Y ella le gustaba a
él. Tanto que había decidido comprar un par de sillas para que tuviera dónde
sentarse cuando lo visitara. Encontraría algo el sábado, pensó mientras
preparaba las paredes de la cocina. Las buscaría por la tarde, antes de
reunirse con Vico y Cande para cenar.
Remataría la velada
con una copa en Et Trois.
Y si Rocío no
trabajaba esa noche en el bar, saldría y se arrojaría delante del primer coche
que pasara en ese momento por la calle.
Trabajó hasta mucho
después de que hubiera anochecido y luego se obsequió con una cerveza y una
cena de pollo Hungry Man. Comió sentado en su caballete de serrar, admirando
los adelantos de la cocina.
Las paredes estaban
peladas, reparadas y listas para pintar. Las marcas de lápiz indicaban las
medidas de los armarios que empezaría a fabricar al día siguiente. Hasta se
había atrevido a afilar los ladrillos del hogar y se dijo que no había hecho un
mal trabajo. El viejo suelo de pino, ya expuesto, estaba actualmente protegido
con telas. Había establecido el patrón de circulación de la cocina y señalado
el lugar para los fogones y la nevera.
Si no encontraba una
vitrina para la pared, también la fabricaría con sus manos. Nada podía
detenerle.
Subió al dormitorio
con una botella de agua, tomó su ya habitual ducha de nueve minutos y se tumbó
en la cama con sus notas, dibujos y libros. Mientras elaboraba el plan para el
salón, se quedó dormido.
Y despertó temblando
de frío en medio de la oscuridad. El bebé le había despertado. El llanto
todavía resonaba en sus oídos cuando se enderezó con el corazón martilleándole
las costillas.
No sabía dónde
estaba, únicamente sabía que se hallaba en el suelo y no en la cama. Y hacía
tanto frío que podía ver el vaho de su propio aliento en la negra oscuridad.
Se levantó y, extendiendo
los brazos como un ciego, palpó el aire y dio un paso al frente.
Azucenas. Su cuerpo
se estremeció al reparar en el perfume. Entonces comprendió dónde estaba: en el
cuarto del fondo del pasillo. El cuarto que, como el del segundo piso, había estado
evitando los últimos días.
Se hallaba en él,
pensó arrastrando el otro pie. Y aunque pareciera una locura, sabía que no
estaba solo.
—Puedes asustarme,
pero no lograrás espantarme.
Sus dedos rozaron
algo sólido. Los apartó de golpe antes de comprender que era una pared.
Haciendo respiraciones profundas, la siguió mientras tropezaba con chambranas y
pisaba cristales. A tientas, encontró el picaporte de las puertas que daban a
la terraza y las abrió de par en par.
Notó el aire cálido y
denso de enero sobre su piel helada. Dando traspiés, alcanzó la barandilla y se
agarró a ella. La noche parecía el interior de una cueva. El viejo refrán tenía
razón, se dijo. No hay oscuridad como la del campo.
Cuando sus ojos se
acostumbraron a ella, cerró las puertaventanas de la habitación.
—Esta es ahora mi
casa —dijo en voz baja. Avanzó por la terraza, abrió la puerta de su dormitorio
y entró.
—¿Sonámbulo? —Victorio
volvió a llenar su tenedor de arroz.
—Sí. Fui sonámbulo
durante seis meses cuando tenía once años. —Gastón se encogió de hombros, pero
no logró sacudirse del todo ese peso.
No había sido su
intención sacar el tema. La cena que Cande había preparado en el piso de Vico,
situado en el distrito de Garden, era deliciosa, y también la compañía. Sin
darse cuenta, no obstante, había pasado de hablar de los progresos que había
hecho en la casa a sus pesadillas nocturnas.
—Debe de ser horrible
despertarte y encontrarte en otro lugar —dijo Candela.
—Tétrico, como
mínimo. Es extraño que haya acabado en las dos habitaciones que más me
inquietan. O quizá sea lo lógico. Algo del inconsciente.
—Lo importante es que
permanezcas dentro de los confines de la casa —intervino Vico—. No me gustaría
enterarme de que caminaste sonámbulo hasta el pantano.
—Genial ocurrencia.
Gracias.
—Vico —Cande le dio una palmada en la mano—. Gastón, creo
que deberías ver a un médico. Podrías tomar algo que te ayudara a dormir mejor.
—Tal vez. Llevo una
semana en esa casa y solo me ha ocurrido dos veces. Y en cualquier caso, los
tranquilizantes no espantarán al fantasma.
—Solo son corrientes
de aire y crujidos de la madera.
Victorio sonrió.
—Cande no cree en
fantasmas.
—Ni en el tarot, ni
en las hojas de té ni en ninguna de esas tonterías. —Su voz era tensa y algo
defensiva.
—Mi chica está muy
aferrada al aquí y ahora.
