martes, 13 de marzo de 2012

Tercera Parte, Capitulo Doce


En vez de seguir el camino que avanzaba junto al lago, donde podría encontrar a alguien, Julia tomó un sendero que llevaba a los bosques tras el espacio comunitario. Se había cambiado de ropa: llevaba unos pantalones anchos y un top marrón tabaco de cuello cuadrado, pero seguía teniendo ca­lor, y deseó haber estado lo bastante delgada como para po­der lucir un pantalón corto. Aquel diminuto pantalón blanco que había formado parte permanentemente de su vestuario en Encaje, S.L. apenas le tapaba el trasero.
Notó que la hierba le acariciaba los tobillos cuando los árboles se abrieron dejando paso a un prado. Los dedos de sus pies sintieron el agradable contacto de la arena en el in­terior de sus sandalias, y parte de la tensión que había acu­mulado durante el día empezó a calmarse. Oyó el correr del agua de algún arroyo y se volvió para buscarlo; sin embar­go, lo que vio estaba tan fuera de lugar que pestañeó.
Una silla de cromo, de esas de restaurante rápido, con un asiento de vinilo rojo.
Julia no podía imaginarse qué hacía aquello en medio del prado. Se dirigió hacia allí y vio un arroyo con helechos que crecían entre los juncos y las rocas cubiertas de musgo. La silla se encontraba sobre un canto rodado forrado de líque­nes. El asiento de vinilo rojo brillaba bajo la luz del sol; la silla no parecía oxidada, de modo que debían de haberla de­jado allí recientemente. Pero ¿por qué? Su equilibrio era pre­cario, y se tambaleó cuando la tocó.
-¡No la toques!
Julia se volvió de golpe y su mirada se encontró con un hombre grande como un oso, agachado a la sombra, en un ex­tremo del prado.
Julia se llevó la mano a la garganta.
Detrás de ella, la silla cayó en el arroyo.
-¡Maldita sea! -gritó el hombre poniéndose en pie.
Era enorme, tenía los hombros tan anchos como los do­ce carriles de la autopista de Los Ángeles y una cara tosca y ceñuda que parecía la del malo de una antigua película del Oeste de serie B. «Sé cómo hacer hablar a una mujer como tú.» Lo único que le faltaba era una barba de tres días cu­briéndole la mandíbula.
Su pelo era como la pesadilla o el ensueño de un estilis­ta de Hollywood, Julia no estaba del todo segura. Espeso y canoso en las sienes, y demasiado largo en el cuello, donde parecía que se lo hubiera cortado con el cuchillo que sin du­da guardaría en una de sus botas. Si no fuera porque en vez de botas llevaba unas zapatillas deportivas destrozadas, con unos calcetines caídos a la altura de los tobillos. Y tenía los ojos misteriosamente oscuros, y una cara peligrosamente arrugada y muy morena.
Cualquier agente de casting de Hollywood habría ba­beado al verle.
Todos aquellos pensamientos se acumulaban en la cabe­za de Julia, todos excepto el pensamiento que debería haber habido allí: ¡huir!
El hombre dio un paso hacia ella. Bajo su pantalón cor­to de color caqui asomaban unas piernas bronceadas y ro­bustas. Llevaba una vieja camisa vaquera azul con las man­gas arremangadas que dejaba al descubierto unos antebrazos musculosos espolvoreados de pelo negro.
-¿Sabes cuánto me ha costado tener esa silla justo don­de la quería?
Julia retrocedió.
-Tal vez tienes demasiado tiempo libre.
-¿Te crees muy graciosa?
-No, no -respondió sin dejar de retroceder-. Nada graciosa. Por supuesto que no.
-¿Te divierte haberme estropeado todo un día de tra­bajo?
-¿Trabajo?
-¿Qué haces? -preguntó el hombre frunciendo el ceño.
-¿Qué hago...?
-¡Estate quieta, maldita sea, y deja de temblar!
-¡No estoy temblando!
