jueves, 1 de marzo de 2012

Segunda Parte, Capitulo Once


Julia miró a Cafre, que intentaba impresionarla con su ex­presión de mofa a lo Bruce Willis.
-Mi gata está en el coche. La señora Long dijo que no habría ningún problema si la traía, pero tu perro parece un poco feroz.
-Pura ostentación. A Cafre tal vez no le guste tener a un gato por aquí, pero no le hará nada. Haga las presentaciones si quiere mientras verifico su reserva.
La estrella de Julia Calvo podía haberse apagado un poco, pero seguía siendo una estrella, y Rocío imaginó que se quejaría por tener que esperarse. Sin embargo, no dijo nada.
Mientras entraba, Rochi se preguntó si Gas sabía algo de eso. ¿Habían sido amantes? Julia parecía demasiado in­teligente, por no decir que hablaba un inglés impecable. Aun así...
Rocío subió corriendo las escaleras y encontró a Amy inclinada sobre una de las bañeras, con su pantalón corto ne­gro ajustado marcando un culito de categoría mundial.
-Acaba de llegar una huésped, y no sé dónde ponerla. ¿Hay alguien que se marche?
Amy se incorporó y miró a Rocío con cara de extrañeza.
-No, pero está el desván. Nadie se ha alojado arriba es­ta temporada.
-¿El desván?
-Es bastante bonito.
Rocío no podía imaginarse a Julia Calvo metida en un desván.
Amy se apoyó sobre los talones.
-Esto... Rochi, si alguna vez quieres hablar de... ya sa­bes... de cosas conmigo, puedes...
-¿Cosas?
-Quiero decir que me he fijado mientras limpiaba la ha­bitación de Gastón que tú no habías dormido allí anoche.
A Rocío le pareció irritante sentirse compadecida por alguien cosido a chupetones.
-Hemos discutido, Amy. Nada que tenga que preocu­parte.
-Lo siento mucho. Quiero decir... Vaya, que si es algo de sexo o así tal vez podría responder a tus preguntas o, bue­no, darte algún consejo.
Rocío se había convertido en el objeto de compasión de una imitación de sexóloga televisiva de diecinueve años.
-No será necesario.
Rocío subió las escaleras hacia el desván, y descubrió que la habitación era sorprendentemente espaciosa, a pesar de lo inclinado del techo y de las buhardillas. Los muebles de an­ticuario eran acogedores y el colchón de la cama de matri­monio parecía la mar de cómodo. Se había añadido un ven­tanal en un extremo para darle más luz. Rochi lo abrió para que entrase el aire fresco, luego investigó el diminuto y an­ticuado baño en el extremo opuesto. Apenas era apropiado, pero al menos era íntimo, y si a Julia Calvo no le gustaba, podía marcharse.
La sola idea le levantó la moral.
Le pidió a Amy que preparase la habitación y bajó co­rriendo las escaleras. No había ni rastro de Gastón. Rochi vol­vió al porche principal.
Julia estaba en pie junto a la baranda, acariciando a una enorme gata anaranjada que sostenía en brazos, mientras Cafre protestaba desde detrás de uno de los balancines de madera. Cuando Ro abrió la puerta principal, el pobre animal dio un respingo, miró a Julia con expresión herida y se escabu­lló adentro. Rocío cambió su cara por una expresión agra­dable.
-Espero que su gata sea buena con él.
-Han mantenido las distancias -dijo Julia mientras acariciaba con el pulgar la barbilla de su gata-. Ella es Mer­melada, también conocida como Mermy.
Era una gata peluda del tamaño casi de un mapache, con los ojos dorados, unas garras enormes y una cabeza grande.
-Hola, Mermy. Pórtate bien con Cafre, ¿vale?
La gata maulló.
-Me temo que la única habitación vacía es el desván. Es bonito, pero al fin y al cabo es un desván, y el baño deja al­go que desear. Puede reconsiderar la posibilidad de quedar­se o tal vez prefiera alquilar una de las casitas. No están to­das ocupadas, todavía.
-Prefiero la casa, y estoy segura de que estaré bien.
Como Julia llevaba escrito en todo su cuerpo el nombre de los hoteles Four Seasons, Rocío no podía imaginar que nada de aquello le pareciera bien. Aun así, los modales son los modales.
-Me llamo Rocío Igarzabal.
-Sí, te he reconocido -dijo fríamente-. Eres la espo­sa de Gastón.
-Estamos separados. Sólo le estoy ayudando durante unos días.
-Claro -dijo con expresión de no verlo nada claro.
-Le serviré un té con hielo mientras se espera.
Rochi lo preparó todo a toda prisa y cuando ya volvía hacia el porche vio a Gastón que cruzaba el comedor hacia la casa. Se había cambiado de ropa: llevaba unos vaqueros gas­tados, un par de deportivas medio despedazadas y una vieja camiseta negra que había perdido las mangas. El martillo que le sobresalía del bolsillo indicaba que o bien se había recu­perado de la resaca, o bien tenía una gran tolerancia al dolor. Recordando los golpes que se había dado a lo largo de aque­llos años, sospechó que era lo segundo. Ro se preguntó por qué se disponía a hacer los arreglos necesarios personal­mente, si tanto le desagradaba aquel lugar. El aburrimiento, imaginó, o tal vez aquel sentido del deber de hijo de predi­cador que no dejaba de complicarle la vida.
