domingo, 5 de febrero de 2012

Capitulo Uno, Segunda Parte


—Mi santo hermano es débil. Los santos siempre pecan de beatería.
—Él es un hombre. Mucho más hombre que tú.
Había confiado en enfurecerle lo bastante para que la pegara y luego se marchara, pero en lugar de eso Simón soltó una risa queda y se acercó aún más.
Cuando Vale leyó la intención en sus ojos, abrió la boca para gritar. La mano de Simón salió disparada y agarró un mechón de la meRocío oscura de su cuñada, que le caía en forma de rizos hasta la cintura. El tirón hizo que el grito quedara reducido a un gorjeo. Simón le rodeó la garganta con la mano que le quedaba libre y apretó.
—Yo siempre cojo lo que es de Ramiro, incluidas sus fulanas.
Vale le pegó, le mordió, y cuando alcanzó a respirar, gritó. Él le desgarró las vestiduras, le sobó los senos. La pequeña rompió llorar en la cuna.
Impulsada por el llanto de su hija, Vale dio zarpazos hasta liberarse. Se volvió rápidamente, tropezó con el bajo desgarrado de su camisón. Su mano se cerró en tomo al atizador de la chimenea y, agitándolo con furia, golpeó el hombro de Simón.
Aullando de dolor, él cayó de espalda contra el hogar y ella corrió hasta la cuna.
Tenía que rescatar a su hija. Tenía que rescatar a su hija y huir.
Simón la agarró de la manga y ella volvió a gritar al tiempo que la tela cedía. Cuando se inclinó para recoger al bebé, Simón tiró de ella. Le cruzó la cara con el dorso de la mano y la arrinconó contra una mesa. Una vela cayó al suelo y se ahogó en su propia cera.
—¡Perra! ¡Zorra!
Estaba loco. Vale podía verlo ahora en el brillo demente de sus ojos, en la rojez ebria de sus mejillas. El miedo que sentía se tornó en terror.
—Te matará, mi Ramiro te matará. —Intentó enderezarse, pero él volvió a golpearla, esta vez con el puño. El dolor se expandió de la cara a todo el cuerpo. Mareada, Vale se arrastró hacia la cuna. Tenía sangre en la boca, una sangre dulce y caliente.
Mi niña. Dios misericordioso, no dejes que haga daño a mi niña.
Notó el peso de Simón sobre su cuerpo, y su hedor. Se rebeló contra él mientras suplicaba ayuda. Sus aullidos se fundían con los gritos desconsolados de la pequeña.
—¡No! ¡No! ¡Maldito seas!
Mas cuando él le levantó la falda del camisón, Vale supo que por mucho que suplicara, por mucho que luchara, nada lo detendría. Iba a mancillarla, a degradarla por ser quien era. Por ser de Ramiro.
—En el fondo es lo que quieres. —Simón entró en ella y la sensación de poder le embriagó como el vino tinto. Ella tenía la cara pálida, de miedo e incredulidad, y magullada a causa de los golpes. Estaba indefensa, pensó él mientras la embestía con su envidia incontenible—. Es lo que todas queréis, zorras cajún.
Embate tras embate, la violó con vehemencia. La excitación de hallarse dentro de ella a la fuerza se apoderaba de él, convirtiendo su respiración en cortos gruñidos que escapaban entre sus dientes apretados.
Vale estaba ahora llorando, un llanto que la atragantaba. Pero también gritaba. Como podía, gritaba mientras él vertía en ella su furia, sus celos, su desprecio.
En el instante en que el reloj anunció las doce Simón le rodeó el cuello con las manos.
—Cállate, maldita.
Le aporreó la cabeza contra el suelo y la estrujó con más fuerza. Pero los gritos seguían horadándole el cerebro.
Aunque vagamente, Vale también los oía. El llanto frenético de Valentina retumbaba en su cabeza junto con las campanadas de medianoche. Golpeó débilmente las manos que le robaban el aire mientras trataba de cerrar su cuerpo a la inenarrable invasión.
Ayúdame, madre de Jesús. Ayúdame. Ayuda a mi niña.
Su visión se hizo borrosa. Martilleando ferozmente el suelo con los talones, su cuerpo se convulsionó.
Lo último que oyó fue el llanto de su hija. Lo último que pensó fue Ramiro.
La puerta del cuarto se abrió de golpe. Justina Ordóñez se detuvo en el umbral y evaluó la escena rápidamente. Fríamente.
—Simón.
Rodeando todavía el cuello de Vale con las manos, Simón levantó la vista. Si su madre percibió la locura en sus ojos, optó por no verla. Con el cabello dorado recogido en una trenza, la bata abotonada severamente hasta el cuello, la mujer se acercó.
Vale tenía los ojos abiertos. Por la comisura de la boca descendía un hilillo de sangre y las mejillas estaban los de moretones.
Desapasionadamente, Justina se inclinó y colocó los dedos en la garganta de Vale.
—Está muerta —declaró, y fue directa a la puerta que comunicaba con el cuarto de la niñera. La abrió e introdujo la cabeza. Luego la cerró con llave.
