—¿Cómo puedes hacer esto? Si tanto me odias, ¿por qué no me haces daño a mí? ¿Por qué tienes que tomarla con Sinjun?
Gastón entró en la pista y se enfrentó a Eugenia.
—Te pagaré el doble que Webley —ofreció.
—Esta vez no conseguirás nada con tu dinero, Gastón. No comprarás a Sinjun como hiciste con Glenna. Puse una condición cuando apalabré la venta.
Rocío lo miró con rapidez. Gastón no le había dicho que había sido él quien había comprado a Glenna. Sabía que había hecho los arreglos necesarios para que fuera instalada en el zoo Brookfield, pero no que había sido su dinero el que lo había hecho posible. La gorila tenía un nuevo y precioso hogar gracias a él.
—¿Por qué haces esto? —preguntó él. —La gente de Webley no reagarrará a Sinjun hasta el amanecer. —La expresión de Eugenia se volvió astuta. —Será entonces cuando firme los papeles, pero siempre puedo cambiar de idea.
—Ah, así que llegamos a la sensatez del asunto, ¿verdad, Eugenia? —susurró Gastón con voz apenas audible.
Eugenia miró a Rocío, que todavía estaba fuera de la pista al lado de Nicolás.
—Eso te gustaría, ¿verdad, Rocío? Que detuviera todo esto. Puedo hacerlo, ya lo sabes. Con una simple llamada telefónica.
—Claro que puedes —siseó Gastón. —¿Qué tengo que hacer para que hagas esa llamada?
Eugenia se volvió hacia él y fue como si Nicolás y Rocío hubieran dejado de existir, quedando sólo ellos dos frente a frente en medio de la pista; algo para lo que ambos habían nacido. Eugenia acortó la distancia que había entre ellos moviéndose sinuosamente, casi como una amante, pero no existía ni pizca de amor entre ellos.
—Ya sabes lo que tienes que hacer.
—Dímelo de todas maneras.
Eugenia se giró hacia Rocío y Nicolás.
—Déjennos solos. Esto es entre Gastón y yo.
—¡Esto es una locura! Eso es lo que es. ¡Si hubiera sabido lo que estabas maquinando, juro por Dios que te hubiera sacudido hasta que olvidaras tal pelotudez! —explotó Nicolás.
Eugenia ni siquiera se inmutó ante aquel arrebato de ira.
—Si Rocío y vos no se van de aquí, será el final del tigre.
— Vallan —dijo Gastón. —Hagan lo que dice. Nicolás se volvió hacia él.
—No dejes que te corte las pelotas. Lo intentará, pero no dejes que llegue a ese extremo —dijo con amargura. Parecía como si hubiese perdido la fe en todo lo que creía.
—Lo intentaré —repuso Gastón suavemente.
Rocío le dirigió una mirada suplicante, pero él estaba concentrado en Eugenia y no se dio cuenta.
—Vamos, Rocío. Vámonos de aquí. —Nicolás le pasó el brazo por los hombros y la llevó hacia la puerta trasera. Tras tantos meses aprendiendo a luchar, Rocío intentó resistirse, pero sabía que Gastón era la única esperanza de Sinjun.
Una vez fuera, respiró hondo. Era una noche fría y comenzaron a castañetearle los dientes.
—Lo siento, Rocío. No pensé que llegaría tan lejos —susurró Nicolás, abrazándola.
Dentro se oyó la desdeñosa voz de Gastón sólo un poco amortiguada por la lona de la carpa.
—Eres una mujer de negocios, Eugenia. Si me vendes a Sinjun te compensaré generosamente. Todo lo que tienes que hacer es poner el precio.
Fue como si Nicolás y Rocío hubieran echado raíces en ese lugar; sabían que debían irse pero eran incapaces de hacerlo. Luego Nicolás agarró a Rocío de la mano y la hizo atravesar las sombras hasta la puerta trasera, donde no podían ser vistos pero tenían una vista parcial de la pista central.
Rocío vio cómo Eugenia acariciaba el brazo de Gastón.
—No es tu dinero lo que quiero. Ya deberías saberlo. Lo que quiero es doblegar tu orgullo.
Gastón se apartó, como si no pudiera soportar su contacto.
—¿Qué mierda quieres decir?
—Si quieres al tigre, tendrás que suplicar por él.
—Vete al infierno.
—El gran Gastón Dalmau tendrá que ponerse de rodillas y rogar.
—Antes prefiero morir.
—¿No lo harás?
—Ni en un millón de años. —Gastón apoyó las manos en las caderas. —Puedes hacer lo que te dé la gana con ese puto tigre, pero no me pondré de rodillas delante de vos ni de nadie.
—Me sorprendes. Estaba segura de que lo harías por esa pequeña boba. Debería haber imaginado que no la amas de verdad. —Por un momento Eugenia levantó la mirada a las sombras de la cubierta, luego volvió a mirarlo. —Lo sospechaba. Debería haberme fiado de mi instinto. ¿Cómo podrías amarla? Eres demasiado despiadado para amar a nadie.
—Vos no sabes lo que siento por Rocío.
—Sé que no la amas lo suficiente como para ponerte de rodillas y suplicar por ella. —Lo miró con aire satisfecho. —Así que yo gano. Gano de todas maneras.
—Estás loca.
—Haces bien en negarte. Una vez me arrodillé por amor y no se lo recomiendo a nadie.
—Jesús, Eugenia. No hagas esto.
—Tengo que hacerlo —la voz de la dueña del circo había perdido todo rastro de burla. —Nadie humilla a Eugenia Quest sin pagarlo. Lo mires como lo mires, serás quien pierda hoy. ¿Estás seguro de que no quieres reconsiderarlo?
—Estoy seguro.
Rocío supo en ese momento que había perdido a Sinjun. Gastón no era como otros hombres. Se sostenía a base de acero, valor y orgullo. Si se rebajase, el hombre que era se destruiría. Inclinó la cabeza e intentó darse la vuelta para marcharse, pero Nicolás le bloqueaba el paso.
—Sabes la ironía de todo esto, Rocío lo haría —dijo Gastón con voz tensa y dura. —Ni siquiera se lo pensaría dos veces. —Soltó una carcajada que no contenía ni pizca de humor. —Se pondría de rodillas en menos de un segundo porque tiene un corazón tan grande que es capaz de responder por todos. No le importan ni el honor ni el orgullo ni nada por el estilo si el bienestar de las criaturas que ama está en peligro.
—¿Y qué? —se burló Eugenia. —No veo aquí a Rocío. Sólo te veo a vos. ¿Qué será, Gastón, tu orgullo o el tigre? ¿Vas a renunciar a todo por amor o te aferrarás a ese orgullo que tanto te importa?
Hubo un largo silencio. Cuando las lágrimas comenzaron a deslizarse por la cara de Rocío, supo que tenía que escapar. Pasó junto a Nicolás, pero se detuvo cuando oyó el fiero comentario de éste.
—Qué hijo de puta.
Se giró con rapidez y vio que Gastón seguía de pie frente a Eugenia, en silencio, con la cabeza alta, pero sus rodillas comenzaban a doblarse. Esas poderosas rodillas Romanov. Esas orgullosas rodillas Dalmau. Poco a poco, su marido se dejó caer en el serrín, pero Rocío supo que jamás había parecido más arrogante, ni más inquebrantable.
—Suplícamelo —susurró Eugenia.
—¡No! —la palabra surgió de lo más profundo del pecho de Rocío. ¡No dejaría que Eugenia le hiciera eso, ni siquiera por Sinjun! ¿De qué serviría salvar a un magnífico tigre si con ello destruía a otro? Atravesó la puerta a toda velocidad y entró en la pista, haciendo volar el serrín mientras corría hacia Gastón. Cuando llegó hasta su marido lo agarró del brazo y tiró de él para que se pusiera en pie.
—¡Levántate, Gastón! ¡No lo hagas! No se lo permitas.
Él no apartaba la mirada de Eugenia Quest. Sus ojos parecían llamas ardientes.
—Vos me lo dijiste una vez, Rocío . Nadie puede humillarme. Sólo yo puedo rebajarme.
Gastón levantó la cabeza, con la boca fruncida en un gesto de desprecio. Aunque estaba de rodillas, jamás había parecido tan regio. Era el zar en persona. El rey de la pista central.
—Te lo ruego, Eugenia —dijo con firmeza. —No permitas que le ocurra nada a ese tigre.
Rocío se aferró al brazo de Gastón y se dejó caer de rodillas a su lado.
Nicolás soltó una exclamación.
Y Eugenia Quest curvó los labios en una media sonrisa. La expresión que tenía en la cara era una irritante combinación de admiración y satisfacción.
—Qué hijo de perra eres. Al final será verdad que la amas después de todo.
Miró a Rocío, arrodillada al lado de Gastón.
—Por si aún no te has dado cuenta, Gastón te ama. Tu tigre estará de vuelta mañana por la mañana. Ya me lo agradecerás en otro momento. Ahora, ¿tengo que seguir haciendo yo el trabajo sucio o piensas que puedes encargarte vos sola de esto sin volver a joderlo todo?
Rocío clavó la mirada en ella, tragó saliva, y asintió con la cabeza.
—Bien, porque ya estoy harta de que todos estén preocupados por vos.
Nicolás comenzó a maldecir por lo bajo.
Gastón entrecerró los ojos.
Y Eugenia Quest, la orgullosa reina de la pista central, pasó majestuosamente junto a ellos con la cabeza en alto y su brillante pelo rojizo ondeando como un estandarte del circo.
