—¿Qué viste, Cande?
—preguntó Gastón.
—Una mujer sobre la
cama... su cara. Estaba muerta.
—Nena. —Vico le
acarició el pelo y miró en derredor—. En esta habitación no hay nada. Mira,
está vacía.
—Pero yo lo vi...
—Cuéntame qué viste.
—Gastón se arrodilló a su lado.
—Vi... —Candela
estaba temblando. Apretó los labios—. Ayúdame a levantarme, Negri.
Aunque estaba blanca
como la nieve, se puso de pie y se acercó a la puerta.
—Flaqui, cariño,
estás temblando. Será mejor que bajemos.
—No, espera. —Tenía
los ojos abiertos de par en par y el corazón todavía le latía con fuerza—. Es
imposible que viera algo. Es un cuarto vacío. Solo un cuarto vacío. Tuve que
imaginarlo...
—¿Una cama con dosel?
¿Cortinajes azules? ¿Una cómoda y un escritorio? ¿Un tocador y una silla azul?
¿Lámparas de gas, velas en la repisa de la chimenea, un retrato enmarcado?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo también lo
vi el primer día que estuve aquí. Y olí a azucenas.
—Azucenas blancas en
un jarrón alto —prosiguió Can, y una lágrima le cayó por la mejilla—. Me pareció
extraño y por otro lado encantador que hubieras puesto flores. Luego me
pregunté por qué no nos habías dicho que habías arreglado esta habitación. Fue
entonces cuando entré y vi a la mujer sobre la cama. Lo siento. Necesito aire
fresco.
Sin decir palabra, Victorio
la levantó en sus brazos.
—Mi héroe —murmuró
ella cuando se alejaban por el pasillo.
—Me has dado un susto
de muerte, chère. Gastón, tráele un vaso de agua a mi chica.
Gastón permaneció un
largo instante contemplando la habitación antes de seguir a sus amigos.
Llenó un vaso de agua
y lo llevó a la terraza, donde encontró a Vico sentado con Candela en el
regazo.
—¿Qué opinión te
merecen ahora los fantasmas?
Candela bebió agua
mientras estudiaba a Gastón por encima del vaso.
—Lo imaginé.
—Un salto de cama
blanco sobre la silla, un juego de cepillos de plata, una especie de broche de
oro y esmalte.
—Un reloj —puntualizó
ella, y dejó escapar un suspiro trémulo—. No puedo explicarlo.
—¿Puedes hablarme de
la mujer?
—Tenía la cara
magullada y llena de sangre. Oh, Vico.
—Sssh. —Victorio le
acarició el pelo y la atrajo hacia sí—. No tienes que pensar en ello. Dale un
respiro, Gastón.
—No, no, estoy bien. —Candela reposó la cabeza en el
hombro de Vico y clavó sus ojos en los de Gastón—. Fue horrible, horrible y
extraño. Creo que era una mujer joven, pero no puedo asegurarlo. Vi mucho pelo,
pelo muy oscuro y rizado. Llevaba puesto un camisón hecho jirones. Tenía unas
marcas espantosas en el cuello... como si... Dios, como si la hubieran
estrangulado. Enseguida supe que estaba muerta. Grité y retrocedí. Entonces las
piernas me fallaron.
—Tengo que descubrir
quién era —dijo Gastón—. Tiene que haber una forma de averiguar si era un
miembro de la familia, una criada o una invitada. Si una mujer joven murió de
forma violenta en esta casa, tiene que estar registrado en algún lugar.
—Puedo indagar. —Cande
dejó el vaso y alcanzó a esbozar una sonrisa—. Después de todo, es mi trabajo.
—Si se hubiera
producido un asesinato, habríamos oído hablar de él a lo largo de estos años. —Voco
sacudió la cabeza—. Yo no he oído nada. Vamos, cariño, te llevaré a casa.
—Está bien. —Cande
posó una mano sobre el brazo de Gastón—. Ven con nosotros. Creo que no deberías
quedarte.
