miércoles, 14 de marzo de 2012

Primera Parte, Capitulo Trece



Daphne dejó el martillo y dio un sal­tito atrás para admirar el letrero que aca­baba de clavar en la puerta. NO SE ADMI­TEN TEJONES (¡Y ESO VA POR VOS!). Lo había pintado aquella misma mañana.

El día solitario de Daphne 
-Súbete al taburete y mira lo que hay en el estante de arriba, ¿quieres, Amy?-dijo Gastón desde la despensa-. Yo sacaré todas estas cajas de aquí.
En cuanto habían regresado del pueblo, Gastón había re­clutado a Amy para que le ayudara a hacer inventario de los comestibles. Durante los últimos diez minutos, Amy se ha­bía pasado todo el rato intercambiando miradas curiosas en­tre la despensa donde trabajaba Gas y la mesa de la cocina en la que Rochi estaba preparando el té. Finalmente, ya no pudo contenerse.
-Es curioso que Rochi y tú se casaran casi el mismo día que Troy y yo, ¿verdad?
Rocío depositó el primer trozo de pastel Bundt en la ban­deja victoriana para pasteles y escuchó a Gastón escurriendo el bulto.
-Rochi ha dicho que iba a necesitar más azúcar more­no. ¿Hay algo ahí arriba?
-Veo dos bolsas. Hay un libro que yo leí sobre el ma­trimonio...
-¿Qué más?
-Unas latas de pasas y un cacharro para la levadura. Pues eso, que ese libro cuenta que a veces hay parejas que, bueno, después de casarse tienen problemas para adaptarse y tal. Porque es que es un cambio muy grande.
-¿Hay harina de avena? Me ha dicho que también le ha­ce falta.
-Hay una caja, pero no es grande. Troy cree que casar­se es fabuloso.
-¿Qué más hay?
-Cacerolas y trastos. No hay más comida. Pero si tienes problemas para adaptarte o algo... vaya, que puedes hablar con Troy.
Rocío sonrió por el largo silencio posterior. Finalmen­te, Gas dijo:
-Tal vez podrías ir a ver qué queda en el congelador.
Amy salió de la despensa y miró lastimeramente a Ro. Había algo en la compasión de aquella adolescente y en sus chupetones que la tenía con los nervios a flor de piel.
El té no era ni la mitad de entretenido sin Gastón. La se­ñora Chet, Gwen en realidad, no trató de disimular su dis­gusto cuando Rocío le explicó que Gastón tenía otro com­promiso. Tal vez se habría animado si hubiera sabido que Lilly Sherman se alojaba allí, pero Julia no se presentó, y tampoco iba a ser Rochi quien anunciara su presencia.
Rocío estaba sacando los cuencos de cerámica para tener­los a punto para el desayuno del día siguiente cuando Gastón entró por atrás cargado de comida. Evitó a Cafre, que intenta­ba mordisquearle los tobillos, y dejó las bolsas sobre la mesa.
-¿Para qué sacas todo esto? ¿Dónde está Amy?
-Basta, Cafre. He dejado que se marchara. Empezaba a lloriquear por el síndrome de abstinencia de Troy.
Apenas lo había dicho cuando la vio corretear por el pa­tio hacia su marido, que debía de haber olido su rastro en el viento, porque apareció salido de la nada.
-Ahí están otra vez -dijo Gas.
Su encuentro fue tan apasionado como un anuncio de perfume. Rocío observó que Troy hundía la cabeza en el es­cote abierto de Amy, que echó la cabeza atrás y arqueó el cuello.
Otro chupetón.
Ro cerró de un manotazo la tapa del Tupperware.
-Va a necesitar una transfusión de sangre si Troy no deja de hacerle eso.
-No parece que le importe demasiado. Hay mujeres a las que les gusta que un hombre les deje su marca.
Algo en el modo en que la miraba le produjo un hormi­gueo en los pechos. No le gustó su propia reacción.
-Y hay otras mujeres que lo consideramos como lo que es: el patético intento de un hombre inseguro de dominar a una mujer.
-Sí, de ésas siempre hay. -Gas sonrió perezosamen­te y salió por la puerta lateral a por el resto de la comida.
Mientras descargaba, le preguntó a Rochi si quería ir al pueblo a cenar, pero Ro declinó la oferta. Había decidi­do limitar el contacto con Gastón al que estaba dispuesta a ex­ponerse en un solo día. Así que regresó a su casita, satisfecha de su autodisciplina.

El sol parecía una enorme galleta de limón puesta en el cielo, lo que abrió el apetito de Daphne. « ¡Guisantes! », pensó. Adornados con hojas de diente de león. Y, de pos­tre, pastel de queso con fresas.

