lunes, 5 de marzo de 2012

Capitulo Cuatro, Primera Parte


Trabajó sin parar durante tres días. En opinión de Gastón, pocas cosas satisfacían tanto como echar algo abajo. Ni siquiera el volverlo a armar le producía el mismo placer.
Destripó la cocina. Arrancó el mostrador central, las encimeras y los armarios. Despegó el papel de pared y levantó el linóleo.
Se quedó con un esqueleto de yeso y madera e infinitas posibilidades.
Por la noche cuidaba de sus ampollas y tirones musculares y devoraba libros de diseño.
Cada mañana, antes de comenzar el día, bebía su primera taza de café en la terraza con la esperanza de divisar a Rocío y el enorme perro negro al que había llamado Rufus.
Se puso en contacto con obreros y artesanos, encargó material y, llevado por el entusiasmo, se compró una camioneta.
La primera noche que pudo encender la chimenea del salón, brindó por la ocasión y por él con una copa solitaria de Merlot.
No había vuelto a caminar sonámbulo, pero había tenido sueños. Cuando despertaba, recordaba solo imágenes sueltas. Y música, normalmente la melodía que se había alojado en su cabeza como un tumor. O voces elevadas.
En una ocasión soñó con escenas de sexo, con suaves suspiros en la oscuridad, con el roce perezoso de piel contra piel, con un deseo que se elevaba como una ola de fuego.
Esa noche despertó con los músculos trémulos y el olor a azucenas desvaneciéndose de sus sentidos.
Puesto que soñar con sexo era a cuanto podía aspirar, concentró todas sus energías en el trabajo.
Solo se tomó un descanso y fue para hacer una visita. Y lo hizo armado de un ramo de margaritas blancas y un hueso de cuero.
La casa del bayou era, un edificio alargado de una sola planta, rodeado, por tres de sus lados, de agua del color del tabaco. Una barca blanca flotaba en un desvencijado embarcadero.
Los árboles circundaban la casa allí donde no llegaba el agua. Cipreses, robles y pacanas. De sus ramas pendían botellas de cristal llenas de agua hasta la mitad. Y entre las raíces nudosas de un roble descansaba una estatua pintada de la Virgen María.
A sus pies había pensamientos morados.
El camino desembocaba en un pequeño porche con macetas de flores y una mecedora. Los postigos estaban pintados de color verde musgo. La tela metálica de la puerta lucía un par de remiendos y por ella salía la voz fuerte y melancólica de Ethel Waters.
Gastón oyó los ladridos del perro. Así y todo, no estaba preparado para la velocidad con que Rufus echó a correr en su dirección.
—Madre mía —fue cuanto alcanzó a decir. Apenas dispuso de un instante para preguntarse si debía saltar por la ventana de la camioneta o quedarse quieto, cuando aquella mole negra, del tamaño de un pony, se detuvo a sus pies.
Rufus acompañó los ladridos con gruñidos atronadores y una imponente exhibición de su dentadura. Dudando de su capacidad para ahuyentar al animal con el ramo de margaritas, Gastón optó por el acercamiento amistoso.
—Qué grande estás, Rufus. ¿Cómo va todo?
El animal le olfateó las botas, las perneras, y se detuvo en la entrepierna.
—¿No te parece un poco pronto para intimar? —Pensando en esos dientes, Gastón decidió que prefería poner en peligro la mano a sus partes pudendas, así que extendió lentamente el brazo para acariciar la enorme cabeza.
Rufus alzó sus chispeantes ojos marrones, se apoyó sobre las patas traseras y plantó sus enormes garras delanteras en los hombros de Gastón.
A renglón seguido le pasó por la cara una lengua del tamaño del Mississippi. Acorralado contra la camioneta, Gastón rezó para que los largos lametones fueran un saludo y no un método de ablandamiento.
—Yo también me alegro de conocerte.
—Bájate, Rufus.
Al oír la tenue orden que llegaba de la puerta, el perro se dejó caer, tomó asiento y agitó la cola.
La mujer del porche era más joven de lo que había imaginado Gastón. No tenía más de sesenta y cinco años. Poseía la constitución menuda de su nieta y su mismo rostro afilado. El pelo era una masa de rizos rubios con mechas blancas.
Lucía un vestido de algodón hasta la pantorrilla y un jersey rojo y holgado. Unos botines marrones, sobre los que caían unos gruesos calcetines rojos, le cubrían los pies. Gastón oyó un tintineo de pulseras cuando la mujer se llevó las manos a las caderas.
—Le gusta tu olor y tu voz, por eso te ha dado un beso de bienvenida.
—¿Y de no haberle gustado?
La mujer esbozó una sonrisa que resaltó las arrugas de la cara.
—¿Tú qué crees?
—Creo que me alegro de tener un olor amistoso. Soy Gastón Dalmau, señora Igarzábal. He comprado Ordóñez Hall.
—Sé quién eres. Entra a charlar un rato. —La mujer abrió la tela metálica.
