego podían jugarlo los dos y sonrió con dulzura.
—Entiendo, Su Alteza Imperial. Le aseguro que estoy demasiado aterrada por su real presencia para osar decepcionarle.
Gastón arqueó una ceja diabólicamente mientras pinchaba un camarón del plato de Rocío y se lo acercaba a los labios de la joven.
—Abre la boquita, cariño.
Rocío se tomó su tiempo para comer el camarón y, mientras, deslizó los dedos por el interior de la pantorrilla de Gastón, agradeciendo la intimidad y la escasa luz del reservado que los resguardaban de miradas curiosas. Tuvo la satisfacción de sentir cómo a su marido se le tensaban los músculos de la pierna y supo que él no estaba tan relajado como parecía.
—¿Tienes las piernas cruzadas? —preguntó él.
—Sí.
—Sepáralas. —Ella casi soltó un grito ahogado. —Y mantenlas así el resto de la velada.
La comida se volvió insípida de repente y todo en lo que Rocío pudo pensar fue en salir del restaurante y meterse en la cama con él.
Separó las piernas unos centímetros. Él le tocó la rodilla bajo el mantel, y su voz ya no sonó tan segura como antes.
—Muy bien. Sabes acatar las órdenes. —Introdujo la mano debajo de la falda y la deslizó hacia arriba por el interior del muslo.
Tal audacia la dejó sin aliento y, en ese momento, se sintió como una esclava bajo el yugo del zar. La fantasía la hizo sentirse débil de deseo.
Aunque ninguno de los dos mostró señales de apresuramiento, acabaron de comer en un tiempo récord y rehusaron tomar el café y el postre. Pronto estuvieron de regreso en el circo.
Gastón no le dirigió la palabra hasta que estuvieron dentro de la caravana, donde lanzó las llaves en el mostrador antes de volverse hacia ella.
—¿Has tenido suficiente diversión por esta noche, cariño?
El roce de la seda en su piel desnuda y su flirteo público habían hecho que Rocío abandonara sus inhibiciones, pero aun así se sintió un poco tonta cuando bajó la vista e intentó mostrarse sumisa.
—Lo que Su Alteza Imperial desee.
Él sonrió.
—Entonces desnúdame.
Ella le quitó la chaqueta y la corbata, y le desabotonó la camisa al mismo tiempo que presionaba la boca contra el torso que dejaba al descubierto. El roce sedoso del vello cosquilleó en sus labios poniéndole la piel de gallina. Lamió una de las oscuras y duras tetillas. Sintió los dedos torpes al forcejear con la hebilla del cinturón y, cuando por fin consiguió abrirlo, comenzó a bajarle la cremallera.
—Desnúdate tú primero —dijo él, —pero antes dame la bufanda.
A Rocío le temblaron las manos cuando se desató la bufanda dorada de la cintura y se la dio. Se quitó los pendientes y se deshizo de las sandalias. Con un grácil movimiento se pasó el jersey por la cabeza mostrando los pechos. La cinturilla de la falda cedió bajo los dedos y la frágil seda se le deslizó por las caderas. La apartó con el pie y se quedó desnuda ante él.
Gastón la acarició con la mano, desde el hombro a la cadera, desde las costillas a los muslos, como si estuviera marcando una propiedad. El gesto licuó la sangre de Rocío en sus venas, enardeciéndola hasta tal punto que apenas era capaz de mantenerse en pie. Satisfecho, él agarró la bufanda y dejó que el extremo se deslizara lentamente entre sus dedos.
Había una amenaza erótica en el gesto y Rocío no pudo apartar la vista de la tela. ¿Qué iba a hacer Gastón con ella?
Contuvo el aliento cuando él le pasó la bufanda alrededor del cuello dejando que los extremos colgasen sobre sus pechos. Tomando los flecos en las manos, Gastón levantó primero un extremo y luego el otro, deslizándolos de un lado a otro. Los dorados hilos de seda le rozaron los pezones con suavidad. La sensación, cálida y pesada, se extendió por el vientre de Rocío .
A Gastón se le oscurecieron los ojos hasta adquirir el color del brandy.
—¿A quién perteneces?
—A ti —susurró ella.
Él asintió con la cabeza.
—¿Ves qué sencillo es?
Terminó de desnudarlo. Entonces, Rocío deslizó las palmas de las manos por los muslos de Gastón, sintiendo las duras texturas de la piel y los músculos. Estaba majestuosamente excitado. Ella sintió los pechos pesados y consideró que tenía más que suficiente, pero siguió con la fantasía.
—¿Qué quieres ahora de mí? —preguntó.
Él apretó los dientes y emitió un profundo sonido inarticulado mientras la empujaba por los hombros hacia abajo.
—Esto.
A Rocío se le paró el corazón. Acató su orden silenciosa y lo amó como quería. El tiempo perdió su significado. A pesar de estar en aquella postura sumisa, nunca se había sentido tan poderosa. Gastón le enredó los dedos en el pelo, mostrándole sin palabras lo que necesitaba. Los ahogados gemidos de placer de Gastón incrementaron la excitación de Rocío .
La joven sintió la rígida tensión de los músculos bajo las palmas de las manos y la película de sudor que cubría aquella dura piel masculina. En ese momento Gastón la puso bruscamente en pie y la tendió en la cama.
Retrocedió un paso para mirarla a los ojos.
—Ábrete para mí y dejaré que me sirvas otra vez.
