viernes, 3 de febrero de 2012

Capitulo Uno - Primera Parte



Ordóñez Hall, Luisiana
30 de diciembre de 1899

El bebé estaba llorando. Valeria escuchó en sueños el suave gimoteo, la agitación de los bracitos bajo la sábana. Notó las primeras punzadas de hambre, el anhelo en la barriga, como si todavía llevara dentro el bebé. La leche le brotó antes de que ella despertara del todo.
Se levantó con presteza y sin queja. Le complacía sentir la plenitud y la sensibilidad de sus senos. Su finalidad. Su hija tenía hambre y ella iba a satisfacerla.
Caminó hasta el recamier y cogió el salto de cama blanco que descansaba sobre el respaldo. Aspiró el aroma de las azucenas del invernadero —sus predilectas— que llenaban el jarrón de cristal, un regalo de boda.
Antes de conocer a Ramiro le había bastado con colocar flores silvestres en botellas.
Si Ramiro hubiera estado en casa, también se habría despertado. Aunque ella le habría sonreído y le habría acariciado los cabellos rubios y sedosos mientras le pedía que siguiera durmiendo, él habría asomado en el cuarto de Valentina Valentina antes de que Valeria hubiera terminado la toma de medianoche.
Cómo le añoraba. Otra punzada en el estómago. Mientras se ponía el salto de cama recordó que Ramiro regresaba al día siguiente. Desde por la mañana temprano estaría pendiente de verlo llegar galopando por la avenida de robles.
Sin importarle lo que pensaran o dijeran los demás, correría a su encuentro. Su corazón daría un brinco, siempre lo daba, cuando él saltara del caballo y, envolviéndola con sus brazos, la levantara del suelo.
Y en la fiesta de Año Nuevo bailarían.
Valeria se puso a canturrear mientras alzaba una vela y, protegiéndola con una mano, salía al pasillo de la gran mansión donde fue sirvienta y ahora era, si no su hija, al menos la esposa de su hijo.
El cuarto de la niña estaba en la segunda planta del ala familiar. Una batalla que había librado con la madre de Ramiro, y perdido. Justina Ordóñez tenía normas muy precisas en cuanto a conducta, disposiciones domésticas y tradiciones. Madame Justina, pensó Valeria mientras pasaba con sigilo por delante de las puertas de los demás dormitorios, tenía opiniones muy precisas sobre todo. Entre ellas, que un bebé de tres meses debía estar en el cuarto infantil al cuidado de una niñera y no en el dormitorio de los padres, en una cuna embutida en un rincón.
Valeria subió la angosta escalera acariciando las paredes con la luz de la vela. Por lo menos había conseguido mantener a Valentina a su lado durante seis semanas y en la cuna que formaba parte de la tradición de su propia familia. La había tallado su abuelo. Su madre había dormido en ella y en ella meció a Valeria diecisiete años más tarde.
Valentina había pasado sus primeras noches en esa vieja cuna, un ángel diminuto velado por sus nerviosos y embelesados padres.
La pequeña respetaría a la familia de su padre y sus costumbres. Pero Valeria estaba decidida a que también respetara a la familia de su madre y aprendiera sus costumbres.
Justina se había quejado tanto del bebé y de la cuna que Valeria y Ramiro tuvieron finalmente que ceder. Era, en palabras de Ramiro, como el agua que erosiona la piedra. Nunca cesa, de modo que la piedra o cede o se desgasta.
La niña pasaba ahora las noches en su propio cuarto, en la cuna fabricada en Francia en la que los niños Ordóñez dormían desde hacía un siglo.
El arreglo, aunque le desagradaba, era conveniente, se dijo Vale para tranquilizarse. Su pequeña Valentina era una Ordóñez. De mayor sería una dama.
