Ordóñez Hall, Luisiana
30 de diciembre de
1899
El bebé estaba
llorando. Valeria escuchó en sueños el suave gimoteo, la agitación de los
bracitos bajo la sábana. Notó las primeras punzadas de hambre, el anhelo en la
barriga, como si todavía llevara dentro el bebé. La leche le brotó antes de que
ella despertara del todo.
Se levantó con
presteza y sin queja. Le complacía sentir la plenitud y la sensibilidad de sus
senos. Su finalidad. Su hija tenía hambre y ella iba a satisfacerla.
Caminó hasta el
recamier y cogió el salto de cama blanco que descansaba sobre el respaldo.
Aspiró el aroma de las azucenas del invernadero —sus predilectas— que llenaban
el jarrón de cristal, un regalo de boda.
Antes de conocer a Ramiro
le había bastado con colocar flores silvestres en botellas.
Si Ramiro hubiera
estado en casa, también se habría despertado. Aunque ella le habría sonreído y
le habría acariciado los cabellos rubios y sedosos mientras le pedía que
siguiera durmiendo, él habría asomado en el cuarto de Valentina Valentina antes
de que Valeria hubiera terminado la toma de medianoche.
Cómo le añoraba. Otra
punzada en el estómago. Mientras se ponía el salto de cama recordó que Ramiro
regresaba al día siguiente. Desde por la mañana temprano estaría pendiente de
verlo llegar galopando por la avenida de robles.
Sin importarle lo que
pensaran o dijeran los demás, correría a su encuentro. Su corazón daría un
brinco, siempre lo daba, cuando él saltara del caballo y, envolviéndola con sus
brazos, la levantara del suelo.
Y en la fiesta de Año
Nuevo bailarían.
Valeria se puso a
canturrear mientras alzaba una vela y, protegiéndola con una mano, salía al
pasillo de la gran mansión donde fue sirvienta y ahora era, si no su hija, al
menos la esposa de su hijo.
El cuarto de la niña
estaba en la segunda planta del ala familiar. Una batalla que había librado con
la madre de Ramiro, y perdido. Justina Ordóñez tenía normas muy precisas en
cuanto a conducta, disposiciones domésticas y tradiciones. Madame Justina,
pensó Valeria mientras pasaba con sigilo por delante de las puertas de los
demás dormitorios, tenía opiniones muy precisas sobre todo. Entre ellas, que un
bebé de tres meses debía estar en el cuarto infantil al cuidado de una niñera y
no en el dormitorio de los padres, en una cuna embutida en un rincón.
Valeria subió la
angosta escalera acariciando las paredes con la luz de la vela. Por lo menos
había conseguido mantener a Valentina a su lado durante seis semanas y en la
cuna que formaba parte de la tradición de su propia familia. La había tallado
su abuelo. Su madre había dormido en ella y en ella meció a Valeria diecisiete
años más tarde.
Valentina había pasado
sus primeras noches en esa vieja cuna, un ángel diminuto velado por sus
nerviosos y embelesados padres.
La pequeña respetaría
a la familia de su padre y sus costumbres. Pero Valeria estaba decidida a que
también respetara a la familia de su madre y aprendiera sus costumbres.
Justina se había
quejado tanto del bebé y de la cuna que Valeria y Ramiro tuvieron finalmente
que ceder. Era, en palabras de Ramiro, como el agua que erosiona la piedra.
Nunca cesa, de modo que la piedra o cede o se desgasta.
La niña pasaba ahora
las noches en su propio cuarto, en la cuna fabricada en Francia en la que los
niños Ordóñez dormían desde hacía un siglo.
El arreglo, aunque le
desagradaba, era conveniente, se dijo Vale para tranquilizarse. Su pequeña Valentina
era una Ordóñez. De mayor sería una dama.
Además, tal como
madame Justina no se cansaba de repetir, los demás miembros de la familia no
tenían por qué ver perturbado su sueño por el llanto de un bebé.