-¡Por el amor de Dios, no te voy a hacer nada! Gruñendo entre dientes, el hombre volvió a donde ha­bía estado sentado y cogió algo del suelo. Julia aprovechó su distracción para acercarse más al sendero.
-¡Te he dicho que no te muevas!
Llevaba algún tipo de libreta en la mano, y ya no parecía amenazador, sino sólo increíblemente maleducado. Ella le miró con toda la arrogancia de una realeza de Hollywood.
-Parece que alguien ha olvidado sus modales.
-Son una pérdida de energía. He venido aquí en busca de intimidad. ¿Acaso pido demasiado?
-En absoluto. Yo ya me voy.
-¡Allí! -dijo señalando hacia el arroyo con un dedo imperioso.
-¿Perdón?
-Siéntate allí.
Julia ya no estaba asustada, sino simplemente molesta.
-No lo creo.
-Has estropeado mi trabajo de toda una tarde. Posar para mí es lo mínimo que puedes hacer para compensarlo. Lo que llevaba en la mano era un cuaderno de dibujo, observó Julia, no un bloc de notas. Era un artista.
-¿Y si en vez de eso me marcho?
-¡Te he dicho que te sientes!
-¿Nunca le ha dicho nadie que es usted un grosero?
-Me esfuerzo para serlo. Siéntate sobre ese canto roda­do, mirando al sol.
-Gracias, pero no tomo el sol. Estropea el cutis.
-Alguna vez me gustaría conocer a alguna mujer her­mosa que no fuera vanidosa.
-Gracias por el piropo -dijo Julia secamente-, pero dejé atrás a la mujer hermosa hace más de diez años, antes de ponerle encima quince kilos.
-No seas infantil.
El hombre extrajo un lápiz del bolsillo de su camisa y se puso a dibujar, sin molestarse en seguir discutiendo con ella, ni siquiera en sentarse sobre la silla plegable que Julia había visto unos metros más atrás.
-Inclina la barbilla. Vaya por Dios, sí que eres hermosa. Soltó el piropo tan desapasionadamente que no pareció adulador. Julia resistió el impulso de decirle que debería haberla visto en sus buenos tiempos.
-Tiene razón en lo de la vanidad -dijo, sólo para in­cordiarle-. Y por ese mismo motivo no puedo estarme más rato aquí tomando el sol.
El lápiz no dejó de volar sobre el cuaderno.
-No me gusta que mis modelos hablen mientras tra­bajo.
-Yo no soy su modelo.
Justo cuando Julia ya iba a volverse por última vez, el hombre se metió el lápiz en el bolsillo de la camisa.
-¿Cómo quieres que me concentre si no te estás callada?
-Preste atención: me da igual si se concentra usted o no. El artista frunció el ceño, y Julia tuvo la sensación de que estaba maquinando el modo de obligarla a quedarse. Final­mente, cerró su cuaderno de dibujo.
-Pues entonces quedaremos aquí mañana por la maña­na. Digamos a las siete. Así el sol no picará demasiado para ti.
La irritación de Julia se tornó en diversión.
-¿Y por qué no a las seis y media? El hombre entornó los ojos.
-¿Me estás vacilando, verdad?
-Grosero y astuto. Una combinación fascinante.
-Te pagaré.
-No podría permitírselo.
-Eso lo dudo mucho.
Ella sonrió y se dirigió al sendero.
-¿Sabes quién soy? -gritó el artista.
Ella volvió la vista atrás. La mirada del hombre no po­dría haber sido más amenazadora.
-¿Debería saberlo?
-¡Soy Liam Jenner, maldita sea!
Julia se quedó sin aliento. Liara Jenner. El Salinger de los pintores norteamericanos. Dios santo... ¿Qué estaba ha­ciendo allí?
Liam Jenner vio que Julia sabía perfectamente quién era, y se quedó mirándola con una expresión de orgullo en el rostro.
-Quedamos a las siete, pues.
-Ya... -¡Liam Jenner!-. Ya me lo pensaré.
¡Que tipo tan desagradable! Le había hecho un favor al mundo recluyéndose. Pero aun así...
Liam Jenner, uno de los pintores más famosos de Amé­rica, quería que posara para él. Ojalá pudiera tener veinte años y ser guapa otra vez.

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