sábado, 18 de febrero de 2012

Capitulo Dos, Segunda Parte


Lo he imaginado, se dijo. Simplemente he imaginado el aspecto que en otros tiempos pudo tener este cuarto. No había visto ni olido nada. Simplemente se había dejado atrapar por el encanto del lugar, por su energía.
Con todo, no se atrevió a cruzar la puerta.
La cerró y se dirigió al cuarto esquinero. Tal como había ordenado, sus muebles estaban allí y al verlos sintió un profundo alivio.
Su sólida cama Chippendale con el cabezal y los pies sin adornos. Él y su madre siempre habían coincidido en su amor por las antigüedades, su respeto por el trabajo artesano, por la historia.
Compró la cama después de que él y Daniela cancelaran la boda. Bueno, después de que él la cancelara, reconoció con la habitual punzada de culpa. Deseoso de empezar de cero, había renovado por completo el mobiliario de su dormitorio.
Eligió la cómoda de soltero no solo porque presentía que así iba a quedarse, sino porque le gustaba el estilo, las incrustaciones de espinapez, los compartimientos secretos, las patas cortas y curvadas. Había comprado el armario para esconder la televisión y el equipo de música, y las esbeltas lámparas déco porque le gustaba mezclar estilos.
El hecho de ver sus cosas en la espaciosa estancia, con su hermosa chimenea de granito verde, las puertas arqueadas de la terraza, el papel desgastado de las paredes, los suelos tristemente arañados, le devolvió a la realidad.
El vestidor contiguo le arrancó una sonrisa. Solo le faltaba el ayuda de cámara y el frac. Torció el gesto al re parar en el color verde aguacate del cuarto de baño, por lo visto modernizado durante los deplorables años setenta, y le apeteció una ducha caliente.
Antes de sumergirse en la horrible bañera verde daría un rápido paseo por el segundo piso y otro por la planta baja.
Mientras subía, la canción volvió a sonar en su cabeza dando vueltas como un vals. Le haría compañía hasta que Vico llegara.
Muchas esperanzas se desvanecieron después del baile.
La escalera era aquí más estrecha. El segundo piso estaba destinado a los niños y el personal, y ni los unos ni los otros necesitaban toques elegantes.
Decidió dejar el ala del servicio para más tarde y se dirigió a lo que supuso era el cuarto de los niños, los almacenes y los desvanes.
Alargó una mano hacia un pomo con el bronce deslustrado por el tiempo y el olvido. Por el pasillo corrió un aire tan frío que le heló los huesos. Vio cómo su aliento escapaba de su boca por el sobresalto y se condensaba.
Cuando su mano se cerró sobre el pomo experimentó unas náuseas tan repentinas, tan intensas, que le robaron la respiración. Su frente se cubrió de sudor frío y la cabeza empezó a darle vueltas.
De pronto fue presa de un miedo tan aterrador, tan devastador, que quiso echar a correr, pero en lugar de eso retrocedió con paso tambaleante y apoyó la espalda en la pared mientras el pánico le estrangulaba como manos asesinas.
No entres ahí. No entres.
Pese a ignorar de dónde procedía esa voz que resonaba en su cerebro, Decidió hacerle caso. Sabía que corrían rumores de que en la casa había fantasmas. No le importaba.
O creía que no le importaba.
Así y todo, la idea de abrir la puerta a lo que pudiera haber al otro lado, a lo que pudiera esperarle, era más de lo que deseaba afrontar solo. Y con el estómago vacío. Después de diez horas de coche.
—Además, sería una pérdida de tiempo —dijo por la tranquilidad de escuchar su propia voz—. Debería estar descargando el coche. Me voy a descargar el coche.
—¿Con quién hablas, cher?
Gastón saltó como una pelota de baloncesto contra el aro de una canasta y a duras penas consiguió que su alarido tuviera una entonación aceptablemente masculina.
—Maldita sea, Victorio, me has dado un susto de muerte.
—Eres tú el que está aquí arriba hablándole a una puerta. Te llamé mientras subía, pero supongo que no me oíste.
—Supones bien.
Gastón se apoyó de nuevo en la pared, respiró hondo y estudió a su amigo.
Victorio D’Alessandro tenía el atractivo descarado de un estafador. En opinión de Gastón, estaba hecho para la abogacía. Inteligente, sagaz, con unos alegres ojos verdes y una boca ancha capaz, como ahora, de esbozar una arrolladora sonrisa que te hacía desear creer cuanto te estaba contando aunque supieras que no eran más que patrañas.
De constitución más bien delgada, jamás conseguía engordar pese a tener un apetito de elefante. En la universidad había ostentado una melena morena y lisa que le sobrepasaba el cuello de la camisa. Ahora llevaba el pelo casi tan corto como un cesar.
—¿No habías dicho un par de horas?
—Y ya han pasado. De hecho, dos y media. ¿Te encuentras bien, Gas? Estás un poco pálido.
—Demasiadas horas de coche, supongo. Caray, me alegro de verte.
—Ya era hora de que lo dijeras. —Con una sonrisa, Vico envolvió a Gastón en un abrazo de oso—. Che, muchacho, has estado haciendo musculitos. Date la vuelta y enséñame el culo.
