jueves, 8 de marzo de 2012

Primera Parte, Capitulo Doce



-¡Pastel de azúcar! -Benny se chu­pó los dedos-. ¡Me encanta el pastel de azúcar!

Daphne dice hola.
A juzgar por la cara que puso Gastón, se diría que Rochi le acababa de dar un puñetazo.
-¿Cómo lo has sabido? ¡Nadie lo sabe!
-Me lo he imaginado.
-No te creo. Ella te lo ha dicho. ¡Maldita sea!
-Ella no me ha dicho nada. Pero sólo conozco a otra persona cuyos ojos tengan ese mismo tono de verde, y esa per­sona eres tú.
-¿Lo has sabido sólo viéndonos los ojos?
-Ha habido un par de detalles más.
El anhelo que había visto en el rostro de Julia cuando apareció Gastón era demasiado intenso para una tía. Y Julia le había dado alguna pista.
-Me ha contado lo joven que era cuando se fue de casa y los problemas que había tenido. Yo sabía que tus padres eran mayores. Ha sido una intuición.
-Una intuición jodidamente acertada.
-Soy escritora. O al menos lo era. Solemos ser bastan­te intuitivos.
Gas dejó caer el martillo.
-Me marcho de aquí.
Y ella se marcharía con él. No le había abandonado la tarde anterior y no le abandonaría ahora.
-Vayamos a saltar del acantilado -espetó Ro.
Gastón se quedó quieto, mirándola.
-¿Quieres que vayamos a saltar del acantilado?
« ¡No, no quiero ir a saltar del acantilado! ¿Me tomas por idiota?»
-¿Por qué no?
Gas se quedó mirándola un buen rato.
-De acuerdo, tú ganas.
Justo lo que se temía, aunque ya era tarde para echarse atrás. Si lo intentaba, Gas la volvería a llamar «conejita». Así la llamaban los niños de los parvularios a los que iba a leer sus cuentos, aunque, viniendo de Gastón, no sonaba tan inocente.
Una hora y media más tarde, Rochi estaba tumbada so­bre una roca plana junto a la orilla intentando recuperar el aliento. Mientras el calor de las rocas se filtraba a través de su ropa empapada, pensó que saltar de cabeza no había sido la peor parte. Ella era una buena saltadora, e incluso se ha­bía divertido. La peor parte había sido arrastrar su cuerpo camino arriba para poder volver a saltar.
Rocío oyó a Gastón acercándose por el camino, pero a di­ferencia de ella, no jadeaba. Ro cerró los ojos. Si los abría, vería lo que ya sabía: que antes del primer salto Gastón se ha­bía quitado la ropa hasta quedarse sólo con unos calzones azules de la marina. Era doloroso mirarle: todos aquellos lar­gos músculos ondeados, planos y suaves. Había temido, o deseado, que perdiera los calzones al zambullirse, pero él había logrado mantenerlos en su sitio.
Rocío se dejó llevar por la imaginación. Era exactamen­te el mismo tipo de fantasías que le habían creado proble­mas tan terribles. Y tal vez era el momento de recordar que Gastóm no había sido exactamente el amante más memora­ble. A decir verdad, había sido una filfa.
Eso no era justo. Gastón había actuado con una doble des­ventaja: estaba profundamente dormido y no se sentía atraí­do por ella.
Algunas cosas no habían cambiado. Aunque él parecía haber superado el resentimiento que había sentido hacia ella, no había enviado ninguna señal de que la encontrase sexual­mente irresistible... Ni siquiera vagamente atractiva.
El hecho de poder pensar en el sexo la incomodó y al mismo tiempo la animó. Parecía que había brotado el primer azafrán en el oscuro invierno de su alma.
Gas se dejó caer pesadamente a su lado y se tumbó de espaldas. Rochi olió a calor, a lago y a hombre diabólico.
-Basta de saltos mortales, Rochi. Lo digo en serio. Has pasado demasiado cerca de las rocas.
-Sólo he dado una vuelta y sabía exactamente dónde es­taba el borde.
-Ya me has oído.
-Vaya, si hablas como Nicolás.
-No quiero ni pensar lo que diría si te viera hacer eso.
Se quedaron allí un rato, quietos, en un silencio que re­sultaba sorprendentemente agradable. Rochi sentía todos sus músculos doloridos, pero relajados.

