sábado, 10 de marzo de 2012

Segunda Parte, Capitulo Doce


Wind Lake era un típico pueblo turístico, con un centro pintoresco y unos alrededores algo descuidados. La calle principal corría paralela al lago y presentaba unos pocos res­taurantes y tiendas de regalos, un centro de deportes acuáti­cos, una boutique de ropa de marca para los turistas, y la ta­berna Wind Lake.
Gastón aparcó y Rochi bajó del coche. Antes de salir del campamento, se había duchado, se había aplicado suavizan­te en el pelo y un poco de sombra de ojos en los párpados, y se había pintado los labios con la barra M.A.C. Spice. Como sólo tenía zapatillas deportivas, el vestido de playa no era una opción, así que se puso un pantalón corto de color gris cla­ro y un top negro muy corto. Luego se consoló al darse cuen­ta de que había perdido el peso suficiente como para que los pantalones le cayeran por debajo del ombligo.
Cuando Gas dio la vuelta por delante del coche, le dio un vistazo rápido al cuerpo de Rocío y enseguida lo estudió más de cerca. Rochi sintió un incómodo hormigueo y se pre­guntó si a Gastón le gustaba lo que veía, o si estaba haciendo una comparación desfavorable con sus amiguitas de las Na­ciones Unidas.
¿Y qué, si la hacía? A Ro le gustaba su cuerpo y su ca­ra. Tal vez no le resultaran memorables a Gastón, pero ella era feliz con lo que tenía. Además, no le importaba lo que pudiera pensar él.
Gas hizo un gesto hacia la boutique.
-Ahí deben de tener sandalias, si quieres sustituir las que perdiste en el lago.
Las sandalias que vendían en las boutiques se escapaban bastante de su presupuesto.
-Mejor probaré en la tienda de artículos de playa.
-Lo que tienen es muy barato.
Rochi se colocó las gafas de sol un poco más arriba de la nariz. A diferencia de las Rayban de Gastón, las suyas habían cos­tado nueve dólares en Marshall's.
-Tengo gustos sencillos. Gastón la miró con curiosidad.
-¿No serás una de esas multimillonarias tacañas, verdad?
Rocio pensó un momento y decidió dejar de seguir fin­giendo sobre esa cuestión. Ya era hora de que Gastón supiera quién era, con locura incluida.
-En realidad, no soy multimillonaria.
-Todo el mundo sabe que recibiste una herencia.
-Sí, ya... -dijo mordiéndose el labio.
Gastón suspiró.
-¿Por qué tengo la sensación de que voy a oír algo real­mente absurdo?
-Supongo que eso depende de tu perspectiva.
-Sigue, todavía te escucho.
-Estoy arruinada, ¿vale?
-¿Arruinada?
-No importa. No lo entenderías ni en un millón de años-dijo alejándose de él.
Cuando cruzó la calle en dirección a la tienda de artícu­los de playa, Gastón la siguió. A Rochi le disgustó descubrir en sus ojos una mirada de desaprobación, aunque debería ha­berse esperado algo así del señor Yo-voy-por-el-camino-co­rrecto, que podía muy bien ser el modelo para los hijos de predicadores ya adultos, aunque él mismo renegase de su condición.
-Despilfarraste todo el dinero a la primera oportunidad que tuviste, ¿verdad? Por eso vives en un piso tan pequeño.
Ro se volvió y, en mitad de la calle, le dijo:
-No, no lo despilfarré. Malgasté un poco el primer año, pero créeme, todavía me quedaba un montón.
Gastón la tomó del brazo y la apartó del tráfico hacia el bordillo.
-Entonces, ¿qué pasó?
-¿No tienes nada mejor que hacer que importunarme?
-En realidad no. ¿Malas inversiones? ¿Lo pusiste todo en comida vegetariana para cocodrilos?
-Muy gracioso.
-¿Saturaste el mercado de zapatillas con cabeza de co­nejito?
-¿Qué te parece ésta? -dijo parada ante la tienda de ar­tículos de playa-. Me jugué todo lo que tenía en el último partido de los Stars y algún cretino dio un pase a un compa­ñero doblemente marcado.
-Eso ha sido un golpe bajo.
Rochi respiró profundamente y se puso las gafas de sol sobre la cabeza.
-En realidad, lo di todo hace unos años. Y no me arre­piento.
Gas pestañeó, luego se rió.
-¿Lo diste?
-¿Tienes problemas de oído?
-No, en serio. Dime la verdad. Ella le miró y entró en la tienda.
-No me lo puedo creer. Sí que lo hiciste -dijo Gastón siguiéndola hasta el interior de la tienda-. ¿Cuánto era?
-Mucho más de lo que llevas tú en la cartera.
-Vamos, a mí puedes decírmelo -dijo sonriendo. Rochi se dirigió a una cesta de calzado, pero deseó no ha­berlo hecho: no había más que sandalias de plástico de colo­res chillones.
