Wind Lake era un
típico pueblo turístico, con un centro pintoresco y unos alrededores algo
descuidados. La calle principal corría paralela al lago y presentaba unos pocos
restaurantes y tiendas de regalos, un centro de deportes acuáticos, una
boutique de ropa de marca para los turistas, y la taberna Wind Lake.
Gastón aparcó y Rochi
bajó del coche. Antes de salir del campamento, se había duchado, se había
aplicado suavizante en el pelo y un poco de sombra de ojos en los párpados, y
se había pintado los labios con la barra M.A.C. Spice. Como sólo tenía
zapatillas deportivas, el vestido de playa no era una opción, así que se puso
un pantalón corto de color gris claro y un top negro muy corto. Luego se
consoló al darse cuenta de que había perdido el peso suficiente como para que
los pantalones le cayeran por debajo del ombligo.
Cuando Gas dio la
vuelta por delante del coche, le dio un vistazo rápido al cuerpo de Rocío y
enseguida lo estudió más de cerca. Rochi sintió un incómodo hormigueo y se preguntó
si a Gastón le gustaba lo que veía, o si estaba haciendo una comparación
desfavorable con sus amiguitas de las Naciones Unidas.
¿Y qué, si la
hacía? A Ro le gustaba su cuerpo y su cara. Tal vez no le resultaran
memorables a Gastón, pero ella era feliz con lo que tenía. Además, no le
importaba lo que pudiera pensar él.
Gas hizo un gesto
hacia la boutique.
-Ahí deben de
tener sandalias, si quieres sustituir las que perdiste en el lago.
Las sandalias que
vendían en las boutiques se escapaban bastante de su presupuesto.
-Mejor
probaré en la tienda de artículos de playa.
-Lo
que tienen es muy barato.
Rochi se colocó
las gafas de sol un poco más arriba de la nariz. A diferencia de las Rayban de Gastón,
las suyas habían costado nueve dólares en Marshall's.
-Tengo
gustos sencillos. Gastón la miró con curiosidad.
-¿No serás una de
esas multimillonarias tacañas, verdad?
Rocio pensó un
momento y decidió dejar de seguir fingiendo sobre esa cuestión. Ya era hora de
que Gastón supiera quién era, con locura incluida.
-En realidad, no
soy multimillonaria.
-Todo
el mundo sabe que recibiste una herencia.
-Sí,
ya... -dijo mordiéndose el labio.
Gastón
suspiró.
-¿Por qué tengo
la sensación de que voy a oír algo realmente absurdo?
-Supongo
que eso depende de tu perspectiva.
-Sigue,
todavía te escucho.
-Estoy
arruinada, ¿vale?
-¿Arruinada?
-No importa. No
lo entenderías ni en un millón de años-dijo alejándose de él.
Cuando cruzó la
calle en dirección a la tienda de artículos de playa, Gastón la siguió. A Rochi
le disgustó descubrir en sus ojos una mirada de desaprobación, aunque debería
haberse esperado algo así del señor Yo-voy-por-el-camino-correcto, que podía
muy bien ser el modelo para los hijos de predicadores ya adultos, aunque él
mismo renegase de su condición.
-Despilfarraste
todo el dinero a la primera oportunidad que tuviste, ¿verdad? Por eso vives en
un piso tan pequeño.
Ro se volvió y,
en mitad de la calle, le dijo:
-No, no lo
despilfarré. Malgasté un poco el primer año, pero créeme, todavía me quedaba un
montón.
Gastón la tomó
del brazo y la apartó del tráfico hacia el bordillo.
-Entonces, ¿qué
pasó?
-¿No tienes nada
mejor que hacer que importunarme?
-En realidad no.
¿Malas inversiones? ¿Lo pusiste todo en comida vegetariana para cocodrilos?
-Muy gracioso.
-¿Saturaste el
mercado de zapatillas con cabeza de conejito?
-¿Qué te parece
ésta? -dijo parada ante la tienda de artículos de playa-. Me jugué todo lo que
tenía en el último partido de los Stars y algún cretino dio un pase a un compañero
doblemente marcado.
-Eso ha sido un
golpe bajo.
Rochi respiró
profundamente y se puso las gafas de sol sobre la cabeza.
-En realidad, lo
di todo hace unos años. Y no me arrepiento.
Gas
pestañeó, luego se rió.
-¿Lo
diste?
-¿Tienes
problemas de oído?
-No,
en serio. Dime la verdad. Ella le miró y entró en la tienda.
-No me lo puedo
creer. Sí que lo hiciste -dijo Gastón siguiéndola hasta el interior de la
tienda-. ¿Cuánto era?
-Mucho más de lo
que llevas tú en la cartera.
-Vamos, a mí
puedes decírmelo -dijo sonriendo. Rochi se dirigió a una cesta de calzado, pero
deseó no haberlo hecho: no había más que sandalias de plástico de colores
chillones.
-¿Más
de tres millones?
Rocío hizo oídos
sordos y alargó las manos para coger las más sencillas, un horroroso par con
brillantinas plateadas incrustadas en la empella.
-¿Menos de tres?
-No te lo diré. Y
ahora, vete y no me agobies.
-Si me lo dices,
te llevaré a esa boutique y podrás cargar todo lo que quieras en mi tarjeta de
crédito.
-Tú ganas.
Rocío soltó las
sandalias con brillantinas plateadas y se dirigió a la puerta. Gastón se
adelantó para abrírsela.
-¿No quieres que
te retuerza un poco el brazo para poder mantener tu orgullo?
-¿Acaso no has
visto lo feas que eran esas sandalias? Además, sé cuánto ganaste la temporada
pasada.
-Me alegro de
haber firmado aquel acuerdo prematrimonial. Yo que pensaba que estábamos
protegiendo tu fortuna y resulta que, en uno de esos irónicos giros que a
veces tiene la vida, la que realmente protegíamos era la mía. -Su sonrisa se
hizo más amplia-. ¿Quién iba a decirlo?
Gastón se lo
estaba pasando bien, demasiado bien, y Rochi quería estar a la altura.
-Me apostaría
algo a que puedo vaciar tu tarjeta de crédito en menos de media hora.
-¿Fueron más de
tres millones?
-Te lo diré
cuando terminemos de comprar -dijo sonriendo a una pareja de ancianos.
-Si mientes, lo
devolveré todo.
-¿No hay por ahí
algún espejo donde puedas ir a admirarte?
-Nunca había
conocido a ninguna mujer tan impresionada por mi belleza.
-Todas tus mujeres
están impresionadas por tu belleza. Sólo que fingen que es por tu personalidad.
-Te juro que
alguien tendría que darte una azotaina.
-No eres, diría,
lo bastante hombre como para hacerlo.
-Y tú eres,
diría, un poco cargante.
Rochi sonrió y
entró en la boutique. Quince minutos después salió con dos pares de sandalias.
Cuando se puso de nuevo las gafas de sol se dio cuenta de que Gastón también
llevaba una bolsa de compra.
-¿Qué
te has comprado?
-Necesitas
un bañador.
-¿Me
has comprado uno?
-Espero
haber adivinado la talla.
-¿Qué
tipo de bañador?
-Vaya, si alguien
me regalara algo, yo estaría contento en lugar de mostrar tanto recelo.
-Si es un tanga,
lo devuelvo.
-Vamos, ¿crees
que te insultaría de esta manera? Gastón y Rocío empezaron a andar calle abajo.
-Probablemente el
tanga es el único tipo de bañador que sabes que existe. Seguro que es lo que
llevan todas tus amigas.
-Si lo que
pretendes es conseguir que me distraiga y me olvide, no te va a funcionar.
Pasaron junto a
una tienda de dulces llamada Di azúcar. Junto a ella había un diminuto parque
público, poco más que unas pocas matas de hortensias y un par de bancos.
-Ha llegado la
hora de la verdad, Daphne-dijo Gastón señalando uno de los bancos y sentándose
luego a su lado-. Háblame de tu dinero. ¿Tuviste que esperar a cumplir los
veintiuno para ponerle las manos encima?
-Sí, pero todavía
estaba en la facultad, y Mery no me dejó tocar ni un centavo. Me dijo que si
quería sacar algo de las cuentas antes de graduarme, tendría que demandarla.
-Chica lista.
-Ella y Nico me
dejaban muy poca cuerda, así que en cuanto me gradué y finalmente Mery me dio
el dinero, hice todo lo que se podría esperar. Me compré un coche, me mudé a
un lujoso apartamento, compré toneladas de ropa... La ropa sí que la echo de menos.
Pero al cabo de un tiempo, la vida de hija heredera perdió su encanto.
-¿Y no podías
contentarte con buscar un trabajo?
-Lo hice, pero el
dinero todavía me pesaba demasiado. No me había ganado ni uno solo de esos
centavos. Tal vez si hubiera venido de alguien que no fuera Bartolomé Igarzabal,
no me habría costado tanto aceptarlo, pero me parecía como si él siguiera
asomando su asquerosa cabeza en mi vida, y no me gustaba. Finalmente, decidí
crear una fundación y di todo el dinero. Y si se lo cuentas a alguien, te juro
que te arrepentirás.
-¿Diste
todo tu dinero?
-Hasta
el último centavo.
-¿Cuánto
era?
Rochi jugueteó
con el cordón que sujetaba su pantalón corto.
-No quiero
decírtelo. Si ya crees que estoy chiflada...
-No me va a
costar nada devolver esas sandalias.
-¡Quince
millones, ¿vale?!
-¡Diste quince
millones de dólares! -exclamó Gastón boquiabierto.
Rochi asintió con
la cabeza.
Gastón
echó la cabeza atrás y se rió.
-¡Sí
que estás loca!
-Probablemente
-respondió Rochi recordando el salto mortal desde el acantilado-. Pero no me
he arrepentido en ningún momento -añadió, aunque en aquel momento no le habría
importado recuperar una parte para poder seguir pagando la hipoteca.
-¿Y no lo echas
de menos?
-No. Excepto por
la ropa, que creo que ya he mencionado. Y gracias por las sandalias, por
cierto. Me encantan.
-De nada. En
realidad, me ha gustado tanto tu historia que añadiré un vestido nuevo la
próxima vez que bajemos al pueblo.
-¡Hecho!
-Dios mío, es
realmente conmovedor ver a una mujer que se esfuerza tanto por pasarlas
canutas. Rochi se rió.
-¡Gastón! ¡Hola!
Rocío notó un
acento claramente germánico y levantó la mirada para ver a una rubia esbelta
que corría hacia ellos con un paquetito blanco en la mano. La mujer llevaba un
delantal a rayas azules y blancas sobre un ancho pantalón negro y una camiseta
con el escote en forma de V. Era guapa: tenía una bonita melena, los ojos
marrones, e iba bien maquillada. Debía de ser un par de años mayor que Rochi,
más próxima a la edad de Gastón.
-Ah, hola, Christina
-contestó Gastón, y mientras se levantaba para saludarla le mostró una sonrisa
claramente provocadora.
La mujer le
entregó la cajita blanca de cartón y Rochi observó un sello azul a un lado que
decía DI AZÚCAR.
-Anoche me
pareció que te gustaron las galletas de azúcar, ja? Esto es un pequeño
regalo de bienvenida a Wind Lake. Nuestra caja de muestra.
-Muchas gracias.
Gastón parecía
tan encantado que Rochi quiso recordarle que sólo eran caramelos, no un anillo
de la Super Bowl.
-Christina, te
presento a Rocío. Christina es la propietaria de la tienda de dulces de ahí
enfrente. La conocí ayer, cuando bajé al pueblo a por una hamburguesa.
Christina era más
esbelta de lo que se esperaría de la propietaria de una tienda de dulces. A Rochi
eso le pareció un crimen antinatural.
-Es un placer
conocerte, Rocío.
-Lo mismo digo
-respondió Rochi. Podría haber ignorado la expresión de curiosidad de
Christina, pero no era tan buena persona, así que añadió-: Soy la esposa de Gastón.
-Oh. -Su
desilusión fue tan evidente como las intenciones que tenía con la caja de
dulces.
-Estamos
separados -añadió Gastón-. Rochi escribe libros para niños.
-Ach so! Siempre he
querido escribir libros para niños. Tal vez puedas darme algún consejo algún
día.
Rocío
mantuvo una expresión agradable pero sin comprometerse a nada. Aunque sólo
fuera por una vez, le gustaría conocer a alguien que no quisiera escribir
libros para niños. La gente daba por hecho que eran fáciles de escribir porque
eran cortos. No tenían ni idea de lo que costaba escribir un libro que tuviera
éxito, un libro con el que los niños disfrutaran y aprendieran, no simplemente
algo que los adultos decidieran que tenía que gustar a los niños.
-Lamento que
vayas a vender el campamento, Gas. Te echaremos de menos. -Christina tuvo que
dejar de babear sobre Gastón al ver a una mujer que entraba en su tienda de
dulces-. Tengo que irme. Pásate la próxima vez que bajes al pueblo y probarás
mi chocolate con cereza.
En cuanto
Christina estuvo fuera del alcance del oído, Rochise volvió hacia Gas.
-¡No puedes
vender el campamento!
-Ya te dije desde
el principio que eso era lo que iba a hacer.
Cierto, aunque
eso no había significado nada en aquel momento. Ahora no podía soportar la idea
de que Gastón se desprendiera de él. El campamento era una parte permanente de
su vida, de su familia, y, de un modo extraño que Rochi no podía analizar,
empezaba a sentirlo como parte de ella.
Gas malinterpretó
su silencio.
-No te preocupes.
No tendremos que quedarnos hasta entonces. En cuanto encuentre a alguien que
se encargue de todo, nos vamos de aquí.
Durante todo el
camino de regreso al campamento, Ro intentó aclararse las ideas. Las únicas
raíces que le quedaban a Gas se encontraban allí. Había perdido a sus padres,
no tenía hermanos, y no parecía inclinado a dejar entrar a Julia en su vida. La
casa en la que se había criado pertenecía a la iglesia. No tenía nada que le
conectara con su pasado aparte del campamento. No sería correcto abandonarlo.
Pronto tuvieron a
la vista el espacio comunitario, y los pensamientos confusos de Rochi dejaron
paso a una sensación de paz. Jacinta Long barría su porche, un anciano pasó
pedaleando sobre un triciclo, y una pareja conversaba en un banco. Rocío se
embelesó con las casitas de cuento a la sombra de los árboles.
No
era extraño que hubiera experimentado aquella sensación de familiaridad en el
momento de llegar al campamento. Había atravesado las páginas de sus libros
para adentrarse en el Bosque del Ruiseñor.
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