miércoles, 14 de marzo de 2012

Capitulo Cinco, Primera Parte


Ordóñez Hall
2 de enero de 1900

Eran mentiras. Tenían que ser mentiras, mentiras de lo más crueles. Jamás creería, jamás creería que su dulce Vale se había fugado. Que los había abandonado a él y a su hija.
Ramiro se sentó en una punta de la cama, presa del aturdimiento que le tenía atrapado desde hacía dos días, desde que regresara para encontrar el Hall alborotado y a su esposa desaparecida.
Otro hombre. Eso decían. Un amor que había conocido en secreto durante uno de los viajes de negocios de Ramiro a Nueva Orleáns.
Mentiras.
Él había sido el único hombre. Había tomado un ángel por esposa, había llevado una virgen a su lecho nupcial.
Algo malo le había ocurrido. Ramiro abrió y cerró la mano sobre el broche que le había regalado cuando le pidió que se casara con él. Algo horrible.
Pero ¿qué? ¿Qué pudo empujarla a abandonar la casa en medio de la noche?
Un pariente enfermo, pensó al tiempo que se levan taba para pasear arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo.
Pero sabía que no era eso. ¿Acaso no había cabalgado como un loco por el pantano para preguntar, rogar, exigir a la familia y los amigos de Vale si sabían qué había sido de ella?
La gente seguía buscándola por el camino, por el pantano, por los campos.
Pero los rumores, las habladurías, ya corrían por el río.
La joven esposa de Ramiro Ordóñez había huido con otro hombre.
Y él podía oír los susurros que había detrás de los susurros. ¿Qué esperaba? Purria cajún. Seguro que esa niña fue engendrada en el bayou y ella le hizo creer que era de él.
Mentiras atroces, perversas.
La puerta se abrió. Justina no se había molestado en llamar. Era la dueña de Ordóñez Hall, ahora y siempre. Entraba en las estancias a su antojo.
—Ramiro.
Él se volvió raudamente.
—¿La han encontrado? —Todavía no se había cambiado las ropas mugrientas de la última búsqueda y la esperanza brilló a través de las manchas que le cubrían la cara.
—No. —Justina cerró la puerta tras de sí con gesto irritado—. Ni la encontrarán. Se ha ido y probablemente en estos momentos se está riendo de ti con su amante.
Justina casi podía creérselo. Pronto, pensó, sería la verdad.
—No es cierto.
—Eres un ingenuo. Fuiste un ingenuo al casarte con ella y sigues siéndolo. —Justina se acercó al ropero y lo abrió de par en par—. ¿No ves que faltan algunas de sus ropas? ¿No lo ha dicho acaso su criada?
Él solo alcanzó a ver el vestido azul con volantes y escarapelas del que Vale estaba tan orgullosa.
—La criada se equivoca. —Pero la voz le temblaba.
—El que se equivoca eres tú. ¿Qué me dices de las joyas? —Justina cogió del estante la caja de cuero y la abrió—. ¿Dónde están las perlas que le regalaste por Navidad? ¿La pulsera de diamantes que le compraste cuando dio a luz?
—Alguien las robó.
Con gesto despectivo, Justina volcó las joyas sobre la cama.
—Agarró las que más brillaban. A las chicas de su calaña solo les importa lo que reluce. Te hechizó, hizo que avergonzaras a tu familia y ahora nos ha deshonrado a todos.
—No es cierto. —Ramiro cerró los ojos, sintiendo que su corazón se desgarraba—. Ella no me dejaría. Y jamás dejaría a Valentina.
—Por mucho que quiera a la niña, dudo que Valeria o su amante desearan cargar con ella. ¿Cómo sabes que la niña es tuya?
La rabia tino de rojo las mejillas de Ramiro.
—¿Cómo puedes preguntarme algo así? ¿Cómo pudiste vivir en la misma casa que mi esposa durante un año y pensar eso de ella?
La duda, se dijo fríamente Justina, estaba plantada. Ella haría que creciera.
—Porque yo vivía en la misma casa que ella pero no estaba hechizada ni cegada por la lujuria. Tú tienes tanta culpa como ella. Si hubieras satisfecho tus apetitos como los demás hombres, si le hubieras pagado unas monedas, ahora no tendríamos este escándalo en nuestra casa.
—Pagarle como a una ramera, como Simón paga a sus mujeres. —Ramiro dio un paso al frente con tanta rabia que las manos le temblaban—. Mi esposa no es una ramera.
—Te utilizó —dijo Justina con un susurro perverso—. Te robó la dignidad y mancilló nuestro honor. Entró en esta casa como criada y se marchó con el botín de su engaño. Como una ladrona en medio de la noche mientras su hija lloraba.
Agarró a Ramiro por los brazos y lo sacudió.
—Trataste de cambiar lo que no puede cambiarse. Esperaste demasiado de ella. Jamás podría haber sido la señora de Ordóñez Hall. —Yo lo soy—. Al menos tuvo juicio suficiente para comprenderlo. Ahora se ha ido. Mantendremos la cabeza alta hasta que los rumores amainen. Somos Ordóñez y sobreviviremos.
Justina se encaminó a la puerta.
—Espero que te asees y te reúnas con tu familia para la cena. Nuestras vidas ya han sufrido suficiente trastorno.
Una vez solo, Ramiro se sentó en la cama y, sosteniendo el broche en la mano, rompió a llorar.

