jueves, 8 de marzo de 2012

Capitulo Cuatro, Segunda Parte



Y ella le gustaba a él. Tanto que había decidido comprar un par de sillas para que tuviera dónde sentarse cuando lo visitara. Encontraría algo el sábado, pensó mientras preparaba las paredes de la cocina. Las buscaría por la tarde, antes de reunirse con Vico y Cande para cenar.
Remataría la velada con una copa en Et Trois.
Y si Rocío no trabajaba esa noche en el bar, saldría y se arrojaría delante del primer coche que pasara en ese momento por la calle.


Trabajó hasta mucho después de que hubiera anochecido y luego se obsequió con una cerveza y una cena de pollo Hungry Man. Comió sentado en su caballete de serrar, admirando los adelantos de la cocina.
Las paredes estaban peladas, reparadas y listas para pintar. Las marcas de lápiz indicaban las medidas de los armarios que empezaría a fabricar al día siguiente. Hasta se había atrevido a afilar los ladrillos del hogar y se dijo que no había hecho un mal trabajo. El viejo suelo de pino, ya expuesto, estaba actualmente protegido con telas. Había establecido el patrón de circulación de la cocina y señalado el lugar para los fogones y la nevera.
Si no encontraba una vitrina para la pared, también la fabricaría con sus manos. Nada podía detenerle.
Subió al dormitorio con una botella de agua, tomó su ya habitual ducha de nueve minutos y se tumbó en la cama con sus notas, dibujos y libros. Mientras elaboraba el plan para el salón, se quedó dormido.
Y despertó temblando de frío en medio de la oscuridad. El bebé le había despertado. El llanto todavía resonaba en sus oídos cuando se enderezó con el corazón martilleándole las costillas.
No sabía dónde estaba, únicamente sabía que se hallaba en el suelo y no en la cama. Y hacía tanto frío que podía ver el vaho de su propio aliento en la negra oscuridad.
Se levantó y, extendiendo los brazos como un ciego, palpó el aire y dio un paso al frente.
Azucenas. Su cuerpo se estremeció al reparar en el perfume. Entonces comprendió dónde estaba: en el cuarto del fondo del pasillo. El cuarto que, como el del segundo piso, había estado evitando los últimos días.
Se hallaba en él, pensó arrastrando el otro pie. Y aunque pareciera una locura, sabía que no estaba solo.
—Puedes asustarme, pero no lograrás espantarme.
Sus dedos rozaron algo sólido. Los apartó de golpe antes de comprender que era una pared. Haciendo respiraciones profundas, la siguió mientras tropezaba con chambranas y pisaba cristales. A tientas, encontró el picaporte de las puertas que daban a la terraza y las abrió de par en par.
Notó el aire cálido y denso de enero sobre su piel helada. Dando traspiés, alcanzó la barandilla y se agarró a ella. La noche parecía el interior de una cueva. El viejo refrán tenía razón, se dijo. No hay oscuridad como la del campo.
Cuando sus ojos se acostumbraron a ella, cerró las puertaventanas de la habitación.
—Esta es ahora mi casa —dijo en voz baja. Avanzó por la terraza, abrió la puerta de su dormitorio y entró.


