Trabajó sin parar
durante tres días. En opinión de Gastón, pocas cosas satisfacían tanto como
echar algo abajo. Ni siquiera el volverlo a armar le producía el mismo placer.
Destripó la cocina.
Arrancó el mostrador central, las encimeras y los armarios. Despegó el papel de
pared y levantó el linóleo.
Se quedó con un
esqueleto de yeso y madera e infinitas posibilidades.
Por la noche cuidaba
de sus ampollas y tirones musculares y devoraba libros de diseño.
Cada mañana, antes de
comenzar el día, bebía su primera taza de café en la terraza con la esperanza
de divisar a Rocío y el enorme perro negro al que había llamado Rufus.
Se puso en contacto
con obreros y artesanos, encargó material y, llevado por el entusiasmo, se
compró una camioneta.
La primera noche que
pudo encender la chimenea del salón, brindó por la ocasión y por él con una
copa solitaria de Merlot.
No había vuelto a
caminar sonámbulo, pero había tenido sueños. Cuando despertaba, recordaba solo
imágenes sueltas. Y música, normalmente la melodía que se había alojado en su
cabeza como un tumor. O voces elevadas.
En una ocasión soñó
con escenas de sexo, con suaves suspiros en la oscuridad, con el roce perezoso
de piel contra piel, con un deseo que se elevaba como una ola de fuego.
Esa noche despertó
con los músculos trémulos y el olor a azucenas desvaneciéndose de sus sentidos.
Puesto que soñar con
sexo era a cuanto podía aspirar, concentró todas sus energías en el trabajo.
Solo se tomó un
descanso y fue para hacer una visita. Y lo hizo armado de un ramo de margaritas
blancas y un hueso de cuero.
La casa del bayou
era, un edificio alargado de una sola planta, rodeado, por tres de sus lados,
de agua del color del tabaco. Una barca blanca flotaba en un desvencijado
embarcadero.
Los árboles
circundaban la casa allí donde no llegaba el agua. Cipreses, robles y pacanas.
De sus ramas pendían botellas de cristal llenas de agua hasta la mitad. Y entre
las raíces nudosas de un roble descansaba una estatua pintada de la Virgen
María.
A sus pies había
pensamientos morados.
El camino desembocaba
en un pequeño porche con macetas de flores y una mecedora. Los postigos estaban
pintados de color verde musgo. La tela metálica de la puerta lucía un par de
remiendos y por ella salía la voz fuerte y melancólica de Ethel Waters.
Gastón oyó los
ladridos del perro. Así y todo, no estaba preparado para la velocidad con que
Rufus echó a correr en su dirección.
—Madre mía —fue
cuanto alcanzó a decir. Apenas dispuso de un instante para preguntarse si debía
saltar por la ventana de la camioneta o quedarse quieto, cuando aquella mole
negra, del tamaño de un pony, se detuvo a sus pies.
Rufus acompañó los
ladridos con gruñidos atronadores y una imponente exhibición de su dentadura.
Dudando de su capacidad para ahuyentar al animal con el ramo de margaritas, Gastón
optó por el acercamiento amistoso.
—Qué grande estás,
Rufus. ¿Cómo va todo?
El animal le olfateó
las botas, las perneras, y se detuvo en la entrepierna.
—¿No te parece un
poco pronto para intimar? —Pensando en esos dientes, Gastón decidió que
prefería poner en peligro la mano a sus partes pudendas, así que extendió
lentamente el brazo para acariciar la enorme cabeza.
Rufus alzó sus
chispeantes ojos marrones, se apoyó sobre las patas traseras y plantó sus
enormes garras delanteras en los hombros de Gastón.
A renglón seguido le
pasó por la cara una lengua del tamaño del Mississippi. Acorralado contra la
camioneta, Gastón rezó para que los largos lametones fueran un saludo y no un
método de ablandamiento.
—Yo también me alegro
de conocerte.
—Bájate, Rufus.
Al oír la tenue orden
que llegaba de la puerta, el perro se dejó caer, tomó asiento y agitó la cola.
La mujer del porche
era más joven de lo que había imaginado Gastón. No tenía más de sesenta y cinco
años. Poseía la constitución menuda de su nieta y su mismo rostro afilado. El
pelo era una masa de rizos rubios con mechas blancas.
Lucía un vestido de
algodón hasta la pantorrilla y un jersey rojo y holgado. Unos botines marrones,
sobre los que caían unos gruesos calcetines rojos, le cubrían los pies. Gastón
oyó un tintineo de pulseras cuando la mujer se llevó las manos a las caderas.
—Le gusta tu olor y tu voz, por eso te ha dado un beso de
bienvenida.
—¿Y de no haberle
gustado?
La mujer esbozó una
sonrisa que resaltó las arrugas de la cara.
—¿Tú qué crees?
—Creo que me alegro
de tener un olor amistoso. Soy Gastón Dalmau, señora Igarzábal. He comprado Ordóñez
Hall.
—Sé quién eres. Entra
a charlar un rato. —La mujer abrió la tela metálica.
