martes, 10 de enero de 2012

Segunda Parte, Capitulo Cinco

Pocos días después de la emboscada de María y Nicolás, Rochi se encontró con Gastón para encargarse de la licencia matrimonial. Después de eso, fueron al centro cada uno en su coche, al edificio Hancock, donde firmaron los papeles legales de separación de bienes. Gastón no sabía que Rocío no tenía bienes que separar, y ella no se lo contó. Eso sólo ha­bría hecho que ella pareciera aún más chiflada de lo que él ya pensaba que estaba.
Rocío desconectó mientras el abogado les explicaba los documentos. Gas y Rochi no habían mediado palabra so­bre qué papel tendría él en la vida del niño, y ella estaba de­masiado deprimida para sacar el tema. Otra cosa que tenían que resolver.
Al salir del despacho, Rocío hizo de tripas corazón e in­tentó nuevamente hablar con él.
-Gastón, esto es una locura. Al menos déjame que les cuente a Nico y Mery la verdad.
-Me juraste que mantendrías la boca cerrada.
-Ya lo sé, pero...
Sus ojos verdes la dejaron helada hasta los huesos.
-Me gustaría creer que puedes ser de fiar sobre algo-le espetó Gastón.
Ella apartó la mirada, deseando no haberle dirigido la pa­labra.
-No estamos en los años cincuenta. No necesito casar­me para educar a mi hijo. Hay montones de mujeres solte­ras que lo hacen.
-Casarse no será más que una pequeña incomodidad para ambos. ¿Tan egocéntrica eres que no puedes dedicar unas pocas semanas de tu vida a intentar arreglar esto?
No le gustó ni el desprecio de su voz, ni que la llamara egocéntrica, especialmente sabiendo que él hacía todo aque­llo únicamente para mantener las buenas relaciones con Nicolás y su hermana, pero Gastón se alejó antes de que ella pudiera res­ponder. Finalmente abandonó. Podía enfrentarse a uno de ellos, pero no a los tres.
La boda tuvo lugar pocos días después, en la sala de es­tar de los Riera. Rochi llevaba un vestido blanco nieve de media pantorrilla que le había regalado su hermana. Gastón llevaba un traje gris oscuro con una corbata a juego. Rocío pensó que le daba un aire de atractivo director de pompas fúnebres.
Ambos rehusaron invitar a ninguno de sus amigos a la ceremonia, así que sólo Nico, Mery, los niños y los perros estaban allí. Las niñas habían decorado la sala de estar con serpentinas de papel crepé y les habían puesto lacitos a los perros. Cafre llevaba el suyo alrededor del collar, y el de Canela colgaba coqueto de su moño. Canela flirteó desvergonza­damente con Gastón, agitando el moño para captar su aten­ción y meneando la cola. Gastón la ignoró, como ignoraba los gruñidos de Cafre, y Rocío pensó que debía de ser uno de esos hombres que creen que un caniche pone en duda su mascu­linidad. ¿Por qué no había considerado eso en Door County en vez de esperar eructos, cadenas de oro y «machotes»?
Los ojos de Valeria brillaban mientras observaba a Gastón y Rocío como si fueran los protagonistas de un cuento de hadas. A pesar de que lo único que le apetecía era vomi­tar, Rochi fingió ser feliz, y lo hizo por ella.
-Estás tan guapa -suspiró Vale. Luego se volvió hacia Gastón con el corazón en los ojos-. Tú también estás guapo. Pareces un príncipe.
Alai y Paloma se rieron ruidosamente, y Valeria se son­rojó.
