miércoles, 21 de marzo de 2012

Capitulo Cinco, Segunda Parte


—¿Qué viste, Cande? —preguntó Gastón.
—Una mujer sobre la cama... su cara. Estaba muerta.
—Nena. —Vico le acarició el pelo y miró en derredor—. En esta habitación no hay nada. Mira, está vacía.
—Pero yo lo vi...
—Cuéntame qué viste. —Gastón se arrodilló a su lado.
—Vi... —Candela estaba temblando. Apretó los labios—. Ayúdame a levantarme, Negri.
Aunque estaba blanca como la nieve, se puso de pie y se acercó a la puerta.
—Flaqui, cariño, estás temblando. Será mejor que bajemos.
—No, espera. —Tenía los ojos abiertos de par en par y el corazón todavía le latía con fuerza—. Es imposible que viera algo. Es un cuarto vacío. Solo un cuarto vacío. Tuve que imaginarlo...
—¿Una cama con dosel? ¿Cortinajes azules? ¿Una cómoda y un escritorio? ¿Un tocador y una silla azul? ¿Lámparas de gas, velas en la repisa de la chimenea, un retrato enmarcado?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo también lo vi el primer día que estuve aquí. Y olí a azucenas.
—Azucenas blancas en un jarrón alto —prosiguió Can, y una lágrima le cayó por la mejilla—. Me pareció extraño y por otro lado encantador que hubieras puesto flores. Luego me pregunté por qué no nos habías dicho que habías arreglado esta habitación. Fue entonces cuando entré y vi a la mujer sobre la cama. Lo siento. Necesito aire fresco.
Sin decir palabra, Victorio la levantó en sus brazos.
—Mi héroe —murmuró ella cuando se alejaban por el pasillo.
—Me has dado un susto de muerte, chère. Gastón, tráele un vaso de agua a mi chica.
Gastón permaneció un largo instante contemplando la habitación antes de seguir a sus amigos.
Llenó un vaso de agua y lo llevó a la terraza, donde encontró a Vico sentado con Candela en el regazo.
—¿Qué opinión te merecen ahora los fantasmas?
Candela bebió agua mientras estudiaba a Gastón por encima del vaso.
—Lo imaginé.
—Un salto de cama blanco sobre la silla, un juego de cepillos de plata, una especie de broche de oro y esmalte.
—Un reloj —puntualizó ella, y dejó escapar un suspiro trémulo—. No puedo explicarlo.
—¿Puedes hablarme de la mujer?
—Tenía la cara magullada y llena de sangre. Oh, Vico.
—Sssh. —Victorio le acarició el pelo y la atrajo hacia sí—. No tienes que pensar en ello. Dale un respiro, Gastón.
—No, no, estoy bien. —Candela reposó la cabeza en el hombro de Vico y clavó sus ojos en los de Gastón—. Fue horrible, horrible y extraño. Creo que era una mujer joven, pero no puedo asegurarlo. Vi mucho pelo, pelo muy oscuro y rizado. Llevaba puesto un camisón hecho jirones. Tenía unas marcas espantosas en el cuello... como si... Dios, como si la hubieran estrangulado. Enseguida supe que estaba muerta. Grité y retrocedí. Entonces las piernas me fallaron.
—Tengo que descubrir quién era —dijo Gastón—. Tiene que haber una forma de averiguar si era un miembro de la familia, una criada o una invitada. Si una mujer joven murió de forma violenta en esta casa, tiene que estar registrado en algún lugar.
—Puedo indagar. —Cande dejó el vaso y alcanzó a esbozar una sonrisa—. Después de todo, es mi trabajo.
—Si se hubiera producido un asesinato, habríamos oído hablar de él a lo largo de estos años. —Voco sacudió la cabeza—. Yo no he oído nada. Vamos, cariño, te llevaré a casa.
—Está bien. —Cande posó una mano sobre el brazo de Gastón—. Ven con nosotros. Creo que no deberías quedarte.
—Tengo que hacerlo. Quiero hacerlo.
Necesitaba quedarse, pensó cuando estuvo solo y el motor de su destornillador eléctrico retumbó en el comedor. No solo estaba restaurando la casa. La estaba haciendo suya. Si una muchacha asesinada formaba parte de la casa, también formaba parte de él.
Quería averiguar su nombre, conocer su historia. ¿De dónde era? ¿Por qué había fallecido? A lo mejor él había venido a parar aquí porque debía descubrirlo.
Si esas imágenes, esas sensaciones, habían espantado a otras personas, a él solo le atraerían todavía más.
Podía convivir con fantasmas, pensó mientras pasaba una, mano por el canto de su primer armario. Con todo, no descansaría hasta conocerlos.
Pero cuando terminó de trabajar y se fue a la cama, dejó las luces encendidas.


Durante los días que siguieron estuvo demasiado ocupado para pensar en fantasmas, en su sonambulismo e incluso en las visitas a la ciudad que se había propuesto. El electricista y el fontanero estaban trabajando duramente con sus respectivos equipos. En la casa había demasiada gente y jaleo para los fantasmas.
