-¡Pastel
de azúcar! -Benny se chupó los dedos-. ¡Me encanta el pastel de azúcar!
Daphne dice hola.
A
juzgar por la cara que puso Gastón, se diría que Rochi le acababa de dar un
puñetazo.
-¿Cómo
lo has sabido? ¡Nadie lo sabe!
-Me
lo he imaginado.
-No te creo. Ella
te lo ha dicho. ¡Maldita sea!
-Ella
no me ha dicho nada. Pero sólo conozco a otra persona cuyos ojos tengan ese
mismo tono de verde, y esa persona eres tú.
-¿Lo has sabido
sólo viéndonos los ojos?
-Ha habido un par
de detalles más.
El anhelo que
había visto en el rostro de Julia cuando apareció Gastón era demasiado intenso
para una tía. Y Julia le había dado alguna pista.
-Me ha contado lo
joven que era cuando se fue de casa y los problemas que había tenido. Yo sabía
que tus padres eran mayores. Ha sido una intuición.
-Una intuición
jodidamente acertada.
-Soy escritora. O
al menos lo era. Solemos ser bastante intuitivos.
Gas dejó caer el
martillo.
-Me marcho de
aquí.
Y ella se marcharía
con él. No le había abandonado la tarde anterior y no le abandonaría ahora.
-Vayamos a saltar
del acantilado -espetó Ro.
Gastón se quedó
quieto, mirándola.
-¿Quieres que
vayamos a saltar del acantilado?
« ¡No, no quiero
ir a saltar del acantilado! ¿Me tomas por idiota?»
-¿Por qué no?
Gas se quedó
mirándola un buen rato.
-De acuerdo, tú
ganas.
Justo lo que se
temía, aunque ya era tarde para echarse atrás. Si lo intentaba, Gas la volvería
a llamar «conejita». Así la llamaban los niños de los parvularios a los que iba
a leer sus cuentos, aunque, viniendo de Gastón, no sonaba tan inocente.
Una hora y media
más tarde, Rochi estaba tumbada sobre una roca plana junto a la orilla
intentando recuperar el aliento. Mientras el calor de las rocas se filtraba a través
de su ropa empapada, pensó que saltar de cabeza no había sido la peor parte.
Ella era una buena saltadora, e incluso se había divertido. La peor parte
había sido arrastrar su cuerpo camino arriba para poder volver a saltar.
Rocío oyó a Gastón
acercándose por el camino, pero a diferencia de ella, no jadeaba. Ro cerró los
ojos. Si los abría, vería lo que ya sabía: que antes del primer salto Gastón se
había quitado la ropa hasta quedarse sólo con unos calzones azules de la
marina. Era doloroso mirarle: todos aquellos largos músculos ondeados, planos
y suaves. Había temido, o deseado, que perdiera los calzones al zambullirse,
pero él había logrado mantenerlos en su sitio.
Rocío se dejó
llevar por la imaginación. Era exactamente el mismo tipo de fantasías que le
habían creado problemas tan terribles. Y tal vez era el momento de recordar
que Gastóm no había sido exactamente el amante más memorable. A decir verdad,
había sido una filfa.
Eso no era justo.
Gastón había actuado con una doble desventaja: estaba profundamente dormido y
no se sentía atraído por ella.
Algunas cosas no
habían cambiado. Aunque él parecía haber superado el resentimiento que había
sentido hacia ella, no había enviado ninguna señal de que la encontrase sexualmente
irresistible... Ni siquiera vagamente atractiva.
El hecho de poder
pensar en el sexo la incomodó y al mismo tiempo la animó. Parecía que había
brotado el primer azafrán en el oscuro invierno de su alma.
Gas se dejó caer
pesadamente a su lado y se tumbó de espaldas. Rochi olió a calor, a lago y a
hombre diabólico.
-Basta de saltos
mortales, Rochi. Lo digo en serio. Has pasado demasiado cerca de las rocas.
-Sólo he dado una
vuelta y sabía exactamente dónde estaba el borde.
-Ya me has oído.
-Vaya, si hablas
como Nicolás.
-No quiero ni
pensar lo que diría si te viera hacer eso.
Se quedaron allí
un rato, quietos, en un silencio que resultaba sorprendentemente agradable. Rochi
sentía todos sus músculos doloridos, pero relajados.
Daphne estaba tomando el sol sobre una roca cuando Benny subió
corriendo por el camino. Estaba llorando.
-¿Qué te pasa, Benny?
-Nada. ¡Vete!
Rochi abrió los
ojos de golpe. Hacía ya casi cuatro meses que Daphne y Benny no mantenían una
conversación imaginaria en su cabeza. Probablemente una simple casualidad. Se
volvió hacia Gastón. Aunque no quería estropear el buen rato que estaban
pasando, él necesitaba ayuda para afrontar a Julia, igual que ella la
necesitaba para afrontar la pérdida de Kiara.
Gastón tenía los
ojos cerrados. Rocío observó que el tono de sus cejas era más oscuro que el de
sus cabellos, que estaban empezando a secarse por la zona de las sienes. Rochi
apoyó la barbilla en una mano.
-¿Has sabido
siempre que Julia era tu madre biológica?
-Mis padres me lo
dijeron cuando tenía seis años -contestó sin abrir los ojos.
-Hicieron bien en
no querer guardarlo como un secreto. -Rocío esperó, pero Gas no dijo nada
más-. Debía de ser jovencísima. No aparenta más de cuarenta.
-Tiene cincuenta.
-Vaya.
-Es el estilo de
Hollywood. Toneladas de cirugía plástica.
-¿La pudiste ver
mucho de pequeño?
-Por la tele.
-Pero ¿no en
persona?
Un pájaro
carpintero tamborileó cerca de allí y un halcón sobrevoló planeando el lago. Rocío
se fijó en cómo subía y bajaba el pecho de Gastón.
-Apareció una vez
cuando yo tenía dieciséis años. Debía de ser una temporada floja en la Ciudad
de Oropel. -Gastón abrió los ojos y se sentó. Rochi creyó que se levantaría y
se marcharía, pero Gas se quedó mirando al lago-. Por lo que a mí respecta,
sólo he tenido una madre: Silvia. No sé a qué se cree que juega la reina del
«bimbo» viniendo aquí, pero yo no voy a jugar con ella.
La palabra
«bimbo» removió algunos de los viejos recuerdos de Rocío. Solía ser lo que pensaba
la gente de María. Ro recordó lo que le había dicho su hermana hacía ya años.
«A veces pienso que "bimbo" es una palabra que se inventaron los
hombres para poderse sentir superiores a las mujeres, que están mejor
preparadas para la supervivencia que ellos.»
-Lo mejor sería
que hablaras con ella -dijo Ro-. Así podrías averiguar qué quiere.
-Me da igual. -Gastón
se levantó, cogió sus vaqueros e introdujo las piernas en ellos-. Vaya mierda
de semana que está resultando ser.
Tal vez para él,
pero no para Rochi. Estaba resultando la mejor semana que había tenido desde
hacía meses.
Gas se pasó la
mano por sus cabellos empapados y, más tranquilamente, preguntó:
-¿Todavía
quieres ir al pueblo?
-Por
supuesto.
-Si vamos ahora,
podemos estar de regreso a las cinco. ¿Te encargarás del té por mí?
-Vale,
pero ya sabes que tendrás que hablar con ella tarde o temprano.
Rocío
observó las emociones contenidas que se reflejaban en su rostro.
-Hablaré con
ella, pero yo elegiré el momento y el lugar.
Julia
estaba en pie junto al ventanal del desván y vio que Gastón se iba en coche con
la heredera del fútbol. Se le hizo un nudo en la garganta al recordar su
desprecio. Su pequeñín... El hijo al que había dado a luz cuando ella era
apenas poco más que una niña. El hijo al que había entregado a su hermana para
que lo criase.
