—Los servicios de búsqueda
son adicionales —dijo él.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Más qué?
—Dinero. Esos cincuenta
dólares al día que vas a pagarme por mis servicios.
—¿Consideras encontrar una
sala del tatuajes un servicio de búsqueda?
—Sí, señora, lo considero.
Ella siempre supo que esa
retribución era demasiado buena para ser cierta.
—¿Exactamente que cubren
esos cincuenta dólares?
—La conducción,
principalmente. Como dije, encontrar salas del tatuaje es adicional. También
buscar arreglo de pelo y uñas.
—No he preguntado por eso.
—Los masajes están incluidos
en los cincuenta. Pero, en cuanto a lo demás...
—Lo demás...
—Sólo cargaré las maletas
una vez al día. Si son más veces te costará un extra. Enseñarte los monumentos
está incluido en los honorarios, pero si tengo que hacer algún tipo de
traducción del español para ti, tendré que cobrarte por adelantado. Y para el
sexo, serían cincuenta pavos adicionales. ¿Te parece justo?
Ella clavó los ojos en él y se
preguntó si de alguna forma se le había metido agua en los oídos.
Él sacudió la cabeza.
—No, tienes razón. Estamos
en temporada baja, por lo tanto tengo que hacerte un descuento. Veamos. Te dejo
en treinta el sexo, y eso cubre la noche entera, no sólo un polvo, ya me
entiendes. Una viajera atada a un presupuesto como tú no va a encontrar una
tarifa como esta.
Lentamente su lengua se
despegó de su paladar.
—¿Sexo?
—La noche entera por treinta
dólares —él apoyó los codos en el borde—. Últimamente he estado pensando en lo
injusto que es. Una mujer puede cobrar centenares de dólares por una noche
entera, pero un hombre no, eso es discriminación, eso es lo que es. Te juro,
que últimamente he estado tentado acerca de presentar una queja en el EEOC.
Ella no podía apartar los
ojos de él. Sentía una sensación extraña, entre la repulsa y la fascinación.
—¿Las mujeres pagan por
tener sexo contigo?
Él la miró como si ella
fuera tonta.
—Has alquilado un servicio
de acompañante.
—Pensaba que había alquilado
a un conductor.
—Y un guía. Acompañante. Son
la misma cosa. ¿No te explicó Eugenia acerca de que los conductores ofrecen
servicios de acompañante?
—Aparentemente no.
Él negó con la cabeza.
—Creo que tengo que hablar
con ella acerca de esto. Ella debería haber tomado en consideración que tú
posiblemente no entenderías las cosas de aquí. Ahora me encuentro en una
situación desagradable, como discutir de dinero con mi clienta. De lo que
principalmente me gusta hablar es de placer.
La forma en que él se demoró
sobre la última palabra con su acento arrastrado de Texas fue como miel
derretida que envió un temblor a través de su columna vertebral.
Repentinamente, sin
cualquier dirección consciente, su mente comenzó a correr a toda velocidad.
¿Podría pagar por tener sexo? ¿Acababa de recibir la respuesta a todos sus
problemas? Su estómago dio un vuelco. No. Era inconcebible. Imposible. ¿Pero
por qué? Sólo tenía dos semanas para librarse de la red que el despreciable
Hugh Holroyd había tejido tan apretadamente alrededor de ambos, de ella y St.
Gert, y esto sería mucho más escandaloso que un tatuaje.
Ella consideró la
posibilidad que tal vez Eugenia había escogido a Gastón Dalmau como su guía
simplemente por esta razón. Eugenia no sabía los planes de Holroyd, pero si
sabía cuánto lamentaba su experiencia limitada con los hombres.
Una tarde varios meses
atrás, ellas compartieron un té en la casita de campo de Rochi en las cercanías
de St. Gert, y con la franqueza que Eugenia le había contado un pasaje doloroso
de su vida, le permitieron a Rochi revelar algo de su pasado. Eugenia ya sabía
cuánto amaba Rochi a St. Gert, lo cual en realidad era lo único que sabía de
ella. Al mismo tiempo, criarse en una escuela de chicas había restringido sus
contactos con los hombres. Incluso cuando fue a la universidad, las cosas no
mejoraron mucho. La muerte de su madre la había dejado en la quiebra
virtualmente, así que se vio obligada a trabajar duro. Entre su trabajo y los
estudios, apenas tuvo tiempo de hacer vida social, y la mayor parte de los hombres
que encontraba atractivos se sentían intimidados por ella. Parecían preferir un
tipo más suave de mujer, más fáciles de manejar y menos inclinadas a asumir el
mando.
Sabía que habría sido más
sensato haber aceptado un puesto docente en Londres después de graduarse, pero
St. Gert era su casa, y el viejo lugar ocupaba su vida. Desafortunadamente, el
puñado de hombres elegibles en el pequeño pueblo de Lower Tilbey era limitado,
y a ella le parecía que les inspiraba más respeto que pasión.
Justamente había comenzado a
resignarse a una existencia solitaria, sin hijos, cuando contrató a Jeremy Fox
para llenar la vacante del departamento de historia. En pocos meses, estaba
enamorada de él. Jeremy era amable, simpático, y atractivo, del tipo estudioso
que siempre la habían atraído. Desafortunadamente, él era también su
subordinado, pero tenían en común tantas cosas que de todas maneras se hicieron
amigos.