Frank y Frankie, tan parecidos como sus nombres, anchos de espaldas y con el pelo del color del barro, recorrieron los jardines haciendo unos ruiditos con la boca que tanto podían ser de aprobación como de aversión. La pequeña Frankie parecía ser el cerebro de la operación, y tras una hora de inspección comunicó a Gastón su precio por limpiar la maleza. Pese a preguntarse si tenían intención de jubilarse con lo que pedían, Gastón confió en Vico y los contrató.
Regresaron cargados de palas, piquetas y tijeras de podar de un kilómetro de largo. Gastón podía oír desde el comedor, donde estaba fabricando los armarios, el perezoso vaivén de sus voces y algún que otro golpe o derribo.
Cuando se asomó al jardín, comprobó que la maleza había empezado a desaparecer.
El yesero que le había enviado la señorita Esperanza era un hombre negro, flaco como un fideo, llamado Tibald. Su bisabuelo, explicó a Gastón, había trabajado durante un tiempo de bracero para los Ordóñez.
Recorrieron la casa mientras Tibald hacía anotaciones en una libreta sobada y diminuta. Cuando entraron en el salón de baile, el hombre contempló el techo con expresión soñadora.
—Siempre pienso que he creado una imagen en mi mente que no existe —dijo—. Creo que nunca me acostumbraré a ver esta clase de trabajo.
—¿Ya había estado aquí?
—Sí. Los Rudicker me pidieron un presupuesto por las obras de enlucido. Son las personas a las que usted compró la casa. Tenían ideas refinadas, pero nunca hicieron nada con ellas. De todos modos, oí que iban a contratar a alguien de Savannah.
—¿Por qué?
Tibald siguió sonriendo al techo.
—Tenían ideas refinadas y temían que la gente de aquí no fuera capaz de llevarlas a cabo. A mí me parece que los Rudicker pensaban que cuanto más dinero gastaran, más fino les quedaría. No sé si me entiende.
—Le entiendo. En mi opinión, si uno contrata a gente del lugar, mayores probabilidades tendrá de que se impliquen en su trabajo. ¿Puede reparar y reproducir estos artesonados?
—Hice todo el enlucido de la Harvest House de River Road. En el camión guardo fotografías como referencia. Puede echarles una ojeada o visitar personalmente la Harvest House. Hacen visitas públicas y a veces celebran actos de postín. También trabajé en Nueva Orleáns, en Baton Rouge y en Metarrie. Puedo darle nombres.
—Veamos esas fotos.
Un vistazo a las fotografías del antes y el después de cornisas, paredes y medallones demostraron que el hombre era un artista. Por formalidad, Gastón le pidió un presupuesto. Tras prometerle que lo tendría listo a finales de semana, Tibald le tendió la mano.
—Reconozco que me encantaría meter mano en ese salón de baile. —Tibald contempló la casa—. ¿Está haciendo algo en el segundo piso?
—Más adelante.
—Si quiere, hable con mi hermana Lucy. Limpia casas.
—Aún falta mucho para que necesite una limpiadora.
Tibald sonrió y extrajo un paquete de goma de mascar Big Red.
—No me refiero a esa clase de limpieza, señor. —Después de ofrecer a Gastón, cogió una goma de mascar, la dobló y se la introdujo en la boca—. Limpieza de espíritus. Tiene espíritus fuertes en esta casa. —Mastico con lentitud—. Sobre todo en el segundo piso.
—¿Cómo lo sabe?
—Noto su respiración en la nuca. ¿Usted no? Cuando los Rudicker estaban restaurando la casa, se les fueron dos obreros. Los tipos salieron por piernas y nunca volvieron. Quizá por eso los Rudicker buscaron trabajadores de fuera. —Tibald se encogió de hombros—. Quizá por eso no terminaron sus refinadas ideas.
—¿Sabe qué ocurrió en el segundo piso?
—No, ni conozco a nadie que lo sepa. Pero sí sé de unos cuantos que no subirían a ese piso ni por todo el oro del mundo. Si hay que enlucir algo en la segunda planta, primero llame a mi hermana Lucy.
Se volvieron al oír el sonido de un motor.
—Es el coche de la señorita Rocío. Le acompaña la señorita Esperanza.
La sonrisa de Tibald se amplió cuando el viejo MG se detuvo al lado de su camión.
—Buenas tardes, señoras. —Caminó hasta el lado del pasajero para abrirle la puerta a Esperanza—. ¿Cómo anda?
—Bien, muy bien, Tibald. ¿Cómo está su familia?
—Nada de qué quejarnos.
Gastón abrió la puerta del conductor y Rocío bajó. Llevaba unos vaqueros ceñidos y una camisa turquesa.
—Mi abuela pensó que había llegado la hora de hacerte una visita. —Miró hacia el camino y reparó en las camionetas—. ¿Qué has hecho, cher? ¿Contratar a un ejército?
—Solo un batallón. —Rocío olía a jazmín, pensó Gastón. Olía a noche. Estuvo a punto de atragantarse con la goma de mascar—. ¿Os apetece dar una vuelta?