—Tengo que reconocerlo, muchacho. —Con las manos sobre las caderas, Vic miró en derredor—. Has dejado la cocina hecha una pena.
—Vuelve dentro de dos semanas —replicó Gastón desde el comedor, donde había montado su taller de carpintería.
Cande levantó una esquina de la tela.
—El suelo te quedará precioso. Esta cocina es como un lienzo en blanco —dijo mientras contemplaba la estancia destripada—. Gastón tenía que limpiarla para poder pintar el cuadro adecuado.
—Can, abandona a ese animal y vente a vivir conmigo.
—Deja de hacer proposiciones a mi chica.
Victorio caminó hasta la puerta. Gastón estaba de pie, frente a una sierra eléctrica, con un cinturón de herramientas en la cadera y un lápiz de carpintero detrás de la oreja. Vico tuvo la impresión de que su amigo llevaba tres días sin ver una hoja de afeitar.
Tenía que admitir que ese aspecto de manitas desaliñado le favorecía enormemente.
—¿Te echo una mano o prefieres que me quede admirando tu aspecto varonil?
—No me irían mal un par de ayudantes. —Gastón deslizó la sierra por una pieza de madera, provocando un agradable zumbido y una lluvia de serrín, y la apago antes de levantar la vista—. ¿Realmente queréis ayudar?
—Desde luego. —Vico colocó un brazo sobre el hombro de Cande—. Trabajaremos a cambio de cerveza.

