—Mi santo hermano es
débil. Los santos siempre pecan de beatería.
—Él es un hombre.
Mucho más hombre que tú.
Había confiado en
enfurecerle lo bastante para que la pegara y luego se marchara, pero en lugar
de eso Simón soltó una risa queda y se acercó aún más.
Cuando Vale leyó la
intención en sus ojos, abrió la boca para gritar. La mano de Simón salió
disparada y agarró un mechón de la meRocío oscura de su cuñada, que le caía en
forma de rizos hasta la cintura. El tirón hizo que el grito quedara reducido a
un gorjeo. Simón le rodeó la garganta con la mano que le quedaba libre y
apretó.
—Yo siempre cojo lo
que es de Ramiro, incluidas sus fulanas.
Vale le pegó, le
mordió, y cuando alcanzó a respirar, gritó. Él le desgarró las vestiduras, le
sobó los senos. La pequeña rompió llorar en la cuna.
Impulsada por el
llanto de su hija, Vale dio zarpazos hasta liberarse. Se volvió rápidamente,
tropezó con el bajo desgarrado de su camisón. Su mano se cerró en tomo al
atizador de la chimenea y, agitándolo con furia, golpeó el hombro de Simón.
Aullando de dolor, él
cayó de espalda contra el hogar y ella corrió hasta la cuna.
Tenía que rescatar a
su hija. Tenía que rescatar a su hija y huir.
Simón la agarró de la
manga y ella volvió a gritar al tiempo que la tela cedía. Cuando se inclinó
para recoger al bebé, Simón tiró de ella. Le cruzó la cara con el dorso de la
mano y la arrinconó contra una mesa. Una vela cayó al suelo y se ahogó en su
propia cera.
—¡Perra! ¡Zorra!
Estaba loco. Vale
podía verlo ahora en el brillo demente de sus ojos, en la rojez ebria de sus
mejillas. El miedo que sentía se tornó en terror.
—Te matará, mi Ramiro
te matará. —Intentó enderezarse, pero él volvió a golpearla, esta vez con el
puño. El dolor se expandió de la cara a todo el cuerpo. Mareada, Vale se
arrastró hacia la cuna. Tenía sangre en la boca, una sangre dulce y caliente.
Mi niña. Dios
misericordioso, no dejes que haga daño a mi niña.
Notó el peso de Simón
sobre su cuerpo, y su hedor. Se rebeló contra él mientras suplicaba ayuda. Sus
aullidos se fundían con los gritos desconsolados de la pequeña.
—¡No! ¡No! ¡Maldito
seas!
Mas cuando él le
levantó la falda del camisón, Vale supo que por mucho que suplicara, por mucho
que luchara, nada lo detendría. Iba a mancillarla, a degradarla por ser quien
era. Por ser de Ramiro.
—En el fondo es lo
que quieres. —Simón entró en ella y la sensación de poder le embriagó como el
vino tinto. Ella tenía la cara pálida, de miedo e incredulidad, y magullada a causa
de los golpes. Estaba indefensa, pensó él mientras la embestía con su envidia
incontenible—. Es lo que todas queréis, zorras cajún.
Embate tras embate,
la violó con vehemencia. La excitación de hallarse dentro de ella a la fuerza
se apoderaba de él, convirtiendo su respiración en cortos gruñidos que
escapaban entre sus dientes apretados.
Vale estaba ahora
llorando, un llanto que la atragantaba. Pero también gritaba. Como podía,
gritaba mientras él vertía en ella su furia, sus celos, su desprecio.
En el instante en que
el reloj anunció las doce Simón le rodeó el cuello con las manos.
—Cállate, maldita.
Le aporreó la cabeza
contra el suelo y la estrujó con más fuerza. Pero los gritos seguían
horadándole el cerebro.
Aunque vagamente, Vale
también los oía. El llanto frenético de Valentina retumbaba en su cabeza junto
con las campanadas de medianoche. Golpeó débilmente las manos que le robaban el
aire mientras trataba de cerrar su cuerpo a la inenarrable invasión.
Ayúdame, madre de
Jesús. Ayúdame. Ayuda a mi niña.
Su visión se hizo
borrosa. Martilleando ferozmente el suelo con los talones, su cuerpo se
convulsionó.
