jueves, 29 de marzo de 2012

Capitulo II, Cuarta Parte


Perder con Gastón Dalmau su virginidad ciertamente sería bastante más efectivo que hacerse un tatuaje. Él era el hombre perfecto para el trabajo, físicamente irresistible, pero tan extraño para su concepto de un amigo del alma que ella no tendría que preocuparse de cualquier cicatriz emocional después. Podría tenerlo y luego olvidarlo.
—También debería decirte que no me llevo la ropa interior femenina ni uso látigo. A algunas mujeres les gusta una pequeña esclavitud, desde luego, nada sórdido ni peligroso. Creo, que yo no estaría a gusto sin esas esposas, así soy más feliz complaciendo.
—¿Esposas a las mujeres? —estaba impresionada. No, hacerlo, sino que la práctica estuviera tan extendida—. Ah, no.
—Ahora, no te pongas a juzgarme. No pensé que me gustaría hasta que lo probé con... pues no digo más. Si esto no es de tu gusto, entonces simplemente intentaremos algo más.
Ella inspiró profundamente. No necesitó una flecha intermitente de neón advirtiéndoselo para percatarse que esto podría ser la respuesta para su libertad y para salvar a St. Gert. ¿Por qué tenía tantas ganas de llorar? Reunió valor. Sabía cuando inició este viaje que su vida nunca sería la misma otra vez. Sin darse a sí misma más tiempo para pensar, asintió con la cabeza.
—Bien, entonces. Sí. Eso suena satisfactorio.
Él parpadeó.
—¿Hecho?
—Esta noche estaría bien.
—¿Esta noche?
Ella finalmente logró mirarle.
—¿Tienes otro compromiso?
—Oh, no. Esta noche me viene fenomenal.
Ella sintió alivio. Si tenía demasiado tiempo para pensar en lo que iba a ocurrir, se volvería loca. Así que se obligó a ser práctica.
—¿Aceptas cheques de viaje?
Sus clientas regulares obviamente eran más sofisticadas que ella porque su pregunta le hizo sonreír abiertamente. Ella le miró serenamente hasta que él tiró hacia adentro las esquinas de su boca.
—Sí, señora. Más American Express y Visa. Incluso puedo aceptar Diners Club, aunque no sea mi primera elección.
—Tengo cheques de viaje.
—Entonces no tenemos ningún problema, ¿verdad?
—No. No lo tenemos.
Más que cualquier cosa, ella quería salir del jacuzzi y esconderse en su habitación de arriba, pero estaba absolutamente desnuda y atrapada. Se notaba el estómago revuelto y la boca seca. Cerró los ojos y se hundió más en el agua.
Desde el otro lado del jacuzzi, Gastón observaba los hombros de Rocío desapareciendo entre las burbujas. Ella se relamía los labios nerviosamente, y, cuando el trocito rosado de su lengua pasaba por su boca, él se sintió como si fuera a explotar. No podía creerlo. Cuando comenzó a hablarle sobre descuentos, solamente quería divertirse. Ni por un momento pensó que lo tomaría en serio. Pero parecía que lo había hecho. Pensaba que le llevaría un par de días seducirla, y realmente no había tardado más de veinte minutos. Siempre había sido bueno con las mujeres, pero esto era un record.
Mientras contemplaba los remolinos de agua alrededor de la base de su cuello, sintió un momento de vacilación. Luego recordó lo mandona y controlada que era, su clase menos favorita de mujer, y su vacilación desapareció. Rochi no era ninguna virgen inocente, y sabía exactamente lo que se traía entre manos.
Él justamente podría imaginarse que todos sus amantes se parecerían, probablemente un montón de viejos tipos con nombres como Rupert y Nigel. Ellos la dejarían llevar el mando, sin dar problemas y tampoco ninguna emoción. Pero ahora ella estaba de vacaciones, sin nadie alrededor para cuchichear y anhelaba a alguién completamente diferente. Y él estaba encantado de complacerla.
Ella se levantó las gafas y le miró a los ojos.
—Quiero mantener encendida una luz.
Él ciertamente no tenía problema con eso.
—De acuerdo.
—Nada de cigarrillos.
—No fumo.
—El brandy me gusta. O quizá jerez.
—Ajá.
—Y la música. Clásica sería lo más conveniente. Barroco, tal vez.
Demonios. Ella le daba una lista, y tenía que darle el alto antes que eligiera hasta el color de las sábanas.
—Nada de música. No deja que me concentre en las preciosas zonas erógenas.
—Oh —ella se atragantó—. Bien, de acuerdo. Nada de música.
Ella miró hacia abajo al agua.
—Seguramente piensas que soy quisquillosa.
—La prevención es la prevención.
—Y soy un poquito claustrofóbica, así es que la posición también podría ser importante...
—Perdona que te interrumpa, pero recuerda que soy un profesional con gran experiencia.
—Oh... Sí —ella se mordió ese labio otra vez—. Una cosa más Sr. Dalmau. Después de que esto termine, no hablaremos del asunto.
Con un suspiro de satisfacción, él se hundió en el agua.
—Rocío, seguramente eres la fantasía ideal de un hombre.

1 comentario:

  1. a buee... se mando al pasto la rubia... enserio acepto?? gas tiene un record....jajaja me mataron... espero el siguiente

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