—Animal. —Se dieron unas palmadas en la espalda—. Dime una cosa —continuó Gastón dando un paso atrás—, ¿crees que estoy loco?
—Por supuesto que sí. Siempre lo has estado. Bajemos a servirnos una copa.
Se sentaron en el suelo del que fuera el salón de los caballeros con una pizza de chorizo y una botella de Jim Beam.
El primer trago de bourbon descendió como seda líquida por el estómago de Gastón y deshizo todos los nudos. La pizza, sabrosa y grasienta, le llevó a decidir que el extraño suceso que acababa de vivir había sido el resultado de la fatiga y el hambre.
—¿Tienes previsto vivir así mucho tiempo o piensas comprarte un par de sillas?
—No necesito un par de sillas. —Gastón arrebató la botella a Peter y le dio un trago—. Al menos por ahora. Quiero vivir con lo mínimo durante un tiempo. Tengo los muebles del dormitorio y puede que ponga una mesa en la cocina. Si empiezo a comprar muebles, me estorbarán mientras restauro la casa.
Victorio miró a su alrededor.
—A juzgar por su estado, necesitarás una silla de ruedas antes de que la hayas terminado.
—Solo necesita un lavado de cara.
—Me han contado que los últimos propietarios hicieron el trabajo duro. Por lo visto querían convertir la casa en un hotel de lujo. Aguantaron casi seis meses antes de salir corriendo. Probablemente se les acabó el dinero.
Enarcando las cejas, Victorio pasó un dedo por el suelo y contempló el polvo recogido.
—Es una pena que no puedas vender toda esta porquería. Te harías asquerosamente rico. Oh, lo había olvidado, tú ya eres asquerosamente rico. ¿Cómo está tu familia?
—Como siempre.
—Seguro que está pensando que su pequeño Gas est fou.—Victorio giró un dedo sobre la sien—. Que se ha vuelto chapita.
—Puede que tengan razón, pero por lo menos es mi locura. Una declaración, una reunión o una negociación más y me habría arrojado al Charles.
—El derecho financiero es lo que te tiene quemado, cher. —Vico se chupó un dedo manchado de salsa—. Tendrías que haberte dedicado al derecho penal, como yo. Mantiene la sangre en circulación. Una palabra tuya y mañana mismo abrimos juntos un bufete.
—Gracias por pensar en mí. Veo que todavía te apasiona.
—Así es. Me encanta su lado tortuoso y resbaladizo, la pompa y la ceremonia, el forcejeo, la palabrería. Todo. —Vico sacudió la cabeza e inclinó la botella—. A ti, en cambio, nunca te gustó.
—Nunca.
—Todos esos años partiéndote el culo en Harvard tirados por la borda. ¿Es eso lo que te dicen?
—Entre otras cosas.
—Pues se equivocan, y tú lo sabes. No estás tirando nada por la borda. Simplemente estás eligiendo algo diferente. Relájate y disfrútalo. Ahora estás en Nueva Orleáns, o muy cerca de Nueva Orleáns. Aquí nos tomamos las cosas con calma. Pronto acabaremos con tu lado yanqui y te tendremos bailando cajún y removiendo alubias rojas Con arroz.
—Eso espero.
—Ven a la ciudad cuando estés instalado. Cande y yo te llevaremos a cenar. Quiero que la conozcas.
Victorio se había quitado la corbata y la americana y se había arremangado la camisa azul de abogado. Dejando aparte el pelo, no había cambiado mucho desde sus años en Harvard, cuando devoraban pizza y bourbon, pensó Gastón.
—¿Realmente vas a casarte?
Vico dejó escapar un suspiro.
—Doce de mayo, llueva o truene. Voy a sentar mi inquieto culo, Gas. Ella es justamente lo que quiero.
—Una bibliotecaria. —Para Gastón era un misterio—. Tú y una bibliotecaria.
—Especialista en investigación —le corrigió Victorio antes de soltar una carcajada—. El ratón de biblioteca más bonito que he visto en mi vida. Y es inteligente. Estoy perdidamente enamorado de ella, Gas. Loco de amor.
—Me alegro por ti.
—Todavía te devora la culpa por... ¿cómo se llamaba? ¿Danitza?
—Daniela. —Con una mueca de dolor, Gastón dio otro trago de bourbon para mitigar el mal sabor de boca que le producía ese nombre—. Cancelar una boda tres semanas antes de subir al altar crearía sentimientos de culpa a cualquiera.
Victorio lo aceptó con un rápido encogimiento de hombros.
—Puede, pero te sentirías peor si hubieras llegado hasta el final.
—Y que lo digas. —Los ojos verdes de Gastón se clavaron melancólicos en la botella—. Pero creo que ella habría llevado mejor que nos hubiéramos casado y nos hubiéramos divorciado al día siguiente. —Todavía le remordía la conciencia—. No pude hacerlo peor. Ahora está saliendo con mi primo Pablo.
—¿Pablo, Pablo? ¿El que grita como una chica o el que tiene pelo de Drácula?
