miércoles, 1 de febrero de 2012

Capitulo 019 - Primera Parte

Rocío! — gritaron al unísono mi padre y Gastón.
Ambos trataban de advertirme sobre el otro y me sentí como si estuviera dividida en dos. Los demás también empezaron a gritar; sus palabras se solapaban y el zumbido de mi cerebro mezclado con el pánico me impidió distinguir sus voces individualmente.
—¡Suéltala!
—¡Largo de aquí!
—Atrás o moriréis. No lo repito.
—Si le haces daño...
—Rocío. ¡Rocío! — gritó mi madre.
Me concentré exclusivamente en ella. Estaba en la entrada, tendiéndome la mano. La luz de la mañana irisaba su cabello acaramelado haciendo que pareciera rodeada por un halo.
—Ven aquí, vida mía — Abrió tanto la mano que se le tensaron todos los músculos y tendones, tanto que tenía que dolerle — Ven.
—Ella no va a ninguna parte — Kate dio un paso al frente y se interpuso entre nosotras, con las manos en jarras. Había dejado uno de sus dedos sobre la empuñadura del cuchillo que llevaba en el cinturón — Se acabó lo de seguir engañando a esta niña. De hecho, se acabó todo, punto.
—Tenéis diez segundos — les advirtió mi padre con voz ronca.
—¿Diez segundos para qué? ¿Para que tomes la casa por asalto y acabes con todos nosotros? — Kate extendió los brazos en un gesto que abarcaba toda la sala, incluyendo la silueta desdibujada de la cruz en la pared — Eres más débil en la casa de Dios. Lo sabes tan bien como yo, así que adelante, entra, pónnoslo fácil.
A mi alrededor, todos los miembros de la Cruz Negra iban armados. Eduardo empuñaba un cuchillo enorme y Lala blandía un hacha como si estuviera acostumbrada a usarla. Incluso el pequeño señor Watanabe sostenía una estaca. ¿Cómo era posible que unas personas tan agradables pudieran transformarse en un instante en los asesinos de mis seres queridos? Vi el perfil de Victorio en la puerta, detrás de mis padres. Él había aceptado mi rechazo con resignación, había seguido siendo mi amigo e incluso había arriesgado su vida para protegerme. Se merecía algo mejor que aquello. Igual que Gastón. A pesar de lo claro que lo veía, parecía invisible para los demás.
—No entraremos nosotros — Torció el gesto en una extraña sonrisa; la nariz rota cambiaba su aspecto — Seréis vosotros los que saldréis.
—Cuidado.
Gastón me puso una mano en el brazo, aunque no se había dirigido a mí. ¿Qué habría visto?
Acto seguido, Victorio se descolgó un arco del hombro con movimientos precisos y apuntó con él, dándole el tiempo justo a mi madre para encender la punta de la saeta con un mechero plateado antes de que la flecha incendiaria saliera disparada y cruzara la habitación, una centella de luz y calor, para alcanzar la pared, que se prendió de inmediato.
Fuego. Una de las pocas cosas que podía acabar con nosotros, una de las pocas cosas que todos temíamos. Sin embargo, Victorio siguió disparando una flecha tras otra al interior de la iglesia, sin apuntar directamente ni a nadie ni a nada en concreto, con la única intención de prenderle fuego al lugar, mientras los miembros de la Cruz Negra se agachaban e intentaban esquivarlas. Mi madre no se movió de su lado, creando la salva de fuego con su encendedor sin vacilar un solo instante. Uno de los proyectiles hizo añicos la lámpara de lo alto y envió esquirlas de cristal en todas direcciones; la punta ardiendo se hundió profundamente en el techo. A nuestro alrededor, la vieja y seca madera del centro cívico prendió de inmediato y el fuego empezó a extenderse. El humo, denso y oscuro, había comenzado a oscurecerlo todo.
—¡Corred! — gritó Kate, volviéndose hacia las amplias puertas delanteras, que el señor Watanabe ya estaba abriendo.
Sin embargo, alguien más los esperaba cuando acabaron de abrirlas: la señora Bethany, el profesor Iwerebon, el señor Yee y unos cuantos profesores más formaban una hilera sombría e imponente. Ninguno de ellos iba armado, aunque tampoco necesitaban de sus armas para que la amenaza fuera evidente.
—¡Esperad! — Lala se desprendió del hacha y cogió lo que parecía ser una enorme pistola de agua — ¡Vamos a darles una buena ducha a esos cabrones!
—¿Agua bendita? — oí decir a la señora Bethany por encima del rugido de las llamas. No pude verla con claridad, sobre todo porque me escocían los ojos con tanto humo, pero imaginé sin esfuerzo el gesto irónico que debía de lucir su rostro — No vale la pena. Podríais hundirnos en las pilas de todas las iglesias de la cristiandad y aun así no funcionaría.
—Apenas quedan curas que puedan bendecir el agua — convino Eduardo. Por el tono de su voz parecía estar divirtiéndose y eso era algo bastante perturbador — La mayoría de los predicadores de la fe que sea no son verdaderos siervos de Dios, pero los hay... Como estáis a punto de comprobar.
