Julia miró a Cafre, que intentaba
impresionarla con su expresión de mofa a lo Bruce Willis.
-Mi gata está en
el coche. La señora Long dijo que no habría ningún problema si la traía, pero
tu perro parece un poco feroz.
-Pura
ostentación. A Cafre tal vez no
le guste tener a un gato por aquí, pero no le hará nada. Haga las
presentaciones si quiere mientras verifico su reserva.
La estrella de Julia
Calvo podía haberse apagado un poco, pero seguía siendo una estrella, y Rocío
imaginó que se quejaría por tener que esperarse. Sin embargo, no dijo nada.
Mientras entraba,
Rochi se preguntó si Gas sabía algo de eso. ¿Habían sido amantes? Julia parecía
demasiado inteligente, por no decir que hablaba un inglés impecable. Aun
así...
Rocío subió
corriendo las escaleras y encontró a Amy inclinada sobre una de las bañeras,
con su pantalón corto negro ajustado marcando un culito de categoría mundial.
-Acaba de llegar
una huésped, y no sé dónde ponerla. ¿Hay alguien que se marche?
Amy se incorporó
y miró a Rocío con cara de extrañeza.
-No, pero está el
desván. Nadie se ha alojado arriba esta temporada.
-¿El desván?
-Es bastante
bonito.
Rocío no podía
imaginarse a Julia Calvo metida en un desván.
Amy se apoyó
sobre los talones.
-Esto... Rochi,
si alguna vez quieres hablar de... ya sabes... de cosas conmigo, puedes...
-¿Cosas?
-Quiero decir que
me he fijado mientras limpiaba la habitación de Gastón que tú no habías
dormido allí anoche.
A Rocío le
pareció irritante sentirse compadecida por alguien cosido a chupetones.
-Hemos discutido,
Amy. Nada que tenga que preocuparte.
-Lo siento mucho.
Quiero decir... Vaya, que si es algo de sexo o así tal vez podría responder a
tus preguntas o, bueno, darte algún consejo.
Rocío se había
convertido en el objeto de compasión de una imitación de sexóloga televisiva de
diecinueve años.
-No será
necesario.
Rocío subió las
escaleras hacia el desván, y descubrió que la habitación era sorprendentemente
espaciosa, a pesar de lo inclinado del techo y de las buhardillas. Los muebles
de anticuario eran acogedores y el colchón de la cama de matrimonio parecía
la mar de cómodo. Se había añadido un ventanal en un extremo para darle más
luz. Rochi lo abrió para que entrase el aire fresco, luego investigó el
diminuto y anticuado baño en el extremo opuesto. Apenas era apropiado, pero al
menos era íntimo, y si a Julia Calvo no le gustaba, podía marcharse.
La sola idea le
levantó la moral.
Le pidió a Amy
que preparase la habitación y bajó corriendo las escaleras. No había ni rastro
de Gastón. Rochi volvió al porche principal.
Julia estaba en
pie junto a la baranda, acariciando a una enorme gata anaranjada que sostenía
en brazos, mientras Cafre protestaba desde detrás de uno de los balancines de
madera. Cuando Ro abrió la puerta principal, el pobre animal dio un respingo,
miró a Julia con expresión herida y se escabulló adentro. Rocío cambió su cara
por una expresión agradable.
-Espero que su
gata sea buena con él.
-Han mantenido
las distancias -dijo Julia mientras acariciaba con el pulgar la barbilla de su
gata-. Ella es Mermelada, también conocida como Mermy.
Era una gata
peluda del tamaño casi de un mapache, con los ojos dorados, unas garras enormes
y una cabeza grande.
-Hola, Mermy. Pórtate
bien con Cafre, ¿vale?
La gata maulló.
-Me temo que la
única habitación vacía es el desván. Es bonito, pero al fin y al cabo es
un desván, y el baño deja algo que desear. Puede reconsiderar la
posibilidad de quedarse o tal vez prefiera alquilar una de las casitas. No
están todas ocupadas, todavía.
-Prefiero la casa,
y estoy segura de que estaré bien.
Como Julia
llevaba escrito en todo su cuerpo el nombre de los hoteles Four Seasons, Rocío
no podía imaginar que nada de aquello le pareciera bien. Aun así, los modales
son los modales.
-Me llamo Rocío
Igarzabal.
-Sí, te he
reconocido -dijo fríamente-. Eres la esposa de Gastón.
-Estamos
separados. Sólo le estoy ayudando durante unos días.
-Claro -dijo con
expresión de no verlo nada claro.
-Le serviré un té
con hielo mientras se espera.
Rochi lo preparó
todo a toda prisa y cuando ya volvía hacia el porche vio a Gastón que cruzaba
el comedor hacia la casa. Se había cambiado de ropa: llevaba unos vaqueros gastados,
un par de deportivas medio despedazadas y una vieja camiseta negra que había
perdido las mangas. El martillo que le sobresalía del bolsillo indicaba que o
bien se había recuperado de la resaca, o bien tenía una gran tolerancia al
dolor. Recordando los golpes que se había dado a lo largo de aquellos años,
sospechó que era lo segundo. Ro se preguntó por qué se disponía a hacer los
arreglos necesarios personalmente, si tanto le desagradaba aquel lugar. El
aburrimiento, imaginó, o tal vez aquel sentido del deber de hijo de predicador
que no dejaba de complicarle la vida.
