miércoles, 21 de marzo de 2012

Capitulo II, Segunda Parte


Gastón se reclinó en el jacuzzi que estaba a la sombra de su pequeño y privado patio. Era un modelo de lujo, y, venía con un sistema de enfriamiento hecho a la medida que mantenía el agua moderadamente fría durante el verano caliente de Texas. Ahora, sin embargo, con la temperatura del atardecer revoloteando simplemente debajo de veinte grados, el agua más caliente sentaba bien.
Instaló la bañera de hidromasajes inmediatamente después de comprar la casa, una de las tres residencias que poseía, incluyendo un rancho en las afueras de Wynette, Texas, y una casa en la playa de Hilton Head, aunque justamente acaba de poner la casa de la playa en venta para ayudar a sanear el desorden legal y financiero que su gerente comercial Howard "Sanguijuela" Slattery le había dejado.
Oyó el timbre del teléfono, pero lo ignoró porque creía que sería Mery llamando de nuevo. Cuando movió una rodilla más cerca de un chorro de agua, pensó acerca del hecho que Rocío no conocía quién era. Suponía que eso debería magullar su ego, pero en lugar de eso se alegraba de tener una relación con alguien que no pretendía discutir de nuevo los detalles del escándalo.
La puerta del patio se abrió, y Rocío salió afuera. Él sonrió abiertamente. Estaba cubierta un poco acá un poco allá con otro sombrero de paja, gafas oscuras, y una túnica rosada transparente salpicada con flores blancas por todos lados. A Rocío definitivamente le gustaban las flores.
Él tomó un sorbo de cerveza, luego inclinó la boca de la botella hacia ella.
—¿Va desnuda debajo de eso?
Esos ojos dorados transmitieron trece formas diferentes de sorpresa.
—Seguramente no.
—No puede entrar con algún tipo de ropa dentro del jacuzzi. Mi amigo tiene una regla acerca de eso.
La diversión titiló en sus ojos.
—¿Porqué tiene su amigo que enterarse? —puso las manos en la cintura—. ¿Usted está ahí desnudo?
Él tomó un sorbo de cerveza y la miró inocentemente.
—Ahora, mira, esa es una de las cosas que una mujer americana sabría sin preguntar.
Ella vaciló, luego desabrochó su túnica y la dejó caer.
Él inmediatamente se sofocó. Allí mismo, con el agua burbujeante, su miembro se disparó para darle amplitud a la atención.
Y no era por el bañador. Llevaba puesto un traje de baño conservador de una sola pieza, de color blanco. No, era el cuerpo de dentro. Ésta no era una mujer que se fuera corriendo al cuarto de baño después de una comida para meterse el dedo en la garganta como una cierta cantidad de sus anteriores novias. Rocío tenía un cuerpo impresionante de mujer, con bonitas caderas curvilíneas y senos realmente curvilíneos también. Cuando un hombre estaba en la cama con ella, no tendría que hacer una comprobación con la vista para asegurarse que tocaba los lugares correctos.
Su piel era blanca lechosa y perfecta. Sus piernas empezaban un poco bruscamente, pero amablemente tomaban forma. Y perfectamente depilada. Él estaba acostumbrado a notar eso, porque, con las mujeres extranjeras, nunca podías estar demasiado seguro. Él ya tuvo una sucia sorpresa tres años atrás con una famosa actriz de cine francesa.
A pesar de las curvas de Rocío, también pudo ver que no tenía ni un gramo de grasa. Aunque no era una culturista, las partes de su cuerpo que se movían eran las que se tenían que mover. Debía ser todo ese ciclismo. También se había retocado los labios, pero era un color rosado ligero en lugar de rojo-prostituta, lo cual era una buena cosa, porque esa boca en lápiz labial rojo hubiera sido más de lo que podía manejar. Rocío era una de las grandes sorpresas de la vida, decidió. Una cara y un cuerpo de mujer con la personalidad de un general de primera calidad que tuvo que haber hecho sonreír al Creador.
Cogió la cerveza que tenía para ella, y que no creía ni por un momento que se bebería, y se la entregó. Ella se metió dentro y su agravamiento regresó. Parecía como si se preparase para liberar China en lugar de relajarse en un jacuzzi. Esta mujer no conocía nada sobre tomarse la vida con calma.
Se colocó en el lado más lejano de él. Demasiado pronto, sólo sus hombros y un par de delgadas correas blancas fueron visibles por encima de las burbujas.