Lo último que oyó fue
el llanto de su hija. Lo último que pensó fue Ramiro.
La puerta del cuarto se
abrió de golpe. Justina Ordóñez se detuvo en el umbral y evaluó la escena
rápidamente. Fríamente.
—Simón.
Rodeando todavía el
cuello de Vale con las manos, Simón levantó la vista. Si su madre percibió la
locura en sus ojos, optó por no verla. Con el cabello dorado recogido en una
trenza, la bata abotonada severamente hasta el cuello, la mujer se acercó.
Vale tenía los ojos
abiertos. Por la comisura de la boca descendía un hilillo de sangre y las
mejillas estaban los de moretones.
Desapasionadamente, Justina
se inclinó y colocó los dedos en la garganta de Vale.
—Está muerta —declaró,
y fue directa a la puerta que comunicaba con el cuarto de la niñera. La abrió e
introdujo la cabeza. Luego la cerró con llave.
Se apoyó un instante
en la puerta con la mano sobre su propia garganta, meditando sobre las posibles
consecuencias. Deshonra, ruina, escándalo.
—Fue... un accidente.
—Las manos de Simón empezaron a temblar al abandonar el cuello de Vale. El
whisky se arremolinaba ahora en su cabeza, nublándola, y le quemaba el estómago
provocándole náuseas.
Podía ver las marcas
en la piel de Vale, oscuras, profundas, irrecusables.
——Trató de...
seducirme, luego me atacó...
Justina cruzó la
estancia martilleando el suelo con sus zapatillas. Se agachó y abofeteó a su
hijo.
—Calla. Calla y haz
exactamente lo que yo te diga. No pienso perder otro hijo por culpa de esta
criatura. Bájala a su dormitorio. Sal por la terraza, y espérame allí.
—Fue culpa de ella.
—Sí, y ha pagado.
Bájala, Simón. Date prisa.
—Me... —Una lágrima
asomó por el rabillo del ojo de Simón y rodó—. Me colgarán. Tengo que huir.
—No, no te colgarán.
—Inclinada sobre el cuerpo de su nuera, Justina atrajo hacia sí la cabeza de su
hijo y le acarició el pelo—. No, cariño, no te colgarán. Obedece a mamá.
Llévala a su cuarto y espérame allí. Todo irá bien. Todo será como debe ser. Te
lo prometo.
—No quiero tocarla.
—¡Simón! —El tono
dulce de la madre se tornó en una orden severa—. Haz lo que te digo. Ya.
Justina se levantó y
caminó hasta la cuna, donde los aullidos de la pequeña se habían reducido a un
quedo gemido. Llevada por el calor del momento, pensó en colocarle una mano
sobre la nariz y la boca. Sería como ahogar una bolsa de gatitos.
Sin embargo...
La pequeña llevaba la
sangre de su hijo y, por tanto, la suya propia. Podía despreciarla, pero no
podía destruirla.
—Duérmete —dijo—. decidiremos
qué hacer contigo más tarde.
Mientras su hijo se
llevaba a la muchacha que había violado y asesinado, la mujer procedió a poner
orden en el cuarto. Recogió la vela y frotó la cera vertida hasta borrar todo
rastro de ella.
Devolvió el atizador
a la chimenea y con los jirones de la bata de Vale limpió las manchas de
sangre. Actuaba diligentemente, apartando la mente de aquello que había
provocado tanto destrozo, manteniéndola fija en lo que debía hacerse para
salvar a su hijo.
Cuando tuvo la
certeza de que todo estaba en su sitio, abrió la puerta y dejó sola a su nieta,
que ahora dormía.
Por la mañana
despediría a la niñera por desatender sus obligaciones. La expulsaría de Ordóñez
Hall antes de que Ramiro regresara para descubrir que su esposa había
desaparecido.
La chica se lo había
buscado, pensó Justina. Tratar de subir de posición en la vida no podía traer
nada bueno. Las cosas tenían un orden y existía una razón para ese orden. Si la
muchacha no hubiera hechizado a Ramiro —porque seguro que la hechicería local
tenía algo que ver con esto— todavía estaría viva.
La familia ya había
sufrido suficiente escándalo. Qué vergüenza tener que mantener la cabeza alta
cuando tu primogénito se ha fugado con una hembra sin dinero, descalza, criada
en una barraca del pantano.
Y después el sabor
amargo de las apariencias. Era preciso conservar la dignidad pese al golpe.
¿Acaso no había hecho ella todo lo posible por que esa criatura vistiera como
correspondía a un miembro de la familia Ordóñez?
Mas no debió pedir
peras al olmo, pensó. ¿De qué sirvieron los modelos de París si la chica solo
tenía que abrir la boca para saberse que era del pantano? Por Dios santo, si
había sido una criada.
Justina entró en el
dormitorio, cerró la puerta y miró la cama donde estaba tumbada la difunta
esposa de su hijo con los ojos fijos en el dosel de seda azul.
Valeria Rouse, se
dijo, no era más que un problema que había que resolver.
Simón estaba
acurrucado en una butaca con la cabeza entre las manos.
—Deja de gritar
—murmuraba—, deja de gritar.
Justina caminó hasta
él y le agarró los hombros.
—¿Quieres que vengan
a por ti? —preguntó—. ¿Quieres arrastrar a tu familia a la desgracia? ¿Quieres
que te ahorquen como a un vulgar ladrón?
—No fue culpa mía.
Ella me sedujo y después me atacó. Mira. Mira. —Ladeó la cabeza—. ¿Has visto
los arañazos de la cara?
—Sí. —Durante un
instante, solo un instante, Justina flaqueó. El corazón que había dentro del
símbolo en que se había convertido se encogió ante el espantoso acto por todas
las mujeres temido.
Valeria, fuera lo que
fuera, había amado a Ramiro. Fuera lo que fuera, había sido violada y asesinada
a pocos metros de la cuna de su hija.
Simón la forzó, la
golpeó, la mancilló. La asesinó.
Borracho y
enloquecido, había matado a la esposa de su hermano. Dios misericordioso.
Justina apartó
bruscamente ese pensamiento de la mente.
La muchacha estaba
muerta. Su hijo no.
—Esta noche
contrataste a una prostituta, ¿verdad? —preguntó Justina—. No me vuelvas la
cara —espetó—. Estoy al corriente de las cosas que hacen los hombres.
¿Contrataste a una mujer?
—Sí, mamá.
Ella asintió
enérgicamente.
—En ese caso, si
alguien comete la temeridad de preguntártelo, fue la fulana la que te hizo esos
arañazos. En ningún momento fuiste al cuarto de la niña. —Tomó la cara de su
hijo entre las manos para obligarle a mirarla a los ojos y le hundió los dedos
en las mejillas mientras le hablaba con voz grave y clara—. No tenías ninguna
razón para entrar en ese cuarto. Fuiste a la ciudad en busca de alcohol y
mujeres y, una vez satisfecho, regresaste a casa y te acostaste. ¿Está claro?
—Pero ¿cómo vamos a
explicar... ?
—No hay nada que
explicar. Ya te he dicho lo que hiciste esta noche. Repítelo.
—Fui... fui a la
ciudad. —Simón se mojó los labios. Tragó saliva—. Bebí y visité un burdel.
Regresé a casa y me acosté.
—Exacto. Exacto. —Justina
acarició la mejilla arañada de su hijo—. Ahora recogeremos algunas ropas y
joyas de Valeria. Lo haremos apresuradamente, como lo hizo ella cuando decidió
huir con un hombre al que había estado viendo en secreto. Un hombre que bien
podría ser el padre de la niña que duerme arriba.
—¿Qué hombre?
Justina dejó escapar
un largo suspiro. Era el niño de sus ojos, pero solía desesperarla.
—No importa, Simón,
es algo que tú no sabes. —Se acercó al ropero y eligió una capa de terciopelo
negro—. Envuélvela en esto, ¡venga! —dijo en un tono que levantó a su hijo de
la silla.
Simón tenía el
estómago revuelto y las manos temblorosas, pero envolvió el cuerpo en el
terciopelo como mejor pudo mientras su madre guardaba objetos en una sombrerera
y un maletín.
Con las prisas se le
cayó un broche con un pequeño reloj esmaltado. La punta de su zapatilla lo
golpeó y lo lanzó a un rincón de la habitación.
—La llevaremos al
pantano. Tendremos que ir a pie. En el cobertizo del jardín hay algunos
adoquines viejos. La hundiremos con ellos.
Y los caimanes,
pensó, los caimanes y los peces harían el resto.
—Aunque den con ella,
será lejos de aquí. El hombre con el que huyó la mató. —Justina se palpó la
cara con el pañuelo que guardaba en el bolsillo de su bata y se pasó una mano
por la trenza—. Eso será lo que la gente creerá si la encuentran. Tenemos que
sacarla de Ordóñez Hall cuanto antes.
Empezaba a advertir
también en ella cierto grado de locura.
Esa noche había luna.
Se dijo que había luna porque el destino comprendía qué estaba haciendo y por
qué lo hacía. Oía la respiración acelerada de su hijo y los ruidos de la noche.
Las ranas, los insectos, los pájaros nocturnos se hundían en una nota espesa.
Era el final de un
siglo y el comienzo de otro. Se desharía de esta aberración y empezaría este
nuevo siglo, esta nueva era, limpia y fuerte.
El aire era frío y
húmedo, pero tenía calor. La piel casi le ardía mientras se alejaba de la casa
cargada con el equipaje. Los músculos de los brazos, de las piernas,
protestaban, pero ella seguía caminando como un soldado.
Una vez, solo una
vez, creyó sentir un roce en la mejilla, como el aliento de un fantasma. El
espíritu de la muchacha muerta que avanzaba a su lado acusándola, condenándola,
maldiciéndola para toda la eternidad.
El miedo solo
consiguió fortalecerla.
—Aquí. —Se detuvo y
contempló el agua donde los tumores de los cipreses horadaban la superficie
como huesos contra la piel—. Túmbala.
Simón obedeció. Luego
se levantó bruscamente, le dio la espalda y se tapó la cara con las manos.
—No puedo hacerlo,
mamá. No puedo. Estoy mareado.
Llegó hasta el agua
dando traspiés, sollozando, presa de las náuseas.
Menudo inútil, pensó Justina
algo irritada. Los hombres eran incapaces de manejar una crisis. Para eso hacía
falta una mujer, la sangre fría y la mente clara de una hembra.
Justina abrió la capa
y colocó los adoquines sobre el cuerpo. Gotas de sudor le surcaron el rostro,
pero ella llevó a cabo la espantosa tarea con la misma eficacia implacable con
que habría realizado cualquier otra. Sacó la cuerda de la sombrerera y la
enrolló a lo largo del cuerpo, por arriba, por abajo, por el centro. Sacó otra
cuerda y la ató con un fuerte nudo a las asas del maletín.
Levantó la vista y
advirtió que Simón la observaba pálido como la nieve.
—Tendrás que
ayudarme. No puedo meterla en el agua yo sola. Pesa demasiado.
—Estaba borracho.
—Lo sé, Simón.
Estabas borracho. Y ahora estás lo bastante sereno para afrontar las consecuencias.
Ayúdame a meterla en el agua.
Simón advirtió que
sus piernas flaqueaban a cada paso, como las de un títere. El cuerpo tocó el
agua sin apenas hacer ruido. Tras un ligero plof y una especie de borboteo,
desapareció. Sobre la superficie se formaron ondas que brillaron a la luz de la
luna, pero también se fueron diluyendo.
—Finalmente ha salido
de nuestras vidas —declaró con calma Justina—. Muy pronto será como esas ondas,
como si nunca hubiera existido. Asegúrate de limpiarte bien las botas, Simón.
No se las des a nadie del servicio.
Entrelazó un brazo al
de su hijo y sonrió, pero su sonrisa tenía un vestigio de demencia.
—Debemos regresar a
casa y descansar. Mañana tenemos mucho que hacer.
que cínicos!
ResponderEliminarEsta parte ya la habia leido, per me da mucha tristeza :( pobre Vale que muerte mas horrenda y escuchando a su hija llorar :'( que tristeza!!! esperando el proximo :S
ResponderEliminarque capitulo tan triste...
ResponderEliminarcuando subes el proximo?
Que simon hdp!!!... Fea muerte.. pobre la beba!! espero el proximo!! :)
ResponderEliminarcundo subes el proximo? :)
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