Ordóñez Hall
2 de enero de 1900
Eran mentiras. Tenían
que ser mentiras, mentiras de lo más crueles. Jamás creería, jamás creería que
su dulce Vale se había fugado. Que los había abandonado a él y a su hija.
Ramiro se sentó en
una punta de la cama, presa del aturdimiento que le tenía atrapado desde hacía
dos días, desde que regresara para encontrar el Hall alborotado y a su esposa
desaparecida.
Otro hombre. Eso decían.
Un amor que había conocido en secreto durante uno de los viajes de negocios de Ramiro
a Nueva Orleáns.
Mentiras.
Él había sido el
único hombre. Había tomado un ángel por esposa, había llevado una virgen a su
lecho nupcial.
Algo malo le había
ocurrido. Ramiro abrió y cerró la mano sobre el broche que le había regalado
cuando le pidió que se casara con él. Algo horrible.
Pero ¿qué? ¿Qué pudo
empujarla a abandonar la casa en medio de la noche?
Un pariente enfermo,
pensó al tiempo que se levan taba para pasear arriba y abajo, arriba y abajo,
arriba y abajo.
Pero sabía que no era
eso. ¿Acaso no había cabalgado como un loco por el pantano para preguntar,
rogar, exigir a la familia y los amigos de Vale si sabían qué había sido de
ella?
La gente seguía
buscándola por el camino, por el pantano, por los campos.
Pero los rumores, las
habladurías, ya corrían por el río.
La joven esposa de Ramiro
Ordóñez había huido con otro hombre.
Y él podía oír los
susurros que había detrás de los susurros. ¿Qué esperaba? Purria cajún.
Seguro que esa niña fue engendrada en el bayou y ella le hizo creer que era de
él.
Mentiras atroces,
perversas.
La puerta se abrió. Justina
no se había molestado en llamar. Era la dueña de Ordóñez Hall, ahora y siempre.
Entraba en las estancias a su antojo.
—Ramiro.
Él se volvió
raudamente.
—¿La han encontrado?
—Todavía no se había cambiado las ropas mugrientas de la última búsqueda y la
esperanza brilló a través de las manchas que le cubrían la cara.
—No. —Justina cerró
la puerta tras de sí con gesto irritado—. Ni la encontrarán. Se ha ido y
probablemente en estos momentos se está riendo de ti con su amante.
Justina casi podía
creérselo. Pronto, pensó, sería la verdad.
—No es cierto.
—Eres un ingenuo.
Fuiste un ingenuo al casarte con ella y sigues siéndolo. —Justina se acercó al
ropero y lo abrió de par en par—. ¿No ves que faltan algunas de sus ropas? ¿No
lo ha dicho acaso su criada?
Él solo alcanzó a ver
el vestido azul con volantes y escarapelas del que Vale estaba tan orgullosa.
—La criada se
equivoca. —Pero la voz le temblaba.
—El que se equivoca
eres tú. ¿Qué me dices de las joyas? —Justina cogió del estante la caja de
cuero y la abrió—. ¿Dónde están las perlas que le regalaste por Navidad? ¿La
pulsera de diamantes que le compraste cuando dio a luz?
—Alguien las robó.
Con gesto despectivo,
Justina volcó las joyas sobre la cama.
—Agarró las que más
brillaban. A las chicas de su calaña solo les importa lo que reluce. Te
hechizó, hizo que avergonzaras a tu familia y ahora nos ha deshonrado a todos.
—No es cierto. —Ramiro
cerró los ojos, sintiendo que su corazón se desgarraba—. Ella no me dejaría. Y
jamás dejaría a Valentina.
—Por mucho que quiera
a la niña, dudo que Valeria o su amante desearan cargar con ella. ¿Cómo sabes
que la niña es tuya?
La rabia tino de rojo
las mejillas de Ramiro.
—¿Cómo puedes
preguntarme algo así? ¿Cómo pudiste vivir en la misma casa que mi esposa
durante un año y pensar eso de ella?
La duda, se dijo
fríamente Justina, estaba plantada. Ella haría que creciera.
—Porque yo vivía en
la misma casa que ella pero no estaba hechizada ni cegada por la lujuria. Tú
tienes tanta culpa como ella. Si hubieras satisfecho tus apetitos como los
demás hombres, si le hubieras pagado unas monedas, ahora no tendríamos este
escándalo en nuestra casa.
—Pagarle como a una
ramera, como Simón paga a sus mujeres. —Ramiro dio un paso al frente con tanta
rabia que las manos le temblaban—. Mi esposa no es una ramera.
—Te utilizó —dijo
Justina con un susurro perverso—. Te robó la dignidad y mancilló nuestro honor.
Entró en esta casa como criada y se marchó con el botín de su engaño. Como una
ladrona en medio de la noche mientras su hija lloraba.
Agarró a Ramiro por
los brazos y lo sacudió.
—Trataste de cambiar
lo que no puede cambiarse. Esperaste demasiado de ella. Jamás podría haber sido
la señora de Ordóñez Hall. —Yo lo soy—. Al menos tuvo juicio suficiente para
comprenderlo. Ahora se ha ido. Mantendremos la cabeza alta hasta que los
rumores amainen. Somos Ordóñez y sobreviviremos.
Justina se encaminó a
la puerta.
—Espero que te asees
y te reúnas con tu familia para la cena. Nuestras vidas ya han sufrido
suficiente trastorno.
Una vez solo, Ramiro
se sentó en la cama y, sosteniendo el broche en la mano, rompió a llorar.
—Tengo que reconocerlo,
muchacho. —Con las manos sobre las caderas, Vic miró en derredor—. Has dejado
la cocina hecha una pena.
—Vuelve dentro de dos
semanas —replicó Gastón desde el comedor, donde había montado su taller de
carpintería.
Cande levantó una
esquina de la tela.
—El suelo te quedará
precioso. Esta cocina es como un lienzo en blanco —dijo mientras contemplaba la
estancia destripada—. Gastón tenía que limpiarla para poder pintar el cuadro adecuado.
—Can, abandona a ese
animal y vente a vivir conmigo.
—Deja de hacer
proposiciones a mi chica.
Victorio caminó hasta
la puerta. Gastón estaba de pie, frente a una sierra eléctrica, con un cinturón
de herramientas en la cadera y un lápiz de carpintero detrás de la oreja. Vico
tuvo la impresión de que su amigo llevaba tres días sin ver una hoja de
afeitar.
Tenía que admitir que
ese aspecto de manitas desaliñado le favorecía enormemente.
—¿Te echo una mano o
prefieres que me quede admirando tu aspecto varonil?
—No me irían mal un
par de ayudantes. —Gastón deslizó la sierra por una pieza de madera, provocando
un agradable zumbido y una lluvia de serrín, y la apago antes de levantar la
vista—. ¿Realmente queréis ayudar?
—Desde luego. —Vico
colocó un brazo sobre el hombro de Cande—. Trabajaremos a cambio de cerveza.
Cuatro horas más
tarde estaban sentados en la terraza de la cocina recién pintada. Candela,
empequeñecida por la vieja camisa vaquera que Gastón le había dejado a modo de
guardapolvo, tenía pecas de pintura en la nariz. La cerveza estaba helada y en
el equipo de música de Gastón sonaba Foghat.
Gastón se sacó la
última astilla del pulgar.
—¿Qué flores está
dando ese arbusto? —preguntó señalando el jardín.
—Camelias —le informó
Candela—. Estos jardines están hechos un desastre, Gas.
—Lo sé. Tengo que
ponerme con ellos.
—No puedes hacerlo
todo. Deberías contratar a alguien para que los limpiara.
—Big Frank y Little
Frankie. —Victorio bebió un largo trago de cerveza—. Ellos te harían el
trabajo. Y lo harían bien.
—¿Es un negocio
familiar? —Gastón siempre había confiado en los negocios familiares—. ¿Padre e
hijo?
—Hermano y hermana.
—¿Y los dos se llaman
Frank?
—Sí. Frank X., que
viene de Xavier, es un tipo algo egocéntrico y puso su nombre a sus dos hijos.
Te daré su número de teléfono. Diles que llamas de parte de Victorio.
—Voy a asearme un
poco. —Cande se miró las manos llenas de pintura—. ¿Te importa que dé una
vuelta por la casa?
—Cielo —Gastón le
besó una mano—, puedes hacer lo que gustes.
—Menos mal que yo la
vi primero —dijo Vico cuando Cande se hubo marchado.
—Y que lo digas.
—Por tu forma de
mirar constantemente hacia el bayou, me parece a mí que tú tienes a otra mujer
en mente.
—Ya que no puedo
poseer a Cande a menos que te asesine, he decidido cortejar a la señorita Esperanza
como prueba de nuestra amistad.
—Ya, ya. —Con una carcajada,
Vico se reclinó sobre los codos—. Esa Rocío agita a los hombres, despierta en
ellos toda clase de pensamientos interesantes.
—Tienes chica.
—Eso no significa que
mi cerebro haya dejado de funcionar. Pero no te preocupes, Can es todo lo que
quiero. —Victorio dejó escapar un suspiro de hombre satisfecho—. Además, Rocío
y yo ya tuvimos nuestra oportunidad hace mucho tiempo.
—¿Qué quieres decir
con eso? —Gastón dejó su cerveza y miró fijamente a su amigo—. Tú y Rocío.
¿Tú... y Rocío?
Victorio le guiñó un
ojo.
—Fue durante un
verano abrasador, hace unos quince años. Caray, cómo duele. —Vico se frotó el
corazón—. Yo tenía... diecisiete años, eso es. Acababa de terminar el
instituto. Por lo tanto ella tenía quince, creo. Pasamos algunas veladas
memorables en el asiento trasero de mi viejo Chevy Camaro.
Vico reparó en la
actitud meditabunda de Gastón.
—Oye, que yo la vi
primero. Me pasé seis meses ardiendo de pasión por ella. Pensaba que moriría si
no la tenía. Ya sabes cómo son esas cosas a los diecisiete.
—Lo sé. Y también a
los treinta y uno.
Victorio sonrió.
—En fin, me tenía
embelesado, bailaba a su alrededor, le olía los talones. La llevé al cine, a
dar largos paseos en coche, a mi baile de graduación. Dios, qué hermosa estaba.
Finalmente, una noche de junio le quité la ropa en el asiento trasero de mi
Cámaro. Era su primera vez. —Miró fijamente a Gastón—. Dicen que las mujeres
nunca olvidan su primera vez. Lo tienes crudo, cher.
—Creo que puedo
hacerlo mejor que un adolescente lujurioso. —A pesar de que ella, se dijo Gastón,
le hacía sentirse así—. ¿Qué ocurrió entre vosotros?
—Me fui al norte a
estudiar y ella se quedó. La cosa se fue enfriando y nos convertimos en amigos.
Somos amigos, Gas. Está entre mis amigos favoritos.
—Reconozco una
advertencia cuando la oigo. Quieres a todas las chicas para ti, ¿es eso?
—Solo estaba pensando
que no me gustaría ver a dos de mis amigos hacerse daño mutuamente. Los dos
lleváis mucho equipaje a cuestas.
—Sé mantener el mío a
raya.
—Puede. Y Dios sabe
que ella se ha esforzado por mantener el suyo en el desván. Su madre... —Victorio
se detuvo al oír un grito de Lali.
Se levantó de un
salto y derribó la botella, cubriendo el suelo de cerveza. Entró raudo en la
cocina, por delante de su amigo, mientras gritaba el nombre de Candela.
—Arriba. —Gastón giró
a la izquierda y echó a correr por la escalera de la cocina—. Está arriba.
—¡Vico, Vico! ¡Ven,
deprisa!
Candela estaba sentada en el suelo del pasillo, abrazada
a su propio cuerpo. En cuanto Victorio se agachó a su lado, se arrojó a sus brazos.
—Nena, ¿qué ha
ocurrido? ¿Estás herida?
—No, no. He visto...
—Cande ocultó la cara en el hombro de su prometido—. Ahí dentro, sobre la cama.
Gastón miró la puerta
entreabierta. La única cama que había visto en ese cuarto era la que él había
imaginado. Lentamente, abrió del todo la puerta. Podía ver la capa de polvo que
cubría el suelo, la zona que Cande había perturbado al asomarse. A través de la
ventana, el sol no iluminaba otra cosa que madera y papel pintado.
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