—Tu chica tiene
sentido común —replicó Cande—. Gastón, es lógico que tengas sensaciones
extrañas viviendo en esa vieja mansión. Y apuesto a que no te estás alimentando
como es debido. Deberías quedarte a vivir con Vico hasta que te acostumbres a
tu nuevo entorno.
—Ella no quiere. —Vico
señaló a Candela con la cabeza.
—Viviré contigo
cuando estemos casados.
—Pero cariño, mayo
queda muy lejos. Te extraño cuando no estás aquí —protestó Vico cogiéndole la
mano y besándola con profusión.
—Te propongo algo, Cande
—dijo Gastón—. Ven a pasar conmigo unas cuantas noches, en plan estrictamente
platónico, claro —puntualizó con una sonrisa en tanto que Vico afilaba la
mirada—. Apuesto a que tu opinión sobre los fantasmas cambia después de una o
dos noches.
—Lo siento, soy una
chica de ciudad. ¿Qué haces tan solo en esa casa perdida cuando no estás
trabajando?
—Leo. Y hablando de
leer, tengo que pasar por la biblioteca para que me ayudes a desenterrar más
información sobre Ordóñez Hall. También hago cosas en el jardín y doy paseos.
El otro día fui a ver a la señorita Esperanza.
—¿Has conocido a la
señorita Esperanza? —preguntó Peter apurando su plato—. Toda una mujer, ¿no te
parece?
—Me cayó de
maravilla. El caso es que la casa me tiene tan ocupado que a las diez de la
noche ya estoy durmiendo. He conectado el televisor, pero nunca me acuerdo de
encenderlo. Esta tarde compré una mesa y unas sillas, además de otras cosas.
Siempre era un error
cruzar la puerta de un anticuario, se regañó Gastón.
—No vamos a permitir
que te encierres en esa casa y te dejes la piel trabajando —Decidió Cande—.
Espero que a partir de ahora vengas a vernos a la ciudad por lo menos una vez
por semana. Y tú, Negri, deberías ir los sábados para echarle una mano. Gas,
pasas demasiado tiempo solo. —Cande retiró su silla de la mesa—. Eso es
justamente lo que te pasa. ¿Listos para la tarta?
Tal vez Cande tuviera
razón, pensó Gastón mientras buscaba un espacio para aparcar. Categórica, desde
luego, lo era. Intentaría variar un poco sus actividades. Podría visitar la
ciudad una o dos veces por semana para una buena comida. Podría invitar a Vic y
Cande a una cena informal.
Podría pasar una
noche leyendo otras cosas que no fueran libros de consulta.
Más aún, pensó. Se
obligaría a vencer el bloqueo mental que se había creado con la habitación de
la segunda planta.
Tuvo que aparcar a
una manzana y media de Et Trois, pero cuando entró y vio a Rocío en la barra,
se dijo que la caminata había merecido la pena.
Esa noche no pudo
hacerse con un taburete, pero sí consiguió escurrirse entre los clientes y
ocupar una esquina de la barra. La música estaba alta y era alegre, como el
público.
Había una rubia
detrás del mostrador además de la propietaria y el tipo rasta. Los tres estaban
bailando.
Rocío le miró mientras servía dos cervezas y un gintonic.
—¿Corona?
—Mejor una cola.
Estaba tan guapa como
la recordaba. Esa noche iba de azul, una blusa con el escote desabotonado y las
mangas enrolladas hasta los codos. Sus labios volvían a ser rojos pero se había
recogido el pelo a los lados con peinetas plateadas. Reparó en el brillo de
unos aros en las orejas.
Rocío le colocó
delante un vaso largo.
—¿Cómo andas?
—Creo que con las dos
piernas.
—No. —Rocío le
obsequió con su risa grave y gutural—. ¿No hablas a lo Nueva Orleáns, cher?
Cuando digo «¿Cómo andas?» te estoy preguntando cómo te va.
—Ah, bien, gracias.
¿Cómo andas tú?
—Así se habla. Yo
bien, también. Con mucho trabajo. Si quieres algo más, pídelo.
Gastón tuvo que
conformarse con mirarla. Rocío atendía su tercio de la barra sirviendo bebidas,
cruzando algunas palabras y entrando y saliendo de la cocina sin prisas.
En ningún momento se
le pasó por la cabeza marcharse. En cuanto quedó libre un taburete, Gastón lo
ocupó.
Era como si la
estudiara un gato grande y apuesto, pensó Rocío. Tranquilo, paciente y una
pizca peligroso. Gastón apuró su vaso, pidió otro y allí seguía sentado cuando
el local empezó a vaciarse.
Ella se acercó de
nuevo.
—¿Esperas algo,
bombón?
—Sí. —Gastón la miró
fijamente.
Ella pasó el trapo
por la barra.
—He oído que fuiste a
ver a mi abuela.
—Hace un par de días.
