Veinte minutos más tarde,
estaban en el garaje del estacionamiento mientras Rochi clavaba los ojos en su
coche con súbita desilusión. Era un automóvil americano grande de lujo, un
Cadillac Eldorado modelo retro, color champán.
—Yo... posiblemente no puedo
permitirme esto.
Él abrió el maletero con un
golpecito de su muñeca.
—¿Perdón?
Rochi había hecho un
excelente trabajo manejando las fianancias del St. Gert, pero no así con las
suyas propias. Los edificios viejos eran caros de mantener, nunca había
suficiente dinero, y cuando la escuela necesitaba desesperadamente equipo para
el laboratorío o una fotocopiadora nueva, Rochi había desarrollado el hábito de
zambullirse en sus bolsillos. Como consecuencia, su presupuesto era apremiante.
Ella sintió una tremenda
vergüenza.
—Yo...me temo que ha habido
un error, Sr. Dalmau. Tengo un presupuesto limitado. Cuando le dije a Eugenia
que sólo podría permitirme el lujo de pagar a mi chófer cincuenta dólares al
día, indicó que eso cubriría sus servicios. Pero posiblemente no sea suficiente
para el uso de un coche como éste.
—¿Cincuenta dólares al día?
Ella quería creer que su
insistente malestar era el desenlace temporal causado por el viaje, pero
siempre había sido una buena viajera, y sospechaba que su dolor de cabeza venía
de la frustración. Comunicarse con este primoroso tonto era más difícil que
tratar con sus estudiantes más torpes. No sólo se movía como un caracol, sino
que no parecía entender ninguna de sus instrucciones. Aun después del incidente
con el llavero, había requerido toda su pericia llevarlo a buscar el equipaje.
—Esto es realmente
embarazoso. Pensé que Eugenia habría discutido todo esto con usted. ¿Espera más
de cincuenta dólares?
Él levantó sus dos pesadas
maletas con un sorprendente poco esfuerzo, considerando que, sólo unos momentos
antes, había actuado como si llevar esas mismas bolsas planteara una seria
amenaza para su cuerpo. Otra vez, sus ojos se desviaron del rumbo hacía los
músculos bien desarrollados que su camiseta encubría. Una persona realmente
tiene que expender energía para construir músculos como esos, ¿no?
—Sospecho que depende de lo
que además de conducir, esos cincuenta dólares cubran.
Él tomó su bolsa grande y la
lanzó al lado de su maleta. Luego sopesó su bolso de mano.
—Estoy asombrado que las
compañías aéreas le permitan llevar esto cómo equipaje de mano. ¿Lo quiere
también en el maletero?
—No, gracias.
Su dolor de cabeza había
viajado de sus sienes hacía la parte de atrás de su cuello.
—Quizá deberíamos regresar a
la terminal donde podemos sentarnos y discutir todo esto.
—Demasiado lejos para
caminar.
Él se cruzó de brazos y se
apoyó contra el maletero.
Mientras pensaba qué
decirle, contempló el brillo alegre del sol de abril fuera del estacionamiento
y pensó en el contraste con sus deprimentes pensamientos.
—Enseñé historia antes de
convertirme en directora de escuela en St. Gert, y...
—¿Directora?
—Sí, y...
—¿Usted va en realidad por
el mundo llamándose eso? ¿Una directora?
—Es lo que hago.
Él pareció infinitamente
divertido.
—Sois increíbles, los
británicos sí que sabéis poner títulos picantes a vuestros trabajos.
Si otro americano la hubiera
ridiculizado ofensivamente acerca de eso, se habría reído, pero algo acerca de
su manera de decirlo hizo que ella pareciera tan almidonada como Helen Pruitt,
la maestra de química.
—Sea como fuere... —ella
hizo una pausa cuando la congestionada frase hizo eco en sus oidos. Sonaba como
Helen Pruitt—. He estado el año pasado trabajando en la historia de Lady Sarah
Thornton, una inglesa que viajó a través de Texas durante 1870. Ella también
resultó ser una chica del St. Gert. El trabajo está casi hecho, pero necesito
el acceso a varias bibliotecas de aquí para terminarlo, y ya que tengo un
descanso entre la primavera y el verano, parecía el momento oportuno para hacer
el viaje. Eugenia le recomendó como mi guía, y señaló que cincuenta dólares al
día pagarían por sus servicios.
—¿Mis servicios?
—Como mi guía —repitió
ella—. Mi chófer.
—Ajá. Pues bien, estoy
realmente contento de oír que eso es lo único que tiene en mente, de qué clase
de servicios necesita, pensé que podría haber querido decir alguna otra cosa,
en cuyo caso cincuenta dólares apenas lo cubrirían.
Él todavía parecía
divertido, aunque ella en realidad no sabía porqué.
—Solamente le necesito como
chófer. Además de Dallas, necesito visitar la biblioteca de la Universidad de
Texas, y...
—¿Chófer? ¿Eso es lo único
que quiere?