Pero Gastón no se rió. Sólo sonrió levemente mientras le ponía la mano en el hombro.
-Gracias, pequeña.
Rochi pestañeó y apartó la mirada.
El juez que celebraba la ceremonia dio un paso adelante.
-Empecemos.
Rochi y Gas se acercaron a él como quien atraviesa un campo de minas.
-Queridos...
Amado se desembarazó del abrazo de su madre y co­rrió adelante para colocarse entre la novia y el novio.
-Amado, vuelve aquí.
Nico se adelantó a buscarlo, pero Gas y Rochi simul­táneamente le dieron la mano para que no se moviera de don­de estaba.
Y así fue como se casaron: bajo un improvisado empa­rrado de serpentinas de papel crepé, con un niño de cinco años plantado firmemente entre los dos y un caniche gris que observaba desafiante al novio.
Ni una sola vez se miraron, ni siquiera durante el beso, que fue seco, rápido y con la boca cerrada.
Amado miró hacia arriba e hizo una mueca.
-Rico, ñam, ñam.
-Se supone que se están besando, pequeñajo-dijo Paloma desde detrás.
-¡No soy pequeñajo!
Rochi se agachó para consolarle antes de que se pusiera nervioso. De reojo, vio que Nico le estrechaba la mano a Gastón y a Mery le daba un rápido abrazo. Era una situación muy desagradable, y Rochi se moría de ganas de salir de allí. Pero eso también era un problema.
Fingieron beber algunos sorbos de champán, pero nin­guno de los dos pudo comer más de un bocado del pequeño pastel blanco de boda.
-Vayámonos de aquí -le gruñó finalmente Gastón al oído.
Rochi no tuvo que fingir jaqueca. Su malestar general ha­bía ido en aumento durante la tarde.
-Vale.
Gas murmuró algo sobre ponerse en camino antes de que nevara.
-Bien pensado -dijo Mery-. Me alegro de que ha­yan aceptado nuestro ofrecimiento.
Ro intentó disimular que la perspectiva de pasar unos días en Door County con Gastón era la peor de sus pesa­dillas.
-Es lo mejor que puedens hacer -convino Nicolás-. La ca­sa está lo bastante lejos como para evitar que las revistas del corazón los persigan cuando lo anunciemos.
-Además -dijo María con una alegría postiza-, eso les dará la oportunidad de conoceros mejor.
-Tengo unas ganas... -dijo Gas entre dientes.
Ni siquiera se molestaron en cambiarse de ropa, y, diez minutos después, Rochi ya le estaba dando un beso de des­pedida a Cafre. Dadas las circunstancias, pensó que era mejor dejar el perro con su hermana.
Mientras Rochi y Gastón se alejaban en el Ferrari, Paloma y Alai envolvieron a Amado con las serpentinas de papel cre­pé y Vale se arrimó amorosamente a su padre.
-Tengo el coche en una gasolinera Exxon a un par de millas de aquí -dijo Rochi-. Gira a la izquierda cuando llegues a la autopista.
La idea de estar encerrados juntos durante las siete ho­ras y media de viaje hasta el norte de Wisconsin era más de lo que sus nervios podían soportar.
Gastón se puso sus gafas de sol Rayban con montura pla­teada.
-Creía que estábamos de acuerdo con el plan de Door County.
-Iré hasta allí en mi coche.
-Por mí, vale.
Gastón siguió las instrucciones y paró en la gasoline­ra pocos minutos después. Al inclinarse sobre Rochi para abrir la puerta del pasajero, le presionó ligeramente la cin­tura con el brazo. Ella cogió las llaves de su bolso y bajó del coche.
Gastón salió zumbando sin decir palabra.
Rochi lloró durante todo el camino hasta la frontera de Wisconsin.