—Tengo que hacerlo.
Quiero hacerlo.
Necesitaba quedarse,
pensó cuando estuvo solo y el motor de su destornillador eléctrico retumbó en
el comedor. No solo estaba restaurando la casa. La estaba haciendo suya. Si una
muchacha asesinada formaba parte de la casa, también formaba parte de él.
Quería averiguar su
nombre, conocer su historia. ¿De dónde era? ¿Por qué había fallecido? A lo
mejor él había venido a parar aquí porque debía descubrirlo.
Si esas imágenes,
esas sensaciones, habían espantado a otras personas, a él solo le atraerían
todavía más.
Podía convivir con
fantasmas, pensó mientras pasaba una, mano por el canto de su primer armario.
Con todo, no descansaría hasta conocerlos.
Pero cuando terminó
de trabajar y se fue a la cama, dejó las luces encendidas.
Durante los días que
siguieron estuvo demasiado ocupado para pensar en fantasmas, en su sonambulismo
e incluso en las visitas a la ciudad que se había propuesto. El electricista y
el fontanero estaban trabajando duramente con sus respectivos equipos. En la
casa había demasiada gente y jaleo para los fantasmas.
Frank y Frankie, tan
parecidos como sus nombres, anchos de espaldas y con el pelo del color del
barro, recorrieron los jardines haciendo unos ruiditos con la boca que tanto
podían ser de aprobación como de aversión. La pequeña Frankie parecía ser el
cerebro de la operación, y tras una hora de inspección comunicó a Gastón su
precio por limpiar la maleza. Pese a preguntarse si tenían intención de
jubilarse con lo que pedían, Gastón confió en Vico y los contrató.
Regresaron cargados
de palas, piquetas y tijeras de podar de un kilómetro de largo. Gastón podía
oír desde el comedor, donde estaba fabricando los armarios, el perezoso vaivén
de sus voces y algún que otro golpe o derribo.
Cuando se asomó al
jardín, comprobó que la maleza había empezado a desaparecer.
El yesero que le
había enviado la señorita Esperanza era un hombre negro, flaco como un fideo,
llamado Tibald. Su bisabuelo, explicó a Gastón, había trabajado durante un
tiempo de bracero para los Ordóñez.
Recorrieron la casa
mientras Tibald hacía anotaciones en una libreta sobada y diminuta. Cuando
entraron en el salón de baile, el hombre contempló el techo con expresión
soñadora.
—Siempre pienso que
he creado una imagen en mi mente que no existe —dijo—. Creo que nunca me
acostumbraré a ver esta clase de trabajo.
—¿Ya había estado
aquí?
—Sí. Los Rudicker me
pidieron un presupuesto por las obras de enlucido. Son las personas a las que
usted compró la casa. Tenían ideas refinadas, pero nunca hicieron nada con
ellas. De todos modos, oí que iban a contratar a alguien de Savannah.
—¿Por qué?
Tibald siguió
sonriendo al techo.
—Tenían ideas
refinadas y temían que la gente de aquí no fuera capaz de llevarlas a cabo. A
mí me parece que los Rudicker pensaban que cuanto más dinero gastaran, más fino
les quedaría. No sé si me entiende.
—Le entiendo. En mi
opinión, si uno contrata a gente del lugar, mayores probabilidades tendrá de
que se impliquen en su trabajo. ¿Puede reparar y reproducir estos artesonados?
—Hice todo el
enlucido de la Harvest House de River Road. En el camión guardo fotografías
como referencia. Puede echarles una ojeada o visitar personalmente la Harvest
House. Hacen visitas públicas y a veces celebran actos de postín. También
trabajé en Nueva Orleáns, en Baton Rouge y en Metarrie. Puedo darle nombres.
—Veamos esas fotos.