Daphne estaba tomando el sol sobre una roca cuan­do Benny subió corriendo por el camino. Estaba llo­rando.
-¿Qué te pasa, Benny?
-Nada. ¡Vete!

Rochi abrió los ojos de golpe. Hacía ya casi cuatro me­ses que Daphne y Benny no mantenían una conversación imaginaria en su cabeza. Probablemente una simple casuali­dad. Se volvió hacia Gastón. Aunque no quería estropear el buen rato que estaban pasando, él necesitaba ayuda para afrontar a Julia, igual que ella la necesitaba para afrontar la pérdida de Kiara.
Gastón tenía los ojos cerrados. Rocío observó que el to­no de sus cejas era más oscuro que el de sus cabellos, que es­taban empezando a secarse por la zona de las sienes. Rochi apoyó la barbilla en una mano.
-¿Has sabido siempre que Julia era tu madre biológica?
-Mis padres me lo dijeron cuando tenía seis años -con­testó sin abrir los ojos.
-Hicieron bien en no querer guardarlo como un secre­to. -Rocío esperó, pero Gas no dijo nada más-. Debía de ser jovencísima. No aparenta más de cuarenta.
-Tiene cincuenta.
-Vaya.
-Es el estilo de Hollywood. Toneladas de cirugía plás­tica.
-¿La pudiste ver mucho de pequeño?
-Por la tele.
-Pero ¿no en persona?
Un pájaro carpintero tamborileó cerca de allí y un hal­cón sobrevoló planeando el lago. Rocío se fijó en cómo su­bía y bajaba el pecho de Gastón.
-Apareció una vez cuando yo tenía dieciséis años. De­bía de ser una temporada floja en la Ciudad de Oropel. -Gastón abrió los ojos y se sentó. Rochi creyó que se levantaría y se marcharía, pero Gas se quedó mirando al lago-. Por lo que a mí respecta, sólo he tenido una madre: Silvia. No sé a qué se cree que juega la reina del «bimbo» viniendo aquí, pero yo no voy a jugar con ella.
La palabra «bimbo» removió algunos de los viejos re­cuerdos de Rocío. Solía ser lo que pensaba la gente de María. Ro recordó lo que le había dicho su hermana hacía ya años. «A veces pienso que "bimbo" es una palabra que se in­ventaron los hombres para poderse sentir superiores a las mujeres, que están mejor preparadas para la supervivencia que ellos.»
-Lo mejor sería que hablaras con ella -dijo Ro-. Así podrías averiguar qué quiere.
-Me da igual. -Gastón se levantó, cogió sus vaqueros e introdujo las piernas en ellos-. Vaya mierda de semana que está resultando ser.
Tal vez para él, pero no para Rochi. Estaba resultando la mejor semana que había tenido desde hacía meses.
Gas se pasó la mano por sus cabellos empapados y, más tranquilamente, preguntó:
-¿Todavía quieres ir al pueblo?
-Por supuesto.
-Si vamos ahora, podemos estar de regreso a las cinco. ¿Te encargarás del té por mí?
-Vale, pero ya sabes que tendrás que hablar con ella tar­de o temprano.
Rocío observó las emociones contenidas que se reflejaban en su rostro.
-Hablaré con ella, pero yo elegiré el momento y el lugar.
Julia estaba en pie junto al ventanal del desván y vio que Gastón se iba en coche con la heredera del fútbol. Se le hizo un nudo en la garganta al recordar su desprecio. Su peque­ñín... El hijo al que había dado a luz cuando ella era apenas poco más que una niña. El hijo al que había entregado a su hermana para que lo criase.
Sabía que había tomado la decisión correcta, la decisión abnegada, y el éxito que había tenido Gastón en la vida así lo demostraba. ¿Qué oportunidades habría tenido como hijo de una chica de diecisiete años, con pocos estudios y hecha un lío, que soñaba con ser una estrella?
