martes, 13 de marzo de 2012

Capitulo II, Primera Parte


—Esto no es un hotel.
Rochi se había quedado dormida, pero ahora estaba completamente despierta. A través de las ventanas del Cadillac, vio que se dirigían hacia una zona residencial adinerada.
Ella nunca tuvo la intención de quedarse dormida, especialmente cuando deseaba tanto mirar por primera vez el paisaje de Texas, pero él ignoró todos sus indicios educados acerca de su conducción, y se vio forzada a cerrar los ojos. El jet-lag causado por el viaje se había encargado del resto.
En casa, ella evitaba los coches lo más posible, caminando o montando en bicicleta, muchas veces para diversión de sus estudiantes. Tenía diez años cuando se vio involucrada en el terrible accidente de automóvil que había matado a su padre. Aunque ella no había tenido nada más que un brazo roto, nunca se había sentido cómoda en un coche desde entonces. Se avergonzaba de su fobia, no sólo por la inconveniencia que le causaba, sino porque demostraba una debilidad en sí misma.
—Ya que está tan preocupada por ahorrar dinero —dijo él —pensé que podría querer quedarse aquí en lugar de en un hotel.
El complejo residencial estaba adjunto por apartamentos dúplex que parecían de caro estuco, lo que los americanos llamados townhouses, todos con techos de teja verde redondeada. Había flores por todas partes, y una jardinera de buganvillas que crecían a lo largo de una pared pequeña divisoria.
—Pero esto se parece a una residencia privada —protestó ella cuando él metió el coche en un camino de acceso.
—Es de un amigo mío —él presionó un botón y el garaje se abrió—. Está fuera de la ciudad en estos momentos. Puede quedarse con el dormitorio contiguo al mío.
—¿Al suyo? ¿Vive usted aquí, también?
—¿No es eso lo que acabo de decir?
—Pero...
—Si no quiere alojamiento gratis, no es mi problema —puso la marcha atrás—. Mire, esto podría ahorrarle cien pavos por noche, pero si no es lo que quiere, la llevaré ahora mismo a un hotel.
Y comenzó a ir hacia atrás.
—¡No! ¡Sí!... ¡No estoy segura!...
Él detuvo el coche de modo que se quedó a medias del garaje y la miró pacientemente. Ella no estaba acostumbrada a ser indecisa, especialmente cuando no sabía por qué protestaba. Daba lo mismo si él se quedaba aquí, también. ¿Acaso no había hecho este viaje con el propósito de perder su buena reputación? Su estómago se revolvía sólo de pensarlo, pero ya había tomado la decisión y nunca decepcionaría a St. Gert.
—¿Has decidido ya?
—Sí. Creo que estará bien.
Él se deslizó de vuelta al garaje.
—Hay un estupendo jacuzzi en el patio.
—¿Un jacuzzi?
—¿No tienen en Inglaterra?
—Sí, pero...
Él detuvo el coche y salió. Ella le siguió.
El garaje tenía apiladas algunas cajas en un rincón, junto con lo que parecía ser una bodega sin fijación. A través de las puertas cristaleras, vio que estaba bien surtida.
Él se encaminó hacia la puerta de entrada a la casa. Ella le detuvo.
—¿Sr. Dalmau?
Él cambió de dirección.
—¿Mis maletas?
Él dio un suspiro rendido y resignado, luego fue hacía el maletero, lo abrió, y miró dentro.
—Mire, arrastrar cosas como estas puede provocar lesiones lumbares.
—¿Tiene problema de espalda?
—No, no. Simplemente digo, que podría causármelas.
Ella suprimió una sonrisa. Él era desesperante, pero divertido. Para enseñarle una lección, fue hacía el maletero y sacó las pesadas maletas ella misma.
—Ve, no muerden.
En lugar de estar avergonzado, él parecía satisfecho.
—Yo le abro la puerta.
Con un suspiro de exasperación, metió a tirones las maletas dentro.
Entraron en una cocina amplia con una encimera de granito, y muebles con puertas de cristal grabadas. El sol del atardecer que entraba a través de un tragaluz revelaba un surtido de electrodomésticos de última generación.
—Esto es precioso.
Ella dejó sus maletas en el suelo y se movió a través de la cocina hacia un cuarto alegre decorado con persianas blancas, azules, y verdes. Varias plantas frondosas crecían cerca de un par de cristaleras que se abrían hacía un pequeño patio, aislado, rodeado por una cerca de privacidad de madera cubierta con enredadedas. Un jacuzzi espacioso, de forma octogonal estaba en un extremo.
Él lanzó su Stetson a un sillón, dejó sus llaves en un cuenco de bronce en una mesa de cristal y empujo el botón del contestador automático. Una voz de mujer con acento arrastrado texano llenó la habitación.
—Gastón, soy Mery. Llámame inmediatamente, pedazo de mamón, o juro por Dios que llamo al Anticristo y le cuento que te tiras a las alumnas del colegio católico. Y, en caso que lo hayas olvidado, tengo los Pings guardados en el maletero de mi Beemer, ese Big Bertha con el que conquistaste el Colonial. Lo digo en serio, Gastoún, voy a romper cada uno de ellos si no me llamas por teléfono antes de las tres de esta tarde.
Él bostezó. Rochi recorrió con la mirada el elegante reloj encima de la mesa. Indicaba las cuatro.
—Ella parece muy cabreada.
—¿Mery? Es simplemente su forma de hablar.
Rochi siguió indagando.
—¿Ella es su esposa?
—Nunca he estado casado.
—Ah.
Ella esperó.
Él se tiró en el sofá como si hubiera corrido una maratón.
—¿Su prometida, quizás? ¿O una novia?
—Mery es mi hermana. Desafortunadamente.
A pesar de sí misma, cada vez se volvía más curiosa acerca de este primoroso perezoso texano.
—Yo realmente no he entendido nada de lo que ha dicho. ¿Big Bertha? ¿Pinks?
—Pings. Palos de golf.
—Ah, entonces usted es golfista. Eso explica su conexión con Eugenia. Varios miembros de mi facultad juegan al golf.
—No me diga.
—Yo hago bicicleta de ejercicio.
—Uh-huh.
—Creo sinceramente en la importancia del ejercicio.
—Yo creo sinceramente en la importancia de la cerveza. ¿Quiere una?
—No, gracias. Yo... —se obligó a detenerse—. Sí, en realidad, me encantaría una cerveza.
—Bien —él se levantó del sofá—. Puede ir al dormitorio del final del pasillo, arriba. Me encuentro con usted en el jacuzzi con dos cervezas bien frías tan pronto como se quite la ropa.
Antes de que ella pudiera contestar, él se marchó. Ella frunció el ceño. Para ser un hombre que se movía lentamente, parecía cubrir una gran cantidad de terreno en un período de tiempo notablemente corto.

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