Independientemente de cómo se trataran tales asuntos en el bayou, aquí, en Ordóñez
Hall, los niños eran atendidos en el cuarto infantil.
Cómo arrugaba los
labios cuando pronunciaba esa palabra, bayou, como si fuera un término que solo
debía mencionarse en burdeles y tabernas.
Qué importaba que
madame Justina la detestara, que monsieur Henri la tratara con indiferencia.
Qué importaba que Simón la mirara como ningún hombre debía mirar a la esposa de
su hermano.
Ramiro la amaba.
Tampoco importaba que
Valentina Valentina durmiera en otro cuarto. Aunque las separara un piso o un
continente entero, ella sentía las necesidades de su niña como si fueran
propias. El vínculo era tan fuerte, tan auténtico, que nunca podría romperse.
Puede que madame Justina
ganara batallas, pero Valeria sabía que ella había ganado la guerra. Tenía a Ramiro
y a Valentina Valentina.
El cuarto de los
niños estaba iluminado con velas. Esperanza, la niñera, desconfiaba del
alumbrado de gas. Tenía a Valentina en los brazos y estaba intentando calmarla
con una tetilla azucarada, pero la pequeña agitaba furiosamente los puños.
—Menudo carácter. —Valeria
dejó la vela y, riendo, cruzó la habitación con los brazos extendidos.
—Sabe muy bien lo que
quiere y cuándo lo quiere. —Esperanza, una bonita cajún de ojos oscuros y
soñolientos, achuchó a la pequeña antes de entregarla—. Apenas había empezado a
quejarse. No entiendo cómo puedes oírla desde abajo.
—La oigo en mi
corazón. Tranquila, mi niña, mamá ya está aquí.
—Tiene el pañal
mojado.
—Yo la cambiaré. —Valeria
frotó su mejilla contra la de su hija y sonrió. Esperanza era una amiga, una
batalla ganada. Tenerla como niñera en la casa le proporcionaba la tranquilidad
y la camaradería que no recibía de la familia de Ramiro.
—Vuelve a la cama.
Una vez que haya comido dormirá hasta la mañana.
—Es un tesoro. —Esperanza
pasó las yemas de sus dedos por los rizos de Valentina Valentina—. Si no me
necesitas, daré un paseo hasta el río. Jasper está allí. —Su mirada se iluminó—.
Le dije que, si podía, bajaría a verle a media-noche.
—Tienes que hacer que
ese muchacho se case contigo, chére.
—Oh, lo haré. Estaré
fuera una o dos horas, si no te
importa.
—No me importa, pero
asegúrate de no pillar otras cosas aparte de cangrejos —dijo mientras se
preparaba ^ para cambiar la ropa de la cuna de Valentina Valentina.
—No te preocupes.
Estaré de vuelta antes de las dos.
—La joven se dirigió
a la puerta pero antes de salir se volvió—. Vale, ¿imaginaste alguna vez,
cuando éramos niñas, que un día serías la señora de esta casa?
—No soy la señora. —Vale
hizo cosquillas a su pequeña en los pies y esta gorjeó—. La que si lo es
probablemente vivirá hasta los ciento diez años para asegurarse de que yo no lo
sea.
—Si alguien puede
hacerlo, es ella. Pero algún día serás la señora. La suerte te ha sonreído, Vale,
y te sienta muy bien.
Una vez a solas con
su hija, Vale le hizo más cosquillas y la arrulló. Le puso polvos de talco y le
colocó un pañal limpio. Después de ponerle otro camisón, se sentó en una
mecedora y ofreció su pecho a esa boca diminuta y hambrienta. Los primeros
tirones glotones, la sacudida en la matriz como respuesta, la hicieron suspirar.
Sí, la suerte le había sonreído. Ramiro Ordóñez, el heredero de Ordóñez Hall,
el caballero de todos los cuentos de hadas, se había fijado en ella. Y la
amaba.
Inclinó la cabeza
para ver comer a su niña. Valentina
Valentina tenía los
ojos abiertos como platos, clavados en el rostro de su madre. Una pequeña
arruga de concentración se había formado entre sus cejas.
