Caminar sonámbulo.
Era algo que no había hecho desde la infancia. Pero a la luz del día le fue
fácil comprender por qué había ocurrido. Jim Beam, pizza de chorizo y
conversación sobre fantasmas.
Más difícil de
aceptar era el pavor que sintió al descubrirse delante de esa puerta del
segundo piso. Había caído en una amnesia temporal y penetrado en una pesadilla
de pánico, una pesadilla donde había tenido la certeza de oír el llanto vago de
un bebé.
Había echado a
correr. No habría sido capaz de abrir esa puerta ni con una pistola apuntándole
a la cabeza. Perseguido por su propio pavor, había corrido a encerrarse con
llave en su habitación. Como un demente, pensaba ahora ante una taza tibia de
café instantáneo.
Al menos nadie le
había visto.
Aunque, pensándolo
bien, había sido una primera noche entretenida. Corrientes de aire frío, bebés
fantasmas, amnesias temporales. Mucho mejor que estar sentado en su casa de Boston,
bebiendo cerveza y viendo ESPN.
Tal vez dedicara un
tiempo a ahondar en la historia de la casa. De su casa, rectificó, y con la
taza de café, se apoyó en la barandilla húmeda de la terraza de su dormitorio.
Su vista. Una hermosa
vista más allá del desvencijado jardín.
Las hojas caían a causa de la
lluvia con un sonido regular y melodioso y el aire relucía con el peso que la
tormenta había dejado atrás. La bruma avanzaba a ras de suelo como dedos de
humo, rodeando los árboles y otorgándoles formas románticas y misteriosas.
Si el
sol brillara en ese momento, la luz sería espectacular, pero ahora tampoco era
nada despreciable.
Había un estanque
pequeño cubierto de hojas de nenúfar y campos, algunos en barbecho y otros
cultivados para una primavera que aquí llegaba mucho antes. Divisó la delgada
curva del río que se abría paso a través de las sombras del bayou.
Un pequeño puente
destartalado cruzaba el agua con su joroba. Luego un camino de tierra se
adentraba en el bosque en dirección a una casa oculta en su mayor parte por los
árboles. Una fina columna de humo se mezclaba con la neblina.
Esa mañana ya había
visitado el mirador y se había alegrado de comprobar que el tejado y las
chimeneas estaban en buen estado. Antes de tirar la toalla, los últimos propietarios
se habían encargado de repararlos, así como la terraza de la primera planta.
Se diría que, además,
habían empezado a trabajar en la terraza de atrás con intención de convertirla
en un porche cerrado.
Lo cual no era una
mala idea. La meditaría.
Gastón no sabía si se
les había acabado el dinero, la energía o ambas cosas, pero apreciaba su buena
suerte.
Tenía un montón de
dinero y en ese momento, mientras contemplaba el vapor que se elevaba por
encima de la maleza, un montón de energía.
Se llevó la taza a
los labios y la bajó cuando observó a una mujer—¿una chica?— avanzar entre los
árboles hacia la curva del río. Un enorme perro negro andaba pesadamente a su
lado.
Estaba demasiado
lejos para apreciar sus rasgos. Advirtió que vestía una camisa de cuadros rojos
y unos vaqueros y que tenía una larga melena rubia y muy rizada. ¿Era mayor?,
se preguntó. ¿Joven? ¿Bonita? ¿Nada del otro mundo?
Decidió que era joven
y bonita. Después de todo, la elección era suya.
La chica lanzó una
pelota al aire y la paró astutamente cuando el perro dio un salto. La lanzó dos
veces más al tiempo que el animal brincaba y corría en círculos. Luego
retrocedió como un lanzador de béisbol y la impulsó como una bala. Sin vacilar,
el perro fue tras la pelota, en dirección al estanque, y la agarró con los
dientes un segundo antes de que cayera al agua.
Qué habilidad, pensó Gastón,
y sonrió al ver que la muchacha aplaudía.
Ojalá pudiera oírla.
Tenía la certeza de que estaba riendo, de que su risa era grave y gutural.
Cuando el perro salió del agua, escupió la pelota a los pies de ella y se
sacudió.
Seguro que la había
dejado empapada, pero ella no se apartó ni se frotó remilgadamente los
vaqueros.
Repitieron el juego,
con Gastón como público cautivado.
Se imaginó que la
chica se acercaba con el perro al Hall. Que se acercaba lo bastante para que él
pudiera saludarla desde la terraza e invitarla a tomar una taza de pésimo café.
Su primer intento de hospitalidad sureña.
O, mejor aún, se
imaginó que bajaba hasta el estanque. Ella estaría forcejeando con el perro.
Resbalaría sobre la hierba mojada y caería al agua. Él estaría allí mismo para
tirar de ella. No, para arrojarse y salvarla porque ella no sabía nadar.
Luego una cosa
llevaría a otra y harían el amor sobre esa hierba húmeda, a la luz del sol. El
cuerpo de la chica, mojado y esbelto, se elevaría sobre el suyo. Él se llenaría
las manos con sus pechos y...
—Uau. —Gastón
parpadeó y la vio desaparecer de nuevo entre los árboles.
No supo si sentir
vergüenza o alivio cuando descubrió que estaba duro. Había hecho el amor solo
una vez en los seis meses que llevaba separado de Daniela. Y lo había hecho más
por reflejo que por deseo.
Por fin podía borrar
de su lista de preocupaciones la de su virilidad.
Arrojó el fondo del
café. No le importaba empezar el día con una fantasía erótica, pero sí con un
café malo. Había llegado el momento de ser práctico.
Entró de nuevo en
casa, cogió la cartera y las llaves del coche y partió a la ciudad para comprar
provisiones.
Le tomó casi todo el
día. No solo comprar provisiones, sino familiarizarse una vez más con la ciudad
que a partir de ahora llamaría suya.
Si Boston era una
esposa respetable con ciertos secretos sórdidos, Nueva Orleáns era una amante
sensual que celebraba sus lados más oscuros.
Se obsequió con un
enorme desayuno tan cargado de colesterol que imaginó su corazón desplomándose
del susto.
Compró café en grano
y un molinillo. Bollos y buñuelos. Llenó el carro con productos de soltero:
platos precocinados, pizzas congeladas y cereales. Luego acudió a la tienda de
licores para adquirir cerveza, bourbon y vino bueno.
Lo dejó todo en el
coche y echó de nuevo a andar, tanto por el gozo de patear las calles como por
la necesidad de comprar algo en y con lo que comer. Optó por platos de papel y
cubiertos de plástico, y observó a un músico de la calle instalar el estuche de
su trompeta en el suelo, colocar dentro algunas monedas y llenar el aire de
magia.
Gastón le dio su
primer dólar del día.
Evitó la tentación de
los anticuarios y el hechizo del Quarter. A la hora del almuerzo ya salía
música de los bares y los restaurantes despedían aromas exóticos. Se compró una
muffuletta, ese maravilloso bocadillo de pan italiano con carne, queso y
aceite, para comérselo más tarde en casa.
Mientras regresaba a
su coche reparó en los turistas cargados de bolsas del Café du Monde y de las
tiendas del Riverwalk, en las lectoras sentadas frente a mesas plegables
alrededor de la plaza Jackson que leían el futuro por diez dólares. Pasó por
delante de un callejón y aspiró el suave olor a marihuana bajo el hedor de la
basura.
Y vio a una enorme
negra fumando indolentemente en una terraza atestada de plantas sobre una
tienda que vendía velas eróticas.
Compró para Vico una
que representaba una mujer desnuda con pechos como torpedos y sonrió todo el
camino hasta el coche.
Regresó a casa lleno
de energía. Guardó las provisiones donde le pareció razonable en ese momento e
inició una inspección exhaustiva de todas las estancias de la planta baja. Tomó
nota de los problemas, las posibilidades, los planes y las prioridades.
La cocina era, decididamente,
lo más importante. Tenía experiencia en el tema gracias a su casa de Boston y a
dos restauraciones de amigos en las que había colaborado.
En realidad no
cocinaba más que tortillas y bocadillos calientes, pero pensaba que la cocina
era el corazón de una casa. La última remodelación en la de Ordóñez Hall era de
los años ochenta: blanca y cromada con un mostrador cuadrado en el centro y un
suelo blanco cegador.
Lo bueno eran las
generosas ventanas, el viejo y práctico hogar de ladrillo y el hermoso techo
artesonado. Le gustaba la espaciosa despensa, pero pensó que tendría más
utilidad como cuarto de paso. Desenterraría el suelo de madera original,
arrancaría el papel de teteras y sustituiría el mostrador central por una mesa
antigua de panadero o algo parecido.