Además, tal como madame Justina no se cansaba de repetir, los demás miembros de la familia no tenían por qué ver perturbado su sueño por el llanto de un bebé. Independientemente de cómo se trataran tales asuntos en el bayou, aquí, en Ordóñez Hall, los niños eran atendidos en el cuarto infantil.
Cómo arrugaba los labios cuando pronunciaba esa palabra, bayou, como si fuera un término que solo debía mencionarse en burdeles y tabernas.
Qué importaba que madame Justina la detestara, que monsieur Henri la tratara con indiferencia. Qué importaba que Simón la mirara como ningún hombre debía mirar a la esposa de su hermano.
Ramiro la amaba.
Tampoco importaba que Valentina Valentina durmiera en otro cuarto. Aunque las separara un piso o un continente entero, ella sentía las necesidades de su niña como si fueran propias. El vínculo era tan fuerte, tan auténtico, que nunca podría romperse.
Puede que madame Justina ganara batallas, pero Valeria sabía que ella había ganado la guerra. Tenía a Ramiro y a Valentina Valentina.
El cuarto de los niños estaba iluminado con velas. Esperanza, la niñera, desconfiaba del alumbrado de gas. Tenía a Valentina en los brazos y estaba intentando calmarla con una tetilla azucarada, pero la pequeña agitaba furiosamente los puños.
—Menudo carácter. —Valeria dejó la vela y, riendo, cruzó la habitación con los brazos extendidos.
—Sabe muy bien lo que quiere y cuándo lo quiere. —Esperanza, una bonita cajún de ojos oscuros y soñolientos, achuchó a la pequeña antes de entregarla—. Apenas había empezado a quejarse. No entiendo cómo puedes oírla desde abajo.
—La oigo en mi corazón. Tranquila, mi niña, mamá ya está aquí.
—Tiene el pañal mojado.
—Yo la cambiaré. —Valeria frotó su mejilla contra la de su hija y sonrió. Esperanza era una amiga, una batalla ganada. Tenerla como niñera en la casa le proporcionaba la tranquilidad y la camaradería que no recibía de la familia de Ramiro.
—Vuelve a la cama. Una vez que haya comido dormirá hasta la mañana.
—Es un tesoro. —Esperanza pasó las yemas de sus dedos por los rizos de Valentina Valentina—. Si no me necesitas, daré un paseo hasta el río. Jasper está allí. —Su mirada se iluminó—. Le dije que, si podía, bajaría a verle a media-noche.
—Tienes que hacer que ese muchacho se case contigo, chére.                                       
—Oh, lo haré. Estaré fuera una o dos horas, si no te  importa.                                         
—No me importa, pero asegúrate de no pillar otras cosas aparte de cangrejos —dijo mientras se preparaba ^ para cambiar la ropa de la cuna de Valentina Valentina.       
—No te preocupes. Estaré de vuelta antes de las dos.
—La joven se dirigió a la puerta pero antes de salir se volvió—. Vale, ¿imaginaste alguna vez, cuando éramos niñas, que un día serías la señora de esta casa?
—No soy la señora. —Vale hizo cosquillas a su pequeña en los pies y esta gorjeó—. La que si lo es probablemente vivirá hasta los ciento diez años para asegurarse de que yo no lo sea.
—Si alguien puede hacerlo, es ella. Pero algún día serás la señora. La suerte te ha sonreído, Vale, y te sienta muy bien.
Una vez a solas con su hija, Vale le hizo más cosquillas y la arrulló. Le puso polvos de talco y le colocó un pañal limpio. Después de ponerle otro camisón, se sentó en una mecedora y ofreció su pecho a esa boca diminuta y hambrienta. Los primeros tirones glotones, la sacudida en la matriz como respuesta, la hicieron suspirar. Sí, la suerte le había sonreído. Ramiro Ordóñez, el heredero de Ordóñez Hall, el caballero de todos los cuentos de hadas, se había fijado en ella. Y la amaba.
Inclinó la cabeza para ver comer a su niña. Valentina