Cuánto deseaba que
esos ojos permanecieran azules como los de Ramiro. Valentina tenía el pelo
oscuro y rizado, pero había heredado la piel blanca de su padre en lugar de la
tez morena de su madre cajún.
Tendría lo mejor de
ambos, pensó Vale. Tendría lo mejor de todo.
No estaba pensando
únicamente en el dinero, la gran posición, la posición social, aunque era
cierto que deseaba esas cosas para sus hijos ahora que las había probado.
También estaba pensando en la aceptación, la educación, el saberse parte de
este lugar. Su hija, y todos los hijos que vinieran después, aprenderían a leer
y a escribir, y hablarían inglés y el francés con corrección y con voces
distinguidas.
Nadie les miraría
jamás por encima del hombro.
—Serás una dama
—murmuró Valeria acariciando la mejilla de su hija mientras la manita de esta
amasaba el pecho materno, como si quisiera acelera la leche—. Una dama educada,
con el corazón dulce de papá y la sensatez de mamá. Papá llegará mañana. Es el
último día de este siglo y tú tienes toda una vida por delante.
Hablaba con voz
queda, en un murmullo monótono que sosegaba a ambas.
—Qué emoción, Valen,
mi Valen. Mañana por la noche habrá un gran baile. Tengo un vestido nuevo, azul
como tus ojos. Como los ojos de tu papá. ¿Te he contado que me enamoré primero
de sus ojos? Son tan hermosos, están tan llenos de bondad... Cuando regresó a Ordóñez
Hall al terminar la universidad parecía un príncipe que volvía a su castillo.
El corazón me latió con una fuerza casi insoportable.
Valeria se recostó en
la mecedora y se columpió a la luz palpitante de las velas.
Pensó en la fiesta de
Año Nuevo y se imaginó bailando con Ramiro mientras su vestido giraba al ritmo
de un vals.
Se dijo que le haría
sentirse orgulloso de ella.
Y recordó la primera
vez que bailaron el vals.
Fue una primavera. El
perfume de las flores envolvía el aire y la casa aparecía iluminada como un
palacio. Desatendiendo sus tareas, ella se había colado en el jardín porque
ansiaba ver el salón blanco, con sus barandillas que parecían encaje negro,
resplandecer bajo el cielo estrellado, la forma en que los ventanales
flameaban. La música se filtraba por las ventanas y las puertas hasta la
terraza, adonde la gente salía para tomar el aire.
Se imaginó dentro del
salón de baile dando vueltas y más vueltas al compás de la música. Y así giró
entre las sombras del jardín. Y mientras giraba vio que Ramiro la observaba
desde el camino.
Su propio cuento de
hadas, pensó Vale. El príncipe tomando la mano de Cenicienta e invitándola a
bailar poco antes de que dieran las doce. No tenía zapatos de cristal, ni una
carroza de calabaza, pero fue una noche mágica.
Todavía podía oír la
música que se deslizaba por la terraza hasta el jardín.
Cuando el baile
termine, cuando rompa el alba...
Entonó la canción con
voz queda al tiempo que trasladaba a su hija al otro pecho.
Cuando los bailarines
se marchen, cuando las estrellas se apaguen...
Ella y Ramiro habían
bailado esa hermosa y triste canción en el jardín bañado de luna, con la sombra
blanca y dorada de la mansión a sus espaldas. Ella con su humilde vestido de
algodón y él con su bello traje de gala. Y como tales cosas son posibles en los
cuentos de hadas, durante esa hermosa y triste canción se enamoraron.
Ay, pero ella sabía
que había ocurrido antes. Para ella todo comenzó la primera vez que vio a Ramiro,
el día que llegó desde Nueva Orleáns a lomos de la yegua castaña. El sol,
filtrándose entre el follaje y el musgo de los robles de la avenida, lo
envolvía como las alas de un ángel. Su hermano gemelo —Simón— cabalgaba a su
lado, pero ella solo vio a Ramiro.
