Daphne
dejó el martillo y dio un saltito atrás para admirar el letrero que acababa
de clavar en la puerta. NO SE ADMITEN TEJONES (¡Y ESO VA POR VOS!). Lo había
pintado aquella misma mañana.
El día solitario de Daphne
-Súbete
al taburete y mira lo que hay en el estante de arriba, ¿quieres, Amy?-dijo Gastón
desde la despensa-. Yo sacaré todas estas cajas de aquí.
En
cuanto habían regresado del pueblo, Gastón había reclutado a Amy para que le
ayudara a hacer inventario de los comestibles. Durante los últimos diez
minutos, Amy se había pasado todo el rato intercambiando miradas curiosas entre
la despensa donde trabajaba Gas y la mesa de la cocina en la que Rochi estaba
preparando el té. Finalmente, ya no pudo contenerse.
-Es
curioso que Rochi y tú se casaran casi el mismo día que Troy y yo, ¿verdad?
Rocío
depositó el primer trozo de pastel Bundt en la bandeja victoriana para
pasteles y escuchó a Gastón escurriendo el bulto.
-Rochi ha dicho que iba a
necesitar más azúcar moreno. ¿Hay algo ahí arriba?
-Veo
dos bolsas. Hay un libro que yo leí sobre el matrimonio...
-¿Qué más?
-Unas
latas de pasas y un cacharro para la levadura. Pues eso, que ese libro cuenta
que a veces hay parejas que, bueno, después de casarse tienen problemas para
adaptarse y tal. Porque es que es un cambio muy grande.
-¿Hay
harina de avena? Me ha dicho que también le hace falta.
-Hay
una caja, pero no es grande. Troy cree que casarse es fabuloso.
-¿Qué
más hay?
-Cacerolas
y trastos. No hay más comida. Pero si tienes problemas para adaptarte o algo...
vaya, que puedes hablar con Troy.
Rocío
sonrió por el largo silencio posterior. Finalmente, Gas dijo:
-Tal
vez podrías ir a ver qué queda en el congelador.
Amy
salió de la despensa y miró lastimeramente a Ro. Había algo en la compasión de
aquella adolescente y en sus chupetones que la tenía con los nervios a flor de
piel.
El
té no era ni la mitad de entretenido sin Gastón. La señora Chet, Gwen en
realidad, no trató de disimular su disgusto cuando Rocío le explicó que Gastón
tenía otro compromiso. Tal vez se habría animado si hubiera sabido que Lilly
Sherman se alojaba allí, pero Julia no se presentó, y tampoco iba a ser Rochi quien
anunciara su presencia.
Rocío
estaba sacando los cuencos de cerámica para tenerlos a punto para el desayuno
del día siguiente cuando Gastón entró por atrás cargado de comida. Evitó a Cafre, que intentaba
mordisquearle los tobillos, y dejó las bolsas sobre la mesa.
-¿Para
qué sacas todo esto? ¿Dónde está Amy?
-Basta,
Cafre. He dejado que se
marchara. Empezaba a lloriquear por el síndrome de abstinencia de Troy.
Apenas lo había dicho
cuando la vio corretear por el patio hacia su marido, que debía de haber olido
su rastro en el viento, porque apareció salido de la nada.
-Ahí
están otra vez -dijo Gas.
Su
encuentro fue tan apasionado como un anuncio de perfume. Rocío observó que Troy
hundía la cabeza en el escote abierto de Amy, que echó la cabeza atrás y
arqueó el cuello.
Otro
chupetón.
Ro
cerró de un manotazo la tapa del Tupperware.
-Va
a necesitar una transfusión de sangre si Troy no deja de hacerle eso.
-No
parece que le importe demasiado. Hay mujeres a las que les gusta que un hombre
les deje su marca.
Algo
en el modo en que la miraba le produjo un hormigueo en los pechos. No le gustó
su propia reacción.
-Y
hay otras mujeres que lo consideramos como lo que es: el patético intento de un
hombre inseguro de dominar a una mujer.
-Sí, de ésas
siempre hay. -Gas sonrió perezosamente y salió por la puerta lateral a por el
resto de la comida.
Mientras
descargaba, le preguntó a Rochi si quería ir al pueblo a cenar, pero Ro declinó
la oferta. Había decidido limitar el contacto con Gastón al que estaba
dispuesta a exponerse en un solo día. Así que regresó a su casita, satisfecha
de su autodisciplina.
El
sol parecía una enorme galleta de limón puesta en el cielo, lo que abrió el
apetito de Daphne. « ¡Guisantes! », pensó. Adornados con hojas de diente de
león. Y, de postre, pastel de queso con fresas.
Ya era la segunda
vez que sus criaturas se asomaban ese día a su cabeza. Tal vez ya estaba
preparada para volver al trabajo, si no para escribir, sí al menos para hacer
los dibujos que quería Jimena y poder cobrar el resto de su anticipo.
Entró en la
casita y se encontró con la nevera bien provista y un armario lleno de
provisiones. Tenía que reconocerlo: Gastón hacía todo lo posible por ser
considerado. A ella no le entusiasmaba la idea que él estuviera empezando a gustarle
tanto, e intentó compensarlo recordándose a sí misma que Gastón era
superficial, egocéntrico, cobraba demasiado, conducía Ferraris, la había
secuestrado, detestaba a su caniche y era un mujeriego. Excepto que de
mujeriego no le había visto nada. Nada en absoluto.
Porque él no la
encontraba atractiva.
Rocío se tiró del
pelo y soltó un grito apagado por su propio patetismo extremo. Luego se
preparó una opípara cena y se comió hasta el último bocado.
