domingo, 25 de marzo de 2012

Segunda Parte, Capitulo Trece


Daphne dejó la guitarra eléctrica y abrió la puerta.
Benny estaba en pie al otro lado.
-¿Puedo bañarme en tu bañera, Daphne?
-¿Y eso por qué?
Benny parecía asustado.
-Porque sí.
  
Rocío se sirvió un vaso de Sauvignon blanco de la bote­lla que encontró en la nevera y salió al porche. La camiseta negra sin mangas que llevaba no abrigaba lo bastante para el fresco del anochecer, pero tampoco se molestó en entrar a por un jersey.
Rochi se estaba columpiando cuando apareció Gastón. Llevaba un par de calcetines grises de tenis y un albornoz a rayas verticales marrones y negras que parecía de seda. Era el tipo de albornoz que una mujer le regala a un hombre con el que quiere acostarse. A Rochi no le gustó.
-Podríamos preparar una estupenda merendola en la glorieta antes de irnos -dijo Rocío-. Lo convertimos en un acontecimiento e invitamos a toda la gente de las ca­sitas.
-¿Y por qué íbamos a hacer eso?
-Por diversión.
-Suena de lo más emocionante -respondió Gastón, sen­tándose en la silla de al lado con las piernas extendidas. Los pelos de sus pantorrillas estaban empapados. Olía a Safe­guard y a algo más caro. Era como un furgón de seguridad lleno de corazones rotos de mujer.
-Preferiría que no te quedases aquí, Gastón.
-Y yo preferiría quedarme -dijo sorbiendo el vino del vaso que había traído consigo.

-¿Puedo dormir en tu casa, Daphne?
-Supongo que sí. Pero ¿por qué quieres quedarte?
-Porque en mi casa hay un fantasma.


-No puedes esconderte de Julia eternamente -dijo Rocío.
-No me escondo. Sólo me tomo mi tiempo.
-No sé muy bien cómo se obtiene una anulación, pero diría que esto podría comprometer la nuestra.
-Ya estaba comprometida desde el principio -dijo Gastón-. Por lo que me contó el abogado, las únicas posibilida­des para una anulación son el engaño o la coacción. Pensé que tú podrías alegar coacción. Yo seguro que no lo discutiría.
-Pero el hecho de que ahora estemos juntos lo pone en duda.
-Gran problema. Entonces pediremos un divorcio. Tardará un poco más, pero el resultado será el mismo.
Rochi se levantó del columpio.
-Aun así, no te quiero aquí.
-La casita es mía.
-Tengo derechos de inquilina.
La voz de Gastón se deslizó sobre ella, suave y sensual.
-Creo que estar cerca de mí te pone nerviosa.
-Sí, claro -dijo ella simulando un bostezo.
Gastón señaló con la cabeza al vaso de vino y dijo con una sonrisa:
-Estás bebiendo. ¿No temes volver a atacarme mien­tras duermo?
-Ups. Recaída. Y ni siquiera me había dado cuenta.
-O tal vez temes que yo te ataque a ti.
Algo despertó en su interior, pero se hizo la fría y se di­rigió hacia la mesa para limpiar las migajas de pan con una servilleta que había dejado allí.
-¿Por qué iba a temerlo? Tú no te sientes atraído por mí.
Antes de responder, Gas esperó el rato justo para que ella se pusiera nerviosa.
-¿Y tú cómo sabes por quién me siento atraído yo?
El corazón de Rochi dio una voltereta peligrosa.
-¡Vaya! Yo ya pensaba que mi dominio de la lengua inglesa iba a separarnos.
-Eres tan impertinente.
-Lo siento, pero me gustan los hombres con una per­sonalidad más profunda.
-¿Intentas decir que piensas que soy superficial?
-Como un charco en la acera. Pero eres rico y atracti­vo, así que no pasa nada.
-¡Yo no soy superficial!
-Llena el espacio en blanco: lo más importante en la vida de Gastón Dalmau es...
-El fútbol es mi profesión. Eso no me convierte en una persona superficial.
-Y las cosas más importantes en la vida de Gastón Dalmau en segundo, tercer y cuarto lugar son el fútbol, el fút­bol y, mira por dónde, el fútbol.
-Soy el mejor en lo que hago, y no voy a pedir discul­pas por ello.
-La quinta cosa más importante en la vida de Gastón Dalmau es... eh, un momento, ahora vendrían las mujeres, ¿no?
-¡Las calladitas, así que tú quedas fuera!
Rocío ya se preparaba para una réplica mordaz cuando cayó en la cuenta.
-Claro. Todas esas mujeres extranjeras... -Gastón la mi­ró con recelo-. No quieres a alguien con quien puedas co­municarte realmente. Eso podría interponerse con tu obse­sión principal.
-No tienes ni idea de lo que dices. Te lo repito, salgo con muchas mujeres americanas.
-Y supongo que son intercambiables. Guapas, no dema­siado listas y, en cuanto se vuelven exigentes, les das puerta.
-Los buenos viejos tiempos...
-Te he insultado, por si no te has dado cuenta.
-Y yo te he devuelto el insulto, por si no te has dado cuenta.
Rochi sonrió.

