jueves, 29 de marzo de 2012

Tercera Parte, Capitulo Trece


Rocío se sintió un poco culpable y volvió su atención ha­cia Julia.
-Puede utilizar la cocina con toda libertad siempre que quiera. Estoy segura de que preferirá evitar a sus admirado­res a primera hora de la mañana.
-¿Qué clase de admiradores? -preguntó él.
-Soy bastante famosa -dijo Julia.
-Oh -replicó el hombre, dando por acabado el tema de la fama-. Ya que insistes en comer, ¿podrías darte un poco deprisa?
Julia se dirigió a Rocío sin duda únicamente con ánimo de ofender al hombre.
-Este hombre atrozmente egocéntrico es Liam Jenner. Señor Jenner, le presento a Rocío, la esposa de mi... sobrino.
Era la segunda vez en dos días que se quedaba atemori­zada ante un famoso.
-¿El señor Jenner? -Rochi tragó saliva-. No puedo decirle lo encantada que estoy. Hace años que admiro su obra. ¡No puedo creerme que esté usted aquí! Sólo que... en las fotos que siempre sacan de usted, lleva el pelo largo. Ya sé que deben ser de hace años, pero... lo siento. Estoy parlo­teando. Es que sus obras han significado mucho para mí.
Jenner asesinó a Julia con la mirada.
-Si quisiera que ella supiera mi nombre, se lo habría di­cho yo mismo.
-Qué suerte -le dijo Julia a Rocío-. Ya tenemos a un ganador para el concurso de Don Encanto.
Ro intentó contener la respiración.
-Sí, claro, lo comprendo. Estoy segura de que hay mu­cha gente que viola su intimidad, pero...
-Tal vez podría usted saltarse la adulación y llevarnos directamente hacia esas tortitas. Rochi tomó aire.
-Por aquí, señor.
-Tal vez tendrías que preparar unas tortitas de mala uva para él.
-Lo he oído -murmuró el pintor.
En la cocina, Rocío se recompuso lo suficiente como para conducir a Julia y a Liam Jenner hasta la mesa redonda del saledizo. Luego corrió a rescatar los huevos revueltos que había abandonado y los puso en un plato.
Gastón entró por la puerta y miró hacia Julia y Liam Jen­ner, pero aparentemente decidió no hacer preguntas.
-¿Ya están listos esos huevos?
Rochi le entregó los platos y le advirtió:
-Están demasiado hechos. Si la señora Pearson se que­ja, cálmala con tus encantos. ¿Puedes traer café? Tenemos co­mensales en la cocina. Te presento a Liam Jenner.
Gastón saludó al artista con la cabeza.
-Había oído en el pueblo que tiene usted una casa en el lago.
-Y tú eres Gastón Dalmau -dijo Jenner, sonriendo por primera vez y sorprendiendo a Rocío con la transformación de sus marcados rasgos. Realmente muy atractivos. Julia también lo notó, aunque no pareció tan impresionada como Rocío.
Jenner se levantó y le tendió la mano.
-Debería haberte reconocido enseguida. Hace años que sigo a los Stars.
Mientras los dos hombres se estrechaban la mano, Rocío observó que el artista temperamental se había transformado en un aficionado al fútbol.
-Has realizado una temporada muy buena.
-Podría haber sido mejor.
-No se puede ganar siempre.
La conversación derivó hacia los Stars, y Rochi se que­dó observando a los tres tertulianos. Qué extraño grupo de gente reunida en aquel lugar aislado. Un futbolista, un pin­tor y una estrella de cine.
«Aquí, en la isla de Gilligan.»
Ro sonrió, le quitó los platos de las manos a Gastón, que parecía disfrutar de la conversación, y los llevó al come­dor. Por suerte, no hubo quejas por los huevos. Sirvió café en dos tazas, cogió una ración de crema de leche y un sobre de azúcar de más, y lo llevó todo de vuelta a la cocina.
Gastón estaba apoyado en la puerta de la despensa, igno­rando a Julia, mientras hablaba con Liam Jenner.
- … dicen en el pueblo que mucha gente está visitando Wind Lake con la esperanza de poder verle. Aparentemen­te, ha beneficiado usted el turismo local.
-No por gusto -dijo Jenner cogiendo la taza de café que Rchi le había dejado delante e inclinándose a conti­nuación en su silla. Parecía estar a gusto dentro de su pe­llejo, pensó Rocío. Era de constitución robusta, un poco canoso: un artista disfrazado de curtido hombre de los bos­ques-. En cuanto se difundió el rumor de que me había construido una casa en este lugar, empezaron a aparecer todo tipo de idiotas.
Julia aceptó la cucharilla que le ofrecía Rocío y, mien­tras removía el café, dijo:
-No parece tener en mucha estima a sus admiradores, señor Jenner.
-Lo que les impresiona es mi fama, no mis obras. Se po­nen a parlotear sobre el honor de conocerme, pero las tres cuartas partes de ellos no reconocerían uno de mis cuadros aunque les mordiera el trasero.
Rocío, que se sintió aludida, no podía dejarlo así.
-Mamá de mal humor, pintado en 1968, una acuarela muy temprana -dijo mientras vertía el batido para rebo­zar en la sartén-. Una obra emocionalmente compleja con una engañosa simplicidad de trazo. Prendas, pintado sobre 1971, una acuarela con pincel seco. A los críticos no les gustó, pero estaban equivocados. Entre 1996 y 1998 se concentró en los acrílicos con la serie Desiertos. Estilísticamente, esos cua­dros son un pastiche: eclecticismo posmoderno, clasicismo, con un guiño a los impresionistas que se podría usted haber ahorrado.