Al anochecer se
sentó en el porche ante el bloc de papel que había encontrado en un cajón. ¿Qué
problema había en mantener sólo un poco más apartadas a Daphne y a Melissa? A
fin de cuentas, sólo era un libro infantil. Las libertades civiles de los
Estados Unidos de América no dependían de lo cerca que estuvieran Daphne y
Melissa.
El lápiz empezó a
moverse, primero dubitativo, y luego más rápidamente. Pero el dibujo que
apareció no era el que había planeado. Molly se encontró dibujando a Benny en
el agua, con el pellejo chorreando sobre sus ojos mientras miraba,
boquiabierto, a Daphne, que saltaba desde lo alto de un acantilado. Las orejas
pegadas a la espalda, el cuello de cuentas de su chaqueta vaquera abierto como
un paracaídas, y un par de sandalias Manolo Blahnik muy elegantes que salían
volando de sus patas.
Frunció el ceño y
pensó en todas las historias que había leído sobre chicos con parálisis
permanente por saltar de cabeza en aguas cuya profundidad se desconoce. ¿Qué
clase de mensaje de seguridad les estaría dando a los niños?
Arrancó la página
del bloc y la arrugó. Éste era el tipo de problemas en los que nunca pensaban
todos aquellos que querían escribir libros infantiles.
Rochi se había
vuelto a quedar en blanco. En vez de pensar en Daphne y Benny, se encontró
pensando en Gastón y en el campamento. Era su patrimonio, no debería vendérselo
nunca. Gas decía que se había aburrido mucho de niño en aquel lugar, pero no
tenía por qué aburrirse de mayor. Tal vez sólo le faltaba un compañero de
juegos. Su mente evitó pensar en lo que implicaría exactamente jugar con Gastón.
Ro decidió dar un
paseo hasta el espacio comunitario. Tal vez dibujaría algunas de las casitas
para entretenerse. De camino hacia allí, Cafre
salió trotando a recibir a Jacinta Long para impresionarla con su imitación del
perro muerto. Aunque menos de la mitad de las casitas estaban ocupadas, la
mayoría de los residentes parecían haber salido a dar un paseo vespertino, y
sus sombras largas y frías caían como susurros sobre la hierba. La
vida transcurría más lentamente en el Bosque del Ruiseñor...
La glorieta le
llamó la atención.
¡Organizaré
una merendola! Invitaré a mis amigas, nos pondremos unos sombreros fabulosos,
comeremos helado de chocolate y diremos: «Ma chére, ¿habías visto jamás un día
tan her-moo-soo?»
Rochi se sentó
con las piernas cruzadas sobre la toalla de playa que se había llevado consigo
y se puso a dibujar. Varias parejas de paseantes se pararon a observar,
aunque, como formaban parte de la última generación con modales, no la
interrumpieron. Mientras dibujaba, se encontró pensando en todos sus años de
campamento de verano. El frágil hilo de una idea comenzó a formarse en su
mente, no sobre una gran merienda, sino sobre...
Rocío cerró el
cuaderno. ¿De qué servía pensar en algo tan lejano? Birdcage poseía por
contrato los derechos para dos libros más de Daphne, ninguno de los cuales
sería aceptado hasta que hiciera las revisiones que le habían pedido para Daphne
se cae de bruces.
Las luces estaban
encendidas cuando Rochi regresó a la casita. Le pareció recordar que las había
apagado, pero tampoco se preocupó demasiado.
Cafre se puso a ladrar enseguida y entró corriendo hacia la puerta
del baño. La puerta estaba ligeramente entreabierta y el perro la abrió unos
centímetros más empujando con la cabeza.
-Tranquilo, Cafre.
Ro acabó de abrir
la puerta y vio a Gastón, hermoso en su desnudez, metido en la vieja bañera,
con las piernas cruzadas sobre el borde, un libro en las manos y un pequeño
puro sujeto en la comisura de sus labios.
-¿Qué estás
haciendo en mi bañera?
Aunque el agua
llegaba hasta arriba, no había ni una burbuja de jabón que le escondiera, así
que Rochi no se acercó.
Gastón se sacó el
puro de la boca. No desprendía humo, y Ro se dio cuenta de que no era un puro,
sino un palo de caramelo, de chocolate o de regaliz.
Gastón tuvo el
descaro de molestarse.
-¿A ti qué te
parece? ¿No podrías llamar, antes de irrumpir de este modo?
-Ha sido Cafre el que ha irrumpido, no
yo. -El perro salió despacio, una vez cumplido su trabajo, y se encaminó a su
cuenco de agua-. ¿Y por qué no utilizas tu propia bañera?
-No me gusta compartir
el baño.
Rocío no le hizo
notar lo que le parecía evidente: que en ese momento estaba compartiendo el
baño con ella. Observó que su pecho era tan soberbio mojado como seco. Incluso
más. Algo en la manera como la miraba la puso nerviosa.
-¿De dónde has
sacado ese caramelo?
-Del pueblo. Y
sólo he comprado uno.
-Muy bonito.
-Sólo tenías que
pedírmelo.
-Como si yo
supiera que ibas a comprar caramelos. Y estoy segura de que hay una caja de
galletas de azúcar de la hermosa fräulein escondida en algún rincón.
-Cierra la puerta
al salir. A menos que quieras desnudarte y meterte en la bañera conmigo.
-Muchas gracias,
pero parece un poco pequeña.
-¿Pequeña? No lo
creo, cariño.
-¡Oh, madura!
Una risilla
burlona la siguió mientras salía y cerraba con un portazo. ¡Slytherin! Rochi
se dirigió al dormitorio pequeño. Como había supuesto, la maleta de Gastón
estaba allí. Suspiró y se apretó las sienes con los dedos. Su antigua jaqueca
volvía.
Se hubiese metido en la bañera jajaja
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