-¡Eh, Daphne!
¿Quieres acompañarme al pueblo a comprar algunas provisiones?
Rochi sonrió al
oír que volvía a llamarla Daphne.
-Tenemos una
nueva huésped.
-Genial -dijo sin
ningún entusiasmo-. Lo que nos faltaba.
El balancín se
golpeó contra la pared y Rocío se volvió y vio que Julia se levantaba.
La diva se había esfumado, y en su lugar había una mujer vulnerable de
rostro pálido. Rochi dejó el vaso de té helado.
-¿Se encuentra
bien?
Julia asintió con
un movimiento casi imperceptible de la cabeza.
Gastón puso un
pie en el primer escalón del porche principal y miró hacia arriba.
-Había pensado
que podríamos... -Gas enmudeció.
Habían tenido una
aventura. En ese momento Rocío estuvo segura. A pesar de la disparidad de
edades, Julia era una mujer hermosa: sus cabellos, aquellos ojos verdes, aquel
cuerpo voluptuoso. Había venido a buscar a Gastón porque quería recuperarlo. Y Rochi
no estaba dispuesta a entregarlo. Aquella idea la sorprendió. ¿No estaría
volviendo a hurtadillas su viejo encaprichamiento?
Gastón se quedó
inmóvil donde estaba.
-¿Qué estás
haciendo aquí?
Julia no se
inmutó por sus malos modales. Casi parecía que se lo esperaba.
-Hola, Gastón.
Julia aleteó con
el brazo hacia un lado, como si quisiera tocarlo y no pudiera. Sus ojos se
embebieron del rostro de Gastón.
-Estoy aquí de
vacaciones. -Su voz gutural sonó asfixiada y muy insegura.
-Olvídate.
Julia recuperó la
compostura.
-Tengo una
reserva. Me quedo.
Gastón dio media
vuelta y se alejó de la casa.
Julia se tapó la
boca con los dedos y se le corrió la pintura de labios de color perla. Tenía
los ojos inundados de lágrimas. Rochi sintió lástima. Pero Julia no estaba
dispuesta a tolerar ese trato, así que se volvió y espetó:
-¡Me quedo!
Rocío miró con
incertidumbre hacia el espacio comunitario, pero Gastón había desaparecido.
-Como quiera. -Ro
tenía que saber si habían sido amantes, pero no podía soltarlo así por las
buenas-. Parece que Gas y usted tienen algo en común.
Julia se dejó
caer en el balancín, y la gata saltó a su regazo.
-Soy su tía.
Al alivio de Rocío
le siguió casi inmediatamente un extraño sentido protector hacia Gastón.
-Su relación
parece dejar algo que desear.
-Él me odia -dijo
Rochi, que de repente parecía demasiado frágil para ser una estrella-. Él me
odia y yo le quiero más que a nada en este mundo -añadió mientras cogía el
vaso de té con hielo como distracción-. Su madre, Silvia, era mi hermana mayor.
Al percibir la
intensidad de su voz, Rocío sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
-Gas me había
dicho que sus padres eran muy mayores.
-Sí. Silvia se
casó con Pedro Dalmau el mismo año que nací yo.
-Una gran
diferencia de edad.
-Fue como una
segunda madre para mí. Vivíamos en el mismo pueblo cuando yo era niña,
prácticamente en la puerta de al lado.
Rochi tuvo la
sensación de que Julia le estaba contando aquello no porque quisiera que ella
lo supiera, sino simplemente para no desmoronarse. Su curiosidad la llevó a
sacar partido de la situación.
-Recuerdo haber
leído que era usted muy joven cuando se marchó a Hollywood.
-Silvia se
trasladó cuando asignaron a Pedro a una iglesia de Grand Rapids. Mi madre y yo
no nos llevábamos bien, y las cosas fueron en franca decadencia, así que
me escapé y terminé en Hollywood.
Julia se quedó
callada.
Rocío
tenía que saber más.
-Le
fueron muy bien las cosas.
-Costó lo suyo.
Yo era una locuela y cometí muchos errores -dijo inclinándose en el balancín-.
Algunos irreparables.
-Mi hermana mayor
también me crió, aunque no entró en mi vida hasta que yo cumplí los quince
años.
-Tal vez me
habría ido mejor así, no lo sé. Supongo que las hay que nacemos para armar la
gorda.
Rochi quería
saber por qué Gas era tan hostil, pero Julia había apartado la mirada, y justo
entonces Amy se asomó al porche. O era demasiado joven o estaba demasiado ensimismada
para reconocer a su famosa huésped.
-La habitación
está lista.
-La acompañaré
arriba. Amy, ¿puedes ir a buscar la maleta de la señora Calvo a su coche?