Gas sonrió.
-Rochi es summa cum laude. En Northwestern. Escri­be libros de conejitos. Mi favorito entre sus cuadros es un paisaje, no tengo ni idea de cuándo lo pintó ni de qué dijo la crítica sobre él, pero se ve a un niño en la lejanía, y me gusta.
-A mí me encanta Niña en la calle -dijo Julia-. Una figura femenina solitaria en una calle urbana, con unos za­patos rojos maltrechos y una expresión de desespero en el rostro. Se vendió hace diez años por veintidós mil dólares.
-Veinticuatro.
-Veintidós -replicó Julia dulcemente-. Lo compré yo. Por primera vez, Liam Jenner pareció haberse quedado sin palabras. Pero no por mucho tiempo.
-¿Cómo te ganas la vida?
Julia dio un sorbo a su café antes de hablar.
-Me dedicaba a resolver crímenes.
Rocío estuvo a punto de dejar pasar el regate de Julia, pero le venció la curiosidad de ver qué pasaba.
-Ella es Julia Calvo, señor. Jenner. Es una actriz bas­tante famosa.
Jenner se inclinó en la silla y la estudió antes de murmu­rar finalmente:
-Ese estúpido póster. Ahora me acuerdo. Usted llevaba un biquini amarillo.
-Sí, bueno, es evidente que dejé atrás los tiempos de los pósters hace ya mucho.
-Dé gracias a Dios por ello. Aquel biquini era obsceno.
Julia se mostró sorprendida, y luego indignada.
-No veo qué tenía de obsceno. Comparado con hoy, era algo modesto.
Jenner juntó sus tupidas cejas.
-Lo obsceno es que se cubriera el cuerpo con algo. De­bería haber salido desnuda.
-Yo me largo -dijo Gastón volviendo hacia el comedor.
Ni una manada de caballos salvajes se hubieran podido llevar a Rochi de aquella cocina, y colocó un plato de torti­tas delante de cada uno de ellos.
-¿Desnuda? -La taza deJulia cayó ruidosamente so­bre el plato-. Jamás de la vida. Una vez rechacé una fortuna por posar para Playboy.
-¿Y qué tiene que ver con esto Playboy? Le estoy ha­blando de arte, no de excitación-dijo hincando el diente en las tortitas-. Un desayuno excelente, Rochi. Deja este lu­gar y ven a cocinar para mí.
-En realidad soy escritora, no cocinera.
-Libros infantiles... -Su tenedor se detuvo en medio del aire-. Yo había pensado en escribir un libro para ni­ños... -El tenedor se clavó en una de las tortitas del plato de Julia-. Probablemente no habría habido mucho merca­do para mis ideas.
-No si implicaban desnudos -murmuró Julia.
Rocío soltó una risilla.
Jenner le lanzó una mirada intimidatoria.
-Lo siento -murmuró Rocío mordiéndose el labio, y soltó un resoplido no muy femenino.
El ceño de Jenner se volvió más feroz. Rochi ya iba a vol­ver a disculparse de nuevo cuando observó un temblor as­cendente en la comisura de sus labios. O sea que Liam Jen­ner no era tan irascible como quería aparentar. La cosa se ponía cada vez más interesante.
Jenner señaló la taza medio llena de Julia.
-Puedes llevarte eso. Y lo que queda de tu desayuno también. Tenemos que irnos.
-Yo nunca dije que posaría para usted. No me cae bien.
-Ni a ti ni a nadie. ¡Y por supuesto que vas a posar para mí! -Su voz se volvió más profunda con el sarcasmo-. La gente hace cola para tener ese honor.
-Pinte a Rocío. Fíjese en sus ojos.
Jenner la estudió. Rocío pestañeó intencionadamente.
-Son bastante extraordinarios -dijo el pintor-. Su rostro se está volviendo interesante, pero todavía no ha vi­vido lo bastante para ser realmente fascinante.
-Eh, no hable de mí como si yo no estuviera delante.
Jenner levantó una ceja oscura hacia Rochi, y luego llevó de nuevo su atención hacia Julia.
-¿Es sólo conmigo, o eres tan testaruda con todo el mundo?
-No soy testaruda. Simplemente protejo su reputación de artista infalible. Tal vez si volviera a tener veinte años, po­saría para usted, pero...
-¿Y por qué iba a interesarme a mí pintarte cuando tenías veinte años? -Jenner parecía auténticamente per­plejo.
-Vamos, creo que eso es evidente -dijo Julia sin pen­sarlo.
Jenner la estudió unos instantes, con una expresión difícil de interpretar. Luego sacudió la cabeza.
-Por supuesto. Nuestra obsesión nacional por la de­macración. ¿No eres ya un poco mayor para seguir tragán­dote eso?
Julia plantó una sonrisa perfecta en su cara mientras se levantaba de la silla.
-Por supuesto. Gracias por el desayuno, Rocío. Adiós, señor Jenner.
El pintor la siguió con la mirada mientras salía de la co­cina con paso majestuoso. Rochi se preguntó si él habría notado la tensión que cargaba Julia sobre sus hombros.
Le dejó con sus propios pensamientos mientras se ter­minaba el café. Cuando terminó, Jenner recogió los platos de la mesa y los llevó al fregadero.
-Son las mejores tortitas que he comido en muchos años.
Dime qué te debo.
-¿Qué me debe?
-Esto es un establecimiento comercial -le recordó.
-Ah, sí. Pero no hay nada que cobrar. Ha sido un placer.
-Pues gracias.
Jenner se giró para marcharse.
-Señor Jenner.
-Puedes llamarme Liam.
Ro sonrió.
-Ven a desayunar siempre que quieras. Puedes colarte por la cocina.
-Gracias, tal vez lo haré -asintió lentamente.

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