Valentina tenía los ojos abiertos como platos, clavados en el rostro de su madre. Una pequeña arruga de concentración se había formado entre sus cejas.
Cuánto deseaba que esos ojos permanecieran azules como los de Ramiro. Valentina tenía el pelo oscuro y rizado, pero había heredado la piel blanca de su padre en lugar de la tez morena de su madre cajún.
Tendría lo mejor de ambos, pensó Vale. Tendría lo mejor de todo.
No estaba pensando únicamente en el dinero, la gran posición, la posición social, aunque era cierto que deseaba esas cosas para sus hijos ahora que las había probado. También estaba pensando en la aceptación, la educación, el saberse parte de este lugar. Su hija, y todos los hijos que vinieran después, aprenderían a leer y a escribir, y hablarían inglés y el francés con corrección y con voces distinguidas.
Nadie les miraría jamás por encima del hombro.
—Serás una dama —murmuró Valeria acariciando la mejilla de su hija mientras la manita de esta amasaba el pecho materno, como si quisiera acelera la leche—. Una dama educada, con el corazón dulce de papá y la sensatez de mamá. Papá llegará mañana. Es el último día de este siglo y tú tienes toda una vida por delante.
Hablaba con voz queda, en un murmullo monótono que sosegaba a ambas.
—Qué emoción, Valen, mi Valen. Mañana por la noche habrá un gran baile. Tengo un vestido nuevo, azul como tus ojos. Como los ojos de tu papá. ¿Te he contado que me enamoré primero de sus ojos? Son tan hermosos, están tan llenos de bondad... Cuando regresó a Ordóñez Hall al terminar la universidad parecía un príncipe que volvía a su castillo. El corazón me latió con una fuerza casi insoportable.
Valeria se recostó en la mecedora y se columpió a la luz palpitante de las velas.
Pensó en la fiesta de Año Nuevo y se imaginó bailando con Ramiro mientras su vestido giraba al ritmo de un vals.
Se dijo que le haría sentirse orgulloso de ella.
Y recordó la primera vez que bailaron el vals.
Fue una primavera. El perfume de las flores envolvía el aire y la casa aparecía iluminada como un palacio. Desatendiendo sus tareas, ella se había colado en el jardín porque ansiaba ver el salón blanco, con sus barandillas que parecían encaje negro, resplandecer bajo el cielo estrellado, la forma en que los ventanales flameaban. La música se filtraba por las ventanas y las puertas hasta la terraza, adonde la gente salía para tomar el aire.
Se imaginó dentro del salón de baile dando vueltas y más vueltas al compás de la música. Y así giró entre las sombras del jardín. Y mientras giraba vio que Ramiro la observaba desde el camino.
Su propio cuento de hadas, pensó Vale. El príncipe tomando la mano de Cenicienta e invitándola a bailar poco antes de que dieran las doce. No tenía zapatos de cristal, ni una carroza de calabaza, pero fue una noche mágica.
Todavía podía oír la música que se deslizaba por la terraza hasta el jardín.
Cuando el baile termine, cuando rompa el alba...
Entonó la canción con voz queda al tiempo que trasladaba a su hija al otro pecho.
Cuando los bailarines se marchen, cuando las estrellas se apaguen...
Ella y Ramiro habían bailado esa hermosa y triste canción en el jardín bañado de luna, con la sombra blanca y dorada de la mansión a sus espaldas. Ella con su humilde vestido de algodón y él con su bello traje de gala. Y como tales cosas son posibles en los cuentos de hadas, durante esa hermosa y triste canción se enamoraron.
Ay, pero ella sabía que había ocurrido antes. Para ella todo comenzó la primera vez que vio a Ramiro, el día que llegó desde Nueva Orleáns a lomos de la yegua castaña. El sol, filtrándose entre el follaje y el musgo de los robles de la avenida, lo envolvía como las alas de un ángel. Su hermano gemelo —Simón— cabalgaba a su lado, pero ella solo vio a Ramiro.
