domingo, 25 de marzo de 2012

Capitulo II, Tercera Parte


—Los servicios de búsqueda son adicionales —dijo él.
—¿Cómo? ¿Qué? ¿Más qué?
—Dinero. Esos cincuenta dólares al día que vas a pagarme por mis servicios.
—¿Consideras encontrar una sala del tatuajes un servicio de búsqueda?
—Sí, señora, lo considero.
Ella siempre supo que esa retribución era demasiado buena para ser cierta.
—¿Exactamente que cubren esos cincuenta dólares?
—La conducción, principalmente. Como dije, encontrar salas del tatuaje es adicional. También buscar arreglo de pelo y uñas.
—No he preguntado por eso.
—Los masajes están incluidos en los cincuenta. Pero, en cuanto a lo demás...
—Lo demás...
—Sólo cargaré las maletas una vez al día. Si son más veces te costará un extra. Enseñarte los monumentos está incluido en los honorarios, pero si tengo que hacer algún tipo de traducción del español para ti, tendré que cobrarte por adelantado. Y para el sexo, serían cincuenta pavos adicionales. ¿Te parece justo?
Ella clavó los ojos en él y se preguntó si de alguna forma se le había metido agua en los oídos.
Él sacudió la cabeza.
—No, tienes razón. Estamos en temporada baja, por lo tanto tengo que hacerte un descuento. Veamos. Te dejo en treinta el sexo, y eso cubre la noche entera, no sólo un polvo, ya me entiendes. Una viajera atada a un presupuesto como tú no va a encontrar una tarifa como esta.
Lentamente su lengua se despegó de su paladar.
—¿Sexo?
—La noche entera por treinta dólares —él apoyó los codos en el borde—. Últimamente he estado pensando en lo injusto que es. Una mujer puede cobrar centenares de dólares por una noche entera, pero un hombre no, eso es discriminación, eso es lo que es. Te juro, que últimamente he estado tentado acerca de presentar una queja en el EEOC.
Ella no podía apartar los ojos de él. Sentía una sensación extraña, entre la repulsa y la fascinación.
—¿Las mujeres pagan por tener sexo contigo?
Él la miró como si ella fuera tonta.
—Has alquilado un servicio de acompañante.
—Pensaba que había alquilado a un conductor.
—Y un guía. Acompañante. Son la misma cosa. ¿No te explicó Eugenia acerca de que los conductores ofrecen servicios de acompañante?
—Aparentemente no.
Él negó con la cabeza.
—Creo que tengo que hablar con ella acerca de esto. Ella debería haber tomado en consideración que tú posiblemente no entenderías las cosas de aquí. Ahora me encuentro en una situación desagradable, como discutir de dinero con mi clienta. De lo que principalmente me gusta hablar es de placer.
La forma en que él se demoró sobre la última palabra con su acento arrastrado de Texas fue como miel derretida que envió un temblor a través de su columna vertebral.
Repentinamente, sin cualquier dirección consciente, su mente comenzó a correr a toda velocidad. ¿Podría pagar por tener sexo? ¿Acababa de recibir la respuesta a todos sus problemas? Su estómago dio un vuelco. No. Era inconcebible. Imposible. ¿Pero por qué? Sólo tenía dos semanas para librarse de la red que el despreciable Hugh Holroyd había tejido tan apretadamente alrededor de ambos, de ella y St. Gert, y esto sería mucho más escandaloso que un tatuaje.
Ella consideró la posibilidad que tal vez Eugenia había escogido a Gastón Dalmau como su guía simplemente por esta razón. Eugenia no sabía los planes de Holroyd, pero si sabía cuánto lamentaba su experiencia limitada con los hombres.
Una tarde varios meses atrás, ellas compartieron un té en la casita de campo de Rochi en las cercanías de St. Gert, y con la franqueza que Eugenia le había contado un pasaje doloroso de su vida, le permitieron a Rochi revelar algo de su pasado. Eugenia ya sabía cuánto amaba Rochi a St. Gert, lo cual en realidad era lo único que sabía de ella. Al mismo tiempo, criarse en una escuela de chicas había restringido sus contactos con los hombres. Incluso cuando fue a la universidad, las cosas no mejoraron mucho. La muerte de su madre la había dejado en la quiebra virtualmente, así que se vio obligada a trabajar duro. Entre su trabajo y los estudios, apenas tuvo tiempo de hacer vida social, y la mayor parte de los hombres que encontraba atractivos se sentían intimidados por ella. Parecían preferir un tipo más suave de mujer, más fáciles de manejar y menos inclinadas a asumir el mando.
Sabía que habría sido más sensato haber aceptado un puesto docente en Londres después de graduarse, pero St. Gert era su casa, y el viejo lugar ocupaba su vida. Desafortunadamente, el puñado de hombres elegibles en el pequeño pueblo de Lower Tilbey era limitado, y a ella le parecía que les inspiraba más respeto que pasión.
Justamente había comenzado a resignarse a una existencia solitaria, sin hijos, cuando contrató a Jeremy Fox para llenar la vacante del departamento de historia. En pocos meses, estaba enamorada de él. Jeremy era amable, simpático, y atractivo, del tipo estudioso que siempre la habían atraído. Desafortunadamente, él era también su subordinado, pero tenían en común tantas cosas que de todas maneras se hicieron amigos.
Ella había estado satisfecha con su cómodo compañerismo hasta un día lluvioso del pasado mes de noviembre cuando había pasado varias horas con una nostálgica niña de seis años acurrucada en su regazo. El tiempo sombrío combinado con su próximo treinta cumpleaños y sentir la cabeza de la niña bajo su barbilla había vencido tanto a su sentido común como a su profesionalidad.
Había ido a la habitación de Jeremy esa tarde y, tan sutilmente como fue posible, le había comunicado que sus sentimientos por él iban más allá de la amistad. Una mirada a su expresión horrorizada le dijo que había cometido un terrible error. Él fue insoportablemente amable cuando le dijo que solamente la quería como una amiga.
—Tú, Rochi eres tan fuerte. Con tal espíritu de líder.
Ella sabía que eso no era un elogio, y un tiempo más tarde, se había forzado a sonreír en su boda con una bonita camarera de veintiún años que no conocía la Carta Magna de la Línea Maginot.
Rochi recordaba la expresión comprensiva de Eugenia cuando ella le había hablado de Jeremy.
—Entonces, eres todavía virgen —había dicho Eugenia sucintamente.
Rochi se había avergonzado.
—Pues bien, yo he tenido algunas citas. Y hubo varias veces que yo... —claudicó—. Sí. Totalmente. ¿Crees que debería avergonzarme por ello?
—De ningún modo. Simplemente eres selectiva.
Pero a pesar de las palabras amables de Eugenia, Rochi se sintió como un bicho raro. De todos modos alquilar a un hombre para el sexo nunca se le habría ocurrido para desalentar a Hugh Holroyd, Duque de Beddington.
¿Después de semanas de romperse la cabeza de cómo salvar su escuela, podría la solución ser tan simple? ¿Y tan difícil?
Ella necesitaba saber más.
—Sus servicios sexuales... —se aclaró la voz—. ¿En qué consisten exactamente?
La botella de cerveza se quedó a medias para sus labios, y la sonrisa que había estado pendiendo allí se desvaneció. Él clavó los ojos en ella por un largo momento, luego abrió la boca para hablar. La volvió a cerrar. Otra vez la abrió.
Y tomó un trago de cerveza.
Ella observó los músculos en su garganta mientras tragaba. Estaba obviamente sorprendido, y ella casi podía leer sus pensamientos. Él pensaba de ella que era demasiado conservadora para contratarle para el sexo, y ahora se arrepentía de haber reducido su precio tan rápidamente.
Él colocó su cerveza en el borde.
—Uh... Cualquier cosa que la clienta quiera.
Su mente pasó rápidamente por todas las posibilidades, y tuvo que mantener sus pensamientos a raya. No podía considerar esto de forma emotiva; tenía que estudiarlo con lógica y había cosas prácticas que considerar.
—¿Que hay acerca de las enfermedades de trasmisión sexual? —mirarle a los ojos era imposible, así es que fingió estudiar las burbujas.
Por un momento pensó que él no iba a contestar, pero lo hizo, aunque su voz sonó como si la cerveza le hubiera bajado por la tubería equivocada.
—Practico relaciones sexuales casi cien por cien seguras.
—Eso no me dice nada.
—Noventa y cinco por ciento. Porque como Mery siempre dice: ¡Vivir es arriesgarse! Aunque yo me aseguro de estar siempre limpio, ¿eso es lo que quieres saber? ¿Y qué hay de ti?
—¿De mí? —ella levantó la cabeza—. No. Seguro que no.
Otra vez, bajó su mirada. A través de las burbujas, ella vislumbró su piel y se preguntó cuánto de su cuerpo podía ver él.
—¿Esto es simplemente un negocio? ¿Manejado profesionalmente?
—Yo, uh, te ofrezco una garantía de devolución del dinero.
—Y yo que la clienta... ¿Qué hace la clienta?
Él pareció pensarlo un momento.
—La clienta dicta los parámetros. Dicta los detalles. Por ejemplo, si la señora tiene algún fetiche particular...
—Oh, no. Ninguno.
Su único fetiche era el deseo de hacer el amor con un hombre que la amara, y eso era algo que Gastón Dalmau no le podía conseguir. Simplemente sexo.
—O si, por ejemplo, a la clienta le gusta, me dice: "Gastón, cariño, quiero que me esposes".
Su cabeza subió rápidamente.
—Bueno, yo...estoy de acuerdo con eso de dictar los parámetros, porque me temo que eso de las esposas es demasiado para mí.
—Tú mandas.
Ella podía notar unos parches rojos ardiendo en sus mejillas. ¿Estaba realmente considerando hacer esto?

1 comentario:

  1. vaya... nos zarpamos... jajaja muy bueno... me gusto... gas es lo mas.. con toda esa honda relax... y rochi tirando todo por la borda.. ya qiero el siguiente... lo espero.. un beso

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