Se apoyó un instante en la puerta con la mano sobre su propia garganta, meditando sobre las posibles consecuencias. Deshonra, ruina, escándalo.
—Fue... un accidente. —Las manos de Simón empezaron a temblar al abandonar el cuello de Vale. El whisky se arremolinaba ahora en su cabeza, nublándola, y le quemaba el estómago provocándole náuseas.
Podía ver las marcas en la piel de Vale, oscuras, profundas, irrecusables.
——Trató de... seducirme, luego me atacó...
Justina cruzó la estancia martilleando el suelo con sus zapatillas. Se agachó y abofeteó a su hijo.
—Calla. Calla y haz exactamente lo que yo te diga. No pienso perder otro hijo por culpa de esta criatura. Bájala a su dormitorio. Sal por la terraza, y espérame allí.
—Fue culpa de ella.
—Sí, y ha pagado. Bájala, Simón. Date prisa.
—Me... —Una lágrima asomó por el rabillo del ojo de Simón y rodó—. Me colgarán. Tengo que huir.
—No, no te colgarán. —Inclinada sobre el cuerpo de su nuera, Justina atrajo hacia sí la cabeza de su hijo y le acarició el pelo—. No, cariño, no te colgarán. Obedece a mamá. Llévala a su cuarto y espérame allí. Todo irá bien. Todo será como debe ser. Te lo prometo.
—No quiero tocarla.
—¡Simón! —El tono dulce de la madre se tornó en una orden severa—. Haz lo que te digo. Ya.
Justina se levantó y caminó hasta la cuna, donde los aullidos de la pequeña se habían reducido a un quedo gemido. Llevada por el calor del momento, pensó en colocarle una mano sobre la nariz y la boca. Sería como ahogar una bolsa de gatitos.
Sin embargo...
La pequeña llevaba la sangre de su hijo y, por tanto, la suya propia. Podía despreciarla, pero no podía destruirla.
—Duérmete —dijo—. decidiremos qué hacer contigo más tarde.
Mientras su hijo se llevaba a la muchacha que había violado y asesinado, la mujer procedió a poner orden en el cuarto. Recogió la vela y frotó la cera vertida hasta borrar todo rastro de ella.
Devolvió el atizador a la chimenea y con los jirones de la bata de Vale limpió las manchas de sangre. Actuaba diligentemente, apartando la mente de aquello que había provocado tanto destrozo, manteniéndola fija en lo que debía hacerse para salvar a su hijo.
Cuando tuvo la certeza de que todo estaba en su sitio, abrió la puerta y dejó sola a su nieta, que ahora dormía.
Por la mañana despediría a la niñera por desatender sus obligaciones. La expulsaría de Ordóñez Hall antes de que Ramiro regresara para descubrir que su esposa había desaparecido.
La chica se lo había buscado, pensó Justina. Tratar de subir de posición en la vida no podía traer nada bueno. Las cosas tenían un orden y existía una razón para ese orden. Si la muchacha no hubiera hechizado a Ramiro —porque seguro que la hechicería local tenía algo que ver con esto— todavía estaría viva.
La familia ya había sufrido suficiente escándalo. Qué vergüenza tener que mantener la cabeza alta cuando tu primogénito se ha fugado con una hembra sin dinero, descalza, criada en una barraca del pantano.
Y después el sabor amargo de las apariencias. Era preciso conservar la dignidad pese al golpe. ¿Acaso no había hecho ella todo lo posible por que esa criatura vistiera como correspondía a un miembro de la familia Ordóñez?
Mas no debió pedir peras al olmo, pensó. ¿De qué sirvieron los modelos de París si la chica solo tenía que abrir la boca para saberse que era del pantano? Por Dios santo, si había sido una criada.
Justina entró en el dormitorio, cerró la puerta y miró la cama donde estaba tumbada la difunta esposa de su hijo con los ojos fijos en el dosel de seda azul.
Valeria Rouse, se dijo, no era más que un problema que había que resolver.
Simón estaba acurrucado en una butaca con la cabeza entre las manos.
—Deja de gritar —murmuraba—, deja de gritar.
Justina caminó hasta él y le agarró los hombros.
—¿Quieres que vengan a por ti? —preguntó—. ¿Quieres arrastrar a tu familia a la desgracia? ¿Quieres que te ahorquen como a un vulgar ladrón?
—No fue culpa mía. Ella me sedujo y después me atacó. Mira. Mira. —Ladeó la cabeza—. ¿Has visto los arañazos de la cara?
—Sí. —Durante un instante, solo un instante, Justina flaqueó. El corazón que había dentro del símbolo en que se había convertido se encogió ante el espantoso acto por todas las mujeres temido.
Valeria, fuera lo que fuera, había amado a Ramiro. Fuera lo que fuera, había sido violada y asesinada a pocos metros de la cuna de su hija.
Simón la forzó, la golpeó, la mancilló. La asesinó.
Borracho y enloquecido, había matado a la esposa de su hermano. Dios misericordioso.
Justina apartó bruscamente ese pensamiento de la mente.
La muchacha estaba muerta. Su hijo no.