Un vistazo a las
fotografías del antes y el después de cornisas, paredes y medallones
demostraron que el hombre era un artista. Por formalidad, Gastón le pidió un
presupuesto. Tras prometerle que lo tendría listo a finales de semana, Tibald
le tendió la mano.
—Reconozco que me
encantaría meter mano en ese salón de baile. —Tibald contempló la casa—. ¿Está
haciendo algo en el segundo piso?
—Más adelante.
—Si quiere, hable con
mi hermana Lucy. Limpia casas.
—Aún falta mucho para
que necesite una limpiadora.
Tibald sonrió y
extrajo un paquete de goma de mascar Big Red.
—No me refiero a esa
clase de limpieza, señor. —Después de ofrecer a Gastón, cogió una goma de
mascar, la dobló y se la introdujo en la boca—. Limpieza de espíritus. Tiene
espíritus fuertes en esta casa. —Mastico con lentitud—. Sobre todo en el
segundo piso.
—¿Cómo lo sabe?
—Noto su respiración
en la nuca. ¿Usted no? Cuando los Rudicker estaban restaurando la casa, se les
fueron dos obreros. Los tipos salieron por piernas y nunca volvieron. Quizá por
eso los Rudicker buscaron trabajadores de fuera. —Tibald se encogió de
hombros—. Quizá por eso no terminaron sus refinadas ideas.
—¿Sabe qué ocurrió en
el segundo piso?
—No, ni conozco a
nadie que lo sepa. Pero sí sé de unos cuantos que no subirían a ese piso ni por
todo el oro del mundo. Si hay que enlucir algo en la segunda planta, primero
llame a mi hermana Lucy.
Se volvieron al oír
el sonido de un motor.
—Es el coche de la
señorita Rocío. Le acompaña la señorita Esperanza.
La sonrisa de Tibald
se amplió cuando el viejo MG se detuvo al lado de su camión.
—Buenas tardes,
señoras. —Caminó hasta el lado del pasajero para abrirle la puerta a Esperanza—.
¿Cómo anda?
—Bien, muy bien,
Tibald. ¿Cómo está su familia?
—Nada de qué
quejarnos.
Gastón abrió la
puerta del conductor y Rocío bajó. Llevaba unos vaqueros ceñidos y una camisa
turquesa.
—Mi abuela pensó que
había llegado la hora de hacerte una visita. —Miró hacia el camino y reparó en
las camionetas—. ¿Qué has hecho, cher? ¿Contratar a un ejército?
—Solo un batallón. —Rocío
olía a jazmín, pensó Gastón. Olía a noche. Estuvo a punto de atragantarse con
la goma de mascar—. ¿Os apetece dar una vuelta?
—Desde luego. Tibald,
salude a Mazie de mi parte.
—Descuide. Debo irme.
Le haré ese presupuesto, señor Dalmau.
—Llámeme Gastón. Lo
esperaré impaciente. Señorita Esperanza. —Gastón le tomó una mano mientras
Tibald subía a su camión.
La mujer llevaba
puesto un vestido de algodón del color de la calabaza madura y un jersey verde
oscuro. En esta ocasión los calcetines hacían juego con el vestido.
Olía a lavanda y sus
cadenas y pulseras tintineaban. Todo en ella le resultaba relajante.
—Bienvenida a Ordóñez
Hall.
Esperanza guiñó un
ojo a Rocío cuando Gastón le besó la mano.
—Visitaremos el
interior de la casa cuando hayamos terminado con el jardín. He oído que
contrató al gran Frank y la pequeña Frankie —dijo Esperanza, señalando con la
cabeza la furgoneta de los hermanos—. ¿Qué tal se portan?
—Parece que hacen su
trabajo, aunque ignoro cómo. —Gastón contempló los jardines con los dedos
pulgares suspendidos de las presillas de su cinturón— Todavía no les he pillado
trabajando, pero en cuanto me doy la vuelta desaparece un camión entero de
maleza. ¿Le gustaría dar un paseo?
—Será un placer. Rochi,
cariño, trae del coche las botellas protectoras.