Nicolás la alcanzó antes de que llegara a la puerta trasera, pero antes de que él pudiera decir algo, ella se volvió y le clavó el dedo índice en el pecho con tanta fuerza como pudo.
—¡Y que nunca vuelva a oírte decir que no soy buena persona!
Lentamente, una picara sonrisa reemplazó la mirada atontada en la cara de Nicolás . Sin decir palabra, se inclinó y se la cargó al hombro.
Arrodillados todavía en el serrín de la pista, Rocío sacudió la cabeza con desconcierto y miró a Gastón.
—Eugenia lo tenía planeado todo. Sabía que Nicolás y yo no podríamos resistirnos a escuchar a escondidas. De alguna manera sabía cómo me sentía y ha preparado toda esta charada para que vea que es verdad que me amas.
Los ojos que cayeron sobre ella eran tan duros y fríos como el ámbar, y además estaban furiosos.
—Ni una palabra. —Ella abrió la boca. —¡Ni una palabra!
El orgullo de Gastón había quedado maltrecho y no se lo estaba tomando demasiado bien. Rocío supo que tenía que actuar con rapidez. Después de haber llegado hasta ahí, no iba a perderlo ahora.
Le empujó en el pecho con todas sus fuerzas y, pillado por sorpresa, Gastón cayó en el serrín. Antes de que pudiera incorporarse, ella se sentó a horcajadas sobre él.
—No seas tonto, Gastón. Te entiendo. —Le metió los dedos entre los rubios cabellos. —Te lo ruego. Hemos llegado demasiado lejos para que hagas el tonto ahora; ya lo he hecho yo por los dos. Aunque en parte fue por tu culpa, que lo sepas. Me has repetido tantas veces que no sabías amar que, cuando realmente lo hiciste, pensé que sólo te sentías culpable. Debería haberlo sabido. Debería...
—Deja que me levante, Rocío. Ella sabía que podía quitársela de encima con facilidad, pero también sabía que no lo hacía por el bebé. Y porque la amaba.
Se inclinó hacia él. Le rodeó el cuello con los brazos y apretó la mejilla contra la suya. Extendió las piernas sobre las de él y apoyó los dedos de los pies encima de sus tobillos.
—Creo que no. Ahora estás un poco furioso, pero se te pasará en un par de minutos, en cuanto lo reconsideres todo. Hasta entonces, no pienso dejarte hacer nada que puedas lamentar más tarde.
Rocío creyó sentir que él se relajaba, pero no se movió, porque Gastón era un tramposo redomado y esa podía ser una de sus tácticas para pillarla con la guardia baja.
—Levántate ya, Rocío.
—No.
—Acabarás lamentándolo.
—Vos no me harías daño.
—¿Quién ha dicho nada sobre hacer daño?
—Estás furioso.
—Soy muy feliz.
—Estás muy furioso por lo que Eugenia te ha obligado a hacer.
—Ella no me obligó a hacer nada.
—Te aseguro que sí. —Rocío alzó la cabeza para dirigir una amplia sonrisa a aquella cara ceñuda. —Lo ha hecho muy bien. De veras. Si tenemos una niña podemos llamarla como ella.
—Sobre mi cadáver.
Rocío inclinó de nuevo la cabeza y esperó, acostada sobre él como si fuera el mejor colchón anatómico del mundo.
Gastón le rozó la oreja con los labios.
—Quiero casarme antes de que nazca el bebé —susurró Rocío acurrucándose más contra él. Sintió la mano de Gastón en su pelo.
—Ya estamos casados.
—Quiero hacerlo de nuevo.
—Dejémoslo sólo en hacerlo.
—¿Te vas a poner vulgar?
—¿Te levantarás si lo hago?
—¿Me amas?
—Te amo.
—No suena como si me amases. Suena como si estuvieras rechinando los dientes.
—Estoy rechinando los dientes, pero eso no quiere decir que no te quiera con todo mi corazón.
—¿De verdad —Rocío alzó de nuevo la cabeza y le brindó una sonrisa radiante. —Entonces, ¿por qué tienes tantas ganas de que me levante?
Gastón esbozó una sonrisa picara.
—Para poder probarte mi amor.
—Empiezas a ponerme nerviosa.
—¿Temes no ser lo bastante mujer para mí?
—Oh, no. Definitivamente eso no me pone nerviosa. —Rocío inclinó la cabeza y le mordisqueó el labio inferior. En menos de un segundo, él lo convirtió en un beso profundo y sensual. A Rocío se le saltaron las lágrimas porque todo era maravilloso.
Gastón comenzó a besarle las lágrimas y ella le acarició la mejilla.
—Me amas de verdad, ¿no?
—Te amo de verdad —dijo él con voz ronca. —Y esta vez quiero que me creas. Te lo ruego, cariño.
Ella sonrió a través de las lágrimas.
—Te creo. Vámonos a casa.
Morí de amor ♥ son lo mas tierno que hay. Que hermoso libro! me encantó sin dudas
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