Acompañado de Rufus, Gastón caminó hasta el porche.
—Es un placer conocerla, señora Igarzábal.
Ella lo examinó con una mirada franca y reservada.
—Eres guapo, muchacho.
—Gracias. —Gastón le tendió las flores—. Usted también.
La mujer aceptó las flores y apretó los labios.
—¿Has venido a cortejarme, Gastón Dalmau?
—¿Cocina bien?
La señora Igarzábal soltó una risa perezosa y él se enamoró un poco.
—Acabo de hacer pan de maíz, así que podrás comprobarlo por ti mismo.
Le invitó a pasar y lo condujo por el pasillo central de la casa. Gastón vio un salón, varios dormitorios —uno de ellos con un crucifijo de hierro sobre una cama austera también de hierro— y un cuarto de costura, todo impregnado de un desorden acogedor e inmaculado.
La casa olía a cera de muebles y a lavanda, y a unos pasos de la cocina aspiró el olor a pan recién hecho.
—Señora, tengo treinta y un años, soy económicamente solvente y según mi último examen médico estoy como una rosa. No fumo, bebo con moderación y soy razonablemente limpio. Si se casa conmigo, la trataré como a una reina.
La mujer rió y sacudió la cabeza, luego señaló la mesa de la cocina.
—Siéntate y estruja esas largas piernas debajo de la mesa para que no tropiece con ellas. Y puesto que me estás cortejando, puedes llamarme señorita Esperanza.
Destapó una bandeja y sacó dos platos del armario. Mientras ella cortaba rebanadas de pan de maíz. Gastón miró a través de la puerta de la cocina.
El bayou se extendía ante sus ojos, un sueño de aguas oscuras y tumores de cipreses calvos con el reflejo de los árboles sobre la superficie. Un pájaro de grandes alas rojas cruzó el aire.
—¡Caray! ¿Cómo consigue hacer lo que tiene que hacer cuando podría pasarse el día aquí sentada contemplando la vista?
—Es un buen lugar. —Esperanza sacó una jarra de té de una nevera vieja que apenas le sobrepasaba en estatura—. Mi familia lleva aquí más de ciento cincuenta años. Mi abuelo tenía una ubicación aún mejor al otro lado de ese bosque de robles. Los guardacostas nunca la encontraron.
Le colocó delante un vaso y un plato.
—Manger. Come. ¿Qué hace tu abuelo?
—Era abogado. De hecho, los dos lo eran.
—¿Están muertos?
—Jubilados.
—Como tú, ¿eh? —Esperanza sacó una botella celeste mientras Gastón cogía una rebanada de pan.
—Más o menos, por lo que al derecho se refiere. Está delicioso, señorita Esperanza.
—Se me da bien hacer pan. Me gustan las margaritas —añadió mientras las colocaba en la botella, que previamente había llenado de agua—. Tienen el rostro alegre. ¿Piensas dar a Rufus ese hueso que le has traído o quieres que te suplique un poco más?
Rufus estaba sentado en el suelo con una pata sobre su muslo. Gastón decidió que ya había suplicado suficiente y sacó el hueso de la bolsa. El perro lo tomó entre los dientes con suma delicadeza, se tumbó agitando la cola y procedió a mordisquearlo.
Esperanza colocó las flores en el centro de la mesa y se sentó al lado de Gastón.
—¿Qué piensas hacer con esa vieja mansión, Gastón Dalmau?
—Muchas cosas. Devolverle su aspecto original en la medida de lo posible.
—¿Y luego?
—No lo sé. Vivir en ella.
Esperanza quebró una esquina de su pan de maíz. Ya había decidido que le gustaba el aspecto del muchacho, su pelo desordenado, esos ojos verdes, la delgadez de su rostro. Y su acento, yanqui pero no remilgado. Sus modales eran corteses al tiempo que naturales y simpáticos.
Ahora quería saber de qué estaba hecho.
—¿Porqué?
—Tampoco lo sé. Solo sé que he querido hacerlo desde la primera vez que la vi.
—¿Y qué opina el Hall al respecto?
—Creo que todavía no lo ha decidido. ¿Ha estado dentro alguna vez?
—Aja. —La mujer asintió—. Hace tiempo. Mucha casa para un hombre joven. ¿Tienes moza en Boston?
—No, señora.
—Un chico guapo como tú y superados los treinta. ¿Eres gay?
—No, señora. —Gastón sonrió y levantó su vaso de té—. Me gustan las chicas, pero todavía no he encontrado la adecuada.
—Enséñame las manos. —Esperanza le tomó una y la giró—. Todavía queda algo de ciudad en ellas, pero te estás encargando de cambiarlo. —Deslizó el pulgar por ampollas, rasguños y callos incipientes—. Antes de irte te daré una pomada para mantener esas ampollas a raya. Tienes una mano fuerte, Gastón. Tan fuerte que fuiste capaz de cambiar tu destino y tomar un camino nuevo. No la amabas.
—¿Cómo dice?
—A aquella mujer. —Esperanza acarició el costado de la mano con la uña del pulgar—. La que dejaste. No era para ti.
Ceñudo, Gastón se inclinó y se miró fijamente la mano.
—-¿Ve a Daniela? —Fascinante—. ¿Se casa con Pablo?
—¿Qué más te da? Ella tampoco te quería.
—Vaya por Dios —repuso, y rió suavemente.
—Se avecina un amor, un amor que te cortará la respiración. Será bueno para ti.
Sin dejar de frotarle la mano, Esperanza le miró a la cara y sus ojos se hicieron más profundos. Gastón sintió que podía ver en ellos muchos mundos.
—Tienes fuertes vínculos con Ordóñez Hall, vínculos muy antiguos. Vida y muerte. Sangre y lágrimas. Felicidad, si eres fuerte y astuto. Eres un hombre inteligente, Gastón. Sé lo bastante inteligente para mirar adelante y atrás a fin de encontrarte a ti mismo. No estás solo en esa casa.
Gastón notó la garganta seca, pero no buscó su vaso de té. No movió un solo músculo.
—Hay fantasmas —dijo.
—Lo que hay en esa casa ha impedido que otros la habiten. Dicen que por problemas de dinero, de tiempo o cosas así, pero lo que hay en esa casa les asustó. Te estaba esperando.
Por la espalda de Gastón trepó un escalofrío como una flecha helada.
—¿Por qué?
—Eso debes averiguarlo tú. —Esperanza le estrujó la mano, la soltó y alzó su vaso.
Gastón cerró los dedos al hormigueo que notaba en la palma.
—¿Es usted vidente?
Divertida, Esperanza se levantó para llevar la jarra de té a la mesa.
—Veo lo que veo de vez en cuando —dijo mientras llenaba los vasos—. Un poco de magia culinaria. Eso no me hace bruja, solo mujer. —Advirtió que Gastón tenía la mirada fija en la cruz de plata envuelta en cuentas de colores que pendía de su cuello—. ¿Te parece una contradicción? ¿De dónde crees que viene el poder, cher?
—Creo que nunca me lo he planteado.
—No sacamos partido de lo que el buen Señor nos ha dado. Sea lo que sea, desperdiciamos su regalo. —Ladeó la cabeza y Gastón vio que también lucía pendientes. Unas piedras gordas y azules suspendidas de unos lóbulos diminutos—. Me han dicho que has llamado a Jack Tripadoe para que te haga de fontanero.
—Eh... —Gastón se esforzó por pasar del terreno fantástico al terreno práctico mientras su mano seguía vibrando por el contacto de los dedos de Esperanza—. Sí, me lo recomendó mi amigo Victorio D’Alessandro.
—Ese Vico es un caso. —Su rostro se iluminó y el misterio que flotaba en la atmósfera se diluyó—. Jack es primo de la esposa del hermano del marido de mi hermana. Trabaja bien, pero si no te hace un buen precio, dile que la señorita Esperanza querrá conocer los motivos.
—Se lo agradezco. ¿No conocerá por casualidad a un yesero? Alguien que sepa restaurar.
—Te conseguiré un nombre. Te costará muchos reales devolver a ese lugar su aspecto original y luego mantenerlo.
—Tengo un montón de reales. Espero que venga a verme para que pueda enseñárselo. No sé hacer pan de maíz, pero puedo prepararle un té.
—Eres un muchacho atento, cher. Tu mamá te educó bien.
—¿Le importaría escribirlo en un papel y firmarlo? Se lo enviaría a mi madre por correo.
—Va a ser un placer tenerte por aquí —dijo Esperanza—. Ven a verme cuando quieras.
—Gracias, señorita Esperanza. —Gastón se levantó—. Para mí también será un placer tenerla por aquí.
El sol iluminó el rostro de la mujer cuando esta alzó la vista hacia él. El ángulo de la cara, el regocijo en sus ojos oscuros, la curva burlona de sus labios lo envió directo al bar del Quarter.
—Se parece mucho a usted.
—Es cierto. ¿Ya le has echado el ojo a mi Rochi?
Gastón se sobresaltó al comprender que había hablado en voz alta y trató de sonreír.
—Bueno, ya hemos decidido que me gustan las chicas, ¿no?
Esperanza soltó una carcajada y se levantó dando una palmada a la mesa.
—Me gustas, Gastón.


Y ella le gustaba a él. Tanto que había decidido comprar un par de sillas para que tuviera dónde sentarse cuando lo visitara. Encontraría algo el sábado, pensó mientras preparaba las paredes de la cocina. Las buscaría por la tarde, antes de reunirse con Vico y Cande para cenar.
Remataría la velada con una copa en Et Trois.
Y si Rocío no trabajaba esa noche en el bar, saldría y se arrojaría delante del primer coche que pasara en ese momento por la calle

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