Gastón dio un rodeo para pasar por su casa, situada en una de las comunidades valladas de Oak Brook. Allí se cambió de ropa: se puso unos vaqueros y una camisa de franela. Cogió un par de CD de un grupo de jazz de Chicago que le gusta­ba, y un libro sobre escalar el Everest que había olvidado me­ter en la maleta. Como no tenía ninguna prisa por volver a la carretera, pensó en prepararse algo de comer, pero junto con la libertad había perdido también el apetito.
Mientras se dirigía al norte hacia Wisconsin por la I-94, intentó recordar cómo se había sentido al nadar con los ti­burones del arrecife hacía poco más de una semana, pero no logró rememorar la sensación. Los deportistas ricos eran un objetivo para las mujeres depredadoras, y había llegado a pensar que quizás ella se había quedado embarazada adrede. Pero Rocío no necesitaba el dinero. No, ella sólo buscaba la diversión, y no se había molestado en considerar las conse­cuencias.
Cuando estaba al norte de Sheboygan, sonó su teléfono móvil. Respondió, y oyó la voz de Jacinta Long, una mu­jer que había sido amiga de sus padres desde que él tenía me­moria. Igual que sus padres, había pasado los veranos en el campamento de su familia en el norte de Michigan, y toda­vía regresaba allí cada mes de junio. Gástón había perdido el contacto con ella desde la muerte de su madre.
-Gas, el abogado de tu tía Judith me ha vuelto a tele­fonear.
-Genial -murmuró. Recordaba a Jacinta charlan­do con sus padres tras la misa diaria en el tabernáculo. In­cluso en sus recuerdos más antiguos ya parecían todos unos ancianos.
En el momento de su nacimiento, la vida bien ordenada de sus padres giraba en torno a la iglesia de Grand Rapids, donde su padre había ejercido de pastor, los libros que les gustaban y sus aficiones intelectuales. No tenían más hijos, y no sabían qué hacer con aquel niño tan tremendo al que amaban con todo su corazón, pero al que no comprendían.
«Intenta estarte quieto, por favor, cielo.»
« ¿De dónde vienes tan sucio?»
«Pero ¿qué has estado haciendo? ¡Estás empapado de sudor!»
«No corras tanto.»
«No grites tanto.»
«No seas tan bruto.»
« ¿Al fútbol, hijo? Creo que en el desván están mis viejas raquetas de tenis. Podemos jugar al tenis, si quieres.»
Aun así, habían asistido a todos sus partidos, porque eso era lo que hacían los buenos padres en Grand Rapids. Toda­vía recordaba la sensación de mirar hacia las gradas y descu­brir en sus rostros la ansiedad y la perplejidad.
«Seguro que debían de preguntarse cómo te criaron.»
Eso era lo que había dicho Rocío cuando le había hablado de ellos. Tal vez estuviera equivocada en todo lo demás, pero sin duda en eso tenía razón.
-Me ha dicho que no le has llamado. -La voz de Jacinta denotaba acusación.
-¿Quién?
-El abogado de tu tía Judith. Presta atención, Gastón. Quiere hablar contigo sobre el campamento.
Gas no sabía lo que iba a decir Jacinta, pero sus ma­nos se aferraron con fuerza al volante: las conversaciones sobre el campamento de Wind Lake siempre le ponían ten­so, y por eso las evitaba. Era el lugar donde la distancia en­tre sus padres y él se había hecho más dolorosa.
Su bisabuelo creó ese campamento en unos terrenos que había comprado a finales del siglo XIX en un lugar remoto del noreste de Michigan. Desde el principio había servido como lugar de reunión de verano para encuentros religiosos metodistas. Como no estaba situado a orillas del océano, si­no en un lago interior, nunca había adquirido la fama de cam­pamentos como Ocean Grove, en Nueva jersey, o Oak Bluffs, en Martha's Vineyard, aunque tenía el mismo tipo de casitas y también un tabernáculo central donde se celebraban los servicios.