-¡Eh, Daphne! ¿Quieres acompañarme al pueblo a com­prar algunas provisiones?
Rochi sonrió al oír que volvía a llamarla Daphne.
-Tenemos una nueva huésped.  
-Genial -dijo sin ningún entusiasmo-. Lo que nos faltaba.
El balancín se golpeó contra la pared y Rocío se volvió y vio que Julia se levantaba. La diva se había esfumado, y en su lugar había una mujer vulnerable de rostro pálido. Rochi dejó el vaso de té helado.
-¿Se encuentra bien?
Julia asintió con un movimiento casi imperceptible de la cabeza.
Gastón puso un pie en el primer escalón del porche prin­cipal y miró hacia arriba.
-Había pensado que podríamos... -Gas enmudeció.
Habían tenido una aventura. En ese momento Rocío estuvo segura. A pesar de la disparidad de edades, Julia era una mujer hermosa: sus cabellos, aquellos ojos verdes, aquel cuerpo voluptuoso. Había venido a buscar a Gastón porque quería recuperarlo. Y Rochi no estaba dispuesta a entregar­lo. Aquella idea la sorprendió. ¿No estaría volviendo a hur­tadillas su viejo encaprichamiento?
Gastón se quedó inmóvil donde estaba.
-¿Qué estás haciendo aquí?
Julia no se inmutó por sus malos modales. Casi parecía que se lo esperaba.
-Hola, Gastón.
Julia aleteó con el brazo hacia un lado, como si quisiera tocarlo y no pudiera. Sus ojos se embebieron del rostro de Gastón.
-Estoy aquí de vacaciones. -Su voz gutural sonó asfi­xiada y muy insegura.
-Olvídate.
Julia recuperó la compostura.
-Tengo una reserva. Me quedo.
Gastón dio media vuelta y se alejó de la casa.
Julia se tapó la boca con los dedos y se le corrió la pin­tura de labios de color perla. Tenía los ojos inundados de lá­grimas. Rochi sintió lástima. Pero Julia no estaba dispuesta a tolerar ese trato, así que se volvió y espetó:
-¡Me quedo!
Rocío miró con incertidumbre hacia el espacio comuni­tario, pero Gastón había desaparecido.
-Como quiera. -Ro tenía que saber si habían sido amantes, pero no podía soltarlo así por las buenas-. Parece que Gas y usted tienen algo en común.
Julia se dejó caer en el balancín, y la gata saltó a su re­gazo.
-Soy su tía.
Al alivio de Rocío le siguió casi inmediatamente un ex­traño sentido protector hacia Gastón.
-Su relación parece dejar algo que desear.
-Él me odia -dijo Rochi, que de repente parecía dema­siado frágil para ser una estrella-. Él me odia y yo le quie­ro más que a nada en este mundo -añadió mientras cogía el vaso de té con hielo como distracción-. Su madre, Silvia, era mi hermana mayor.
Al percibir la intensidad de su voz, Rocío sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
-Gas me había dicho que sus padres eran muy ma­yores.
-Sí. Silvia se casó con Pedro Dalmau el mismo año que nací yo.
-Una gran diferencia de edad.
-Fue como una segunda madre para mí. Vivíamos en el mismo pueblo cuando yo era niña, prácticamente en la puer­ta de al lado.
Rochi tuvo la sensación de que Julia le estaba contan­do aquello no porque quisiera que ella lo supiera, sino simplemente para no desmoronarse. Su curiosidad la llevó a sacar partido de la situación.
-Recuerdo haber leído que era usted muy joven cuan­do se marchó a Hollywood.
-Silvia se trasladó cuando asignaron a Pedro a una igle­sia de Grand Rapids. Mi madre y yo no nos llevábamos bien, y las cosas fueron en franca decadencia, así que me escapé y terminé en Hollywood.
Julia se quedó callada.
Rocío tenía que saber más.
-Le fueron muy bien las cosas.
-Costó lo suyo. Yo era una locuela y cometí muchos errores -dijo inclinándose en el balancín-. Algunos irre­parables.
-Mi hermana mayor también me crió, aunque no entró en mi vida hasta que yo cumplí los quince años.
-Tal vez me habría ido mejor así, no lo sé. Supongo que las hay que nacemos para armar la gorda.
Rochi quería saber por qué Gas era tan hostil, pero Julia había apartado la mirada, y justo entonces Amy se aso­mó al porche. O era demasiado joven o estaba demasiado en­simismada para reconocer a su famosa huésped.
-La habitación está lista.
-La acompañaré arriba. Amy, ¿puedes ir a buscar la ma­leta de la señora Calvo a su coche?