Se parecen
—Eso dicen. —Rocío se
introdujo una esquina del trapo en el bolsillo de atrás—. ¿Fuiste para
seducirla con tu encanto yanqui y conseguir que me hablara bien de ti?
—Me dije que sería un
efecto secundario deseable, pero en realidad fui a verla porque es mi vecina.
Esperaba encontrar una anciana y pensé que le gustaría saber que tiene a
alguien cerca para echarle una mano, pero cuando la vi me di cuenta que no
necesita ayuda de nadie.
—Qué amable. —Rocío
dejó escapar un suspiro—. Muy amable. Lo cierto es que a mi abuela no le iría
mal una espalda fuerte de vez en cuando. ¿Dupris, cariño? —dijo sin apartar la
mirada de Gastón—. Cierra por mí, ¿quieres? Me voy a casa.
Sacó un bolso pequeño
de debajo del mostrador y se lo colgó del hombro.
—¿Puedo acompañarte a
casa?
—Sí.
Ella salió de la
barra y sonrió cuando Gastón le abrió la puerta.
—Me han contado que
estás trabajando duro en esa casa que te has comprado.
—Noche y día. He empezado
por la cocina y ya he hecho muchos progresos. No te he visto por el estanque.
—Lo sé. —Lo cierto
era que se había mantenido alejada a propósito. Tenía curiosidad por saber si
él volvería. Echó a andar lentamente por la acera.
—Conocí a Rufus. Le
caí bien.
—A mi abuela también.
—¿Qué me dices de ti?
—Oh, yo también les
caigo bien.
Se volvió hacia una
verja de hierro cuando él rió. Entraron en un diminuto patio con una mesa de
hierro y dos sillas.
—Rocío. —Gastón le
tomó la mano.
——Vivo aquí. —Señaló
los escalones que conducían a la terraza del primer piso que él había admirado
la primera noche.
—Caray. Al cuerno mi
oportunidad de seducirte con mi labia y mis encantos durante el largo paseo a
casa. ¿Por qué no...?
—No. —Rocío le clavó
un dedo en el pecho—. Esta noche no subirás, pero creo que deberíamos quitarnos
este peso de encima.
Se puso de puntillas,
deslizó una mano por la nuca de Gastón y atrajo su boca a la de ella.
Gastón sintió que se
hundía. Como si hubiera estado caminando sobre un suelo firme que, de pronto,
se convertía en agua. Era una caída larga, empinada, con miles de impresiones
que se precipitaban sobre sus sentidos.
La caricia sedosa de
los labios de Rocío, el roce cálido de su piel, el aroma embriagador de su
perfume.
Cuando él empezó a
abrir esos labios, ella retrocedió.
—Se te da bien
—murmuró posando un dedo sobre la boca de él—. Lo intuía. Buenas noches, cher.
—Espera. —Gastón no
estaba tan conmocionado como para no poder reaccionar. Le cogió una mano—. Esto
solo ha sido el principio —dijo, y la tomó elegantemente entre sus brazos.
Notó la curva
divertida de los labios de Rocío contra los suyos, y deslizando las manos por
su espalda, por su pelo, se dejó ahogar.
¡Glups! Lo mismo
pensó ella cuando se sintió caer. La boca de Gastón era paciente, pero notó los
rápidos impulsos del deseo. Sus manos eran delicadas, pero la sujetaban con
firmeza.
El sabor de Gastón,
como un recuerdo vago, empezó a penetrarle en la sangre.
Alguien abrió la
puerta del bar. Un estallido de música y de nuevo el silencio. Un coche pasó
como una bala con otro aluvión de música que salía por las ventanillas.
El calor trepó por el
cuerpo de Rocío y se coló por debajo de la piel, de modo que las manos que
había posado sobre los hombros de él subieron hasta unirse en la nuca.
—Pero que muy bien
—repitió, y giró la cabeza para frotar su mejilla contra la de él. Una vez, dos
veces—. Pero esta noche no te dejaré subir. Tengo que meditar acerca de ti.
—De acuerdo. No me
hartaré de volver.
—Siempre vuelven por Rocío.
—Durante un tiempo, pensó mientras se soltaba—. Vete a casa, Gastón.
—Esperaré a que
entres.
Ella enarcó las
cejas.
—Eres un caso. —Por
su amabilidad, le besó en la mejilla antes de subir.
Cuando abrió la
puerta y se dio la vuelta, él seguía allí.
—Que tengas dulces
sueños, cher.
—No estaría mal, por una
vez —murmuró Gastón cuando ella hubo cerrado la puerta.
Me encanto el capp!!!... se que ya la atrapo con sus encantos!1jaajajaj.. Asi es el rubio!!!jajaaj
ResponderEliminarEspero el proximo!1 besotess!! :)
me tiene encantada la novela d verdad me gusta un monton espero el siguiente pronto besos
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