Vale había entrado en la casa como criada unas semanas antes y se desvivía por complacer a monsieur y madame Ordóñez, pues quería conservar el trabajo y el salario.
Ramiro le hablaba —con amabilidad y corrección— cuando se cruzaban por los pasillos. Ella, sin embargo, había notado que la observaba. No como Simón, no con ojos lascivos y sonrisa afectada, sino con una suerte de anhelo.
Durante las siguientes semanas tropezaron con frecuencia. Él la buscaba. Actualmente ella lo sabía, pues él se lo había confesado en su noche de bodas.
Así y todo, la historia entre ellos empezó de verdad la noche del baile. Terminada la canción, él la retuvo unos segundos más. Luego se inclinó, como un caballero ante una dama, y le besó la mano.
Justo cuando ella pensó que la velada había tocado a su fin, que la magia iba a esfumarse, él posó la mano que acababa de besar en el ángulo de su codo. Echaron a andar y empezaron a hablar. Del tiempo, las flores, los chismorreos de la casa.
Como si fueran amigos, pensó ahora Vale con una sonrisa. Como si fuera la cosa más natural del mundo que Ramiro Ordóñez diera un paseo por el jardín con Valeria Rouse,
A partir de ese día dieron muchos paseos por el jardín. Dentro de la casa, donde los demás podían verles, seguían actuando como señor y criada. Pero durante toda esa primavera embriagadora recorrieron los senderos del jardín como jóvenes amantes, contándose sus esperanzas, sueños, pesares y alegrías.
El día que ella cumplió diecisiete años él le hizo un regalo envuelto en papel de color plata con un gran lazo azul. El reloj esmaltado era una hermosa esfera suspendida de las alas doradas de un broche. El tiempo vuela, Gaslaró él mientras le prendía el reloj en la tela desgastada del vestido, cuando estamos juntos. Y prefería que su vida pasara volando que vivirla separado de ella.
Colocó una rodilla en el suelo y le rogó que fuera su esposa.
No podía ser, había intentado explicarle ella entre lágrimas. Él estaba fuera de su alcance y podía tener a quien quisiera.
Vale recordó que Ramiro se había echado a reír y el júbilo había estallado en su hermoso rostro. ¿Cómo era posible que él estuviera fuera de su alcance cuando le tenía cogida la mano? Y si podía tener a quien quisiera, la tendría a ella.
—Así que ahora nos tenemos el uno al otro y te tenemos a ti —susurró Vale, y colocó a su niña adormecida sobre el hombro—. Y si su familia me odia por ello, ¿qué importa? Yo le hago feliz.
Volvió la cara hacia la suave curva del cuello de su bebé.
—Estoy aprendiendo a hablar y a vestirme como ellos. Nunca pensaré como ellos, pero me comporto como ellos por Ramiro, al menos en público.
Satisfecha, acarició la espalda de la pequeña sin dejar de mecerla. Pero al oír los pasos pesados y tambaleantes en la escalera, se levantó raudamente. Abrazó a su pequeña al tiempo que se volvía hacia la cuna.
Cuando oyó a Simón cruzar la puerta supo, sin necesidad de mirarle, que estaba borracho. Casi siempre estaba borracho o camino de estarlo.
Vale guardó silencio. Dejó a la niña en la cuna y cuando esta sollozó, la acarició hasta tranquilizaría.
—¿Dónde está la niñera? —preguntó Simón.
Vale seguía de espaldas a él.
—No te quiero aquí cuando has bebido.
—¿Ahora me das órdenes? —Su voz era gangosa y su equilibrio escaso, pero pensaba con claridad. El alcohol, en opinión de Simón, ayudaba a aclarar la mente.
Y la suya estaba muy clara en lo referente a la esposa de su hermano. Si Ramiro tenía una cosa —y qué era una mujer sino una cosa—, Simón la quería.
