En la pared, junto al escritorio, había un tablero de clavijas. Rocío encontró las llaves apropiadas, se las metió en el bolsillo y se dirigió a la cocina. No había comido en todo el día, y por el camino tomó una rebanada del pan de arándanos de Jacinta Long que había sobrado. Al primer bocado comprendió que la señora Long tenía toda la razón del mundo al decir que no era muy buena cocinera, y tiró la rebanada a la basura.
Cuando llegó al vestíbulo, la curiosidad pudo más que el cansancio y subió las escaleras para ver el resto de la casa. Cafre trotó a su lado mientras echaba un vistazo a las habitaciones de huéspedes. Cada una estaba decorada de un modo distinto. Había rincones para libros, bonitas vistas desde las ventanas, y los toques de decoración hogareña que la gente esperaba encontrar en una casa de huéspedes de categoría.
Descubrió un nido de pájaros lleno de canicas antiguas sobre una pila de sombrereras de época. Una colección de botellas de farmacéutico junto a una jaula de alambre para pájaros. Trabajos de bordado en marcos ovalados, antiguos letreros de madera, y maravillosos jarrones de gres, que debían de haber contenido flores, repartidos por la casa. También vio camas por hacer, cubos de basura demasiado llenos, y bañeras mugrientas con las toallas usadas a modo de cortinas. Quedaba claro que Amy Anderson prefería retozar entre los árboles con su recién estrenado marido que limpiar.
Al llegar al final del pasillo, abrió la puerta de la única habitación que no había sido alquilada. Lo supo porque estaba ordenada. A juzgar por las fotos de familia apoyadas sobre el tocador, había sido la habitación de Judith Dalmau. Ocupaba la esquina de la casa, incluido el torreón. Se imaginó a Gastón durmiendo tras la cabecera tallada. Era tan alto que tendría que acostarse en la cama en diagonal.
Le vino una imagen de su aspecto la noche en que se había metido en la cama con él. La apartó de su mente y bajó las escaleras. Al salir al porche principal percibió el olor de los pinos, de las petunias y del lago. Cafre metió el hocico en un macetero.
No había nada que deseara más que hundirse en una de las mecedoras y echarse una siesta, pero como no pensaba compartir con Gastón el dormitorio de la tía Judith, tenía que encontrar un lugar donde quedarse.
-Vamos, Cafre. Iremos a visitar las casitas vacías.
Uno de los archivos del ordenador contenía un plano que marcaba la ubicación de cada casita. Cuando se acercó al espacio comunitario, observó pequeños letreros pintados a mano junto a la entrada principal: TROMPETA DE GABRIEL, LECHE Y MIEL, VERDES PASTOS, BUENA NUEVA.
Cuando pasaba junto a Escalera de Jacob un hombre huesudo y elegante salió del bosque. Por su aspecto, tendría unos cincuenta y muchos, notablemente más joven que los demás residentes a los que había visto. Rocío le saludó con la cabeza y recibió una brusca sacudida, también con la cabeza, como respuesta.
Rochi siguió en dirección contraria, hacia Árbol de la vida, una casa rosa con un seto de ciruelos y espliego. Estaba vacía, igual que Cordero de Dios. Ambas eran encantadoras, pero decidió que quería tener más intimidad que la que permitían las casas, situadas junto al espacio comunitario, así que se dirigió hacia las casas más aisladas que se erguían a lo largo del camino que corría paralelo al lago.
Tuvo una extraña sensación de déjá vu. ¿Por qué le parecía tan familiar aquel lugar? Cuando dejó atrás la casa de huéspedes, Cafre hizo unas cabriolas, se paró a olisquear una mata de pamplinas y finalmente descubrió una atractiva mancha de hierba. Al llegar al final del camino, Rochi vio, al abrigo de una arboleda, exactamente lo que quería: Lirios del campo.
La diminuta casita había sido pintada recientemente con el más suave de los tonos amarillo crema con el que contrastaban el azul pálido y el rosa tenue, como el del interior de una concha marina, de la cerca. Rochi sintió un dolor en el pecho. La casita parecía una guardería.
Subió las escaleras y descubrió que la puerta de red metálica chirriaba, como tenía que ser. Buscó la llave correspondiente en su bolsillo y abrió la cerradura. Luego entró.
La casita estaba decorada con un estilo pobre aunque elegante, muy distinto del estilo en boga. Las paredes, pintadas de blanco, eran viejas y maravillosas. Bajo un guardapolvo encontró un sofá tapizado con un estampado descolorido. Un maltrecho tronco de árbol delante del sofá servia como mesita de café. Junto a una de las paredes había un baúl de pino desgastado y una lámpara de pie de latón. A pesar del olor a humedad, las paredes blancas y las cortinas de encaje hacían que todo pareciera aireado.
Saliendo a la izquierda, estaba la cocina: era minúscula y tenía un horno de gas anticuado y una pequeña mesa plegable con dos sillas rústicas parecidas a las que había visto en la cocina de la casa de huéspedes. El armario de madera pintada del fondo mostraba un genial batiburrillo de piezas de cerámica y de porcelana, y unas jarras pintadas a la esponja. Rochi sintió una punzada al ver el juego de platos para niños con dibujos de Perico Conejo, y apartó la mirada.
En el baño, junto a un antiguo lavabo de pie, había una bañera con patas en forma de garras. Una alfombra andrajosa cubría el suelo de tablas de madera irregulares, justo delante de la bañera, y en la parte superior de las paredes, cerca del techo, había estarcida una serie de parras.
