Lo he imaginado, se
dijo. Simplemente he imaginado el aspecto que en otros tiempos pudo tener este
cuarto. No había visto ni olido nada. Simplemente se había dejado atrapar por
el encanto del lugar, por su energía.
Con todo, no se
atrevió a cruzar la puerta.
La cerró y se dirigió
al cuarto esquinero. Tal como había ordenado, sus muebles estaban allí y al
verlos sintió un profundo alivio.
Su sólida cama
Chippendale con el cabezal y los pies sin adornos. Él y su madre siempre habían
coincidido en su amor por las antigüedades, su respeto por el trabajo artesano,
por la historia.
Compró la cama
después de que él y Daniela cancelaran la boda. Bueno, después de que él la
cancelara, reconoció con la habitual punzada de culpa. Deseoso de empezar de
cero, había renovado por completo el mobiliario de su dormitorio.
Eligió la cómoda de
soltero no solo porque presentía que así iba a quedarse, sino porque le gustaba
el estilo, las incrustaciones de espinapez, los compartimientos secretos, las
patas cortas y curvadas. Había comprado el armario para esconder la televisión
y el equipo de música, y las esbeltas lámparas déco porque le gustaba mezclar
estilos.
El hecho de ver sus
cosas en la espaciosa estancia, con su hermosa chimenea de granito verde, las
puertas arqueadas de la terraza, el papel desgastado de las paredes, los suelos
tristemente arañados, le devolvió a la realidad.
El vestidor contiguo
le arrancó una sonrisa. Solo le faltaba el ayuda de cámara y el frac. Torció el
gesto al re parar en el color verde aguacate del cuarto de baño, por lo visto
modernizado durante los deplorables años setenta, y le apeteció una ducha
caliente.
Antes de sumergirse
en la horrible bañera verde daría un rápido paseo por el segundo piso y otro
por la planta baja.
Mientras subía, la
canción volvió a sonar en su cabeza dando vueltas como un vals. Le haría
compañía hasta que Vico llegara.
Muchas esperanzas se
desvanecieron después del baile.
La escalera era aquí
más estrecha. El segundo piso estaba destinado a los niños y el personal, y ni
los unos ni los otros necesitaban toques elegantes.
Decidió dejar el ala
del servicio para más tarde y se dirigió a lo que supuso era el cuarto de los
niños, los almacenes y los desvanes.
Alargó una mano hacia
un pomo con el bronce deslustrado por el tiempo y el olvido. Por el pasillo
corrió un aire tan frío que le heló los huesos. Vio cómo su aliento escapaba de
su boca por el sobresalto y se condensaba.
Cuando su mano se
cerró sobre el pomo experimentó unas náuseas tan repentinas, tan intensas, que
le robaron la respiración. Su frente se cubrió de sudor frío y la cabeza empezó
a darle vueltas.
De pronto fue presa
de un miedo tan aterrador, tan devastador, que quiso echar a correr, pero en
lugar de eso retrocedió con paso tambaleante y apoyó la espalda en la pared
mientras el pánico le estrangulaba como manos asesinas.
No entres ahí. No
entres.
Pese a ignorar de
dónde procedía esa voz que resonaba en su cerebro, Decidió hacerle caso. Sabía
que corrían rumores de que en la casa había fantasmas. No le importaba.
O creía que no le
importaba.
Así y todo, la idea
de abrir la puerta a lo que pudiera haber al otro lado, a lo que pudiera
esperarle, era más de lo que deseaba afrontar solo. Y con el estómago vacío.
Después de diez horas de coche.
—Además, sería una
pérdida de tiempo —dijo por la tranquilidad de escuchar su propia voz—. Debería
estar descargando el coche. Me voy a descargar el coche.
—¿Con quién hablas,
cher?
Gastón saltó como una
pelota de baloncesto contra el aro de una canasta y a duras penas consiguió que
su alarido tuviera una entonación aceptablemente masculina.
—Maldita sea, Victorio,
me has dado un susto de muerte.