Vale era menuda, de constitución casi frágil. Pero tenía unas piernas fuertes. Podía adivinar su contorno a través de la fina tela del salto de cama, iluminada por el fuego a contraluz de la chimenea. Esas piernas lo envolverían con la misma facilidad con que envolvían a su hermano.
Poseía unos senos altos e hinchados, sobre todo ahora que había parido. En una ocasión había puesto las manos encima de ellos y Vale le había abofeteado. Como si tuviera derecho a Gasidir quién podía tocarla.
Simón cerró la puerta tras de sí. La fulana que había contratado esa noche solo había conseguido aumentar su apetito. Había llegado el momento de saciarlo.
—¿Dónde está la otra zorra del bayou?
La mano de Vale se cerró en un puño. Se dio la vuelta, protegiendo la cuna con su cuerpo. Simón se parecía mucho a Ramiro, pero poseía una dureza que Ramiro no tenía. Un fondo siniestro.
Vale se preguntó si era cierto lo que contaba su abuela, que a veces, con los gemelos, los rasgos quedaban divididos en el útero. Uno se llevaba lo bueno y el otro lo malo.
Ignoraba si Simón ya había nacido así de malcriado, pero sabía que era peligroso cuando estaba borracho. Había llegado el momento de hacerle saber que ella también era peligrosa.
—Esperanza es mi amiga y no tienes derecho a hablar así de ella. Márchate. No tienes derecho a venir aquí a insultarme. Esta vez Ramiro se enterará.
Advirtió que la mirada de Simón descendía por su cuerpo y percibió lujuria en sus ojos. Con gesto presto, se cerró la bata sobre el pecho todavía parcialmente descubierto.
—Eres repugnante. Cochon! ¿Cómo te atreves a entrar en el cuarto de un bebé con pensamientos perversos hacia la esposa de tu hermano ?
—La zorra de mi hermano. —Simón pensó que ya podía oler su rabia y su miedo. Un perfume embriagador—- Te habrías abierto de piernas para mí si hubiera nacido quince minutos antes, pero no me habrías robado el apellido como se lo has robado a él.
Vale alzó el mentón.
—A ti ni siquiera te veo. Nadie te ve. No eres nada al lado de él. Solo una sombra, una sombra que apesta a whisky y a burdel.
Quería huir. Simón le daba miedo, siempre le había dado miedo a un nivel profundo, primitivo. Pero no quería dejarle solo con su pequeña.
—Cuando se lo cuente a Ramiro, te echará de aquí.
—Ramiro no tiene ningún poder en esta casa y todos lo sabemos. —Se acercó un poco más, como un cazador abriéndose paso en el bosque—. Mi madre es quien manda aquí y yo soy su hijo predilecto, aunque naciera un poco después.
—Te echará de aquí. —Las lágrimas le quemaban la garganta porque sabía que Simón tenía razón. Era Justina quien reinaba en Ordóñez Hall.
—Ramiro me hizo un favor al casarse contigo. —La voz de Simón era ahora un balbuceo perezoso. Sabía que Vale no podía huir—. Mi madre ya lo ha excluido del testamento. Oh, la casa será para él, eso no puede cambiarlo, pero yo heredaré el dinero. Y es ese dinero lo que mantiene este lugar.
—Puedes quedarte con el dinero y con la casa. —Vale sacudió las manos con gesto despectivo—. Quédatelo todo y vete al infierno.



4 comentarios:

  1. que raro Simón arruinando todo... que triste el final de esta pareja :'(

    ResponderEliminar
  2. me encata la novela!.. como siempre simon arruina todo!!..La verdad que sii.. un final bastante trágico para esta pareja!

    ResponderEliminar
  3. Que historiaaa!!! :O yo ya la habia empezado a leer en algun lado, y se como termina eso :( por desgracia :'( pero no la termine de leer completa, asique la seguire por aca ;)

    ResponderEliminar
  4. por favor, puedes subir el siguiente capitulo? me encanta esta novela, yo tambien la habia empezado a leer en otro lugar pero no rencuerdo donde...

    ResponderEliminar