Ya era la segunda vez que sus criaturas se asomaban ese día a su cabeza. Tal vez ya estaba preparada para volver al trabajo, si no para escribir, sí al menos para hacer los dibujos que quería Jimena y poder cobrar el resto de su anticipo.
Entró en la casita y se encontró con la nevera bien pro­vista y un armario lleno de provisiones. Tenía que recono­cerlo: Gastón hacía todo lo posible por ser considerado. A ella no le entusiasmaba la idea que él estuviera empezando a gus­tarle tanto, e intentó compensarlo recordándose a sí misma que Gastón era superficial, egocéntrico, cobraba demasiado, conducía Ferraris, la había secuestrado, detestaba a su cani­che y era un mujeriego. Excepto que de mujeriego no le ha­bía visto nada. Nada en absoluto.
Porque él no la encontraba atractiva.
Rocío se tiró del pelo y soltó un grito apagado por su pro­pio patetismo extremo. Luego se preparó una opípara cena y se comió hasta el último bocado.
Al anochecer se sentó en el porche ante el bloc de papel que había encontrado en un cajón. ¿Qué problema había en mantener sólo un poco más apartadas a Daphne y a Melissa? A fin de cuentas, sólo era un libro infantil. Las libertades ci­viles de los Estados Unidos de América no dependían de lo cerca que estuvieran Daphne y Melissa.
El lápiz empezó a moverse, primero dubitativo, y luego más rápidamente. Pero el dibujo que apareció no era el que había planeado. Molly se encontró dibujando a Benny en el agua, con el pellejo chorreando sobre sus ojos mientras mi­raba, boquiabierto, a Daphne, que saltaba desde lo alto de un acantilado. Las orejas pegadas a la espalda, el cuello de cuen­tas de su chaqueta vaquera abierto como un paracaídas, y un par de sandalias Manolo Blahnik muy elegantes que sa­lían volando de sus patas.
Frunció el ceño y pensó en todas las historias que había leído sobre chicos con parálisis permanente por saltar de ca­beza en aguas cuya profundidad se desconoce. ¿Qué clase de mensaje de seguridad les estaría dando a los niños?
Arrancó la página del bloc y la arrugó. Éste era el tipo de problemas en los que nunca pensaban todos aquellos que querían escribir libros infantiles.
Rochi se había vuelto a quedar en blanco. En vez de pen­sar en Daphne y Benny, se encontró pensando en Gastón y en el campamento. Era su patrimonio, no debería vendérse­lo nunca. Gas decía que se había aburrido mucho de niño en aquel lugar, pero no tenía por qué aburrirse de mayor. Tal vez sólo le faltaba un compañero de juegos. Su mente evi­tó pensar en lo que implicaría exactamente jugar con Gastón.
Ro decidió dar un paseo hasta el espacio comunitario. Tal vez dibujaría algunas de las casitas para entretenerse. De camino hacia allí, Cafre salió trotando a recibir a Jacinta Long para impresionarla con su imitación del perro muer­to. Aunque menos de la mitad de las casitas estaban ocupa­das, la mayoría de los residentes parecían haber salido a dar un paseo vespertino, y sus sombras largas y frías caían como susurros sobre la hierba. La vida transcurría más lentamen­te en el Bosque del Ruiseñor... 
La glorieta le llamó la atención.

¡Organizaré una merendola! Invitaré a mis amigas, nos pondremos unos sombreros fabulosos, comeremos helado de chocolate y diremos: «Ma chére, ¿habías visto jamás un día tan her-moo-soo?»

Rochi se sentó con las piernas cruzadas sobre la toalla de playa que se había llevado consigo y se puso a dibujar. Va­rias parejas de paseantes se pararon a observar, aunque, como formaban parte de la última generación con modales, no la interrumpieron. Mientras dibujaba, se encontró pensando en todos sus años de campamento de verano. El frágil hilo de una idea comenzó a formarse en su mente, no sobre una gran merienda, sino sobre...
Rocío cerró el cuaderno. ¿De qué servía pensar en algo tan lejano? Birdcage poseía por contrato los derechos para dos libros más de Daphne, ninguno de los cuales sería acep­tado hasta que hiciera las revisiones que le habían pe­dido para Daphne se cae de bruces.
Las luces estaban encendidas cuando Rochi regresó a la casita. Le pareció recordar que las había apagado, pero tam­poco se preocupó demasiado.
Cafre se puso a ladrar enseguida y entró corriendo hacia la puerta del baño. La puerta estaba ligeramente entreabier­ta y el perro la abrió unos centímetros más empujando con la cabeza.
-Tranquilo, Cafre.
Ro acabó de abrir la puerta y vio a Gastón, hermoso en su desnudez, metido en la vieja bañera, con las piernas cru­zadas sobre el borde, un libro en las manos y un pequeño puro sujeto en la comisura de sus labios.
-¿Qué estás haciendo en mi bañera?
Aunque el agua llegaba hasta arriba, no había ni una bur­buja de jabón que le escondiera, así que Rochi no se acercó.
Gastón se sacó el puro de la boca. No desprendía humo, y Ro se dio cuenta de que no era un puro, sino un palo de caramelo, de chocolate o de regaliz.
Gastón tuvo el descaro de molestarse.
-¿A ti qué te parece? ¿No podrías llamar, antes de irrum­pir de este modo?
-Ha sido Cafre el que ha irrumpido, no yo. -El perro salió despacio, una vez cumplido su trabajo, y se encaminó a su cuenco de agua-. ¿Y por qué no utilizas tu propia ba­ñera?
-No me gusta compartir el baño.
Rocío no le hizo notar lo que le parecía evidente: que en ese momento estaba compartiendo el baño con ella. Ob­servó que su pecho era tan soberbio mojado como seco. Incluso más. Algo en la manera como la miraba la puso ner­viosa.
-¿De dónde has sacado ese caramelo?
-Del pueblo. Y sólo he comprado uno.
-Muy bonito.
-Sólo tenías que pedírmelo.
-Como si yo supiera que ibas a comprar caramelos. Y es­toy segura de que hay una caja de galletas de azúcar de la her­mosa fräulein escondida en algún rincón.
-Cierra la puerta al salir. A menos que quieras desnu­darte y meterte en la bañera conmigo.
-Muchas gracias, pero parece un poco pequeña.
-¿Pequeña? No lo creo, cariño.
-¡Oh, madura!
Una risilla burlona la siguió mientras salía y cerraba con un portazo. ¡Slytherin! Rochi se dirigió al dormitorio pe­queño. Como había supuesto, la maleta de Gastón estaba allí. Suspiró y se apretó las sienes con los dedos. Su antigua ja­queca volvía.

1 comentario: