En
vez de seguir el camino que avanzaba junto al lago, donde podría encontrar a
alguien, Julia tomó un sendero que llevaba a los bosques tras el espacio
comunitario. Se había cambiado de ropa: llevaba unos pantalones anchos y un top
marrón tabaco de cuello cuadrado, pero seguía teniendo calor, y deseó haber
estado lo bastante delgada como para poder lucir un pantalón corto. Aquel
diminuto pantalón blanco que había formado parte permanentemente de su
vestuario en Encaje, S.L. apenas le tapaba el trasero.
Notó
que la hierba le acariciaba los tobillos cuando los árboles se abrieron dejando
paso a un prado. Los dedos de sus pies sintieron el agradable contacto de la
arena en el interior de sus sandalias, y parte de la tensión que había acumulado
durante el día empezó a calmarse. Oyó el correr del agua de algún arroyo y se
volvió para buscarlo; sin embargo, lo que vio estaba tan fuera de lugar que
pestañeó.
Una silla de
cromo, de esas de restaurante rápido, con un asiento de vinilo rojo.
Julia no podía
imaginarse qué hacía aquello en medio del prado. Se dirigió hacia allí y vio un
arroyo con helechos que crecían entre los juncos y las rocas cubiertas de
musgo. La silla se encontraba sobre un canto rodado forrado de líquenes. El
asiento de vinilo rojo brillaba bajo la luz del sol; la silla no parecía
oxidada, de modo que debían de haberla dejado allí recientemente. Pero ¿por
qué? Su equilibrio era precario, y se tambaleó cuando la tocó.
-¡No la toques!
Julia se volvió
de golpe y su mirada se encontró con un hombre grande como un oso, agachado a
la sombra, en un extremo del prado.
Julia se llevó la
mano a la garganta.
Detrás de ella,
la silla cayó en el arroyo.
-¡Maldita sea! -gritó
el hombre poniéndose en pie.
Era enorme, tenía
los hombros tan anchos como los doce carriles de la autopista de Los Ángeles y
una cara tosca y ceñuda que parecía la del malo de una antigua película del
Oeste de serie B. «Sé cómo hacer hablar a una mujer como tú.» Lo único que le
faltaba era una barba de tres días cubriéndole la mandíbula.
Su pelo era como
la pesadilla o el ensueño de un estilista de Hollywood, Julia no estaba del
todo segura. Espeso y canoso en las sienes, y demasiado largo en el cuello,
donde parecía que se lo hubiera cortado con el cuchillo que sin duda guardaría
en una de sus botas. Si no fuera porque en vez de botas llevaba unas zapatillas
deportivas destrozadas, con unos calcetines caídos a la altura de los tobillos.
Y tenía los ojos misteriosamente oscuros, y una cara peligrosamente arrugada y
muy morena.
Cualquier
agente de casting de Hollywood habría babeado al verle.
Todos
aquellos pensamientos se acumulaban en la cabeza de Julia, todos excepto el
pensamiento que debería haber habido allí: ¡huir!
El
hombre dio un paso hacia ella. Bajo su pantalón corto de color caqui asomaban
unas piernas bronceadas y robustas. Llevaba una vieja camisa vaquera azul con
las mangas arremangadas que dejaba al descubierto unos antebrazos musculosos
espolvoreados de pelo negro.
-¿Sabes
cuánto me ha costado tener esa silla justo donde la quería?
Julia retrocedió.
-Tal vez tienes
demasiado tiempo libre.
-¿Te crees muy
graciosa?
-No, no
-respondió sin dejar de retroceder-. Nada graciosa. Por supuesto que no.
-¿Te divierte
haberme estropeado todo un día de trabajo?
-¿Trabajo?
-¿Qué haces?
-preguntó el hombre frunciendo el ceño.
-¿Qué hago...?
-¡Estate quieta,
maldita sea, y deja de temblar!
-¡No estoy
temblando!
-¡Por el amor de
Dios, no te voy a hacer nada! Gruñendo entre dientes, el hombre volvió a donde
había estado sentado y cogió algo del suelo. Julia aprovechó su distracción
para acercarse más al sendero.