Lala apretó el gatillo y envió un fuerte chorro de agua hacia los profesores. El señor Yee y el profesor Iwerebon retrocedieron de inmediato gritando de dolor como si los hubieran rociado con ácido.
—¡Así se hace! — aulló Kate.
Sin embargo, cuando Lala volvió a disparar, el siguiente chorro no alcanzó su destino. El aire estaba caldeándose tanto que el agua se evaporaba al instante.
Las vigas de madera del techo crujieron de manera alarmante. El profesor Iwerebon seguía gritando de dolor y el señor Watanabe tosía profusamente por culpa del humo. Las tablas del suelo estaban empezando a calentarse. Dejé de preguntarme qué bando caería y empecé a cuestionarme si no lo haríamos todos.
—¡Salgo! — grité — ¡Voy a salir!
—¡No, Rocío! — La luz que desprendía el fuego bañaba el rostro de Gastón de rojo y dorado — ¡No puedes irte!
—Si no me voy, moriréis. Todos. No puedo permitirlo.
Nuestras miradas se encontraron. Jamás había imaginado cómo sería tener que despedirse de Gastón, pues dicha despedida me habría parecido imposible. No solo formaba parte de mi vida, formaba parte de mí. Separarme de él era como cortarme una mano y tener que serrar tendones y huesos: sangriento, desgarrador, aterrador. Sin embargo, habría hecho cualquier cosa por Gastón y eso significaba que incluso podía hacer aquello.
—No — murmuró Gastón. Su voz apenas era audible por encima del rugido de las llamas. Los miembros de la Cruz Negra estaban reuniéndose en el centro de la sala para defenderse — Tiene que haber otro modo.
Negué con la cabeza.
—No, no lo hay. Lo sabes igual que yo. Gastón, lo siento, lo siento mucho.
Gastón dio un paso hacia mí y estuve tentada de echarme en sus brazos y volver a abrazarlo al menos una última vez. Sin embargo, sabía que si lo hacía no podría irme nunca. Tenía que ser fuerte, por el bien de ambos.
—Te quiero — dije, antes de dar media vuelta y salir corriendo hacia mis padres.
La mano de mi padre se cerró sobre mi brazo al tiempo que mi madre y él tiraban de mí hacia fuera. La puerta se cerró detrás de nosotros.
—¡Rocío! — Mi madre me abrazó con fuerza y comprendí que lloraba. Su cuerpo se agitaba con cada sollozo — Mi niña, mi niña, creíamos que no volveríamos a verte.
—Lo siento — Yo también la abracé, sin soltar la mano de mi padre, cuya cara magullada y ojos oscuros veía por encima del hombro de mi madre. En vez de la furia o el rencor que hubiera esperado, solo descubrí alivio en su mirada—. Os quiero mucho a los dos.
—Cariño, ¿estás bien? — preguntó mi padre.
—Estoy bien, lo prometo. Dejadles ir, por favor. Hacedlo por mí. Dejadles ir.
Mis padres asintieron con la cabeza y si a Victorio no le pareció bien, al menos no lo expresó en voz alta. Nos dirigimos hacia las puertas delanteras del centro cívico. El humo denso que escapaba por el tejado se alzaba en una gruesa y oscura columna ensortijada. Una transeúnte ya se había puesto a gritarle al teléfono móvil desde el coche, aparcado en la calle de enfrente. Los bomberos no tardarían en aparecer.
Los tres subimos a la acera todavía abrazados. Victorio nos seguía muy de cerca. La señora Bethany se dirigió a nosotros sin perder tiempo, con sus largas faldas agitándose tras ella.
—¿Qué están haciendo? — preguntó — ¡Vigilen la retaguardia! ¡No les dejen salir!
—¡No! — grité — No puede hacer eso. ¡No puede matarlos!
—Es lo que ellos harían con nosotros — replicó la señora Bethany con voz áspera. Sus labios esbozaron una sonrisa forzada.
—No, déjeles irse — dijo mi madre, respirando hondo.
Mi padre la miró un segundo, pero no puso objeciones; se limitó a no soltarme la mano.
—Ya me han oído — La señora Bethany se acercó a nosotros y clavó sus ojos oscuros en mí como lo haría un halcón antes de lanzarse en picado sobre su presa — ¿Acaso cuestionan mi autoridad? ¡Soy la directora de Mandalay!
Fue Victorio quien contestó, cargando el arco con toda naturalidad, de modo que acabó apuntando directamente a la señora Bethany. No la estaba amenazando de manera explícita, pero estaba claro que no iba a echarse atrás. Al tiempo que la señora Bethany se erguía de un respingo, conmocionada, Victorio dijo, alargando las palabras:
—Ahora no hay clases.
La señora Bethany frunció el ceño, pero no dijo nada; ni siquiera hizo intención de moverse cuando oímos la furgoneta en la parte de atrás, señal inequívoca de que los miembros de la Cruz Negra escapaban. Cerré los ojos con fuerza y deseé oír las sirenas de los bomberos para que ahogaran las pisadas de Gastón alejándose de mí para siempre.

1 comentario:

  1. wooooow!!!! qque capitulo.... :O mee encanto, pobre rubios, tubieron que despedirse :S ya quiero el proximo... :)

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