martes, 6 de marzo de 2012

Capitulo I, Tercera Parte


Veinte minutos más tarde, estaban en el garaje del estacionamiento mientras Rochi clavaba los ojos en su coche con súbita desilusión. Era un automóvil americano grande de lujo, un Cadillac Eldorado modelo retro, color champán.
—Yo... posiblemente no puedo permitirme esto.
Él abrió el maletero con un golpecito de su muñeca.
—¿Perdón?
Rochi había hecho un excelente trabajo manejando las fianancias del St. Gert, pero no así con las suyas propias. Los edificios viejos eran caros de mantener, nunca había suficiente dinero, y cuando la escuela necesitaba desesperadamente equipo para el laboratorío o una fotocopiadora nueva, Rochi había desarrollado el hábito de zambullirse en sus bolsillos. Como consecuencia, su presupuesto era apremiante.
Ella sintió una tremenda vergüenza.
—Yo...me temo que ha habido un error, Sr. Dalmau. Tengo un presupuesto limitado. Cuando le dije a Eugenia que sólo podría permitirme el lujo de pagar a mi chófer cincuenta dólares al día, indicó que eso cubriría sus servicios. Pero posiblemente no sea suficiente para el uso de un coche como éste.
—¿Cincuenta dólares al día?
Ella quería creer que su insistente malestar era el desenlace temporal causado por el viaje, pero siempre había sido una buena viajera, y sospechaba que su dolor de cabeza venía de la frustración. Comunicarse con este primoroso tonto era más difícil que tratar con sus estudiantes más torpes. No sólo se movía como un caracol, sino que no parecía entender ninguna de sus instrucciones. Aun después del incidente con el llavero, había requerido toda su pericia llevarlo a buscar el equipaje.
—Esto es realmente embarazoso. Pensé que Eugenia habría discutido todo esto con usted. ¿Espera más de cincuenta dólares?
Él levantó sus dos pesadas maletas con un sorprendente poco esfuerzo, considerando que, sólo unos momentos antes, había actuado como si llevar esas mismas bolsas planteara una seria amenaza para su cuerpo. Otra vez, sus ojos se desviaron del rumbo hacía los músculos bien desarrollados que su camiseta encubría. Una persona realmente tiene que expender energía para construir músculos como esos, ¿no?
—Sospecho que depende de lo que además de conducir, esos cincuenta dólares cubran.
Él tomó su bolsa grande y la lanzó al lado de su maleta. Luego sopesó su bolso de mano.
—Estoy asombrado que las compañías aéreas le permitan llevar esto cómo equipaje de mano. ¿Lo quiere también en el maletero?
—No, gracias.
Su dolor de cabeza había viajado de sus sienes hacía la parte de atrás de su cuello.
—Quizá deberíamos regresar a la terminal donde podemos sentarnos y discutir todo esto.
—Demasiado lejos para caminar.
Él se cruzó de brazos y se apoyó contra el maletero.
Mientras pensaba qué decirle, contempló el brillo alegre del sol de abril fuera del estacionamiento y pensó en el contraste con sus deprimentes pensamientos.
—Enseñé historia antes de convertirme en directora de escuela en St. Gert, y...
—¿Directora?
—Sí, y...
—¿Usted va en realidad por el mundo llamándose eso? ¿Una directora?
—Es lo que hago.
Él pareció infinitamente divertido.
—Sois increíbles, los británicos sí que sabéis poner títulos picantes a vuestros trabajos.
Si otro americano la hubiera ridiculizado ofensivamente acerca de eso, se habría reído, pero algo acerca de su manera de decirlo hizo que ella pareciera tan almidonada como Helen Pruitt, la maestra de química.
—Sea como fuere... —ella hizo una pausa cuando la congestionada frase hizo eco en sus oidos. Sonaba como Helen Pruitt—. He estado el año pasado trabajando en la historia de Lady Sarah Thornton, una inglesa que viajó a través de Texas durante 1870. Ella también resultó ser una chica del St. Gert. El trabajo está casi hecho, pero necesito el acceso a varias bibliotecas de aquí para terminarlo, y ya que tengo un descanso entre la primavera y el verano, parecía el momento oportuno para hacer el viaje. Eugenia le recomendó como mi guía, y señaló que cincuenta dólares al día pagarían por sus servicios.
—¿Mis servicios?
—Como mi guía —repitió ella—. Mi chófer.
—Ajá. Pues bien, estoy realmente contento de oír que eso es lo único que tiene en mente, de qué clase de servicios necesita, pensé que podría haber querido decir alguna otra cosa, en cuyo caso cincuenta dólares apenas lo cubrirían.
Él todavía parecía divertido, aunque ella en realidad no sabía porqué.
—Solamente le necesito como chófer. Además de Dallas, necesito visitar la biblioteca de la Universidad de Texas, y...
—¿Chófer? ¿Eso es lo único que quiere?