Dos dormitorios ocupaban la parte posterior, uno diminuto y el otro lo bastante grande como para alojar una cama de matrimonio y una cajonera pintada. La cama, cubierta con una colcha descolorida, tenía una cabecera curvada de hierro, pintada de amarillo claro y con una cestita de flores como motivo en el centro. Una pequeña lámpara con pantalla de tela descansaba sobre la mesita de noche.
En la parte posterior de la casita, protegido por el bosque, había un porche resguardado. Algunas sillas de sauce se apoyaban contra la pared, y de una esquina colgaba una hamaca. En un solo día, Rochi había hecho más que en todas las semanas anteriores juntas, y le bastó ver la hamaca para darse cuenta de lo cansada que estaba.
Se acomodó en la hamaca. El techo de tablas estaba pintado con el mismo amarillo crema que el exterior de la casa, y las molduras aportaban un sutil toque rosado y azul. Qué lugar tan fantástico. Como una guardería.
Rocio cerró los ojos. La hamaca la mecía como una cuna. Se quedó dormida casi al instante.
El «klingon» salió a recibir a Gastón a la puerta de la casita con un gruñido y enseñándole los dientes.
-No empieces, no estoy de humor.
Rodeó el perro y se encaminó hacia el dormitorio. Dejó la maleta de Rocío, y luego se dirigió a la cocina. No estaba allí. Jacinta Long, sin embargo, la había visto cruzar la puerta de acceso a la cocina... Gas la encontró en el porche, dormida en la hamaca, y se quedó observándola.
Se la veía pequeña e indefensa. Tenía una mano doblada bajo la barbilla, y un mechón de cabellos rubio le caía sobre la mejilla. Tenía las pestañas espesas, aunque no lo bastante como para ocultar esas oscuras ojeras; Gastón se sintió culpable por cómo se había portado con ella. De todos modos, algo le decía que ella no reaccionaría muy bien a unos mimos. Aunque tampoco pensaba mimarla. Todavía estaba demasiado resentido.
Pasó su mirada por el cuerpo de ella, y se quedó dudando. Llevaba un pantalón capri de color rojo chillón y una arrugada blusa amarilla sin mangas con uno de esos cuellos chinos. Cuando estaba despierta y su habitual personalidad de listilla en activo, se hacía difícil distinguir su ascendencia corista. Dormida, en cambio, era otra historia. Tenía unos tobillos elegantes, las piernas esbeltas, y las caderas formaban una curva suave y bonita. Bajo la blusa, sus pechos subían y bajaban, y a través del cuello en forma de V, Gastón entrevió algo de encaje negro. Su mano derecha hizo un amago de abrir los botones para ver más.
Gastón se enfadó por tener aquella reacción. En cuanto volviera a Chicago, sería conveniente que llamara a algún antiguo ligue: estaba claro que hacía demasiado tiempo que no practicaba el sexo.
El «klingon» debió de leer sus pensamientos, porque empezó a gruñirle y luego ladró.
Los ladridos de Cafre despertaron a Rochi. Abrió los ojos y se sobresaltó al ver la sombra de un hombre asomándose sobre ella. Intentó sentarse demasiado deprisa y la hamaca se ladeó.
Gas la atrapó antes de que cayera y la puso en pie.
-¿Nunca piensas antes?
Rochi se apartó los cabellos de los ojos y parpadeó para despertarse.
-¿Qué quieres?
-Avísame la próxima vez que vayas a desaparecer-dijo él.
-Ya lo he hecho -repuso bostezando-. Pero estabas demasiado ocupado mirando los pechos de la señora Anderson para prestar atención.
Gastón cogió una de las sillas de sauce de la pared y se sentó.
-Ese par son totalmente inútiles. Al momento en que les das la espalda, ya están montados el uno encima de la otra o viceversa.
-Están recién casados.
-Sí, ya, y nosotros también.
Rochi no pudo objetar nada a eso. Se dejó caer en el columpio de metal, pero resultó ser muy incómodo porque le faltaban los cojines.
La expresión de Gas se volvió calculadora.
-Algo que se puede decir en favor de Amy es que ella al menos apoya a su marido.
-Sí, he visto cómo le apoyaba contra ese árbol...
-Son ellos dos contra el mundo. Trabajando juntos. Ayudándose. Un equipo.
-Si crees que estás siendo sutil, debes saber que no lo eres.
-Necesito ayuda.
-No oigo nada de lo que dices.
-Parece ser que no me podré desembarazar de este lugar durante el verano. Haré que venga alguien para hacerse cargo de todo esto lo antes posible, pero hasta entonces...
-Hasta entonces, nada. -Rochi se levantó del columpio-. No pienso hacerlo. Los lujuriosos recién casados pueden ayudarte. ¿Y qué me dices de Jacinta?
-Dice que detesta la cocina, y sólo lo estaba haciendo por Judith. Además, un par de huéspedes han venido a buscarme, y ambos desaprueban los esfuerzos de Jacinta. -Gas se levantó y se puso a caminar con una energía inquieta que zumbaba como un antimosquitos-. Les he ofrecido devolverles el dinero, pero cuando se trata de las vacaciones, la gente no atiende a razones. Quieren que les devuelvan el dinero y, además, todo lo que les habían prometido en la revista Virginia.
-Victoria.
-Eso. La cuestión es que voy a tener que quedarme en este lugar dejado de la mano de Dios durante un poco más de tiempo del que había planificado.
A Rocío no le parecía dejado de la mano de Dios. Era delicioso, e intentó sentirse feliz por tener que quedarse más tiempo, pero lo único que sintió fue un vacío.
Genial el capitulo, me encanta q Gas la empieze a ver con otroos ojos.... espero mas pronto. Beso.
ResponderEliminarhermoso el capitulo... :)
ResponderEliminarquiero el otro, no terdes mucho...