-Estoy segura de que no querrás compartir el mismo techo con alguien tan exigente.
-No te vas a librar de mí tan fácilmente. De hecho, vi­vir juntos podría tener sus ventajas.
Gastón se levantó del columpio y la miró con una expre­sión que conjuraba imágenes de cuerpos sudorosos y sába­nas arrugadas. Entonces, se metió la mano en el bolsillo de su albornoz y rompió el hechizo que probablemente sólo había existido en la imaginación de Rocío.
Gastón extrajo una hoja arrugada de papel. Rochi reco­noció enseguida el dibujo que había hecho de Daphne ti­rándose al agua.
-He encontrado esto en la papelera -dijo alisando el papel mientras se acercaba a ella y señalando a Benny-. ¿Y éste? ¿Es el tejón?
Rocío asintió lentamente, deseando no haber tirado el dibujo en un lugar donde él pudiera encontrarlo.
-¿Y por qué lo has tirado?
-Cuestiones de seguridad.
-Mmm...
-A veces me inspiro en incidentes de mi propia vida.
-Eso ya lo veo.
-Soy más una caricaturista que una artista.
-Esto tiene demasiados detalles para ser una carica­tura.
Ro se encogió de hombros y alargó la mano para re­cuperar el dibujo, pero Gastón negó con la cabeza.
-Ahora es mío. Me gusta -dijo guardándoselo en el bolsillo. Luego se dirigió hacia la puerta de la cocina y aña­dió-: Será mejor que me vista.
-Vale, porque quedarte aquí no va a funcionar.
-Ah, sí que me quedo. Es sólo que bajo un rato al pue­blo. -Se detuvo y la miró con una sonrisa torcida-. Si quie­res acompañarme...
En el cerebro de Rochi se disparó una alarma.
-No, gracias, tengo el alemán un poco oxidado, y si como demasiado chocolate se me agrieta la piel.
-Si no te conociera mejor, diría que estás celosa.
-Acuérdate, liebling, de que el despertador suena a las cinco y media.
Rochi le oyó llegar pasada la una, por lo que fue para ella todo un placer aporrear su puerta al amanecer. Había llo­vido toda la noche y mientras Rocío y Gastón avanzaban en silencio por el camino, un tono gris rosado dominaba el cie­lo recién lavado; sin embargo, estaban ambos demasiado dormidos como para apreciarlo. Mientras Gas bostezaba, Rochi se concentraba en poner un pie delante del otro in­tentando evitar los charcos. Sólo Cafre estaba contento de es­tar ya despierto y en marcha.
Rochi preparó tortitas de arándanos mientras Gas cor­taba trozos desiguales de fruta que iba depositando en un cuenco azul de cerámica. Mientras trabajaba, refunfuñaba que alguien con un promedio de pases bien dados del sesen­ta y cinco por ciento no debería dedicarse a la cocina. Sus quejas se silenciaron, sin embargo, cuando entró Mermy.
-¿De dónde ha salido ese gato?
Rochi esquivó la pregunta.
-Es una gata, y apareció ayer. Se llama Mermy.
Cafre lloriqueó y se arrastró bajo la mesa. Gastón cogió un trapo de cocina para secarse las manos.
-Hola, bonita -dijo arrodillándose para acariciar al animal. Mermy se acurrucó inmediatamente junto a él.
-Creía que no te gustaban los animales.
-Me gustan los animales. ¿De dónde has sacado esa idea?
-¿De mi perro?
-¿Es un perro? Anda, lo siento. Creía que era un acci­dente por residuos industriales -dijo mientras pasaba sus de­dos largos y delgados entre el pelaje de la gata.