Cuando Rochi
llevó a Julia al desván, esperó que se quejara de un espacio tan humilde, pero
Julia no dijo nada. Desde la ventana, Rocío le indicó hacia dónde se
encontraba la playa.
-Hay un bonito
paseo junto al lago -le explicó-, aunque tal vez ya lo conozca. ¿Había estado
antes aquí?
-Nunca me
invitaron-dijo Julia, dejando el bolso sobre la cama.
El molesto
hormigueo que sentía Rocío en el cogote se intensificó. En cuanto apareció Amy
con la maleta, Rocío aprovechó para excusarse.
En vez de volver
a su casita a echarse un rato, se dirigió a la sala de música. Toqueteó la
vieja estilográfica del escritorio, luego el bote de tinta, y finalmente los
efectos de escritorio de colores marfil y rosa con el nombre CASA DE
HUÉSPEDES WIND LAKE grabado en la parte superior. Finalmente, dejó de
fisgonear y se sentó a pensar.
Cuando el pequeño
reloj de sobremesa de oro tocó la hora, ya se había decidido a salir en busca
de Gastón.
Empezó su
búsqueda por la playa, donde encontró a Troy reparando algunas tablas del
embarcadero que estaban sueltas. Cuando le preguntó por Gastón, sacudió la
cabeza y adoptó la misma expresión lastimera que acababa de utilizar Cafre
cuando Rocío había salido de la casa sin él.
-Ya hace rato que
no le veo por aquí. ¿Has visto a Amy?
-Está terminando
los dormitorios.
-Queremos
intentar acabarlo todo para podernos ir a casa pronto.
«Donde os
arrancaréis la ropa el uno al otro y os revolcaréis en la caria.»
-Bien pensado.
Troy pareció tan
agradecido como si le hubiese rascado debajo de la barbilla. Rochi se dirigió
al comedor, luego siguió el sonido de un martillo furioso en la parte
posterior de una casita llamada Paraíso. Gastón estaba encima del tejado,
agachado, intentando desfogar su frustración clavando ripias nuevas.
Rocío introdujo
los pulgares en los bolsillos traseros de su pantalón corto e intentó pensar en
cómo abordar el asunto.
-¿Todavía quieres
bajar al pueblo?
-Tal vez más
tarde -dijo dejando de martillar-. ¿Se ha marchado?
-No.
El martillo
aporreó las tablas.
-No puede
quedarse -espetó.
-Tenía una
reserva. Y yo no soy nadie para echarla.
-¡Maldita sea, Rochi!
-¡Toc!-. ¡Quiero que te...! -¡Toc!-. ¡... deshagas de ella! -¡Toc!
Rocío se sintió
molesta por tanto ¡toc!, pero los sentimientos afectuosos que habían surgido
la tarde anterior todavía eran lo bastante intensos como para tratarle
amablemente.
-¿Puedes bajar un
momento?
¡Toc!
-¿Por qué?
-Porque me duele
el cuello de tanto mirar arriba y quiero hablar contigo.
-¡Pues no mires
arriba! -¡Toc, toc!-. ¡O no hables!
Rochi se sentó
sobre un montón de tablas para dejarle claro que no se marcharía. Él intentó
hacerse el sueco, pero finalmente soltó un taco y dejó a un lado el martillo.
Ro observó cómo
bajaba la escalera. Piernas esbeltas y musculosas. Un culo magnífico. ¿Qué
tenían los hombres y sus culos para ser tan tentadores? Gastón se quedó mirándola
cuando llegó al suelo, pero su expresión era más de fastidio que de
hostilidad.
-¿Y bien?
-¿Puedes hablarme
de Julia?
-No me gusta
-respondió, entornando los ojos.
-Eso me ha
parecido. -A Rocío la corroía una sospecha que no podía quitarse de encima-.
¿Acaso se olvidó de enviarte un regalo por Navidad cuando eras niño?
-No
quiero que se quede, y punto.
-Pues
no parece que vaya a marcharse.
Gastón puso los
brazos en jarras; sus codos sobresalían amenazadoramente.
-Es su problema.
-Y también el
tuyo, si no quieres que se quede.
Gas
se dirigió de nuevo hacia la escalera.
-¿Puedes
encargarte hoy tú del té?
Rocío volvió a
sentir ese escalofrío en el cogote. Algo iba muy mal.
-Gas, espera.
Él se volvió con
expresión de impaciencia.
Rocío se dijo a
sí misma que aquello no era asunto suyo, pero no podía callárselo.
-Julia
me ha dicho que es tu tía.
-Sí,
¿y qué?
-Cuando te ha
mirado, he tenido una extraña sensación.
-Desembucha, Rocío.
Tengo cosas que hacer.
-Estaba
emocionada.
-Lo dudo mucho.
-Ella te quiere.
-Ni siquiera me
conoce.
-Tengo un extraño
presentimiento sobre por qué estás tan alterado. -Rocío se mordió el labio y
deseó no haber iniciado aquella conversación, pero un instinto poderoso le
impidió echarse atrás-. No creo que Julia sea tu tía, Gas. Creo que es tu
madre.
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