—Desde luego. Tibald, salude a Mazie de mi parte.
—Descuide. Debo irme. Le haré ese presupuesto, señor Dalmau.
—Llámeme Gastón. Lo esperaré impaciente. Señorita Esperanza. —Gastón le tomó una mano mientras Tibald subía a su camión.
La mujer llevaba puesto un vestido de algodón del color de la calabaza madura y un jersey verde oscuro. En esta ocasión los calcetines hacían juego con el vestido.
Olía a lavanda y sus cadenas y pulseras tintineaban. Todo en ella le resultaba relajante.
—Bienvenida a Ordóñez Hall.
Esperanza guiñó un ojo a Rocío cuando Gastón le besó la mano.
—Visitaremos el interior de la casa cuando hayamos terminado con el jardín. He oído que contrató al gran Frank y la pequeña Frankie —dijo Esperanza, señalando con la cabeza la furgoneta de los hermanos—. ¿Qué tal se portan?
—Parece que hacen su trabajo, aunque ignoro cómo. —Gastón contempló los jardines con los dedos pulgares suspendidos de las presillas de su cinturón— Todavía no les he pillado trabajando, pero en cuanto me doy la vuelta desaparece un camión entero de maleza. ¿Le gustaría dar un paseo?
—Será un placer. Rochi, cariño, trae del coche las botellas protectoras.
—¿Botellas protectoras?
—Para mantener alejados a los espíritus malignos. —Rocío procedió a sacar del coche unas botellas de cristal llenas de agua hasta la mitad.
—¿Deberían preocuparme los espíritus malignos? —preguntó Gastón.
—Más vale prevenir —respondió Esperanza, y cargando dos botellas echó a andar hacia los árboles.
—Botellas protectoras —murmuró Gastón mientras levantaba una. Las había visto en casa de Esperanza—. ¿Cómo funcionan?
—Es un viejo truco vudú —explicó Rocío—. El sonido que hacen al chocar entre sí espanta a los espíritus malignos.
Gastón golpeó dos botellas entre sí. El sonido era agradable, se dijo, y no especialmente aterrador.

—¿Crees en la brujería vudú?
—Creo en la prevención. —Rocío se alejó, menuda y sinuosa, para reunirse con su abuela.
Ya fuera magia vudú o meras botellas de cristal, le gustaban colgadas de sus árboles. Y cuando volvió a golpear dos entre sí, le gustó el sonido que emitieron.
Tardaron casi una hora en rodear la casa, pues fue preciso charlar con los jardineros, preguntarles por la familia, especular sobre el tiempo y opinar sobre el jardín.
Cuando Gastón consiguió finalmente llevarlas a la cocina, Esperanza se llevó las manos a las caderas y asintió.
—Me gusta el color, como la corteza de una tarta horneada en su punto. La mayoría de los hombres solo conocen el blanco. Este color hace que la madera del suelo destaque.
—La semana que viene montaré los armarios. —Gastón señaló el comedor—. Los estoy haciendo de madera de pino y cristal.
Esperanza entró y pasó una mano por uno de ellos.
—Buen trabajo, Gastón. Tienes talento.
—Gracias.
—Y te hace feliz.
—No lo sabe usted bien. ¿Quieren ir al salón? Tengo una mesa. Les prepararé una taza de té. —Algo pesado golpeó el suelo del primer piso. Gastón levantó la vista—. Lamento el ruido.
—El trabajo casi nunca es una actividad silenciosa. Si no te importa, Rochi y yo daremos una vuelta. Encontraremos solas el salón.
—No tiene pérdida. Es la única habitación con una mesa.
—Gastón es un joven muy agradable —comentó Esperanza cuando salió del comedor acompañada de Rocío.
—Sí.
—Y muy guapo.
—Mucho.
—Le gustas, chère.
Rocío rió.
—Lo sé.
—¿Qué piensas hacer?
—Todavía lo estoy meditando. Jesús, qué casa. —Rocío arrastró las manos por una pared—. Por esa puerta cabría un coche. Es una pena que la hayan descuidado tanto.
—¿Descuidado? No sé, a mí me da la impresión de que simplemente ha estado esperando. Se nota que aquí vive un hombre —señaló Esperanza al entrar en el salón—. Le basta con una mesa y dos sillas. Seguro que no se ha preparado una comida decente desde que llegó aquí.
Rocío enarcó una ceja.
—Abuela, no conseguirás que me compadezca tanto de él como para hacerle la comida. —Se acercó a la ventana con una sonrisa—. Qué vista tan hermosa. Imagina cómo debía de ser mirar por esta ventana cuando la casa gozaba de todo su esplendor, con los caballos trotando por la avenida y aquellos coches antiguos subiendo por el camino.
—Volverá a ser hermosa, pero necesita una mujer. Y el muchacho también.
Rocío jugó con la llavecita que colgaba de su cuello.
—He dicho que aún lo estoy meditando. Todavía hace frío en esta casa —añadió—. No le iría mal un fuego.
—Lo encenderé —dijo Gastón al entrar con una jarra rebosante de té y unas tazas de plástico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario