—Esto no es un hotel.
Rochi se había quedado
dormida, pero ahora estaba completamente despierta. A través de las ventanas
del Cadillac, vio que se dirigían hacia una zona residencial adinerada.
Ella nunca tuvo la intención
de quedarse dormida, especialmente cuando deseaba tanto mirar por primera vez
el paisaje de Texas, pero él ignoró todos sus indicios educados acerca de su
conducción, y se vio forzada a cerrar los ojos. El jet-lag causado por el viaje
se había encargado del resto.
En casa, ella evitaba los
coches lo más posible, caminando o montando en bicicleta, muchas veces para
diversión de sus estudiantes. Tenía diez años cuando se vio involucrada en el
terrible accidente de automóvil que había matado a su padre. Aunque ella no
había tenido nada más que un brazo roto, nunca se había sentido cómoda en un
coche desde entonces. Se avergonzaba de su fobia, no sólo por la inconveniencia
que le causaba, sino porque demostraba una debilidad en sí misma.
—Ya que está tan preocupada
por ahorrar dinero —dijo él —pensé que podría querer quedarse aquí en lugar de
en un hotel.
El complejo residencial
estaba adjunto por apartamentos dúplex que parecían de caro estuco, lo que los
americanos llamados townhouses, todos con techos de teja verde redondeada.
Había flores por todas partes, y una jardinera de buganvillas que crecían a lo
largo de una pared pequeña divisoria.
—Pero esto se parece a una
residencia privada —protestó ella cuando él metió el coche en un camino de
acceso.
—Es de un amigo mío —él
presionó un botón y el garaje se abrió—. Está fuera de la ciudad en estos
momentos. Puede quedarse con el dormitorio contiguo al mío.
—¿Al suyo? ¿Vive usted aquí,
también?
—¿No es eso lo que acabo de
decir?
—Pero...
—Si no quiere alojamiento
gratis, no es mi problema —puso la marcha atrás—. Mire, esto podría ahorrarle
cien pavos por noche, pero si no es lo que quiere, la llevaré ahora mismo a un
hotel.
Y comenzó a ir hacia atrás.
—¡No! ¡Sí!... ¡No estoy
segura!...
Él detuvo el coche de modo
que se quedó a medias del garaje y la miró pacientemente. Ella no estaba
acostumbrada a ser indecisa, especialmente cuando no sabía por qué protestaba.
Daba lo mismo si él se quedaba aquí, también. ¿Acaso no había hecho este viaje
con el propósito de perder su buena reputación? Su estómago se revolvía sólo de
pensarlo, pero ya había tomado la decisión y nunca decepcionaría a St. Gert.
—¿Has decidido ya?
—Sí. Creo que estará bien.
Él se deslizó de vuelta al
garaje.
—Hay un estupendo jacuzzi en
el patio.
—¿Un jacuzzi?
—¿No tienen en Inglaterra?
—Sí, pero...
Él detuvo el coche y salió.
Ella le siguió.
El garaje tenía apiladas
algunas cajas en un rincón, junto con lo que parecía ser una bodega sin
fijación. A través de las puertas cristaleras, vio que estaba bien surtida.
Él se encaminó hacia la
puerta de entrada a la casa. Ella le detuvo.
—¿Sr. Dalmau?
Él cambió de dirección.
—¿Mis maletas?
Él dio un suspiro rendido y
resignado, luego fue hacía el maletero, lo abrió, y miró dentro.
—Mire, arrastrar cosas como
estas puede provocar lesiones lumbares.
—¿Tiene problema de espalda?
—No, no. Simplemente digo,
que podría causármelas.
Ella suprimió una sonrisa.
Él era desesperante, pero divertido. Para enseñarle una lección, fue hacía el
maletero y sacó las pesadas maletas ella misma.
—Ve, no muerden.
En lugar de estar
avergonzado, él parecía satisfecho.
—Yo le abro la puerta.
Con un suspiro de
exasperación, metió a tirones las maletas dentro.
Entraron en una cocina
amplia con una encimera de granito, y muebles con puertas de cristal grabadas.
El sol del atardecer que entraba a través de un tragaluz revelaba un surtido de
electrodomésticos de última generación.
—Esto es precioso.
Ella dejó sus maletas en el
suelo y se movió a través de la cocina hacia un cuarto alegre decorado con
persianas blancas, azules, y verdes. Varias plantas frondosas crecían cerca de
un par de cristaleras que se abrían hacía un pequeño patio, aislado, rodeado
por una cerca de privacidad de madera cubierta con enredadedas. Un jacuzzi
espacioso, de forma octogonal estaba en un extremo.
Él lanzó su Stetson a un
sillón, dejó sus llaves en un cuenco de bronce en una mesa de cristal y empujo
el botón del contestador automático. Una voz de mujer con acento arrastrado
texano llenó la habitación.
—Gastón, soy Mery. Llámame
inmediatamente, pedazo de mamón, o juro por Dios que llamo al Anticristo y le
cuento que te tiras a las alumnas del colegio católico. Y, en caso que lo hayas
olvidado, tengo los Pings guardados en el maletero de mi Beemer, ese Big Bertha
con el que conquistaste el Colonial. Lo digo en serio, Gastoún, voy a romper
cada uno de ellos si no me llamas por teléfono antes de las tres de esta tarde.
Él bostezó. Rochi recorrió
con la mirada el elegante reloj encima de la mesa. Indicaba las cuatro.
—Ella parece muy cabreada.
—¿Mery? Es simplemente su
forma de hablar.
Rochi siguió indagando.
—¿Ella es su esposa?
—Nunca he estado casado.
—Ah.
Ella esperó.
Él se tiró en el sofá como
si hubiera corrido una maratón.
—¿Su prometida, quizás? ¿O
una novia?
—Mery es mi hermana.
Desafortunadamente.
A pesar de sí misma, cada
vez se volvía más curiosa acerca de este primoroso perezoso texano.
—Yo realmente no he
entendido nada de lo que ha dicho. ¿Big Bertha? ¿Pinks?
—Pings. Palos de golf.
—Ah, entonces usted es
golfista. Eso explica su conexión con Eugenia. Varios miembros de mi facultad
juegan al golf.
—No me diga.
—Yo hago bicicleta de
ejercicio.
—Uh-huh.
—Creo sinceramente en la
importancia del ejercicio.
—Yo creo sinceramente en la
importancia de la cerveza. ¿Quiere una?
—No, gracias. Yo... —se
obligó a detenerse—. Sí, en realidad, me encantaría una cerveza.
—Bien —él se levantó del
sofá—. Puede ir al dormitorio del final del pasillo, arriba. Me encuentro con
usted en el jacuzzi con dos cervezas bien frías tan pronto como se quite la
ropa.
Antes de que ella pudiera
contestar, él se marchó. Ella frunció el ceño. Para ser un hombre que se movía
lentamente, parecía cubrir una gran cantidad de terreno en un período de tiempo
notablemente corto.
ya estoy imaginando cuando estén en el jacuzzi jajaja
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