Ella había estado satisfecha
con su cómodo compañerismo hasta un día lluvioso del pasado mes de noviembre
cuando había pasado varias horas con una nostálgica niña de seis años
acurrucada en su regazo. El tiempo sombrío combinado con su próximo treinta
cumpleaños y sentir la cabeza de la niña bajo su barbilla había vencido tanto a
su sentido común como a su profesionalidad.
Había ido a la habitación de
Jeremy esa tarde y, tan sutilmente como fue posible, le había comunicado que
sus sentimientos por él iban más allá de la amistad. Una mirada a su expresión
horrorizada le dijo que había cometido un terrible error. Él fue
insoportablemente amable cuando le dijo que solamente la quería como una amiga.
—Tú, Rochi eres tan fuerte.
Con tal espíritu de líder.
Ella sabía que eso no era un
elogio, y un tiempo más tarde, se había forzado a sonreír en su boda con una
bonita camarera de veintiún años que no conocía la Carta Magna de la Línea
Maginot.
Rochi recordaba la expresión
comprensiva de Eugenia cuando ella le había hablado de Jeremy.
—Entonces, eres todavía
virgen —había dicho Eugenia sucintamente.
Rochi se había avergonzado.
—Pues bien, yo he tenido
algunas citas. Y hubo varias veces que yo... —claudicó—. Sí. Totalmente. ¿Crees
que debería avergonzarme por ello?
—De ningún modo. Simplemente
eres selectiva.
Pero a pesar de las palabras
amables de Eugenia, Rochi se sintió como un bicho raro. De todos modos alquilar
a un hombre para el sexo nunca se le habría ocurrido para desalentar a Hugh
Holroyd, Duque de Beddington.
¿Después de semanas de
romperse la cabeza de cómo salvar su escuela, podría la solución ser tan
simple? ¿Y tan difícil?
Ella necesitaba saber más.
—Sus servicios sexuales...
—se aclaró la voz—. ¿En qué consisten exactamente?
La botella de cerveza se
quedó a medias para sus labios, y la sonrisa que había estado pendiendo allí se
desvaneció. Él clavó los ojos en ella por un largo momento, luego abrió la boca
para hablar. La volvió a cerrar. Otra vez la abrió.
Y tomó un trago de cerveza.
Ella observó los músculos en
su garganta mientras tragaba. Estaba obviamente sorprendido, y ella casi podía
leer sus pensamientos. Él pensaba de ella que era demasiado conservadora para
contratarle para el sexo, y ahora se arrepentía de haber reducido su precio tan
rápidamente.
Él colocó su cerveza en el
borde.
—Uh... Cualquier cosa que la
clienta quiera.
Su mente pasó rápidamente
por todas las posibilidades, y tuvo que mantener sus pensamientos a raya. No
podía considerar esto de forma emotiva; tenía que estudiarlo con lógica y había
cosas prácticas que considerar.
—¿Que hay acerca de las
enfermedades de trasmisión sexual? —mirarle a los ojos era imposible, así es
que fingió estudiar las burbujas.
Por un momento pensó que él
no iba a contestar, pero lo hizo, aunque su voz sonó como si la cerveza le
hubiera bajado por la tubería equivocada.
—Practico relaciones
sexuales casi cien por cien seguras.
—Eso no me dice nada.
—Noventa y cinco por ciento.
Porque como Mery siempre dice: ¡Vivir es arriesgarse! Aunque yo me aseguro de
estar siempre limpio, ¿eso es lo que quieres saber? ¿Y qué hay de ti?
—¿De mí? —ella levantó la
cabeza—. No. Seguro que no.
Otra vez, bajó su mirada. A
través de las burbujas, ella vislumbró su piel y se preguntó cuánto de su
cuerpo podía ver él.
—¿Esto es simplemente un
negocio? ¿Manejado profesionalmente?
—Yo, uh, te ofrezco una
garantía de devolución del dinero.
—Y yo que la clienta... ¿Qué
hace la clienta?
Él pareció pensarlo un
momento.
—La clienta dicta los
parámetros. Dicta los detalles. Por ejemplo, si la señora tiene algún fetiche
particular...
—Oh, no. Ninguno.
Su único fetiche era el
deseo de hacer el amor con un hombre que la amara, y eso era algo que Gastón Dalmau
no le podía conseguir. Simplemente sexo.
—O si, por ejemplo, a la
clienta le gusta, me dice: "Gastón, cariño, quiero que me esposes".
Su cabeza subió rápidamente.
—Bueno, yo...estoy de
acuerdo con eso de dictar los parámetros, porque me temo que eso de las esposas
es demasiado para mí.
—Tú mandas.
Ella podía notar unos
parches rojos ardiendo en sus mejillas. ¿Estaba realmente considerando hacer
esto?
vaya... nos zarpamos... jajaja muy bueno... me gusto... gas es lo mas.. con toda esa honda relax... y rochi tirando todo por la borda.. ya qiero el siguiente... lo espero.. un beso
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