—¿Botellas
protectoras?
—Para mantener
alejados a los espíritus malignos. —Rocío procedió a sacar del coche unas
botellas de cristal llenas de agua hasta la mitad.
—¿Deberían
preocuparme los espíritus malignos? —preguntó Gastón.
—Más vale prevenir
—respondió Esperanza, y cargando dos botellas echó a andar hacia los árboles.
—Botellas protectoras
—murmuró Gastón mientras levantaba una. Las había visto en casa de Esperanza—.
¿Cómo funcionan?
—Es un viejo truco
vudú —explicó Rocío—. El sonido que hacen al chocar entre sí espanta a los
espíritus malignos.
Gastón golpeó dos
botellas entre sí. El sonido era agradable, se dijo, y no especialmente
aterrador.
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—¿Crees en la
brujería vudú?
—Creo en la
prevención. —Rocío se alejó, menuda y sinuosa, para reunirse con su abuela.
Ya fuera magia vudú o
meras botellas de cristal, le gustaban colgadas de sus árboles. Y cuando volvió
a golpear dos entre sí, le gustó el sonido que emitieron.
Tardaron casi una
hora en rodear la casa, pues fue preciso charlar con los jardineros,
preguntarles por la familia, especular sobre el tiempo y opinar sobre el
jardín.
Cuando Gastón
consiguió finalmente llevarlas a la cocina, Esperanza se llevó las manos a las
caderas y asintió.
—Me gusta el color,
como la corteza de una tarta horneada en su punto. La mayoría de los hombres
solo conocen el blanco. Este color hace que la madera del suelo destaque.
—La semana que viene
montaré los armarios. —Gastón señaló el comedor—. Los estoy haciendo de madera
de pino y cristal.
Esperanza entró y
pasó una mano por uno de ellos.
—Buen trabajo, Gastón.
Tienes talento.
—Gracias.
—Y te hace feliz.
—No lo sabe usted
bien. ¿Quieren ir al salón? Tengo una mesa. Les prepararé una taza de té. —Algo
pesado golpeó el suelo del primer piso. Gastón levantó la vista—. Lamento el
ruido.
—El trabajo casi
nunca es una actividad silenciosa. Si no te importa, Rochi y yo daremos una
vuelta. Encontraremos solas el salón.
—No tiene pérdida. Es
la única habitación con una mesa.
—Gastón es un joven
muy agradable —comentó Esperanza cuando salió del comedor acompañada de Rocío.
—Sí.
—Y muy guapo.
—Mucho.
—Le gustas, chère.
Rocío rió.
—Lo sé.
—¿Qué piensas hacer?
—Todavía lo estoy
meditando. Jesús, qué casa. —Rocío arrastró las manos por una pared—. Por esa
puerta cabría un coche. Es una pena que la hayan descuidado tanto.
—¿Descuidado? No sé,
a mí me da la impresión de que simplemente ha estado esperando. Se nota que
aquí vive un hombre —señaló Esperanza al entrar en el salón—. Le basta con una
mesa y dos sillas. Seguro que no se ha preparado una comida decente desde que
llegó aquí.
Rocío enarcó una
ceja.
—Abuela, no
conseguirás que me compadezca tanto de él como para hacerle la comida. —Se
acercó a la ventana con una sonrisa—. Qué vista tan hermosa. Imagina cómo debía
de ser mirar por esta ventana cuando la casa gozaba de todo su esplendor, con
los caballos trotando por la avenida y aquellos coches antiguos subiendo por el
camino.
—Volverá a ser
hermosa, pero necesita una mujer. Y el muchacho también.
Rocío jugó con la
llavecita que colgaba de su cuello.
—He dicho que aún lo
estoy meditando. Todavía hace frío en esta casa —añadió—. No le iría mal un
fuego.
—Lo encenderé —dijo Gastón
al entrar con una jarra rebosante de té y unas tazas de plástico.
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