Charlaron durante una
hora larga. Exceptuando a Vico y Cande, pensó Gastón, Rocío y la señorita Esperanza
eran su primera compañía real.
Le gustaba tenerlas
allí, tener esa presencia femenina en el salón, con el fuego crepitando
animadamente y el sol de la tarde forzando su entrada a través del polvo de las
ventanas.
—Vendré a ver tu
cocina cuando esté terminada —dijo Esperanza.
—Espero que me visite
a menudo. Me encantaría enseñarle el resto de la casa.
—Podrías enseñársela
a Rochi. Yo debo irme.
—Te acompaño, abuela.
—No, tú quédate un
rato. —Pese al tono despreocupado de Esperanza, su mirada era traviesa—.
Prefiero caminar. Llegaré justo a tiempo para mi siesta. —En cuanto se disponía
a levantarse, Gastón se puso de pie y le ofreció una mano—. Eres muy atento,
muchacho. Ven a verme cuando estés menos ocupado. Te prepararé un sauce patate
o estofado de patatas antes de que adelgaces tanto que la ropa te resbale del
cuerpo.
—Ya tengo teléfono. —Gastón buscó en sus bolsillos un
trozo de papel, encontró un lápiz en el bolsillo de la camisa y anotó el
número—. Si necesita algo, llámeme.
—Muy atento, sí
señor. —Esperanza alzó una mejilla para invitarle a besarla. Cuando él la hubo
acompañado hasta el portal, le hizo señas para que volviera a inclinarse—. Me
gusta que cortejes a mi Rochi. Sabrás cuidar de ella, algo que la mayoría no
sabe hacer.
—¿Es su manera de decirme
que pierdo el tiempo con usted, señorita Esperanza?
La mujer rió y le dio
una palmadita en la mejilla.
—Ay, si yo tuviera
treinta años menos se lo pondría difícil a mi Rochi. Ahora ve y enséñale la
casa.
Gastón la vio
alejarse entre los árboles y las botellas protectoras.
—Mi abuela te cae
bien —dijo Rocío desde la puerta del salón.
—Me tiene enamorado.
Es maravillosa. Oye, su casa queda un poco lejos. Quizá deberías...
—Si quiere caminar,
caminará. Siempre se sale con la suya. —Rocío se acercó al portal—. Mira, Rufus
ha venido para acompañarla a casa. Juraría que ese perro tiene un radar por lo
que a mi abuela se refiere.
—Esperaba que Rufus
apareciera por aquí. —Gastón se volvió hacia Rocío—. Y te trajera con él. Esta
semana estuve dos noches a punto de ir a tu bar, pero cambié de parecer en el
último momento.
—¿Porqué?
—Una cosa es la
persistencia y otra el acoso. —Gastón levantó un dedo para jugar con el pelo de
Rocío—. Pensé que si aguantaba hasta que fueras tú quien viniera a verme,
evitaría que solicitaras una orden de arresto.
—Si quiero que un
hombre me deje tranquila, se lo digo.
—¿Los hombres hacen
siempre lo que les dices?
Rocío esbozó esa
sonrisa felina que despertaba en Gastón el deseo de lamerle el lunar.
—La mayoría. ¿Vas a
enseñarme tu mansión, cher?
—Claro. —Gastón le
alzó el mentón y la besó—. Por cierto —añadió mientras la conducía de la mano
hasta la escalera—, la señorita Esperanza me ha dado permiso para cortejarte.
—Necesitas mi
permiso, no el suyo.
—Tengo intención de
hechizarte hasta hacerte perder el sentido. Una escalera fabulosa, ¿no te
parece?
—Sí. —Rocío pasó una
uña roja por la barandilla—. Esta casa es magnífica, Gastón. Y por lo que he
visto hasta ahora, deduzco que en realidad no eres un abogado rico.
—Ex abogado. Pero no
te entiendo.
—Tienes dinero para
restaurar esta casa y conservarla. Porque piensas conservarla, ¿verdad?
—Sí.