Pintar no era su
fuerte. Se lo había dejado a Daniela, que había optado por colores pálidos y
líneas clásicas.
Ahora que lo pensaba,
él prefería colores más fuertes y el encanto de lo extravagante. Le gustaban
los detalles. Era su casa, maldita sea, y la arreglaría a su manera. De arriba
abajo.
Pondría vitrinas
antiguas donde exponer objetos de cocina antiguos. Platos sueltos y
desportillados, botellas y frascos de Masón. Muchos.
Encimeras sólidas.
Grifería de bronce. No le importaba que perdiera el lustre. Así parecería más
real.
Una nevera gigante.
Cocina y lavaplatos modernos. Todo cubierto con madera envejecida.
Tomó notas, midió,
volvió a medir. Desempaquetó sus libros de consulta y los estudió detenidamente
sobre el suelo de la biblioteca mientras engullía medio bocadillo y bebía
suficiente café para que le pitaran los oídos.
Ya podía verlo.
Estanterías desde el suelo hasta el techo repletas de libros, paredes pintadas
de verde oscuro y el techo de color crema. Gruesos candelabros de plata en la
repisa de la chimenea. Tenía que contratar a un profesional a fin de que
inspeccionara los cañones para poder hacer fuego cuanto antes y caldear el
aire.
Repararía el
maderamen allí donde hiciera falta y lo puliría hasta dejarlo suave como el
raso. Las puertas correderas de la biblioteca y los portalones que separaban el
salón de los caballeros del de las damas estaban en excelente estado.
Alguien había
barnizado el suelo de la biblioteca.
Pasó las manos por la
madera. Un poco de lija, dos capas de barniz transparente y quedaría perfecto.
Las alfombras, las gruesas Aubusson que Justina había hecho traer de París, lo
habían protegido.
Olió a brandy, cuero,
cera de abejas y rosas, pero no se extrañó. Tenía la mirada empañada y distante
cuando se detuvo ante la chimenea de azulejos y pasó el pulgar por la esquina
mellada. Tendría que repararla o, si no encontraba el material, redondearla.
Los costosos azulejos habían sido pintados a mano en Italia.
Simón había derribado
el candelabro de la repisa y desportillado el azulejo. Otra vez borracho. Otra
vez enfurecido.
Sonó el móvil y Gastón
se sentó sobre sus talones. Contempló la estancia vacía parpadeando. ¿Qué había
estado haciendo? ¿En qué había estado pensando? Se miró el pulgar y advirtió
que se había levantado la piel al frotarlo contra el azulejo mellado. Perplejo,
extrajo el móvil del bolsillo.
—¿Diga?
—Por fin. Estaba a
punto de colgar.
La voz alegre de Victorio
resonó en su cabeza mientras contemplaba el azulejo. Había estado pensando en
el azulejo. Algo...
—Estoy... eh... estoy
inspeccionando las habitaciones una por una y tomando medidas.
—¿Por qué no sales un
rato a tomar el aire? Tengo una reunión hasta tarde, pero he pensado que
después podríamos tomar una copa. Con Tefi, si consigo arrastrarla.
—¿Qué hora es? —Gastón
giró la muñeca para consultar su reloj—. ¿Medianoche? ¿Es medianoche?
—Aún no. ¿Has estado
bebiendo?
—Solo café. —Miró
extrañado su reloj y dio unos golpecitos a la esfera—. Creo que a mi reloj se
le ha acabado la pila.
—Son poco más de las
seis. Estaré libre a eso de las nueve. ¿Por qué no vienes? Podemos quedar en Et
Trois, un bar del Quarter. Está en la calle Dauphine, a una manzana de Bourbon.
—Vale. —Gastón se
mesó distraídamente el pelo y notó unas gotas de sudor en la frente—. Me parece
bien.
—¿Necesitas
indicaciones, pequeño yanqui?
—No, lo encontraré.
—Se frotó el pulgar—. ¿Vico?
—Así me llaman.
Gastón sacudió la
cabeza y se rió de sí mismo.
—Nada. Hasta luego.
Juro que me encanta la nove!!!!..
ResponderEliminarQuiero imaginar que la rubia que vio gas es rochi!!...ahh y espero que se encuentren pronto!!jajaa.. Espero el proximo cap!1 Besoteeess!! :)