Julia soltó la cortina y se sentó en el borde de la cama. Había conocido al chico el mismo día que había bajado del autobús en Los Ángeles. Era un adolescente acabado de sa­lir de un rancho de Oklahoma que buscaba trabajo como do­ble en escenas peligrosas. Habían compartido habitación en un hotel cochambroso para ahorrarse dinero. Eran jóvenes y fogosos, y ocultaron el miedo que les inspiraba esa ciudad peligrosa tras el sexo torpe y la palabrería. Él había desapa­recido antes de saber que la había dejado embarazada.
Julia había tenido la suerte de encontrar trabajo sirvien­do mesas. Una de las camareras mayores, una mujer llama­da Becky, sintió lástima de ella y la dejó dormir en el sofá. Becky era madre soltera, y al final de su larga jornada labo­ral ya no le quedaba paciencia suficiente para satisfacer las exigencias de una niña de tres años. La visión de la pequeña escondiéndose de los tacos y las bofetadas ocasionales de su madre fue para Julia una fría dosis de realidad. Dos semanas antes de que naciera Gastón, llamó a Silvia y le habló del bebé. Su hermana y Pedro Dalmau cogieron el coche y se dirigieron de inmediato hacia Los Ángeles.
Estuvieron con ella antes y después del nacimiento de Gas, e incluso le propusieron que volviera a Michigan con ellos. Pero ella no podía volver atrás, y al ver cómo se mira­ban el uno al otro, supo que ellos tampoco querían que lo hi­ciera.
En el hospital, Julia tomaba en brazos a su bebé a la mí­nima ocasión e intentaba susurrarle palabras de amor eter­no. Julia vio cómo crecía el amor en la cara de su hermana cada vez que cogía al bebé, y notó que a Pedro se le suaviza­ba el gesto con el anhelo. No había duda alguna de su abso­luta capacidad para educar a su hijo, y sintió amor y odio por ello. Cuando les vio alejarse con su bebé en el coche Julia vivió el peor momento de su vida. Dos semanas más tarde, conoció a Craig.
Sabía que había hecho lo correcto al abandonar a Gastón, pero aun así el precio había sido demasiado alto. Du­rante treinta y dos años había vivido con un agujero en el corazón que ni su carrera ni su matrimonio pudieron llenar. Incluso aunque hubiera podido tener más hijos, el agujero habría seguido allí. Y ahora quería curarlo.
Cuando tenía diecisiete años, la única forma de luchar por su hijo había sido abandonarlo. Pero ya no tenía dieci­siete, y había llegado el momento de descubrir, de una vez por todas, si jamás podría ocupar un lugar en la vida de Gastón. Aceptaría cualquier cosa que él le diera. Una postal de Navidad una vez al año. Una sonrisa. Algo que le dijera que él había dejado de odiarla. El hecho de que no la quería cer­ca de él había resultado brutalmente obvio cada vez que Julia había intentado contactar con él desde la muerte de Silvia, y aquel día se había vuelto aún más evidente. Aunque tal vez se trataba simplemente de que no se había esforzado lo sufi­ciente.
Pensó en Rochi y sintió un escalofrío. Julia no respetaba a las mujeres que iban a la caza de los hombres famosos. Lo había visto centenares de veces en Hollywood. Chiquillas ri­cas y aburridas, sin una vida propia, que intentaban definir­se a sí mismas echándole el lazo a algún famoso. Rocío lo ha­bía atrapado con su embarazo y su posición como hermana de María Igarzabal.
Julia se levantó de la cama. Durante los años de infancia de Gastón, ella no había podido protegerle cuando lo necesi­taba, pero ahora tenía la oportunidad de repararlo.

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