—Esta noche contrataste a una prostituta, ¿verdad? —preguntó Justina—. No me vuelvas la cara —espetó—. Estoy al corriente de las cosas que hacen los hombres. ¿Contrataste a una mujer?
—Sí, mamá.
Ella asintió enérgicamente.
—En ese caso, si alguien comete la temeridad de preguntártelo, fue la fulana la que te hizo esos arañazos. En ningún momento fuiste al cuarto de la niña. —Tomó la cara de su hijo entre las manos para obligarle a mirarla a los ojos y le hundió los dedos en las mejillas mientras le hablaba con voz grave y clara—. No tenías ninguna razón para entrar en ese cuarto. Fuiste a la ciudad en busca de alcohol y mujeres y, una vez satisfecho, regresaste a casa y te acostaste. ¿Está claro?
—Pero ¿cómo vamos a explicar... ?
—No hay nada que explicar. Ya te he dicho lo que hiciste esta noche. Repítelo.
—Fui... fui a la ciudad. —Simón se mojó los labios. Tragó saliva—. Bebí y visité un burdel. Regresé a casa y me acosté.
—Exacto. Exacto. —Justina acarició la mejilla arañada de su hijo—. Ahora recogeremos algunas ropas y joyas de Valeria. Lo haremos apresuradamente, como lo hizo ella cuando decidió huir con un hombre al que había estado viendo en secreto. Un hombre que bien podría ser el padre de la niña que duerme arriba.
—¿Qué hombre?
Justina dejó escapar un largo suspiro. Era el niño de sus ojos, pero solía desesperarla.
—No importa, Simón, es algo que tú no sabes. —Se acercó al ropero y eligió una capa de terciopelo negro—. Envuélvela en esto, ¡venga! —dijo en un tono que levantó a su hijo de la silla.
Simón tenía el estómago revuelto y las manos temblorosas, pero envolvió el cuerpo en el terciopelo como mejor pudo mientras su madre guardaba objetos en una sombrerera y un maletín.
Con las prisas se le cayó un broche con un pequeño reloj esmaltado. La punta de su zapatilla lo golpeó y lo lanzó a un rincón de la habitación.
—La llevaremos al pantano. Tendremos que ir a pie. En el cobertizo del jardín hay algunos adoquines viejos. La hundiremos con ellos.
Y los caimanes, pensó, los caimanes y los peces harían el resto.
—Aunque den con ella, será lejos de aquí. El hombre con el que huyó la mató. —Justina se palpó la cara con el pañuelo que guardaba en el bolsillo de su bata y se pasó una mano por la trenza—. Eso será lo que la gente creerá si la encuentran. Tenemos que sacarla de Ordóñez Hall cuanto antes.
Empezaba a advertir también en ella cierto grado de locura.
Esa noche había luna. Se dijo que había luna porque el destino comprendía qué estaba haciendo y por qué lo hacía. Oía la respiración acelerada de su hijo y los ruidos de la noche. Las ranas, los insectos, los pájaros nocturnos se hundían en una nota espesa.
Era el final de un siglo y el comienzo de otro. Se desharía de esta aberración y empezaría este nuevo siglo, esta nueva era, limpia y fuerte.