—Eres tú el que está
aquí arriba hablándole a una puerta. Te llamé mientras subía, pero supongo que
no me oíste.
—Supones bien.
Gastón se apoyó de
nuevo en la pared, respiró hondo y estudió a su amigo.
Victorio D’Alessandro
tenía el atractivo descarado de un estafador. En opinión de Gastón, estaba
hecho para la abogacía. Inteligente, sagaz, con unos alegres ojos verdes y una
boca ancha capaz, como ahora, de esbozar una arrolladora sonrisa que te hacía
desear creer cuanto te estaba contando aunque supieras que no eran más que
patrañas.
De constitución más
bien delgada, jamás conseguía engordar pese a tener un apetito de elefante. En
la universidad había ostentado una melena morena y lisa que le sobrepasaba el
cuello de la camisa. Ahora llevaba el pelo casi tan corto como un cesar.
—¿No habías dicho un
par de horas?
—Y ya han pasado. De
hecho, dos y media. ¿Te encuentras bien, Gas? Estás un poco pálido.
—Demasiadas horas de
coche, supongo. Caray, me alegro de verte.
—Ya era hora de que
lo dijeras. —Con una sonrisa, Vico envolvió a Gastón en un abrazo de oso—. Che,
muchacho, has estado haciendo musculitos. Date la vuelta y enséñame el culo.
—Animal. —Se dieron unas
palmadas en la espalda—. Dime una cosa —continuó Gastón dando un paso atrás—,
¿crees que estoy loco?
—Por supuesto que sí.
Siempre lo has estado. Bajemos a servirnos una copa.
Se sentaron en el
suelo del que fuera el salón de los caballeros con una pizza de chorizo y una
botella de Jim Beam.
El primer trago de
bourbon descendió como seda líquida por el estómago de Gastón y deshizo todos
los nudos. La pizza, sabrosa y grasienta, le llevó a decidir que el extraño
suceso que acababa de vivir había sido el resultado de la fatiga y el hambre.
—¿Tienes previsto
vivir así mucho tiempo o piensas comprarte un par de sillas?
—No necesito un par
de sillas. —Gastón arrebató la botella a Peter y le dio un trago—. Al menos por
ahora. Quiero vivir con lo mínimo durante un tiempo. Tengo los muebles del
dormitorio y puede que ponga una mesa en la cocina. Si empiezo a comprar
muebles, me estorbarán mientras restauro la casa.
Victorio miró a su
alrededor.
—A juzgar por su
estado, necesitarás una silla de ruedas antes de que la hayas terminado.
—Solo necesita un
lavado de cara.
—Me han contado que
los últimos propietarios hicieron el trabajo duro. Por lo visto querían
convertir la casa en un hotel de lujo. Aguantaron casi seis meses antes de
salir corriendo. Probablemente se les acabó el dinero.
Enarcando las cejas, Victorio
pasó un dedo por el suelo y contempló el polvo recogido.
—Es una pena que no
puedas vender toda esta porquería. Te harías asquerosamente rico. Oh, lo había
olvidado, tú ya eres asquerosamente rico. ¿Cómo está tu familia?
—Como siempre.
—Seguro que está
pensando que su pequeño Gas est fou.—Victorio giró un dedo sobre la sien—. Que
se ha vuelto chapita.
—Puede que tengan
razón, pero por lo menos es mi locura. Una declaración, una reunión o una
negociación más y me habría arrojado al Charles.
—El derecho
financiero es lo que te tiene quemado, cher. —Vico se chupó un dedo manchado de
salsa—. Tendrías que haberte dedicado al derecho penal, como yo. Mantiene la
sangre en circulación. Una palabra tuya y mañana mismo abrimos juntos un
bufete.
—Gracias por pensar
en mí. Veo que todavía te apasiona.
—Así es. Me encanta
su lado tortuoso y resbaladizo, la pompa y la ceremonia, el forcejeo, la
palabrería. Todo. —Vico sacudió la cabeza e inclinó la botella—. A ti, en cambio,
nunca te gustó.