Cuando Rochi llevó a Julia al desván, esperó que se que­jara de un espacio tan humilde, pero Julia no dijo nada. Des­de la ventana, Rocío le indicó hacia dónde se encontraba la playa.
-Hay un bonito paseo junto al lago -le explicó-, aun­que tal vez ya lo conozca. ¿Había estado antes aquí?
-Nunca me invitaron-dijo Julia, dejando el bolso so­bre la cama.
El molesto hormigueo que sentía Rocío en el cogote se intensificó. En cuanto apareció Amy con la maleta, Rocío aprovechó para excusarse.
En vez de volver a su casita a echarse un rato, se dirigió a la sala de música. Toqueteó la vieja estilográfica del escri­torio, luego el bote de tinta, y finalmente los efectos de es­critorio de colores marfil y rosa con el nombre CASA DE HUÉSPEDES WIND LAKE grabado en la parte superior. Final­mente, dejó de fisgonear y se sentó a pensar.
Cuando el pequeño reloj de sobremesa de oro tocó la ho­ra, ya se había decidido a salir en busca de Gastón.
Empezó su búsqueda por la playa, donde encontró a Troy reparando algunas tablas del embarcadero que estaban sueltas. Cuando le preguntó por Gastón, sacudió la cabeza y adoptó la misma expresión lastimera que acababa de utilizar Cafre cuando Rocío había salido de la casa sin él.
-Ya hace rato que no le veo por aquí. ¿Has visto a Amy?
-Está terminando los dormitorios.
-Queremos intentar acabarlo todo para podernos ir a casa pronto.
«Donde os arrancaréis la ropa el uno al otro y os revol­caréis en la caria.»
-Bien pensado.
Troy pareció tan agradecido como si le hubiese rascado debajo de la barbilla. Rochi se dirigió al comedor, luego si­guió el sonido de un martillo furioso en la parte posterior de una casita llamada Paraíso. Gastón estaba encima del tejado, agachado, intentando desfogar su frustración clavando ripias nuevas.
Rocío introdujo los pulgares en los bolsillos traseros de su pantalón corto e intentó pensar en cómo abordar el asunto.
-¿Todavía quieres bajar al pueblo?
-Tal vez más tarde -dijo dejando de martillar-. ¿Se ha marchado?
-No.
El martillo aporreó las tablas.
-No puede quedarse -espetó.
-Tenía una reserva. Y yo no soy nadie para echarla.
-¡Maldita sea, Rochi! -¡Toc!-. ¡Quiero que te...! -¡Toc!-. ¡... deshagas de ella! -¡Toc!
Rocío se sintió molesta por tanto ¡toc!, pero los senti­mientos afectuosos que habían surgido la tarde anterior toda­vía eran lo bastante intensos como para tratarle amablemente.
-¿Puedes bajar un momento?
¡Toc!
-¿Por qué?
-Porque me duele el cuello de tanto mirar arriba y quie­ro hablar contigo.
-¡Pues no mires arriba! -¡Toc, toc!-. ¡O no hables!
Rochi se sentó sobre un montón de tablas para dejarle claro que no se marcharía. Él intentó hacerse el sueco, pero finalmente soltó un taco y dejó a un lado el martillo.
Ro observó cómo bajaba la escalera. Piernas esbeltas y musculosas. Un culo magnífico. ¿Qué tenían los hombres y sus culos para ser tan tentadores? Gastón se quedó mirándo­la cuando llegó al suelo, pero su expresión era más de fasti­dio que de hostilidad.
-¿Y bien?
-¿Puedes hablarme de Julia?
-No me gusta -respondió, entornando los ojos.
-Eso me ha parecido. -A Rocío la corroía una sospe­cha que no podía quitarse de encima-. ¿Acaso se olvidó de enviarte un regalo por Navidad cuando eras niño?
-No quiero que se quede, y punto.
-Pues no parece que vaya a marcharse.
Gastón puso los brazos en jarras; sus codos sobresalían amenazadoramente.
-Es su problema.
-Y también el tuyo, si no quieres que se quede.
Gas se dirigió de nuevo hacia la escalera.
-¿Puedes encargarte hoy tú del té?
Rocío volvió a sentir ese escalofrío en el cogote. Algo iba muy mal.
-Gas, espera.
Él se volvió con expresión de impaciencia.
Rocío se dijo a sí misma que aquello no era asunto suyo, pero no podía callárselo.
-Julia me ha dicho que es tu tía.
-Sí, ¿y qué?
-Cuando te ha mirado, he tenido una extraña sensación.
-Desembucha, Rocío. Tengo cosas que hacer.
-Estaba emocionada.
-Lo dudo mucho.
-Ella te quiere.
-Ni siquiera me conoce.
-Tengo un extraño presentimiento sobre por qué estás tan alterado. -Rocío se mordió el labio y deseó no haber iniciado aquella conversación, pero un instinto poderoso le impidió echarse atrás-. No creo que Julia sea tu tía, Gas. Creo que es tu madre.

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