Acompañado de Rufus, Gastón
caminó hasta el porche.
—Es un placer
conocerla, señora Igarzábal.
Ella lo examinó con
una mirada franca y reservada.
—Eres guapo,
muchacho.
—Gracias. —Gastón le
tendió las flores—. Usted también.
La mujer aceptó las
flores y apretó los labios.
—¿Has venido a
cortejarme, Gastón Dalmau?
—¿Cocina bien?
La señora Igarzábal
soltó una risa perezosa y él se enamoró un poco.
—Acabo de hacer pan
de maíz, así que podrás comprobarlo por ti mismo.
Le invitó a pasar y
lo condujo por el pasillo central de la casa. Gastón vio un salón, varios
dormitorios —uno de ellos con un crucifijo de hierro sobre una cama austera
también de hierro— y un cuarto de costura, todo impregnado de un desorden
acogedor e inmaculado.
La casa olía a cera
de muebles y a lavanda, y a unos pasos de la cocina aspiró el olor a pan recién
hecho.
—Señora, tengo
treinta y un años, soy económicamente solvente y según mi último examen médico
estoy como una rosa. No fumo, bebo con moderación y soy razonablemente limpio.
Si se casa conmigo, la trataré como a una reina.
La mujer rió y
sacudió la cabeza, luego señaló la mesa de la cocina.
—Siéntate y estruja
esas largas piernas debajo de la mesa para que no tropiece con ellas. Y puesto
que me estás cortejando, puedes llamarme señorita Esperanza.
Destapó una bandeja y
sacó dos platos del armario. Mientras ella cortaba rebanadas de pan de maíz. Gastón
miró a través de la puerta de la cocina.
El bayou se extendía
ante sus ojos, un sueño de aguas oscuras y tumores de cipreses calvos con el
reflejo de los árboles sobre la superficie. Un pájaro de grandes alas rojas
cruzó el aire.
—¡Caray! ¿Cómo
consigue hacer lo que tiene que hacer cuando podría pasarse el día aquí sentada
contemplando la vista?
—Es un buen lugar. —Esperanza
sacó una jarra de té de una nevera vieja que apenas le sobrepasaba en
estatura—. Mi familia lleva aquí más de ciento cincuenta años. Mi abuelo tenía
una ubicación aún mejor al otro lado de ese bosque de robles. Los guardacostas
nunca la encontraron.
Le colocó delante un
vaso y un plato.
—Manger. Come. ¿Qué
hace tu abuelo?
—Era abogado. De
hecho, los dos lo eran.
—¿Están muertos?
—Jubilados.
—Como tú, ¿eh? —Esperanza
sacó una botella celeste mientras Gastón cogía una rebanada de pan.
—Más o menos, por lo
que al derecho se refiere. Está delicioso, señorita Esperanza.
—Se me da bien hacer
pan. Me gustan las margaritas —añadió mientras las colocaba en la botella, que
previamente había llenado de agua—. Tienen el rostro alegre. ¿Piensas dar a
Rufus ese hueso que le has traído o quieres que te suplique un poco más?
Rufus estaba sentado
en el suelo con una pata sobre su muslo. Gastón decidió que ya había suplicado
suficiente y sacó el hueso de la bolsa. El perro lo tomó entre los dientes con
suma delicadeza, se tumbó agitando la cola y procedió a mordisquearlo.
Esperanza colocó las
flores en el centro de la mesa y se sentó al lado de Gastón.
—¿Qué piensas hacer
con esa vieja mansión, Gastón Dalmau?
—Muchas cosas.
Devolverle su aspecto original en la medida de lo posible.
—¿Y luego?
—No lo sé. Vivir en
ella.
Esperanza quebró una
esquina de su pan de maíz. Ya había decidido que le gustaba el aspecto del
muchacho, su pelo desordenado, esos ojos verdes, la delgadez de su rostro. Y su
acento, yanqui pero no remilgado. Sus modales eran corteses al tiempo que
naturales y simpáticos.
Ahora quería saber de
qué estaba hecho.
—¿Porqué?
—Tampoco lo sé. Solo
sé que he querido hacerlo desde la primera vez que la vi.
—¿Y qué opina el Hall
al respecto?
—Creo que todavía no
lo ha decidido. ¿Ha estado dentro alguna vez?
—Aja. —La mujer
asintió—. Hace tiempo. Mucha casa para un hombre joven. ¿Tienes moza en Boston?
—No, señora.
—Un chico guapo como
tú y superados los treinta. ¿Eres gay?
—No, señora. —Gastón
sonrió y levantó su vaso de té—. Me gustan las chicas, pero todavía no he
encontrado la adecuada.
—Enséñame las manos.
—Esperanza le tomó una y la giró—. Todavía queda algo de ciudad en ellas, pero
te estás encargando de cambiarlo. —Deslizó el pulgar por ampollas, rasguños y
callos incipientes—. Antes de irte te daré una pomada para mantener esas
ampollas a raya. Tienes una mano fuerte, Gastón. Tan fuerte que fuiste capaz de
cambiar tu destino y tomar un camino nuevo. No la amabas.