Vale había entrado en
la casa como criada unas semanas antes y se desvivía por complacer a monsieur y
madame Ordóñez, pues quería conservar el trabajo y el salario.
Ramiro le hablaba
—con amabilidad y corrección— cuando se cruzaban por los pasillos. Ella, sin
embargo, había notado que la observaba. No como Simón, no con ojos lascivos y
sonrisa afectada, sino con una suerte de anhelo.
Durante las
siguientes semanas tropezaron con frecuencia. Él la buscaba. Actualmente ella
lo sabía, pues él se lo había confesado en su noche de bodas.
Así y todo, la
historia entre ellos empezó de verdad la noche del baile. Terminada la canción,
él la retuvo unos segundos más. Luego se inclinó, como un caballero ante una
dama, y le besó la mano.
Justo cuando ella
pensó que la velada había tocado a su fin, que la magia iba a esfumarse, él
posó la mano que acababa de besar en el ángulo de su codo. Echaron a andar y
empezaron a hablar. Del tiempo, las flores, los chismorreos de la casa.
Como si fueran
amigos, pensó ahora Vale con una sonrisa. Como si fuera la cosa más natural del
mundo que Ramiro Ordóñez diera un paseo por el jardín con Valeria Rouse,
A partir de ese día
dieron muchos paseos por el jardín. Dentro de la casa, donde los demás podían
verles, seguían actuando como señor y criada. Pero durante toda esa primavera
embriagadora recorrieron los senderos del jardín como jóvenes amantes,
contándose sus esperanzas, sueños, pesares y alegrías.
El día que ella
cumplió diecisiete años él le hizo un regalo envuelto en papel de color plata
con un gran lazo azul. El reloj esmaltado era una hermosa esfera suspendida de
las alas doradas de un broche. El tiempo vuela, Gaslaró él mientras le prendía
el reloj en la tela desgastada del vestido, cuando estamos juntos. Y prefería
que su vida pasara volando que vivirla separado de ella.
Colocó una rodilla en
el suelo y le rogó que fuera su esposa.
No podía ser, había
intentado explicarle ella entre lágrimas. Él estaba fuera de su alcance y podía
tener a quien quisiera.
Vale recordó que Ramiro
se había echado a reír y el júbilo había estallado en su hermoso rostro. ¿Cómo
era posible que él estuviera fuera de su alcance cuando le tenía cogida la
mano? Y si podía tener a quien quisiera, la tendría a ella.
—Así que ahora nos
tenemos el uno al otro y te tenemos a ti —susurró Vale, y colocó a su niña
adormecida sobre el hombro—. Y si su familia me odia por ello, ¿qué importa? Yo
le hago feliz.
Volvió la cara hacia
la suave curva del cuello de su bebé.
—Estoy aprendiendo a
hablar y a vestirme como ellos. Nunca pensaré como ellos, pero me comporto como
ellos por Ramiro, al menos en público.
Satisfecha, acarició
la espalda de la pequeña sin dejar de mecerla. Pero al oír los pasos pesados y
tambaleantes en la escalera, se levantó raudamente. Abrazó a su pequeña al
tiempo que se volvía hacia la cuna.
Cuando oyó a Simón
cruzar la puerta supo, sin necesidad de mirarle, que estaba borracho. Casi
siempre estaba borracho o camino de estarlo.
Vale guardó silencio.
Dejó a la niña en la cuna y cuando esta sollozó, la acarició hasta
tranquilizaría.
—¿Dónde está la
niñera? —preguntó Simón.
Vale seguía de
espaldas a él.
—No te quiero aquí
cuando has bebido.
—¿Ahora me das
órdenes? —Su voz era gangosa y su equilibrio escaso, pero pensaba con claridad.
El alcohol, en opinión de Simón, ayudaba a aclarar la mente.
Y la suya estaba muy
clara en lo referente a la esposa de su hermano. Si Ramiro tenía una cosa —y
qué era una mujer sino una cosa—, Simón la quería.