Eso no era todo lo que
quería, pero ahora no era el momento de mencionar que ella también necesitaba
que él la iniciara en el lado más caliente de la vida de Texas.
—Este es un estado grande.
—No. Me refería a mis otros
servicios.
—¿Qué otros servicios
ofrece?
Él sonrió abiertamente.
—Digamos que, comenzaría con
el paquete de programas básico, y luego podemos hablar de extras más adelante.
Con sus fondos limitados,
ella le miró con incertidumbre.
—Considero que siempre es
mejor aclarar las cosas desde el principio, ¿no está de acuerdo?
—Creo que está bastante
claro por ahora.
Él se movió hacia el lateral
del coche y le abrió la puerta a ella para que se metiera dentro.
—Usted me paga cincuenta
dólares al día para que haga de su chófer aproximadamente dos semanas.
—Tengo una lista.
—Sí, apuesto que la tiene.
Recoja su falda ahí —él cerró de un golpe la puerta, luego entró por el otro
lado—. Podría ahorrarse dinero, sabe, comprando un par de "mapas de
rutas" y utilizando transporte público.
Él cerró su puerta y deslizó
la llave en la ignición. El interior espacioso del coche olía a gente de
dinero, y la imagen del Duque de Beddington brotó en su mente. Ella la apartó a
la fuerza.
—Prefiero el coche —dijo
ella.
—Todo el mundo de más de
catorce años prefiere el coche —girando la cabeza hacia atrás, empezó a salir
del estacionamiento, y se dirigió a la salida— ¿Cuánto hace que conoce a Eugenia?
Él entró sin problemas en la
autopista.
Ella no retiraba los ojos
del velocímetro del Cadillac, el cual, desde su posición ventajosa, parecía
subir a una velocidad alarmante. Se obligó a convertir las millas en
kilómetros.
—La conocí hace varios años
cuando su productor visitó St. Gert para realizar un programa con actores
británicos para "Eugenia Today". Disfrutamos de nuestra mutua
compañía, y hemos seguido en contacto desde entonces. Yo planifiqué la visita
pensando que ella estaba aquí, pero parece que ahora se han mudado a Florida.
Sus planes volaban para
Florida, también, pensó Gastón. Él comenzaba a sospechar que Eugenia sabía
exactamente el problema tremendo que le provocaría Rocío y lo había hecho
deliberadamente.
—Acerca de sus honorarios...
—Rocío parecía preocupada mientras miraba por dentro el coche—. Éste es un
coche tan grande. Sólo el gasto de gasolina debe ser prohibitivo.
Una arruga pequeña se
formaba en su frente, y ella comenzó a mordisquearse el labio inferior. Él
deseó que no lo hiciera. Era una condenada cosa. Ella era una molestia infernal
en el momento que abría la boca, y juraba por Dios que la próxima vez que
apuntara a algo con su paraguas, iba a romperlo con su rodilla. Excepto que ver
esa húmeda boca de doscientos dólares la hora trabajando había hecho que se
preguntara como iba a sobrevivir estas siguientes dos semanas.
En la cama.
La idea se abrió de pronto
con un pequeño sonido explosivo en su cabeza y se adhirió allí. Sonrió. Éste
era exactamente el tipo de pensamientos que le habían hecho un campeón en tres
continentes. La mejor manera para evitar matarla era ponerla desnuda tan pronto
como fuera posible. Preferentemente en los siguientes dos días.
Entrar en ella tan rápido
sería un buen desafío, pero Gastón no tenía nada mejor que hacer, así que creyó
que se pondría en ello. Pensó en los cincuenta dólares por día que ella, como
se suponía, le pagaría, luego recordó los tres millones que recogería en
contratos publicitarios este año y sonrió para sí. Era la primera vez en los
últimos días que sonreía por asuntos de dinero ya que su fraudulento director
comercial había conseguido meter a Gastón en el escándalo que había conducido a
su suspensión en el circuito de profesionales.
Su sonrisa se convirtió en
un ceño fruncido al imaginar la reacción divertida de Eugenia cuando Rocío le
había ofrecido su retribución de cincuenta dólares, e incluso la increíble
diversión cuando decidió pasarle esta delicadeza particular a Gastón. Nunca
dejaba de asombrarle que un bastardo de corazón pedregoso, con un aspecto tan
controlado como Nico Riera tuviera esa esposa. La única mujer a la que alguna
vez había querido Gastón había sido su madre loca. Excepto hacerle casi
arruinar su vida le había enseñado lecciones que nunca había olvidado, y él
hacía desde entonces todo lo posible porque una mujer no llevara en su vida la
voz cantante.
Recorrió con la mirada a Rocío
con sus rizos del color del oro, mejillas de muñeca de porcelana, tan llena de
rosas, y haciendo rebotar cerezas. Había logrado manipular a las mujeres en su
vida adulta, y nunca dejaba que olvidaran el lugar en su vida.
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