—Ni uno ni otro. —Los labios de Gastón sonrieron. Caray, cómo había echado esto de menos—. Pablo es el hombre perfecto. Cirujano plástico, jugador de polo, coleccionista de sellos.
—Bajo de estatura, mentón hundido, acento yanqui.
—Justamente, pero ya no tiene el mentón hundido. Implante. Según mi hermana, parece que van en serio. También, según mi hermana, me lo merezco.
—Pues que se case ella con Danitza.
—Daniela, y eso es exactamente lo que le dije —explicó Gastón gesticulando con la botella para dar énfasis a sus palabras—. Estuvo dos semanas sin hablarme, lo cual fue un alivio. Actualmente no soy muy popular entre los Dalmau.
—Lo cierto, Gas, es que dadas las circunstancias debo decir... que se jodan.
Con una carcajada. Gastón le pasó el bourbon.
—Brindemos por eso.
Tomó otra porción de pizza.
—Quiero preguntarte algo más sobre este lugar. He investigado a fondo su historia desde que lo visitamos la primera vez.
—Borrachos y haciendo eses.
—Así es, situación que podría repetirse si seguimos dándole al bourbon. El caso es que Ordóñez Hall fue construida en 1879 después de que el edificio original se viniera abajo durante un incendio inexplicado relacionado, probablemente, con asuntos políticos, con la Reconstrucción y con otros líos posteriores a la guerra civil.
—La guerra de la Agresión del Norte, hijo —puntualizó Vico con un dedo—. Recuerda en qué lado de la línea Mason-Dixon has depositado tu trasero yanqui.
—Tienes razón. Lo siento. En fin, el caso es que los Ordóñez adquirieron el terreno, muy barato según los informes, y construyeron el edificio actual. Cultivaron principalmente azúcar y algodón y arrendaron tierras a aparceros. Vivieron bien durante veinte años. Tenían dos hijos y ambos murieron jóvenes. Luego falleció el padre, y la esposa aguantó hasta que, al parecer, la palmó mientras dormía. Murieron sin herederos. Por lo visto existía una nieta, pero la excluyeron del testamento. La propiedad salió a subasta y ha pasado de mano en mano hasta ahora. Ha estado más tiempo vacía que llena.
—¿Y?
Gastón se inclinó hacia delante.
—¿Crees que tiene fantasmas?
Victorio apretó los labios y agarró el último trozo de pizza.
—¿Me has soltado toda esa lección de historia para hacerme esa pregunta? Muchacho, serías un perfecto abogado del sur. Claro que tiene fantasmas. —Sus ojos bailaron mientras daba un bocado a la pizza—. Cualquier casa antigua de por aquí que se precie ha de tener fantasmas. La nieta que has mencionado era una Rouse por parte de madre. Lo sé porque soy primo cuarto o quinto de los Igarzábal y los Igarzábal pertenecen a esa línea. Creo que la niña fue criada por los abuelos maternos después de que su madre se fugara con un hombre, o eso dicen. No recuerdo qué fue del padre, pero hay gente que sí lo recuerda. Sé que Henri Ordóñez, su esposa Justina y el otro hijo, cuyo nombre ignoro, murieron en esta casa. Uno de ellos no tiene el valor de habitarla, es una lástima.
—¿Murieron por causas naturales?
Vico arrugó la frente.
—Ni idea. ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé. —Gastón luchó contra un escalofrío—. Vibraciones.
—¿Quieres que venga alguien a darle un repaso? ¿Un vudú que espante a tu fantasma o lo invoque para tener con él una pequeña charla? Podrías encontrar un brujo o una médium en cada esquina de la ciudad.
—No, gracias.
—Si cambias de opinión, dímelo. —Vico le guiñó un ojo—. Podría ponerte en contacto con alguien que te haría toda la pantomima.
No deseaba una pantomima, decidió Gastón más tarde. Pero sí deseaba esa ducha y una cama. Con el Jim Beam zumbándole agradablemente en la sangre, entró algunas cajas en casa y las revolvió hasta encontrar sábanas y toallas. Trasladó arriba lo que pensaba que necesitaría esa noche.
Fue el sentimiento de culpa del buen católico lo que le impulsó a hacer la cama, más que la necesidad de orden. Se obsequió con una ducha de diez minutos y se deslizó entre las sábanas limpias al compás de la incesante lluvia.
A los treinta segundos dormía profundamente.
Había un bebé llorando. No le extrañó. Los bebés acostumbran llorar en medio de la noche o cuando les viene en gana. Parecía un llanto irritado, molesto, más que un llanto de alarma.
Alguien debería cogerlo en brazos... hacer lo que la gente hace cuando un bebé llora. Darle de comer. Cambiarlo. Acunarlo.
De niño, cuando despertaba de una pesadilla, su madre o la niñera, a veces su padre, venían a acariciarle la cabeza y hacerle compañía hasta que el miedo pasaba.
El bebé no tenía miedo. El bebé tenía hambre.
No le extrañó pensar eso. Saberlo.
Pero sí le extrañó, y mucho, despertarse empapado de sudor y descubrirse frente a la puerta con el pomo de bronce del segundo piso.

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