-¡Te he dicho que
no te muevas!
Llevaba algún
tipo de libreta en la mano, y ya no parecía amenazador, sino sólo
increíblemente maleducado. Ella le miró con toda la arrogancia de una realeza
de Hollywood.
-Parece que
alguien ha olvidado sus modales.
-Son una pérdida
de energía. He venido aquí en busca de intimidad. ¿Acaso pido demasiado?
-En absoluto. Yo
ya me voy.
-¡Allí! -dijo
señalando hacia el arroyo con un dedo imperioso.
-¿Perdón?
-Siéntate allí.
Julia ya no
estaba asustada, sino simplemente molesta.
-No lo creo.
-Has estropeado
mi trabajo de toda una tarde. Posar para mí es lo mínimo que puedes hacer para
compensarlo. Lo que llevaba en la mano era un cuaderno de dibujo, observó Julia,
no un bloc de notas. Era un artista.
-¿Y
si en vez de eso me marcho?
-¡Te
he dicho que te sientes!
-¿Nunca le ha
dicho nadie que es usted un grosero?
-Me esfuerzo para
serlo. Siéntate sobre ese canto rodado, mirando al sol.
-Gracias, pero no
tomo el sol. Estropea el cutis.
-Alguna vez me
gustaría conocer a alguna mujer hermosa que no fuera vanidosa.
-Gracias por el
piropo -dijo Julia secamente-, pero dejé atrás a la mujer hermosa hace más de
diez años, antes de ponerle encima quince kilos.
-No seas
infantil.
El hombre extrajo
un lápiz del bolsillo de su camisa y se puso a dibujar, sin molestarse en
seguir discutiendo con ella, ni siquiera en sentarse sobre la silla plegable
que Julia había visto unos metros más atrás.
-Inclina la
barbilla. Vaya por Dios, sí que eres hermosa. Soltó el piropo tan
desapasionadamente que no pareció adulador. Julia resistió el impulso de decirle
que debería haberla visto en sus buenos tiempos.
-Tiene razón en
lo de la vanidad -dijo, sólo para incordiarle-. Y por ese mismo motivo no
puedo estarme más rato aquí tomando el sol.
El lápiz no dejó
de volar sobre el cuaderno.
-No me gusta que
mis modelos hablen mientras trabajo.
-Yo no soy su
modelo.
Justo cuando Julia ya iba a volverse por
última vez, el hombre se metió el lápiz en el bolsillo de la camisa.
-¿Cómo quieres
que me concentre si no te estás callada?
-Preste atención:
me da igual si se concentra usted o no. El artista frunció el ceño, y Julia
tuvo la sensación de que estaba maquinando el modo de obligarla a quedarse.
Finalmente, cerró su cuaderno de dibujo.
-Pues entonces
quedaremos aquí mañana por la mañana. Digamos a las siete. Así el sol no
picará demasiado para ti.
La irritación de Julia
se tornó en diversión.
-¿Y por qué no a
las seis y media? El hombre entornó los ojos.
-¿Me estás
vacilando, verdad?
-Grosero y
astuto. Una combinación fascinante.
-Te pagaré.
-No
podría permitírselo.
-Eso
lo dudo mucho.
Ella
sonrió y se dirigió al sendero.
-¿Sabes quién soy? -gritó el artista.
Ella volvió la vista atrás. La mirada del hombre no podría haber sido
más amenazadora.
-¿Debería saberlo?
-¡Soy Liam Jenner, maldita sea!
Julia se quedó sin aliento. Liara Jenner. El Salinger de los pintores
norteamericanos. Dios santo... ¿Qué estaba haciendo allí?
Liam Jenner vio que Julia sabía perfectamente quién era, y se quedó
mirándola con una expresión de orgullo en el rostro.
-Quedamos a las siete, pues.
-Ya... -¡Liam Jenner!-. Ya me lo pensaré.
¡Que tipo tan desagradable! Le había hecho un favor al mundo
recluyéndose. Pero aun así...
Liam Jenner, uno de los pintores más famosos de América, quería que
posara para él. Ojalá pudiera tener veinte años y ser guapa otra vez.
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