Vale era menuda, de
constitución casi frágil. Pero tenía unas piernas fuertes. Podía adivinar su
contorno a través de la fina tela del salto de cama, iluminada por el fuego a
contraluz de la chimenea. Esas piernas lo envolverían con la misma facilidad
con que envolvían a su hermano.
Poseía unos senos
altos e hinchados, sobre todo ahora que había parido. En una ocasión había
puesto las manos encima de ellos y Vale le había abofeteado. Como si tuviera
derecho a Gasidir quién podía tocarla.
Simón cerró la puerta
tras de sí. La fulana que había contratado esa noche solo había conseguido
aumentar su apetito. Había llegado el momento de saciarlo.
—¿Dónde está la otra
zorra del bayou?
La mano de Vale se
cerró en un puño. Se dio la vuelta, protegiendo la cuna con su cuerpo. Simón se
parecía mucho a Ramiro, pero poseía una dureza que Ramiro no tenía. Un fondo
siniestro.
Vale se preguntó si
era cierto lo que contaba su abuela, que a veces, con los gemelos, los rasgos
quedaban divididos en el útero. Uno se llevaba lo bueno y el otro lo malo.
Ignoraba si Simón ya
había nacido así de malcriado, pero sabía que era peligroso cuando estaba
borracho. Había llegado el momento de hacerle saber que ella también era
peligrosa.
—Esperanza es mi
amiga y no tienes derecho a hablar así de ella. Márchate. No tienes derecho a
venir aquí a insultarme. Esta vez Ramiro se enterará.
Advirtió que la
mirada de Simón descendía por su cuerpo y percibió lujuria en sus ojos. Con
gesto presto, se cerró la bata sobre el pecho todavía parcialmente descubierto.
—Eres repugnante.
Cochon! ¿Cómo te atreves a entrar en el cuarto de un bebé con pensamientos
perversos hacia la esposa de tu hermano ?
—La zorra de mi
hermano. —Simón pensó que ya podía oler su rabia y su miedo. Un perfume
embriagador—- Te habrías abierto de piernas para mí si hubiera nacido quince
minutos antes, pero no me habrías robado el apellido como se lo has robado a
él.
Vale alzó el mentón.
—A ti ni siquiera te
veo. Nadie te ve. No eres nada al lado de él. Solo una sombra, una sombra que
apesta a whisky y a burdel.
Quería huir. Simón le
daba miedo, siempre le había dado miedo a un nivel profundo, primitivo. Pero no
quería dejarle solo con su pequeña.
—Cuando se lo cuente
a Ramiro, te echará de aquí.
—Ramiro no tiene
ningún poder en esta casa y todos lo sabemos. —Se acercó un poco más, como un
cazador abriéndose paso en el bosque—. Mi madre es quien manda aquí y yo soy su
hijo predilecto, aunque naciera un poco después.
—Te echará de aquí.
—Las lágrimas le quemaban la garganta porque sabía que Simón tenía razón. Era Justina
quien reinaba en Ordóñez Hall.
—Ramiro me hizo un
favor al casarse contigo. —La voz de Simón era ahora un balbuceo perezoso.
Sabía que Vale no podía huir—. Mi madre ya lo ha excluido del testamento. Oh,
la casa será para él, eso no puede cambiarlo, pero yo heredaré el dinero. Y es
ese dinero lo que mantiene este lugar.
—Puedes quedarte con
el dinero y con la casa. —Vale sacudió las manos con gesto despectivo—.
Quédatelo todo y vete al infierno.
que raro Simón arruinando todo... que triste el final de esta pareja :'(
ResponderEliminarme encata la novela!.. como siempre simon arruina todo!!..La verdad que sii.. un final bastante trágico para esta pareja!
ResponderEliminarQue historiaaa!!! :O yo ya la habia empezado a leer en algun lado, y se como termina eso :( por desgracia :'( pero no la termine de leer completa, asique la seguire por aca ;)
ResponderEliminarpor favor, puedes subir el siguiente capitulo? me encanta esta novela, yo tambien la habia empezado a leer en otro lugar pero no rencuerdo donde...
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