Eso no era todo lo que quería, pero ahora no era el momento de mencionar que ella también necesitaba que él la iniciara en el lado más caliente de la vida de Texas.
—Este es un estado grande.
—No. Me refería a mis otros servicios.
—¿Qué otros servicios ofrece?
Él sonrió abiertamente.
—Digamos que, comenzaría con el paquete de programas básico, y luego podemos hablar de extras más adelante.
Con sus fondos limitados, ella le miró con incertidumbre.
—Considero que siempre es mejor aclarar las cosas desde el principio, ¿no está de acuerdo?
—Creo que está bastante claro por ahora.
Él se movió hacia el lateral del coche y le abrió la puerta a ella para que se metiera dentro.
—Usted me paga cincuenta dólares al día para que haga de su chófer aproximadamente dos semanas.
—Tengo una lista.
—Sí, apuesto que la tiene. Recoja su falda ahí —él cerró de un golpe la puerta, luego entró por el otro lado—. Podría ahorrarse dinero, sabe, comprando un par de "mapas de rutas" y utilizando transporte público.
Él cerró su puerta y deslizó la llave en la ignición. El interior espacioso del coche olía a gente de dinero, y la imagen del Duque de Beddington brotó en su mente. Ella la apartó a la fuerza.
—Prefiero el coche —dijo ella.
—Todo el mundo de más de catorce años prefiere el coche —girando la cabeza hacia atrás, empezó a salir del estacionamiento, y se dirigió a la salida— ¿Cuánto hace que conoce a Eugenia?
Él entró sin problemas en la autopista.
Ella no retiraba los ojos del velocímetro del Cadillac, el cual, desde su posición ventajosa, parecía subir a una velocidad alarmante. Se obligó a convertir las millas en kilómetros.
—La conocí hace varios años cuando su productor visitó St. Gert para realizar un programa con actores británicos para "Eugenia Today". Disfrutamos de nuestra mutua compañía, y hemos seguido en contacto desde entonces. Yo planifiqué la visita pensando que ella estaba aquí, pero parece que ahora se han mudado a Florida.
Sus planes volaban para Florida, también, pensó Gastón. Él comenzaba a sospechar que Eugenia sabía exactamente el problema tremendo que le provocaría Rocío y lo había hecho deliberadamente.
—Acerca de sus honorarios... —Rocío parecía preocupada mientras miraba por dentro el coche—. Éste es un coche tan grande. Sólo el gasto de gasolina debe ser prohibitivo.
Una arruga pequeña se formaba en su frente, y ella comenzó a mordisquearse el labio inferior. Él deseó que no lo hiciera. Era una condenada cosa. Ella era una molestia infernal en el momento que abría la boca, y juraba por Dios que la próxima vez que apuntara a algo con su paraguas, iba a romperlo con su rodilla. Excepto que ver esa húmeda boca de doscientos dólares la hora trabajando había hecho que se preguntara como iba a sobrevivir estas siguientes dos semanas.
En la cama.
La idea se abrió de pronto con un pequeño sonido explosivo en su cabeza y se adhirió allí. Sonrió. Éste era exactamente el tipo de pensamientos que le habían hecho un campeón en tres continentes. La mejor manera para evitar matarla era ponerla desnuda tan pronto como fuera posible. Preferentemente en los siguientes dos días.
Entrar en ella tan rápido sería un buen desafío, pero Gastón no tenía nada mejor que hacer, así que creyó que se pondría en ello. Pensó en los cincuenta dólares por día que ella, como se suponía, le pagaría, luego recordó los tres millones que recogería en contratos publicitarios este año y sonrió para sí. Era la primera vez en los últimos días que sonreía por asuntos de dinero ya que su fraudulento director comercial había conseguido meter a Gastón en el escándalo que había conducido a su suspensión en el circuito de profesionales.
Su sonrisa se convirtió en un ceño fruncido al imaginar la reacción divertida de Eugenia cuando Rocío le había ofrecido su retribución de cincuenta dólares, e incluso la increíble diversión cuando decidió pasarle esta delicadeza particular a Gastón. Nunca dejaba de asombrarle que un bastardo de corazón pedregoso, con un aspecto tan controlado como Nico Riera tuviera esa esposa. La única mujer a la que alguna vez había querido Gastón había sido su madre loca. Excepto hacerle casi arruinar su vida le había enseñado lecciones que nunca había olvidado, y él hacía desde entonces todo lo posible porque una mujer no llevara en su vida la voz cantante.
Recorrió con la mirada a Rocío con sus rizos del color del oro, mejillas de muñeca de porcelana, tan llena de rosas, y haciendo rebotar cerezas. Había logrado manipular a las mujeres en su vida adulta, y nunca dejaba que olvidaran el lugar en su vida.



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