-¿Más de tres millones?
Rocío hizo oídos sordos y alargó las manos para coger las más sencillas, un horroroso par con brillantinas plateadas in­crustadas en la empella.
-¿Menos de tres?
-No te lo diré. Y ahora, vete y no me agobies.
-Si me lo dices, te llevaré a esa boutique y podrás car­gar todo lo que quieras en mi tarjeta de crédito.
-Tú ganas.
Rocío soltó las sandalias con brillantinas plateadas y se dirigió a la puerta. Gastón se adelantó para abrírsela.
-¿No quieres que te retuerza un poco el brazo para po­der mantener tu orgullo?
-¿Acaso no has visto lo feas que eran esas sandalias? Además, sé cuánto ganaste la temporada pasada.
-Me alegro de haber firmado aquel acuerdo prematri­monial. Yo que pensaba que estábamos protegiendo tu for­tuna y resulta que, en uno de esos irónicos giros que a veces tiene la vida, la que realmente protegíamos era la mía. -Su sonrisa se hizo más amplia-. ¿Quién iba a decirlo?
Gastón se lo estaba pasando bien, demasiado bien, y Rochi quería estar a la altura.
-Me apostaría algo a que puedo vaciar tu tarjeta de cré­dito en menos de media hora.
-¿Fueron más de tres millones?
-Te lo diré cuando terminemos de comprar -dijo son­riendo a una pareja de ancianos.
-Si mientes, lo devolveré todo.
-¿No hay por ahí algún espejo donde puedas ir a ad­mirarte?
-Nunca había conocido a ninguna mujer tan impresio­nada por mi belleza.
-Todas tus mujeres están impresionadas por tu belleza. Sólo que fingen que es por tu personalidad.
-Te juro que alguien tendría que darte una azotaina.
-No eres, diría, lo bastante hombre como para hacerlo.
-Y tú eres, diría, un poco cargante.
Rochi sonrió y entró en la boutique. Quince minutos después salió con dos pares de sandalias. Cuando se puso de nuevo las gafas de sol se dio cuenta de que Gastón también llevaba una bolsa de compra.
-¿Qué te has comprado?
-Necesitas un bañador.
-¿Me has comprado uno?
-Espero haber adivinado la talla.
-¿Qué tipo de bañador?
-Vaya, si alguien me regalara algo, yo estaría contento en lugar de mostrar tanto recelo.
-Si es un tanga, lo devuelvo.
-Vamos, ¿crees que te insultaría de esta manera? Gastón y Rocío empezaron a andar calle abajo.
-Probablemente el tanga es el único tipo de bañador que sabes que existe. Seguro que es lo que llevan todas tus amigas.
-Si lo que pretendes es conseguir que me distraiga y me olvide, no te va a funcionar.
Pasaron junto a una tienda de dulces llamada Di azúcar. Junto a ella había un diminuto parque público, poco más que unas pocas matas de hortensias y un par de bancos.
-Ha llegado la hora de la verdad, Daphne-dijo Gastón señalando uno de los bancos y sentándose luego a su lado-. Háblame de tu dinero. ¿Tuviste que esperar a cumplir los veintiuno para ponerle las manos encima?
-Sí, pero todavía estaba en la facultad, y Mery no me dejó tocar ni un centavo. Me dijo que si quería sacar algo de las cuentas antes de graduarme, tendría que demandarla.
-Chica lista.
-Ella y Nico me dejaban muy poca cuerda, así que en cuanto me gradué y finalmente Mery me dio el dinero, hice todo lo que se podría esperar. Me compré un coche, me mu­dé a un lujoso apartamento, compré toneladas de ropa... La ropa sí que la echo de menos. Pero al cabo de un tiempo, la vida de hija heredera perdió su encanto.
-¿Y no podías contentarte con buscar un trabajo?
-Lo hice, pero el dinero todavía me pesaba demasiado. No me había ganado ni uno solo de esos centavos. Tal vez si hubiera venido de alguien que no fuera Bartolomé Igarzabal, no me habría costado tanto aceptarlo, pero me parecía como si él siguiera asomando su asquerosa cabeza en mi vida, y no me gustaba. Finalmente, decidí crear una fundación y di to­do el dinero. Y si se lo cuentas a alguien, te juro que te arre­pentirás.
-¿Diste todo tu dinero?
-Hasta el último centavo.
-¿Cuánto era?
Rochi jugueteó con el cordón que sujetaba su pantalón corto.
-No quiero decírtelo. Si ya crees que estoy chiflada...
-No me va a costar nada devolver esas sandalias.
-¡Quince millones, ¿vale?!
-¡Diste quince millones de dólares! -exclamó Gastón boquiabierto.
Rochi asintió con la cabeza.
Gastón echó la cabeza atrás y se rió.
-¡Sí que estás loca!
-Probablemente -respondió Rochi recordando el sal­to mortal desde el acantilado-. Pero no me he arrepentido en ningún momento -añadió, aunque en aquel momento no le habría importado recuperar una parte para poder se­guir pagando la hipoteca.
-¿Y no lo echas de menos?
-No. Excepto por la ropa, que creo que ya he mencio­nado. Y gracias por las sandalias, por cierto. Me encantan.
-De nada. En realidad, me ha gustado tanto tu historia que añadiré un vestido nuevo la próxima vez que bajemos al pueblo.
-¡Hecho!
-Dios mío, es realmente conmovedor ver a una mujer que se esfuerza tanto por pasarlas canutas. Rochi se rió.
-¡Gastón! ¡Hola!
Rocío notó un acento claramente germánico y levantó la mirada para ver a una rubia esbelta que corría hacia ellos con un paquetito blanco en la mano. La mujer llevaba un de­lantal a rayas azules y blancas sobre un ancho pantalón negro y una camiseta con el escote en forma de V. Era guapa: tenía una bonita melena, los ojos marrones, e iba bien maquilla­da. Debía de ser un par de años mayor que Rochi, más pró­xima a la edad de Gastón.
-Ah, hola, Christina -contestó Gastón, y mientras se le­vantaba para saludarla le mostró una sonrisa claramente pro­vocadora.
La mujer le entregó la cajita blanca de cartón y Rochi ob­servó un sello azul a un lado que decía DI AZÚCAR.
-Anoche me pareció que te gustaron las galletas de azú­car, ja? Esto es un pequeño regalo de bienvenida a Wind La­ke. Nuestra caja de muestra.
-Muchas gracias.
Gastón parecía tan encantado que Rochi quiso recordarle que sólo eran caramelos, no un anillo de la Super Bowl.
-Christina, te presento a Rocío. Christina es la propie­taria de la tienda de dulces de ahí enfrente. La conocí ayer, cuando bajé al pueblo a por una hamburguesa.
Christina era más esbelta de lo que se esperaría de la pro­pietaria de una tienda de dulces. A Rochi eso le pareció un crimen antinatural.
-Es un placer conocerte, Rocío.
-Lo mismo digo -respondió Rochi. Podría haber ig­norado la expresión de curiosidad de Christina, pero no era tan buena persona, así que añadió-: Soy la esposa de Gastón.
-Oh. -Su desilusión fue tan evidente como las inten­ciones que tenía con la caja de dulces.
-Estamos separados -añadió Gastón-. Rochi escribe libros para niños.
-Ach so! Siempre he querido escribir libros para niños. Tal vez puedas darme algún consejo algún día.
Rocío mantuvo una expresión agradable pero sin com­prometerse a nada. Aunque sólo fuera por una vez, le gusta­ría conocer a alguien que no quisiera escribir libros para ni­ños. La gente daba por hecho que eran fáciles de escribir por­que eran cortos. No tenían ni idea de lo que costaba escribir un libro que tuviera éxito, un libro con el que los niños dis­frutaran y aprendieran, no simplemente algo que los adultos decidieran que tenía que gustar a los niños.
-Lamento que vayas a vender el campamento, Gas. Te echaremos de menos. -Christina tuvo que dejar de ba­bear sobre Gastón al ver a una mujer que entraba en su tien­da de dulces-. Tengo que irme. Pásate la próxima vez que bajes al pueblo y probarás mi chocolate con cereza.
En cuanto Christina estuvo fuera del alcance del oído, Rochise volvió hacia Gas.
-¡No puedes vender el campamento!
-Ya te dije desde el principio que eso era lo que iba a hacer.
Cierto, aunque eso no había significado nada en aquel momento. Ahora no podía soportar la idea de que Gastón se desprendiera de él. El campamento era una parte permanen­te de su vida, de su familia, y, de un modo extraño que Rochi no podía analizar, empezaba a sentirlo como parte de ella.
Gas malinterpretó su silencio.
-No te preocupes. No tendremos que quedarnos has­ta entonces. En cuanto encuentre a alguien que se encargue de todo, nos vamos de aquí.
Durante todo el camino de regreso al campamento, Ro intentó aclararse las ideas. Las únicas raíces que le quedaban a Gas se encontraban allí. Había perdido a sus padres, no tenía hermanos, y no parecía inclinado a dejar entrar a Julia en su vida. La casa en la que se había criado pertenecía a la iglesia. No tenía nada que le conectara con su pasado aparte del campamento. No sería correcto abandonarlo.
Pronto tuvieron a la vista el espacio comunitario, y los pensamientos confusos de Rochi dejaron paso a una sensa­ción de paz. Jacinta Long barría su porche, un anciano pasó pedaleando sobre un triciclo, y una pareja conversaba en un banco. Rocío se embelesó con las casitas de cuento a la sombra de los árboles.
No era extraño que hubiera experimentado aquella sen­sación de familiaridad en el momento de llegar al campa­mento. Había atravesado las páginas de sus libros para aden­trarse en el Bosque del Ruiseñor.

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