—¿Cómo dice?
—A aquella mujer. —Esperanza
acarició el costado de la mano con la uña del pulgar—. La que dejaste. No era
para ti.
Ceñudo, Gastón se inclinó
y se miró fijamente la mano.
—-¿Ve a Daniela?
—Fascinante—. ¿Se casa con Pablo?
—¿Qué más te da? Ella
tampoco te quería.
—Vaya por Dios
—repuso, y rió suavemente.
—Se avecina un amor,
un amor que te cortará la respiración. Será bueno para ti.
Sin dejar de frotarle
la mano, Esperanza le miró a la cara y sus ojos se hicieron más profundos. Gastón
sintió que podía ver en ellos muchos mundos.
—Tienes fuertes
vínculos con Ordóñez Hall, vínculos muy antiguos. Vida y muerte. Sangre y
lágrimas. Felicidad, si eres fuerte y astuto. Eres un hombre inteligente, Gastón.
Sé lo bastante inteligente para mirar adelante y atrás a fin de encontrarte a
ti mismo. No estás solo en esa casa.
Gastón notó la
garganta seca, pero no buscó su vaso de té. No movió un solo músculo.
—Hay fantasmas —dijo.
—Lo que hay en esa
casa ha impedido que otros la habiten. Dicen que por problemas de dinero, de
tiempo o cosas así, pero lo que hay en esa casa les asustó. Te estaba
esperando.
Por la espalda de Gastón
trepó un escalofrío como una flecha helada.
—¿Por qué?
—Eso debes
averiguarlo tú. —Esperanza le estrujó la mano, la soltó y alzó su vaso.
Gastón cerró los
dedos al hormigueo que notaba en la palma.
—¿Es usted vidente?
Divertida, Esperanza
se levantó para llevar la jarra de té a la mesa.
—Veo lo que veo de
vez en cuando —dijo mientras llenaba los vasos—. Un poco de magia culinaria.
Eso no me hace bruja, solo mujer. —Advirtió que Gastón tenía la mirada fija en
la cruz de plata envuelta en cuentas de colores que pendía de su cuello—. ¿Te parece
una contradicción? ¿De dónde crees que viene el poder, cher?
—Creo que nunca me lo
he planteado.
—No sacamos partido
de lo que el buen Señor nos ha dado. Sea lo que sea, desperdiciamos su regalo.
—Ladeó la cabeza y Gastón vio que también lucía pendientes. Unas piedras gordas
y azules suspendidas de unos lóbulos diminutos—. Me han dicho que has llamado a
Jack Tripadoe para que te haga de fontanero.
—Eh... —Gastón se
esforzó por pasar del terreno fantástico al terreno práctico mientras su mano
seguía vibrando por el contacto de los dedos de Esperanza—. Sí, me lo recomendó
mi amigo Victorio D’Alessandro.
—Ese Vico es un caso.
—Su rostro se iluminó y el misterio que flotaba en la atmósfera se diluyó—.
Jack es primo de la esposa del hermano del marido de mi hermana. Trabaja bien,
pero si no te hace un buen precio, dile que la señorita Esperanza querrá
conocer los motivos.
—Se lo agradezco. ¿No
conocerá por casualidad a un yesero? Alguien que sepa restaurar.
—Te conseguiré un
nombre. Te costará muchos reales devolver a ese lugar su aspecto original y
luego mantenerlo.
—Tengo un montón de
reales. Espero que venga a verme para que pueda enseñárselo. No sé hacer pan de
maíz, pero puedo prepararle un té.
—Eres un muchacho
atento, cher. Tu mamá te educó bien.
—¿Le importaría
escribirlo en un papel y firmarlo? Se lo enviaría a mi madre por correo.
—Va a ser un placer
tenerte por aquí —dijo Esperanza—. Ven a verme cuando quieras.
—Gracias, señorita Esperanza.
—Gastón se levantó—. Para mí también será un placer tenerla por aquí.
El sol iluminó el
rostro de la mujer cuando esta alzó la vista hacia él. El ángulo de la cara, el
regocijo en sus ojos oscuros, la curva burlona de sus labios lo envió directo
al bar del Quarter.
—Se parece mucho a
usted.
—Es cierto. ¿Ya le
has echado el ojo a mi Rochi?
Gastón se sobresaltó
al comprender que había hablado en voz alta y trató de sonreír.
—Bueno, ya hemos decidido
que me gustan las chicas, ¿no?
Esperanza soltó una
carcajada y se levantó dando una palmada a la mesa.
—Me gustas, Gastón.
Y ella le gustaba a
él. Tanto que había decidido comprar un par de sillas para que tuviera dónde
sentarse cuando lo visitara. Encontraría algo el sábado, pensó mientras
preparaba las paredes de la cocina. Las buscaría por la tarde, antes de
reunirse con Vico y Cande para cenar.
Remataría la velada
con una copa en Et Trois.
Y si Rocío no trabajaba esa
noche en el bar, saldría y se arrojaría delante del primer coche que pasara en
ese momento por la calle
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