Cuatro horas más tarde estaban sentados en la terraza de la cocina recién pintada. Candela, empequeñecida por la vieja camisa vaquera que Gastón le había dejado a modo de guardapolvo, tenía pecas de pintura en la nariz. La cerveza estaba helada y en el equipo de música de Gastón sonaba Foghat.
Gastón se sacó la última astilla del pulgar.
—¿Qué flores está dando ese arbusto? —preguntó señalando el jardín.
—Camelias —le informó Candela—. Estos jardines están hechos un desastre, Gas.
—Lo sé. Tengo que ponerme con ellos.
—No puedes hacerlo todo. Deberías contratar a alguien para que los limpiara.
—Big Frank y Little Frankie. —Victorio bebió un largo trago de cerveza—. Ellos te harían el trabajo. Y lo harían bien.
—¿Es un negocio familiar? —Gastón siempre había confiado en los negocios familiares—. ¿Padre e hijo?
—Hermano y hermana.
—¿Y los dos se llaman Frank?
—Sí. Frank X., que viene de Xavier, es un tipo algo egocéntrico y puso su nombre a sus dos hijos. Te daré su número de teléfono. Diles que llamas de parte de Victorio.
—Voy a asearme un poco. —Cande se miró las manos llenas de pintura—. ¿Te importa que dé una vuelta por la casa?
—Cielo —Gastón le besó una mano—, puedes hacer lo que gustes.
—Menos mal que yo la vi primero —dijo Vico cuando Cande se hubo marchado.
—Y que lo digas.
—Por tu forma de mirar constantemente hacia el bayou, me parece a mí que tú tienes a otra mujer en mente.
—Ya que no puedo poseer a Cande a menos que te asesine, he decidido cortejar a la señorita Esperanza como prueba de nuestra amistad.
—Ya, ya. —Con una carcajada, Vico se reclinó sobre los codos—. Esa Rocío agita a los hombres, despierta en ellos toda clase de pensamientos interesantes.
—Tienes chica.
—Eso no significa que mi cerebro haya dejado de funcionar. Pero no te preocupes, Can es todo lo que quiero. —Victorio dejó escapar un suspiro de hombre satisfecho—. Además, Rocío y yo ya tuvimos nuestra oportunidad hace mucho tiempo.
—¿Qué quieres decir con eso? —Gastón dejó su cerveza y miró fijamente a su amigo—. Tú y Rocío. ¿Tú... y Rocío?
Victorio le guiñó un ojo.
—Fue durante un verano abrasador, hace unos quince años. Caray, cómo duele. —Vico se frotó el corazón—. Yo tenía... diecisiete años, eso es. Acababa de terminar el instituto. Por lo tanto ella tenía quince, creo. Pasamos algunas veladas memorables en el asiento trasero de mi viejo Chevy Camaro.
Vico reparó en la actitud meditabunda de Gastón.
—Oye, que yo la vi primero. Me pasé seis meses ardiendo de pasión por ella. Pensaba que moriría si no la tenía. Ya sabes cómo son esas cosas a los diecisiete.
—Lo sé. Y también a los treinta y uno.
Victorio sonrió.
—En fin, me tenía embelesado, bailaba a su alrededor, le olía los talones. La llevé al cine, a dar largos paseos en coche, a mi baile de graduación. Dios, qué hermosa estaba. Finalmente, una noche de junio le quité la ropa en el asiento trasero de mi Cámaro. Era su primera vez. —Miró fijamente a Gastón—. Dicen que las mujeres nunca olvidan su primera vez. Lo tienes crudo, cher.
—Creo que puedo hacerlo mejor que un adolescente lujurioso. —A pesar de que ella, se dijo Gastón, le hacía sentirse así—. ¿Qué ocurrió entre vosotros?
—Me fui al norte a estudiar y ella se quedó. La cosa se fue enfriando y nos convertimos en amigos. Somos amigos, Gas. Está entre mis amigos favoritos.
—Reconozco una advertencia cuando la oigo. Quieres a todas las chicas para ti, ¿es eso?
—Solo estaba pensando que no me gustaría ver a dos de mis amigos hacerse daño mutuamente. Los dos lleváis mucho equipaje a cuestas.
—Sé mantener el mío a raya.
—Puede. Y Dios sabe que ella se ha esforzado por mantener el suyo en el desván. Su madre... —Victorio se detuvo al oír un grito de Lali.
Se levantó de un salto y derribó la botella, cubriendo el suelo de cerveza. Entró raudo en la cocina, por delante de su amigo, mientras gritaba el nombre de Candela.
—Arriba. —Gastón giró a la izquierda y echó a correr por la escalera de la cocina—. Está arriba.
—¡Vico, Vico! ¡Ven, deprisa!
Candela estaba sentada en el suelo del pasillo, abrazada a su propio cuerpo. En cuanto Victorio se agachó a su lado, se arrojó a sus brazos.
—Nena, ¿qué ha ocurrido? ¿Estás herida?
—No, no. He visto... —Cande ocultó la cara en el hombro de su prometido—. Ahí dentro, sobre la cama.
Gastón miró la puerta entreabierta. La única cama que había visto en ese cuarto era la que él había imaginado. Lentamente, abrió del todo la puerta. Podía ver la capa de polvo que cubría el suelo, la zona que Cande había perturbado al asomarse. A través de la ventana, el sol no iluminaba otra cosa que madera y papel pintado.

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