—¿Sonámbulo? —Victorio volvió a llenar su tenedor de arroz.
—Sí. Fui sonámbulo durante seis meses cuando tenía once años. —Gastón se encogió de hombros, pero no logró sacudirse del todo ese peso.
No había sido su intención sacar el tema. La cena que Cande había preparado en el piso de Vico, situado en el distrito de Garden, era deliciosa, y también la compañía. Sin darse cuenta, no obstante, había pasado de hablar de los progresos que había hecho en la casa a sus pesadillas nocturnas.
—Debe de ser horrible despertarte y encontrarte en otro lugar —dijo Candela.
—Tétrico, como mínimo. Es extraño que haya acabado en las dos habitaciones que más me inquietan. O quizá sea lo lógico. Algo del inconsciente.
—Lo importante es que permanezcas dentro de los confines de la casa —intervino Vico—. No me gustaría enterarme de que caminaste sonámbulo hasta el pantano.
—Genial ocurrencia. Gracias.
—Vico —Cande le dio una palmada en la mano—. Gastón, creo que deberías ver a un médico. Podrías tomar algo que te ayudara a dormir mejor.
—Tal vez. Llevo una semana en esa casa y solo me ha ocurrido dos veces. Y en cualquier caso, los tranquilizantes no espantarán al fantasma.
—Solo son corrientes de aire y crujidos de la madera.
Victorio sonrió.
—Cande no cree en fantasmas.
—Ni en el tarot, ni en las hojas de té ni en ninguna de esas tonterías. —Su voz era tensa y algo defensiva.
—Mi chica está muy aferrada al aquí y ahora.
—Tu chica tiene sentido común —replicó Cande—. Gastón, es lógico que tengas sensaciones extrañas viviendo en esa vieja mansión. Y apuesto a que no te estás alimentando como es debido. Deberías quedarte a vivir con Vico hasta que te acostumbres a tu nuevo entorno.
—Ella no quiere. —Vico señaló a Candela con la cabeza.
—Viviré contigo cuando estemos casados.
—Pero cariño, mayo queda muy lejos. Te extraño cuando no estás aquí —protestó Vico cogiéndole la mano y besándola con profusión.
—Te propongo algo, Cande —dijo Gastón—. Ven a pasar conmigo unas cuantas noches, en plan estrictamente platónico, claro —puntualizó con una sonrisa en tanto que Vico afilaba la mirada—. Apuesto a que tu opinión sobre los fantasmas cambia después de una o dos noches.
—Lo siento, soy una chica de ciudad. ¿Qué haces tan solo en esa casa perdida cuando no estás trabajando?
—Leo. Y hablando de leer, tengo que pasar por la biblioteca para que me ayudes a desenterrar más información sobre Ordóñez Hall. También hago cosas en el jardín y doy paseos. El otro día fui a ver a la señorita Esperanza.
—¿Has conocido a la señorita Esperanza? —preguntó Peter apurando su plato—. Toda una mujer, ¿no te parece?
—Me cayó de maravilla. El caso es que la casa me tiene tan ocupado que a las diez de la noche ya estoy durmiendo. He conectado el televisor, pero nunca me acuerdo de encenderlo. Esta tarde compré una mesa y unas sillas, además de otras cosas.
Siempre era un error cruzar la puerta de un anticuario, se regañó Gastón.
—No vamos a permitir que te encierres en esa casa y te dejes la piel trabajando —Decidió Cande—. Espero que a partir de ahora vengas a vernos a la ciudad por lo menos una vez por semana. Y tú, Negri, deberías ir los sábados para echarle una mano. Gas, pasas demasiado tiempo solo. —Cande retiró su silla de la mesa—. Eso es justamente lo que te pasa. ¿Listos para la tarta?