-Slytherin.
Rochi tapó el recipiente de la harina de un manotazo. ¿Qué clase de hombre podía preferir un gato a un caniche francés excepcionalmente refinado?
-¿Qué me has llamado?
-Es una referencia literaria. No lo entenderías.
-Harry Potter. Y no me gustan los motes.
Su respuesta la irritó. Le estaba resultando cada vez más difícil convencerse de que Gastón era sólo una cara bonita.
Los Pearson fueron los primeros clientes. John Pearson consumió media docena de tortitas y una ración de huevos re­vueltos mientras ponía al día a Gastón sobre su hasta el mo­mento infructuosa búsqueda de la curruca de Kirtland. Chet y Gwen se marchaban aquel mismo día, y cuando Rochi echó un vistazo al comedor, observó que Gwen le lanzaba miradi­tas de «acércate más» a Gastón. Poco después, Rochi oyó una discusión en la puerta principal. Apagó el fuego y corrió hacia el vestíbulo, donde el hombre corpulento que había visto en el espacio comunitario el día de su llegada le gruñía a Gastón:
-Es morena, pelo brillante y oscuro. Alta, metro setenta y muchos. Y hermo­sa. Alguien me ha dicho que la vieron aquí ayer por la tarde.
-¿Qué quiere de ella? -preguntó Gastón.
-Teníamos una cita.
-¿Qué clase de cita?
-¿Está aquí o no?
-Creo que reconozco esa voz ronca -dijo Julia, apa­reciendo en lo alto de las escaleras. De algún modo, lograba convertir su sencilla camisa de lino con caracolas de mar y el pantalón corto a juego en algo glamuroso. Bajó las escaleras con aplomo, como la reina de la pantalla que era, pero se de­tuvo en seco al ver a Gastón-. Buenos días.
Gastón la saludó bruscamente con la cabeza y desapare­ció hacia el comedor.
Julia mantuvo la compostura. El hombre que había ve­nido a verla miró hacia el comedor, y Rocío observó que se trataba del hombre que había visto salir del bosque en su pri­mer día en el campamento. ¿De qué le conocería Julia?
-Son las ocho y media -refunfuñó-. Se supone que habíamos quedado a las siete.
-He considerado durante unos segundos la posibilidad de acudir, pero he decidido seguir durmiendo.
El hombre la miró como un león enfurecido.
-Pues vamos. Estoy perdiendo la luz.
-Si la busca bien, estoy segura de que la encontrará. Mientras, desayunaré.
El hombre frunció el ceño.
Julia se dirigió a Rochi con una expresión gélida.
-¿Sería posible que pudiera comer en la cocina y no en el comedor?
Rocío se dijo que podía mostrarse todavía más hostil que Julia, pero luego decidió que al cuerno, que a ese juego sólo podían jugar dos.
-Por supuesto. Tal vez querrán comer los dos juntos en la cocina. He preparado tortitas de arándano.
Julia se mostró ofendida.
-¿Tienen café? -ladró él.
A Rochi siempre le habían atraído los individuos a quie­nes no les importa ganarse la aprobación de los demás, po­siblemente porque ella había pasado mucho tiempo inten­tando ganarse la de su padre. La indignante excentricidad de aquel hombre la fascinó. También observó que era muy atrac­tivo para su edad.
-Todo el que quiera.
-Pues de acuerdo.

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