—Entonces no eres
rico. Eres más que rico. Eres millonario. ¿Me equivoco?
—El dinero no es un
problema, pero no da la felicidad.
Rocío se detuvo en el
rellano y rió.
—Ay, cher, si piensas
eso es que no sabes dónde comprar.
—Puedes ayudarme a
gastarlo cuando quieras.
—Quizá lo haga. —Rocío
contempló el gran vestíbulo desde la barandilla—. Necesitarás muebles. Conozco
algunos lugares.
—¿Tienes un primo?
—Uno o dos. —Rocío
alzó una ceja al oír las palabrotas que llegaban del fondo del pasillo.
—El fontanero
—explicó Gastón—. Le pedí que empezara por el cuarto de baño principal. Era
espantoso. Si conoces a alguien que quiera sanitarios realmente feos, de color
aguacate, dímelo.
Gastón procedió a alejarse de la puerta del que ya
consideraba el cuarto de los fantasmas, pero Rocío giró el pomo y la abrió.
Cuando entró, Gastón contuvo la respiración.
—Hace frío. —Rocío.
se abrazó, pero no pudo frenar el escalofrío—. Deberías conservar el papel de
la pared. Es un dibujo bonito. Violetas y capullos de rosa.
Cuando se dirigía a
las puertaventanas, Rocío notó que del escalofrío pasaba a un fuerte temblor y
experimentó una profunda tristeza.
—Es una habitación
triste, ¿no crees? Necesita luz. Y vida.
—Hay un fantasma, una
mujer. Creo que la mataron aquí.
—¿De veras? —Rocío
miró a Gastón. Estaba un poco pálida y tenía los ojos muy abiertos—. No tengo
la sensación de... violencia. Solo de tristeza. De vacío y tristeza.
Su voz se había
espesado. Instintivamente, Gastón entró.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo tengo frío.
Gastón alargó las
manos con intención de frotarle los brazos pero al tocarla notó una descarga.
Sonriendo, Rocío dio
un paso atrás.
—Me temo que esto no
es lo que mi abuela entiende por hacer la corte, cher.
—Es esta habitación.
Hay algo extraño en ella.
—Los fantasmas no me
preocupan, y a ti tampoco deberían preocuparte. No pueden hacerte daño. —Así y
todo, Rocío caminó hasta la puerta reprimiendo el deseo de acelerar el paso.
Deambuló por las
demás habitaciones, pero en ninguna experimentó la tristeza, la aprensión, la
soledad que le habían impulsado a abandonar el primer cuarto.
Cuando entró en la
habitación de Gastón, sonrió.
—Esto ya está mejor.
Tienes gusto, cher. —Rocío introdujo la cabeza en el cuarto de baño, donde los
fontaneros estaban dando golpes y blasfemando—. Aunque no puedo decir lo mismo
¿Eres la persona que hizo este baño. ¿Eres tú, Tripadoe? ¿Sabe tu madre que
comes con esa boca?
Se apoyó en la jamba
de la puerta y charló durante un rato con los fontaneros. Gastón aprovechó para
hacerse a un lado y mirarla.
Era patética esa
chifladura de cachorro que le había cogido, pensó.
Y cuando ella le miró
por encima del hombro, le temblaron hasta las plantas de los pies.
—¿Quieres que te
enseñe el salón de baile? Será el escaparate de la casa.
—Será un placer.
—Pero cuando echaron a andar, Rocío señaló la escalera—. ¿Qué hay allí arriba?
—Más habitaciones.
Trasteros y algunas dependencias del servicio.
—Echemos un vistazo.
—No tienen nada de
especial. —Gastón fue a cogerle la mano, pero Rocío ya estaba subiendo.
—¿Se puede llegar al
mirador desde aquí? Muchas veces lo contemplaba y me imaginaba en él. —Es más
fácil llegar desde... ¡No!
La mano de Rocío se
detuvo en seco sobre el pomo de bronce del cuarto infantil.
—¿Qué ocurre? ¿Tienes a una mujer encadenada
ahí dentro? ¿Guardas aquí todos tus secretos, cher?
—No, pero... —Podía
notar el pánico trepando por su cuerpo, quemándole la base de la garganta—. Hay
algo raro en esa habitación.
—En casi todas lo hay
—replicó Rocío antes de abrir la puerta.
Gastón tenía razón.
Ella experimentó al instante la misma sensación de tristeza, de pérdida, de
soledad. Vio paredes, suelos y ventanas, polvo y abandono. Y sintió que se le
rompía el corazón.
Cuando empezó a
hablar, el frío la invadió. Notó que le soplaba en la piel como un aliento, que
se introducía en su pelo como si fueran dedos.
—Es el centro —declaró,
pero ignoraba qué quería decir con eso o por qué lo sabía—. ¿Lo notas? ¿Puedes
notarlo?
Gastón se mareó y,
abatido, clavó los dedos en la jamba de la puerta. Sentía un miedo irracional
que le atravesaba los huesos como navajas. Maldita sea, era su casa, se recordó
con severidad, y entró.
La habitación empezó
a dar vueltas. Oyó un grito, vio la cara de Rocío, la alarma brotando de ella.
Creyó ver que su boca pronunciaba su nombre. Luego notó que la vista le fallaba
y unas manchas blancas bailaban a través de la neblina.
—Tranquilo, Gastón,
cariño, no es nada.
Alguien le estaba
acariciando el pelo y la cara. Notó en sus labios otros labios. Abrió los ojos
y solo alcanzó a ver una mancha borrosa, así que volvió a cerrarlos.
—No los cierres.
—Ella le golpeó suavemente las mejillas con unos dedos que temblaban. Gastón
había caído al suelo, como un árbol bajo un hacha, después de empalidecer y
poner la mirada en blanco—. Abre los ojos.
—¿Qué ha pasado?
—Te desvaneciste.
Gastón tenía ahora
los ojos clavados en ella. La humillación forcejeaba con una vaga sensación de
náuseas.
—Perdona, pero los
hombres no nos desvanecemos. A veces nos desplomamos o perdemos el
conocimiento, pero no nos desvanecemos.
El suspiro de Rocío
fue de profundo alivio. Puede que se hubiera abierto la cabeza, pensó, pero
afortunadamente había recuperado el sentido del humor.
—Disculpa, te
desplomaste. Caíste con tanta fuerza que tu cabeza rebotó contra el suelo. —Se
inclinó de nuevo y rozó con sus labios el rasguño que tenía en la frente—. Te
va a salir un morado, bebé. No pude cogerte. Imagino que si lo hubiera hecho,
nos habrías tirado a los dos.
Rocío había
conseguido darle la vuelta y ahora le acariciaba las mejillas.
—¿Te desplomas a
menudo?
—Generalmente cuando
bebo hasta perder el conocimiento, lo cual no hago desde que iba a la
universidad. Oye, sé que corro el riesgo de ponerme en ridículo dos veces en
pocos minutos, pero necesito salir de aquí.
—De acuerdo. ¿Puedes
levantarte? Me temo que no soy capaz de hacerlo sola, cher. Eres un tipo
grande.
—Puedo. —Gastón se
puso de rodillas. Intentó respirar pero volvió a ahogarse, como si tuviera un
tabique en el pecho. Su corazón luchaba por seguir palpitando. Tambaleante,
finalmente se levantó.
Rocío le rodeó la
cintura con un brazo y se hizo con todo el peso que podía sostener.
—Un paso, dos pasos.
Bajaremos para que puedas tumbarte.
—Se me pasará. —Los
oídos le pitaban. Nada más alcanzar la escalera se sentó y colocó la cabeza
entre las piernas.
—Dios santo.
—Tranquilo, cariño. —Rocío
le acarició el cabello.
—Cierra esa puerta,
¿quieres? Ciérrala.
Rocío corrió hasta
ella y la cerró de un portazo.
—Cuando respires
mejor te llevaré a la cama.
—He ansiado oír esas
palabras desde el primer día que te vi.
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