Tal vez Cande tuviera razón, pensó Gastón mientras buscaba un espacio para aparcar. Categórica, desde luego, lo era. Intentaría variar un poco sus actividades. Podría visitar la ciudad una o dos veces por semana para una buena comida. Podría invitar a Vic y Cande a una cena informal.
Podría pasar una noche leyendo otras cosas que no fueran libros de consulta.
Más aún, pensó. Se obligaría a vencer el bloqueo mental que se había creado con la habitación de la segunda planta.
Tuvo que aparcar a una manzana y media de Et Trois, pero cuando entró y vio a Rocío en la barra, se dijo que la caminata había merecido la pena.
Esa noche no pudo hacerse con un taburete, pero sí consiguió escurrirse entre los clientes y ocupar una esquina de la barra. La música estaba alta y era alegre, como el público.
Había una rubia detrás del mostrador además de la propietaria y el tipo rasta. Los tres estaban bailando.
Rocío le miró mientras servía dos cervezas y un gintonic.
—¿Corona?
—Mejor una cola.
Estaba tan guapa como la recordaba. Esa noche iba de azul, una blusa con el escote desabotonado y las mangas enrolladas hasta los codos. Sus labios volvían a ser rojos pero se había recogido el pelo a los lados con peinetas plateadas. Reparó en el brillo de unos aros en las orejas.
Rocío le colocó delante un vaso largo.
—¿Cómo andas?
—Creo que con las dos piernas.
—No. —Rocío le obsequió con su risa grave y gutural—. ¿No hablas a lo Nueva Orleáns, cher? Cuando digo «¿Cómo andas?» te estoy preguntando cómo te va.
—Ah, bien, gracias. ¿Cómo andas tú?
—Así se habla. Yo bien, también. Con mucho trabajo. Si quieres algo más, pídelo.
Gastón tuvo que conformarse con mirarla. Rocío atendía su tercio de la barra sirviendo bebidas, cruzando algunas palabras y entrando y saliendo de la cocina sin prisas.
En ningún momento se le pasó por la cabeza marcharse. En cuanto quedó libre un taburete, Gastón lo ocupó.
Era como si la estudiara un gato grande y apuesto, pensó Rocío. Tranquilo, paciente y una pizca peligroso. Gastón apuró su vaso, pidió otro y allí seguía sentado cuando el local empezó a vaciarse.
Ella se acercó de nuevo.
—¿Esperas algo, bombón?
—Sí. —Gastón la miró fijamente.
Ella pasó el trapo por la barra.
—He oído que fuiste a ver a mi abuela.
—Hace un par de días. Se parecen
—Eso dicen. —Rocío se introdujo una esquina del trapo en el bolsillo de atrás—. ¿Fuiste para seducirla con tu encanto yanqui y conseguir que me hablara bien de ti?
—Me dije que sería un efecto secundario deseable, pero en realidad fui a verla porque es mi vecina. Esperaba encontrar una anciana y pensé que le gustaría saber que tiene a alguien cerca para echarle una mano, pero cuando la vi me di cuenta que no necesita ayuda de nadie.
—Qué amable. —Rocío dejó escapar un suspiro—. Muy amable. Lo cierto es que a mi abuela no le iría mal una espalda fuerte de vez en cuando. ¿Dupris, cariño? —dijo sin apartar la mirada de Gastón—. Cierra por mí, ¿quieres? Me voy a casa.
Sacó un bolso pequeño de debajo del mostrador y se lo colgó del hombro.
—¿Puedo acompañarte a casa?
—Sí.
Ella salió de la barra y sonrió cuando Gastón le abrió la puerta.
—Me han contado que estás trabajando duro en esa casa que te has comprado.
—Noche y día. He empezado por la cocina y ya he hecho muchos progresos. No te he visto por el estanque.
—Lo sé. —Lo cierto era que se había mantenido alejada a propósito. Tenía curiosidad por saber si él volvería. Echó a andar lentamente por la acera.
—Conocí a Rufus. Le caí bien.
—A mi abuela también.
—¿Qué me dices de ti?
—Oh, yo también les caigo bien.
Se volvió hacia una verja de hierro cuando él rió. Entraron en un diminuto patio con una mesa de hierro y dos sillas.
—Rocío. —Gastón le tomó la mano.
——Vivo aquí. —Señaló los escalones que conducían a la terraza del primer piso que él había admirado la primera noche.
—Caray. Al cuerno mi oportunidad de seducirte con mi labia y mis encantos durante el largo paseo a casa. ¿Por qué no...?
—No. —Rocío le clavó un dedo en el pecho—. Esta noche no subirás, pero creo que deberíamos quitarnos este peso de encima.
Se puso de puntillas, deslizó una mano por la nuca de Gastón y atrajo su boca a la de ella.
Gastón sintió que se hundía. Como si hubiera estado caminando sobre un suelo firme que, de pronto, se convertía en agua. Era una caída larga, empinada, con miles de impresiones que se precipitaban sobre sus sentidos.
La caricia sedosa de los labios de Rocío, el roce cálido de su piel, el aroma embriagador de su perfume.
Cuando él empezó a abrir esos labios, ella retrocedió.
—Se te da bien —murmuró posando un dedo sobre la boca de él—. Lo intuía. Buenas noches, cher.
—Espera. —Gastón no estaba tan conmocionado como para no poder reaccionar. Le cogió una mano—. Esto solo ha sido el principio —dijo, y la tomó elegantemente entre sus brazos.
Notó la curva divertida de los labios de Rocío contra los suyos, y deslizando las manos por su espalda, por su pelo, se dejó ahogar.
¡Glups! Lo mismo pensó ella cuando se sintió caer. La boca de Gastón era paciente, pero notó los rápidos impulsos del deseo. Sus manos eran delicadas, pero la sujetaban con firmeza.
El sabor de Gastón, como un recuerdo vago, empezó a penetrarle en la sangre.
Alguien abrió la puerta del bar. Un estallido de música y de nuevo el silencio. Un coche pasó como una bala con otro aluvión de música que salía por las ventanillas.
El calor trepó por el cuerpo de Rocío y se coló por debajo de la piel, de modo que las manos que había posado sobre los hombros de él subieron hasta unirse en la nuca.
—Pero que muy bien —repitió, y giró la cabeza para frotar su mejilla contra la de él. Una vez, dos veces—. Pero esta noche no te dejaré subir. Tengo que meditar acerca de ti.
—De acuerdo. No me hartaré de volver.
—Siempre vuelven por Rocío. —Durante un tiempo, pensó mientras se soltaba—. Vete a casa, Gastón.
—Esperaré a que entres.
Ella enarcó las cejas.
—Eres un caso. —Por su amabilidad, le besó en la mejilla antes de subir.
Cuando abrió la puerta y se dio la vuelta, él seguía allí.
—Que tengas dulces sueños, cher.
—No estaría mal, por una vez —murmuró Gastón cuando ella hubo cerrado la puerta.

2 comentarios:

  1. Me encanto el capp!!!... se que ya la atrapo con sus encantos!1jaajajaj.. Asi es el rubio!!!jajaaj

    Espero el proximo!1 besotess!! :)

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  2. me tiene encantada la novela d verdad me gusta un monton espero el siguiente pronto besos

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