Mientras crecía, Gastón se había visto obligado a pasar los veranos allí, ya que su padre celebraba los servicios religio­sos diarios para el número cada vez menor de ancianos que volvían cada año. Gastón era siempre el único niño.
-Ya sabes que ahora que Judith ha muerto, el campa­mento es tuyo -dijo Jacinta innecesariamente.
-No lo quiero.
-Por supuesto que lo quieres. Lleva más de cien años pasando de una generación de la familia Dalmau a otra. Es una institución, y seguro que no querrás ser tú quien acabe con él.
Pues claro que quería.
-Jacinta, ese lugar es un pozo sin fondo económica­mente hablando. Ahora que ha muerto tía Judith, no hay na­die que cuide de él.
-Tú cuidarás de él. Ella se encargó de todo. Puedes con­tratar a alguien para que lo lleve.
-Lo venderé. Tengo que concentrarme en mi carrera.
-¡No puedes hacer eso! En serio, Gas, forma parte de la historia de tu familia. Además, hay gente que todavía vuel­ve cada año.
-Supongo que eso debe de hacer feliz a la empresa lo­cal de pompas fúnebres.
-¿Qué quieres decir? Oh, vaya... Tengo que dejarte o llegaré tarde a mi clase de acuarela.
La mujer colgó antes de que Gastón pudiera decirle nada sobre su boda. Casi mejor. Hablar sobre el campamento ha­bía empeorado todavía más su mal humor.
Dios santo, aquellos veranos habían sido una agonía. Mientras sus amigos jugaban al béisbol y salían, él estaba atrapado entre un montón de ancianos y millones de reglas.
«No salpiques tanto cuando estás en el agua, cielo. A las señoras no les gusta mojarse el pelo.»­
«La misa empieza dentro de media hora, hijo. Ve a arre­glarte.»
« ¿Has vuelto a jugar a lanzar la pelota contra la pared del tabernáculo? ¡La has dejado llena de marcas!»
Cuando cumplió los quince años, se rebeló por fin y a sus padres casi se les rompió el corazón.
« ¡No pienso volver y no pueden obligarme! ¡Allí me abu­rro como una ostra! ¡No lo soporto! ¡Me escaparé si tratan de hacerme volver allí! ¡Lo digo en serio!»
Cedieron, y él se pasó los tres veranos siguientes en Grand Rapids con su amigo Juan Manuel. El padre de Manu era joven y fuer­te. Había jugado al fútbol universitario con los Spartans, y cada tarde jugaba al balón con ellos. Gas lo adoraba.
Con el tiempo, Pedro Dalmau acabó siendo demasiado ma­yor para ejercer de ministro, el tabernáculo se quemó y el pro­pósito religioso de los campamentos llegó a su fin. Su tía Ju­dith se trasladó a la inhospitalaria y vieja casa donde solían instalarse Gas y sus padres, y había seguido alquilando las casitas durante el verano. Gas no había regresado jamás.
No quería seguir pensando en aquellos interminables y aburridos veranos repletos de ancianos que le hacían callar, así que subió el volumen de su nuevo CD. Pero, justo cuan­do dejaba atrás la interestatal, divisó un conocido Escaraba­jo chartreuse en la cuneta de la carretera. La gravilla golpeó los bajos de su coche al frenar. Era el coche de Rochi, no ca­bía duda. Ella estaba inclinada sobre el volante.
Genial. Lo último que necesitaba. Una mujer histérica. ¿Qué derecho tenía a estar histérica? Era él quien tenía ra­zones para echarse a gritar.
Se planteó la posibilidad de seguir su camino, pero pro­bablemente ella ya le había visto, así que bajó del coche y se acercó a ella.

1 comentario:

  1. Hola, hola, hola...

    ~ Sigo xin entender xq Rocio acepto casarse, con q necesidad? Igual q la Ro de besar a un angel, no las entiendooo!!!

    ~ Gas deja el futbol y se van los dos al campo ese a criar ahi a su hijo y viven fwelices x siempreee jajaja

    ~ Estaba en el auto frenada haciendo q? xq el le dijo histerica? estaba a los gritos sola???

    Bueno me fui... 1) Quiero más! 2) Vale q alguna vez vos comentes UAM!!!

    /// Xime ///

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