El aire era frío y húmedo, pero tenía calor. La piel casi le ardía mientras se alejaba de la casa cargada con el equipaje. Los músculos de los brazos, de las piernas, protestaban, pero ella seguía caminando como un soldado.
Una vez, solo una vez, creyó sentir un roce en la mejilla, como el aliento de un fantasma. El espíritu de la muchacha muerta que avanzaba a su lado acusándola, condenándola, maldiciéndola para toda la eternidad.
El miedo solo consiguió fortalecerla.
—Aquí. —Se detuvo y contempló el agua donde los tumores de los cipreses horadaban la superficie como huesos contra la piel—. Túmbala.
Simón obedeció. Luego se levantó bruscamente, le dio la espalda y se tapó la cara con las manos.
—No puedo hacerlo, mamá. No puedo. Estoy mareado.
Llegó hasta el agua dando traspiés, sollozando, presa de las náuseas.
Menudo inútil, pensó Justina algo irritada. Los hombres eran incapaces de manejar una crisis. Para eso hacía falta una mujer, la sangre fría y la mente clara de una hembra.
Justina abrió la capa y colocó los adoquines sobre el cuerpo. Gotas de sudor le surcaron el rostro, pero ella llevó a cabo la espantosa tarea con la misma eficacia implacable con que habría realizado cualquier otra. Sacó la cuerda de la sombrerera y la enrolló a lo largo del cuerpo, por arriba, por abajo, por el centro. Sacó otra cuerda y la ató con un fuerte nudo a las asas del maletín.
Levantó la vista y advirtió que Simón la observaba pálido como la nieve.
—Tendrás que ayudarme. No puedo meterla en el agua yo sola. Pesa demasiado.
—Estaba borracho.
—Lo sé, Simón. Estabas borracho. Y ahora estás lo bastante sereno para afrontar las consecuencias. Ayúdame a meterla en el agua.
Simón advirtió que sus piernas flaqueaban a cada paso, como las de un títere. El cuerpo tocó el agua sin apenas hacer ruido. Tras un ligero plof y una especie de borboteo, desapareció. Sobre la superficie se formaron ondas que brillaron a la luz de la luna, pero también se fueron diluyendo.
—Finalmente ha salido de nuestras vidas —declaró con calma Justina—. Muy pronto será como esas ondas, como si nunca hubiera existido. Asegúrate de limpiarte bien las botas, Simón. No se las des a nadie del servicio.
Entrelazó un brazo al de su hijo y sonrió, pero su sonrisa tenía un vestigio de demencia.
—Debemos regresar a casa y descansar. Mañana tenemos mucho que hacer.

5 comentarios:

  1. Esta parte ya la habia leido, per me da mucha tristeza :( pobre Vale que muerte mas horrenda y escuchando a su hija llorar :'( que tristeza!!! esperando el proximo :S

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  2. que capitulo tan triste...
    cuando subes el proximo?

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  3. Que simon hdp!!!... Fea muerte.. pobre la beba!! espero el proximo!! :)

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  4. cundo subes el proximo? :)

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