Sabía que había
tomado la decisión correcta, la decisión abnegada, y el éxito que había tenido Gastón
en la vida así lo demostraba. ¿Qué oportunidades habría tenido como hijo de una
chica de diecisiete años, con pocos estudios y hecha un lío, que soñaba con ser
una estrella?
Julia soltó la
cortina y se sentó en el borde de la cama. Había conocido al chico el mismo día
que había bajado del autobús en Los Ángeles. Era un adolescente acabado de salir
de un rancho de Oklahoma que buscaba trabajo como doble en escenas peligrosas.
Habían compartido habitación en un hotel cochambroso para ahorrarse dinero.
Eran jóvenes y fogosos, y ocultaron el miedo que les inspiraba esa ciudad
peligrosa tras el sexo torpe y la palabrería. Él había desaparecido antes de
saber que la había dejado embarazada.
Julia había
tenido la suerte de encontrar trabajo sirviendo mesas. Una de las camareras
mayores, una mujer llamada Becky, sintió lástima de ella y la dejó dormir en
el sofá. Becky era madre soltera, y al final de su larga jornada laboral ya no
le quedaba paciencia suficiente para satisfacer las exigencias de una niña de
tres años. La visión de la pequeña escondiéndose de los tacos y las bofetadas
ocasionales de su madre fue para Julia una fría dosis de realidad. Dos semanas
antes de que naciera Gastón, llamó a Silvia y le habló del bebé. Su hermana y Pedro
Dalmau cogieron el coche y se dirigieron de inmediato hacia Los Ángeles.
Estuvieron con
ella antes y después del nacimiento de Gas, e incluso le propusieron que
volviera a Michigan con ellos. Pero ella no podía volver atrás, y al ver cómo
se miraban el uno al otro, supo que ellos tampoco querían que lo hiciera.
En el hospital, Julia
tomaba en brazos a su bebé a la mínima ocasión e intentaba susurrarle palabras
de amor eterno. Julia vio cómo crecía el amor en la cara de su hermana cada
vez que cogía al bebé, y notó que a Pedro se le suavizaba el gesto con el
anhelo. No había duda alguna de su absoluta capacidad para educar a su hijo, y
sintió amor y odio por ello. Cuando les vio alejarse con su bebé en el coche Julia
vivió el peor momento de su vida. Dos semanas más tarde, conoció a Craig.
Sabía que había
hecho lo correcto al abandonar a Gastón, pero aun así el precio había sido
demasiado alto. Durante treinta y dos años había vivido con un agujero en el
corazón que ni su carrera ni su matrimonio pudieron llenar. Incluso aunque
hubiera podido tener más hijos, el agujero habría seguido allí. Y ahora quería
curarlo.
Cuando tenía
diecisiete años, la única forma de luchar por su hijo había sido abandonarlo.
Pero ya no tenía diecisiete, y había llegado el momento de descubrir, de una
vez por todas, si jamás podría ocupar un lugar en la vida de Gastón. Aceptaría
cualquier cosa que él le diera. Una postal de Navidad una vez al año. Una
sonrisa. Algo que le dijera que él había dejado de odiarla. El hecho de que no
la quería cerca de él había resultado brutalmente obvio cada vez que Julia
había intentado contactar con él desde la muerte de Silvia, y aquel día se
había vuelto aún más evidente. Aunque tal vez se trataba simplemente de que no
se había esforzado lo suficiente.
Pensó en Rochi y
sintió un escalofrío. Julia no respetaba a las mujeres que iban a la caza de
los hombres famosos. Lo había visto centenares de veces en Hollywood.
Chiquillas ricas y aburridas, sin una vida propia, que intentaban definirse a
sí mismas echándole el lazo a algún famoso. Rocío lo había atrapado con su
embarazo y su posición como hermana de María Igarzabal.
Julia se levantó
de la cama. Durante los años de infancia de Gastón, ella no había podido
protegerle cuando lo necesitaba, pero ahora tenía la oportunidad de repararlo.
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