—Estamos aquí a la sombra —señaló con la mano—. Podrías considerar quitarte el sombrero, a no ser que... te intimiden este tipo de cosas, ya sabes...
—¿Qué?
Él habló quedo.
—Que se te vea la calva.
—¡Pero bueno! ¡Yo no tengo ninguna calva!
Él fingió una mirada de simpatía.
—No es ninguna vergüenza tener una calva, Rocío, aunque, yo lo admito. Es más aceptable en un hombre que en una mujer.
—¡Yo no tengo ninguna calva! ¿Por qué piensa tal cosa?
—Siempre que te veo, tienes ese sombrero pegado a la cabeza. Es una suposición lógica.
—Me gustan los sombreros.
—Creo que es un magnífico amigo para esconder la falta de pelo.
—Está bien, de acuerdo —ella puso los ojos en blanco, y se desprendió del sombrero—. Tiene un sentido del humor muy peculiar, Sr. Dalmau.
Él contempló una corona mullida de rizos color rubio. Eran tan suaves y bonitos que, por un momento, olvidó qué dolor de muelas podía ser ella.
El momento pasó cuando ella habló.
—Necesitamos discutir nuestro orden del día para mañana.
—No sin ropa. ¿Vas a beberte la cerveza o la has pedido simplemente por hacer gasto? Y mi nombre es Gastón. Tutéame y deja de llamarme señor que suena como a un viejo maestro es escuela.
—Bien, Gastón. Encantada, puedes llamarme Rochi. Nunca uso mi nombre completo, porque lo relacionan directamente con mi título, aunque éste prácticamente hoy es honorífico —inclinó la botella hacía sus labios, tomó un largo trago, luego colocó la botella en el borde del jacuzzi sin siquiera un estremecimiento.
—Ahora, mira, no entiendo que no lo utilices —dijo él—. Tener un título, tiene que ser la única cosa buena que tiene ser inglés.
Ella sonrió.
—No es exactamente así.
—¿Cómo lo conseguiste?
—Mi padre era el quinto Conde de Woodbourne.
Él pensó en eso durante un momento.
—Tienes la apariencia de una hija de un conde, y perdona si parezco demasiado asombrado, pero no comprendo que un miembro de la realeza tenga que preocuparse tanto por contar sus chelines.
—Yo no soy de la realeza. Y una porción grande de la aristocracia británica vive en la pobreza refinada. Mis padres no fueron la excepción. Los dos eran antropólogos.
—¿Eran?
—Mi padre murió cuando era una niña. Y luego cuando tenía dieciocho años, mi madre murió en Nepal. Ella no era feliz a menos que el teléfono próximo estuviese a muchos kilómetros de distancia, por eso no se pudo pedir ayuda cuando se le presentó una peritonitis.
—Has debido visitar algunos lugares exóticos.
—No. Crecí en St. Gert. Mi madre me dejó allí para así poderse ir tranquila a trabajar.
La voz de Rocío no sonaba amarga por ello, pero Gastón no podía pensar demasiado bien de una mujer que había abandonado a su hija para poder pasar el tiempo recorriendo el mundo. Por otra parte, si su madre hubiera pasado más tiempo corriendo por ahí y menos tiempo mimándole, su infancia habría sido bastante más fácil.
Ven a dar a mamita un beso, bebé. Mi bebé bello. Tu mamita te ama mucho. Nunca te olvides de eso.
—¿Tienes hermanos? —preguntó él.
—Solamente yo —ella se reacomodó más profundo en el jacuzzi—. Estoy ansiosa de comenzar mi investigación mañana, y también de disfrutar un poco visitando lugares de interés, excepto que antes de que hagamos cualquier cosa, necesito visitar una tienda donde pueda comprar algunas ropas nuevas. ¿Y tú podrías aconsejarme una sala del tatuaje?
Él se sofocó y envió una aspersión de cerveza bien arriba de su nariz.
—¿¡Qué!?
Ella empujó sus gafas de sol a la parte superior de la cabeza y le miró seriamente.
—Mi primera elección era un pensamiento. Pero tengo miedo que el color pueda parecer un moratón, lo cual no me apetece en absoluto. Hay tantas flores que me gustan... las amapolas, begonias, girasoles... pero son todas grandes. Una rosa estaría bien, pero son bastante comunes para un tatuaje, no crees? — Ella suspiró y devolvió las gafas oscuras sobre su nariz—. Normalmente tomo decisiones fácilmente, pero esta se me resiste. ¿Tienes alguna sugerencia?