—Nunca.
—Todos esos años
partiéndote el culo en Harvard tirados por la borda. ¿Es eso lo que te dicen?
—Entre otras cosas.
—Pues se equivocan, y
tú lo sabes. No estás tirando nada por la borda. Simplemente estás eligiendo
algo diferente. Relájate y disfrútalo. Ahora estás en Nueva Orleáns, o muy
cerca de Nueva Orleáns. Aquí nos tomamos las cosas con calma. Pronto acabaremos
con tu lado yanqui y te tendremos bailando cajún y removiendo alubias rojas Con
arroz.
—Eso espero.
—Ven a la ciudad
cuando estés instalado. Cande y yo te llevaremos a cenar. Quiero que la
conozcas.
Victorio se había
quitado la corbata y la americana y se había arremangado la camisa azul de
abogado. Dejando aparte el pelo, no había cambiado mucho desde sus años en
Harvard, cuando devoraban pizza y bourbon, pensó Gastón.
—¿Realmente vas a
casarte?
Vico dejó escapar un
suspiro.
—Doce de mayo, llueva
o truene. Voy a sentar mi inquieto culo, Gas. Ella es justamente lo que quiero.
—Una bibliotecaria.
—Para Gastón era un misterio—. Tú y una bibliotecaria.
—Especialista en
investigación —le corrigió Victorio antes de soltar una carcajada—. El ratón de
biblioteca más bonito que he visto en mi vida. Y es inteligente. Estoy
perdidamente enamorado de ella, Gas. Loco de amor.
—Me alegro por ti.
—Todavía te devora la
culpa por... ¿cómo se llamaba? ¿Danitza?
—Daniela. —Con una
mueca de dolor, Gastón dio otro trago de bourbon para mitigar el mal sabor de
boca que le producía ese nombre—. Cancelar una boda tres semanas antes de subir
al altar crearía sentimientos de culpa a cualquiera.
Victorio lo aceptó
con un rápido encogimiento de hombros.
—Puede, pero te
sentirías peor si hubieras llegado hasta el final.
—Y que lo digas. —Los
ojos verdes de Gastón se clavaron melancólicos en la botella—. Pero creo que
ella habría llevado mejor que nos hubiéramos casado y nos hubiéramos divorciado
al día siguiente. —Todavía le remordía la conciencia—. No pude hacerlo peor.
Ahora está saliendo con mi primo Pablo.
—¿Pablo, Pablo? ¿El
que grita como una chica o el que tiene pelo de Drácula?
—Ni uno ni otro. —Los
labios de Gastón sonrieron. Caray, cómo había echado esto de menos—. Pablo es
el hombre perfecto. Cirujano plástico, jugador de polo, coleccionista de
sellos.
—Bajo de estatura,
mentón hundido, acento yanqui.
—Justamente, pero ya
no tiene el mentón hundido. Implante. Según mi hermana, parece que van en
serio. También, según mi hermana, me lo merezco.
—Pues que se case
ella con Danitza.
—Daniela, y eso es
exactamente lo que le dije —explicó Gastón gesticulando con la botella para dar
énfasis a sus palabras—. Estuvo dos semanas sin hablarme, lo cual fue un
alivio. Actualmente no soy muy popular entre los Dalmau.
—Lo cierto, Gas, es
que dadas las circunstancias debo decir... que se jodan.
Con una carcajada. Gastón
le pasó el bourbon.
—Brindemos por eso.
Tomó otra porción de
pizza.
—Quiero preguntarte
algo más sobre este lugar. He investigado a fondo su historia desde que lo
visitamos la primera vez.
—Borrachos y haciendo
eses.
—Así es, situación
que podría repetirse si seguimos dándole al bourbon. El caso es que Ordóñez
Hall fue construida en 1879 después de que el edificio original se viniera
abajo durante un incendio inexplicado relacionado, probablemente, con asuntos
políticos, con la Reconstrucción y con otros líos posteriores a la guerra
civil.
—La guerra de la
Agresión del Norte, hijo —puntualizó Vico con un dedo—. Recuerda en qué lado de
la línea Mason-Dixon has depositado tu trasero yanqui.
—Tienes razón. Lo
siento. En fin, el caso es que los Ordóñez adquirieron el terreno, muy barato
según los informes, y construyeron el edificio actual. Cultivaron
principalmente azúcar y algodón y arrendaron tierras a aparceros. Vivieron bien
durante veinte años. Tenían dos hijos y ambos murieron jóvenes. Luego falleció
el padre, y la esposa aguantó hasta que, al parecer, la palmó mientras dormía.
Murieron sin herederos. Por lo visto existía una nieta, pero la excluyeron del
testamento. La propiedad salió a subasta y ha pasado de mano en mano hasta
ahora. Ha estado más tiempo vacía que llena.
—¿Y?
Gastón se inclinó
hacia delante.
—¿Crees que tiene
fantasmas?
Victorio apretó los
labios y agarró el último trozo de pizza.
—¿Me has soltado toda
esa lección de historia para hacerme esa pregunta? Muchacho, serías un perfecto
abogado del sur. Claro que tiene fantasmas. —Sus ojos bailaron mientras daba un
bocado a la pizza—. Cualquier casa antigua de por aquí que se precie ha de
tener fantasmas. La nieta que has mencionado era una Rouse por parte de madre.
Lo sé porque soy primo cuarto o quinto de los Igarzábal y los Igarzábal
pertenecen a esa línea. Creo que la niña fue criada por los abuelos maternos
después de que su madre se fugara con un hombre, o eso dicen. No recuerdo qué
fue del padre, pero hay gente que sí lo recuerda. Sé que Henri Ordóñez, su
esposa Justina y el otro hijo, cuyo nombre ignoro, murieron en esta casa. Uno
de ellos no tiene el valor de habitarla, es una lástima.
—¿Murieron por causas
naturales?
Vico arrugó la
frente.
—Ni idea. ¿Por qué lo
preguntas?
—No lo sé. —Gastón
luchó contra un escalofrío—. Vibraciones.
—¿Quieres que venga
alguien a darle un repaso? ¿Un vudú que espante a tu fantasma o lo invoque para
tener con él una pequeña charla? Podrías encontrar un brujo o una médium en
cada esquina de la ciudad.
—No, gracias.
—Si cambias de
opinión, dímelo. —Vico le guiñó un ojo—. Podría ponerte en contacto con alguien
que te haría toda la pantomima.
No deseaba una
pantomima, decidió Gastón más tarde. Pero sí deseaba esa ducha y una cama. Con
el Jim Beam zumbándole agradablemente en la sangre, entró algunas cajas en casa
y las revolvió hasta encontrar sábanas y toallas. Trasladó arriba lo que
pensaba que necesitaría esa noche.
Fue el sentimiento de
culpa del buen católico lo que le impulsó a hacer la cama, más que la necesidad
de orden. Se obsequió con una ducha de diez minutos y se deslizó entre las
sábanas limpias al compás de la incesante lluvia.
A los treinta
segundos dormía profundamente.
Había un bebé
llorando. No le extrañó. Los bebés acostumbran llorar en medio de la noche o
cuando les viene en gana. Parecía un llanto irritado, molesto, más que un
llanto de alarma.
Alguien debería
cogerlo en brazos... hacer lo que la gente hace cuando un bebé llora. Darle de
comer. Cambiarlo. Acunarlo.
De niño, cuando
despertaba de una pesadilla, su madre o la niñera, a veces su padre, venían a
acariciarle la cabeza y hacerle compañía hasta que el miedo pasaba.
El bebé no tenía
miedo. El bebé tenía hambre.
No le extrañó pensar
eso. Saberlo.
Pero sí le extrañó, y
mucho, despertarse empapado de sudor y descubrirse frente a la puerta con el
pomo de bronce del segundo piso.
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