Oh, Santo Dios. Gastón debió de sentir el estremecimiento que la recorrió porque sus ojos se entornaron con satisfacción. Rocío separó las piernas.
—No tan rápido. —Él le atrapó el lóbulo de la oreja entre los dientes y lo mordisqueó con suavidad. —Primero tengo que castigarte.
—¿Castigarme? —Ella se quedó rígida pensando en los látigos guardados bajo la cama, justo debajo de sus caderas.
—Me has excitado, pero no has terminado lo que empezaste.
—Eso fue porque tú...
—Basta. —Gastón se levantó de nuevo y la miró con toda la noble arrogancia heredada de sus antepasados Romanov.
Rocío se relajó. Él jamás le haría daño.
—Cuando quiera tu opinión, mujer, te la pediré. Hasta entonces, será mejor que controles la lengua. Mis cosacos llevan demasiado tiempo sin una mujer.
Ella le lanzó una mirada afilada.
A Gastón le tembló la comisura de los labios, pero no sonrió. Se limitó a inclinar la cabeza y rozarle con los labios el interior del muslo.
—Sólo hay un castigo adecuado para una esclava que no sabe guardar silencio. Una severa y cruel reprimenda.
El techo dio vueltas mientras él cumplía su amenaza y la llevaba a un reino de ardiente placer, a un éxtasis tan antiguo como el tiempo. El cuerpo de Gastón se volvió resbaladizo por el sudor y tensó los músculos de los hombros bajo las manos de Rocío , pero no se detuvo. Sólo al final, cuando ella le rogó que forzara la dulce penetración que necesitaba con tanta desesperación.
Gastón la penetró profundamente y toda diversión desapareció de sus ojos.
—Quiero amarte —susurró.
A ella le ardieron los ojos por las lágrimas cuando él dijo las palabras que tanto había deseado oír. Gastón se pegó a su cuerpo, y se dejaron llevar por un ritmo tan eterno como el latido de sus corazones. Se movieron como si fueran uno. Rocío sintió cómo su amado la llenaba por completo, llegando al mismo centro de su alma.
Se perdieron en un torbellino de pasión; hombre y mujer, cielo y tierra. Todos los elementos de la creación convergiendo en una perfecta combinación.
Cuando todo terminó, Rocío experimentó una dicha que nunca había sentido antes y tuvo la certeza de que todo iría bien entre ellos. «Quiero amarte», había dicho él. No había dicho, «quiero hacer el amor contigo», sino «quiero amarte». Y lo había hecho. No podía haberla amado más intensamente aunque hubiera repetido las palabras cien veces.
Lo miró por encima de la almohada. Estaba de cara a ella, con los ojos medio cerrados y somnolientos. Extendiendo el brazo, Rocío le acarició la mejilla y él volvió la cabeza para besarle la palma de la mano.
Ella le recorrió la mandíbula con el pulgar, disfrutando de la suave aspereza de su piel.
—Gracias.
—Soy yo quien debería darte las gracias.
—¿Quiere eso decir que no vas a compartirme con tus cosacos?
—No te compartiría con nadie.
El juego erótico que habían estado jugando la había hecho olvidarse de la promesa que se había hecho interiormente de decirle lo del bebé esa noche.
—Llevas días sin hablar del divorcio.
Gastón se puso en guardia de inmediato y rodó sobre la espalda.
—No he pensado en ello.
Rocío se sintió desanimada por su retirada, pero ya sabía que iba a ser difícil y continuó presionándolo, aunque con toda la suavidad que pudo.
—Me alegro. No es algo agradable en lo que pensar.
La observó con una mirada preocupada.
—Sé lo que quieres que diga, pero aún no puedo. Dame un poco más de tiempo, ¿Bueno?
Con un nudo en la garganta, Rocío asintió con la cabeza.
Parecía tan nervioso como un animal salvaje obligado a vivir bajo el yugo de la civilización.
—Nos lo tomaremos día a día.
Rocío comprendió que no debía seguir presionándolo. Pero el hecho de que él no hubiera mencionado que su matrimonio finalizaría en apenas dos meses le daba la suficiente esperanza como para retrasar un poco más la noticia del bebé.
—Eso haremos.
Él se incorporó y se reclinó contra las almohadas apoyadas contra el cabecero.
—Sabes que eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿verdad?
—Sin lugar a dudas.
Él se rio entre dientes y dio la impresión de que lo abandonaba parte de la tensión. Rocío se puso boca abajo, se apoyó en los codos y le acarició el vello del pecho con la yema de los dedos.
—¿Catalina la Grande fue una Romanov?
—Sí.
—He leído que era una mujer muy lujuriosa.
—Tenía un montón de amantes.
—Y mucho poder. —Rocío se inclinó hacia delante y le mordisqueó el pectoral. Gastón se estremeció, así que lo mordisqueó otra vez.
—¡Ay! —la agarró por la barbilla. —¿Qué es lo que está tramando exactamente esa retorcida mente tuya?
—Sólo pensaba en todos esos hombres tan fuertes bajo el yugo de Catalina la Grande...
—Aja.
—... obligados a servirla... a someterse a ella.
—Aja.
Ella le acarició con los labios.
—Te toca ser el esclavo, machote.
Por un momento él pareció alarmado, luego soltó un profundo suspiro.
—Creo que he muerto y he ido al cielo.
hay dios mio...
ResponderEliminarson tan sexies!!!!