Por primera vez en su vida, se quedó mudo. La experiencia era tan desconcertante que se deslizó bajo el agua y se quedó allí un ratito para pensar. No el suficiente tiempo, sin embargo. Antes de quedarse sin oxígeno, ella comenzó a aporrearle en lo alto de la cabeza. Le molestó profundamente y cuando emergió tenía el ceño fruncido.
—¿Quieres hacerte un tatuaje?
Ella tuvo el descaro de sonreír.
—Nunca hubiera pensado que hubiera una barrera idiomática entre Inglaterra y Estados Unidos. Y la próxima vez que vayas a meter la cabeza así, podrías advertirme. Pensaba que te ahogabas.
Él podía sentir su presión sanguínea aumentando, lo cual le hizo inclinarse hacia ella.
—¡Esto no tiene nada que ver con barreras idiomáticas! ¡Tiene que ver con el hecho que alguien como tú no necesita hacerse un tatuaje!
Por primera vez desde que la conocía, se quedó completamente quieta. Por un momento ella no hizo nada, luego una mano emergió de las burbujas y lentamente se quitó las gafas oscuras. Las dejó en el borde del jacuzzi al lado de su botella de cerveza y lo miró con esos ojos café con miel.
—¿Que quieres decir exactamente? ¿Alguien como yo?
Él podía ver que la había irritado, pero por su vida, que no podía entender porqué.
—Una mujer respetable, en primer lugar. Y conservadora.
Ella se levantó del agua, y la expresión en su cara le dijo que tal vez había dado en el blanco.
—¡Te diré una cosa, Sr. Dalmau, soy la persona menos conservadora que alguna vez ha conocido!.
Él comenzó a reírse, y luego se distrajo viendo el agua chorrear por sus firmes muslos blancos.
—Es simplemente mi punto de vista.                  
—Soy, soy. . .¡Completamente de mala fama! ¡Simplemente míreme! ¡Estoy metida en un jacuzzi con un hombre al que no conocía hasta hace unas horas!
—Pero no estás desnuda —dijo intentando provocarla un poco más.
Se le puso la cara colorada, y lo siguiente que supo, es que ella se hundió en el agua y comenzó a tirar fuertemente. Allí mismo delante de él, con nada que pudiera ocultar su cuerpo blanco lechoso, excepto las burbujas, ella se quitó su traje de baño. Él la observó sacarlo fuera del agua y arrojarlo del jacuzzi. Aterrizó en el cemento armado empedrado con guijarros con un plaf suave.
—¡Ahí esta! ¡Dime de nuevo tu punto de vista sobre lo conservadora que soy otra vez!
Él sonrió abiertamente. Esto era como un delicioso pastel de chocolate a la puerta de una escuela.
Cuando Rochi observó esos dientes blancos brillando intermitentemente en su bronceada cara, supo lo que había hecho. Tenía un temperamento incendiario, pero trabajaba duro para controlarlo, y a eso se debía sus tranquilos años pasados. Ella buscó palpando su cerveza y tomó un trago profundo parar tratar de recuperarse, pero el hecho que estaba totalmente desnuda lo hacía difícil. Ella estaba acostumbrada a tratar con estudiantes rebeldes, padres irrazonables, miembros de la facultad, y un personal de mantenimiento explotado. ¿Cómo había dejado que este hombre la contrariara tan fácilmente? Cuando trató de reunir su dignidad, fue consciente de la película de agua sobre su piel. Una veta desenfrenada de sensualidad erigió su cabeza sedosa. Ella ferozmente lo reprimió cuando cogió la botella y habló más agudamente de lo necesario.
—Ahora que esto ha quedado claro, me gustaría que tuviera una sala de tatuaje limpia para mí mañana por la tarde.
Él la miró con una expresión blanda. Físicamente, sin embargo, no había nada blando en él. La luz del sol titiló a través de sus hombros fuertes y enérgicos. Sin su sombrero de vaquero, ella podía ver que su pelo rubio era grueso y un poco rizado, como un arcángel. Si un escultor Renacentista alguna vez hubiera deseado pintar un vaquero texano en el friso de una catedral, Gastón Dalmau habría sido su hombre.

1 comentario: