-Acércate
al agua, Daphne -dijo Benny-. No te mojaré.
Daphne lo ensucia todo
-¿Alguna idea
para un nuevo libro? -preguntó Mery por teléfono a primera hora de la tarde
siguiente.
Era un tema
espinoso, pero como Rochi se había pasado los últimos diez minutos de su
conversación esquivando las preguntas entrometidas de Celia la Gallina sobre Gastón,
cualquier cambio era positivo.
-Unas pocas. Pero
ten en cuenta que Daphne se cae de bruces es el primer libro de un
contrato para tres, y Birdcage no aceptará otro manuscrito hasta que termine
los cambios que me pidieron.
No hacía falta
contarle a su hermana que todavía no había empezado con esos cambios, aunque
después del desayuno le había tomado prestado el coche a Gastón para ir al
pueblo a comprar material de dibujo.
-Esta gente de
NHAH son de chiste.
-De chiste malo.
Oye, no tengo tele en la casita: ¿han vuelto a aparecer últimamente?
-Anoche.
Gracias al nuevo proyecto de ley sobre derechos de los homosexuales en el
Congreso, han tenido mucha repercusión mediática. -Rochi dudó unos instantes y
eso no era una buena señal-. Ro, han vuelto a citar a Daphne.
-¡Es increíble!
¿Por qué me hacen esto? Ni que yo fuera una autora famosa de libros para
niños.
-Esto es Chicago,
y tú eres la esposa del quarterback más famoso de la ciudad. Y ellos
utilizan esa relación para ganar minutos de emisión. Sigues siendo la esposa de
Gastón, ¿no?
Rochi no quería
volver a entrar en esa discusión.
-Temporalmente.
La próxima vez, recuérdame que busque a una editora con agallas.
Rocío deseó no
haberlo dicho: su editora no era la única que necesitaba agallas. Tuvo que
recordarse nuevamente que no tenía elección, al menos si quería pagar sus
facturas.
Como si le
hubiera leído el pensamiento, Mery dijo:
-¿Y qué estás haciendo
para ganar dinero? Sé que no has...
-Ya me apaño, no
te preocupes.
Aunque Rocío quería
muchísimo a María, a veces deseaba que no se convirtiera en oro todo lo que
tocaba su hermana. La hacía sentir tan incapaz. María era rica, hermosa y
emocionalmente estable. Rocío era pobre, simplemente atractiva y había estado
mucho más cerca de una crisis nerviosa de lo que podría admitir jamás. Marís
había superado enormes desventajas para convertirse en una de las propietarias
de la NFL más poderosas, mientras que Ro no podía siquiera defender a su
conejita de ficción ante un ataque de la vida real.
Tras colgar el
teléfono, Rocío estuvo charlando con algunos de los huéspedes, y luego puso
toallas limpias en todos los baños mientras Gastón registraba a una pareja de
jubilados de Cleveland en una de las casitas. Luego se fue a su propia casita
para ponerse el bañador rojo que Gastónle había regalado e ir a nadar.
Cuando sacó el
bañador de dos piezas de la bolsa, descubrió que, aunque la parte de abajo no
era un tanga, iba sujeta a cada lado únicamente por un cordelito y le pareció
algo exiguo para su gusto. La parte de arriba, sin embargo, tenía un aro
inferior que ayudaba a mantenerlo todo en su sitio, y Cafre pareció dar su
aprobación.
Aunque la
temperatura del aire rondaba ya los treinta grados, el lago todavía no se había
calentado, y la playa estaba desierta cuando ella llegó. Rochi se estremeció
de frío al meter los pies en el agua, pero fue entrando lentamente. Cafre se mojó las patas, luego
retrocedió y se dedicó a perseguir a las garzas. Cuando Rochi no pudo seguir
soportando aquella tortura, se zambulló.
Salió a la
superficie jadeando y empezó a dar brazadas vigorosas para entrar en calor;
entonces vio a Gas en pie en el espacio comunitario. Nueve años de campamento
de verano le habían enseñado la importancia de hacer las cosas acompañada, pero
Gastón estaba lo bastante cerca para oírla gritar si se ahogaba.
Se puso boca arriba y
nadó de espaldas durante un rato, evitando las aguas más profundas, porque,
aunque Gastón dijese lo contrario, ella era una persona muy sensible en lo
referente a la seguridad en el agua. Miró de nuevo hacia el comedor
comunitario: Gastón seguía en pie exactamente en el mismo lugar.
Parecía aburrido.
Rochi agitó el
brazo para captar su atención. Gas le devolvió el saludo sin mucha convicción.
Eso no era bueno.
No era nada bueno.
Ro se zambulló y
empezó a pensar.
Gastón observó a Rocío
en el agua mientras esperaba a que los empleados de la empresa de basuras
aparecieran con un nuevo contenedor. Un destello de rojo carmesí flotó en el
aire cuando Rocío saltó al agua y luego la vio desaparecer bajo la superficie.
Había sido un error comprarle ese biquini: dejaba prácticamente al descubierto
ese pequeño cuerpo tentador que a Gastón le estaba resultando cada vez más difícil
ignorar. Pero el color de aquel biquini enseguida le había llamado la atención,
porque era casi del mismo tono que tenía su pelo el día en que se habían
conocido.
Rochi ya no llevaba el pelo
igual. Sólo habían pasado cuatro días, pero se estaba cuidando y sus cabellos
habían adquirido el mismo color a miel con el que Gastón había adornado los
pastelitos que ella había preparado. Gas se sentía como si la estuviera viendo
volver a la vida. Su piel había perdido aquel aspecto pálido, y sus ojos habían
empezado a brillar, especialmente cuando se trataba de fastidiarle.
Esos ojos... Esos
endiablados ojos sesgados que parecían decir a gritos que no se proponía nada
bueno, aunque Gastón parecía ser el único que captaba el mensaje. María y
Nicolás veían en Rocío a la intelectual, a la amiga de los niños, los conejitos
y los perros ridículos. Sólo él parecía comprender que por las venas de Rocío
Igarzabal corrían los problemas en vez de la sangre.
Durante el vuelo
de regreso a Chicago, Nicolás le había sermoneado sobre lo seria que era Rochi
en todo lo que hacía. Que de niña nunca había hecho nada malo. Lo buena estudiante
que había sido, y la ciudadana modélica que era. Le había dicho que Ro tenía
veintisiete años, pero la madurez de cuarenta. Más bien veintisiete y la
madurez de siete. No era extraño que se ganara la vida como escritora de libros
infantiles. ¡Estaba entreteniendo a sus iguales!
Le mortificaba
que tuviera la osadía de llamarle imprudente. Él no se había desprendido nunca
de quince millones de dólares. Por lo que sabía de ella, Rocío no comprendía
el significado de jugar sobre seguro.
Gas vio otro
destello de rojo en el agua. Todos aquellos años de campamento de verano la
habían convertido en una buena nadadora, con una brazada regular y ágil. Y un
cuerpo bonito y esbelto... Pero lo último que quería Gastón era volver a
empezar a pensar en el cuerpo de Rochi, así que se concentró en lo mucho que lo
hacía reír.
Lo que no
significaba que no fuera una tabarra. Tenía mucho valor al intentar hurgar en
su cabeza, porque la tenía cerrada herméticamente, mucho más de lo que ella
llegaría a tenerla jamás.
Gastón
volvió la vista hacia el lago, pero no vio a Rocío. Esperó un destello de rojo.
Y esperó... Sintió que crecía la tensión en sus hombros al ver que la
superficie no se movía. Dio un paso adelante. Entonces apareció su cabeza, como
un punto a lo lejos. Justo antes de volver a desaparecer, Rochi logró gritar
una palabra apenas inteligible.
-¡Socorro!
Gastón
echó a correr.
Rocío
contuvo la respiración tanto como pudo, luego volvió a salir a la superficie
para llenar los pulmones. Como era de esperar, Gastón se acababa de lanzar al
agua con un estilo impecable.
Ro se debatió en
el agua hasta que estuvo segura de que él la había visto, entonces volvió a
zambullirse, se sumergió hacia el fondo y nadó hacia su derecha. Era una mala
pasada hacerle eso, pero era por un bien superior. Un Gas aburrido era un Gas
triste, y ya hacía demasiado tiempo que no se había divertido en el campamento
de Wind Lake. Tal vez así ya no estaría tan ansioso por venderlo.
Rochi volvió a
salir a la superficie. Gracias a su habilidoso cambio de dirección bajo el
agua, Gastón se dirigía mucho más a la izquierda. Rocío tomó aire y volvió a
sumergirse.
Cuando Daphne se
hundió por tercera vez, Benny nadó...
Borremos eso.
Cuando Benny se
hundió por tercera vez, Daphne nadó más y más rápido...
Ser rescatado por
Daphne le serviría de lección a Benny, pensó Rocío virtuosamente. Benny no
debería haber ido a nadar sin compañía.
Rocío abrió los
ojos bajo el agua, pero después de tanto llover el lago estaba turbio y no pudo
ver gran cosa. Recordó lo aprensivos que eran algunos de sus compañeros de campamento
cuando tenían que nadar en un lago en vez de en una piscina, « ¿y si me muerde
un pez?», pero Ro se acostumbró ya en su primer verano y se sentía como en
casa. Empezaban a quemarle los pulmones y salió a por más aire. Gastón estaba a
unos veinte metros a su izquierda. Rocío no quiso pensar en el cuento del
pastor y el lobo, y realizó su siguiente movimiento.
-¡Socorro!
Gas dio media
vuelta; y siguió nadando con su soberbia frente cubierta por esos cabellos
rubios.
-¡Aguanta, Rochi!
-¡Deprisa! ¡Tengo
-«un tornillo flojo»- un calambre! -gritó antes de volver a sumergirse.
Rocío torció a su
derecha y nadó paralela a la orilla, como un auténtico número once. Sus
pulmones volvían a pedir aire, había llegado el momento de volver a emerger
cerca de la línea de gol.
Gastón llevaba
dos décadas localizando a receptores entre el tumulto, y la divisó al
instante. Sus brazadas eran poderosas y Rocío se quedó tan absorta viendo cómo
batía la superficie del lago que casi se le olvidó volver a sumergirse.
La mano de Gastón
frotó su muslo y la agarró por la parte de abajo del minúsculo biquini.
La mano de Gastón.
En su trasero. Rocío debería haberlo pensado antes.
Gas tiró
bruscamente del biquini para llevar a Rochi a la superficie, y los delicados
cordones se rompieron. Gastón la rodeó con un brazo y tiró de ella hacia
arriba.
La parte de abajo
del biquini no emergió con ellos.
Mientras
contemplaba cómo se lo llevaba la corriente, Rocío intentaba comprender cómo
se había metido en aquella situación. ¿Iba a ser aquélla su recompensa por haber
querido hacer algo con buena intención?
-¿Estás bien?
Rocío pudo ver
fugazmente la cara de Gastón antes de que éste empezara a tirar de ella hacia
la orilla. Le había asustado de verdad. Una parte de Rochi se sentía culpable,
pero aun así no se olvidó de toser y tomar aire mientras Gastón la arrastraba
por el agua. Y, al mismo tiempo, Rocío se esforzaba por superar su pudor.
La
respiración de Gastón no era en absoluto agitada, y por un momento Rocío relajó
por completo sus músculos y se dejó llevar disfrutando de la sensación de que
fuera él y no ella quien se esforzara. Pero resultaba difícil estar relaja da
y con el culo al aire al mismo tiempo.
-He...
he tenido un calambre.
-¿En
qué pierna?
Rocío notó que le
rozaba la pierna con su cadera, pero Kevin no pareció darse cuenta de que algo
faltaba.
-Para... Para un
momento, ¿quieres? -le pidió Rocío.
Gastón dejó de
dar brazadas y la giró entre sus brazos sin soltarla. Rochi vio en su rostro
que el enfado había sido sustituido por la preocupación.
-¡No deberías
haber ido a nadar sola! Podrías haberte ahogado.
-Ha
sido una estupidez.
-¿Qué
pierna?
-La... izquierda.
Pero ya está mejor. Ya puedo moverla.
Gastón la dejó ir
de un brazo para tocarle la pierna. -¡No! -chilló Rocío, temiendo lo que podía
encontrar por el camino.
-¿Otro calambre?
-No exactamente.
-Vamos
a la orilla. Ya te miraré la pierna allí.
-Ya
estoy bien. Puedo...
Gastón no le
prestó ninguna atención, y empezó a tirar de ella hacia la playa.
-Esto, Gas...
-Rochi tosió al tragar agua.
-¡Cierra el pico,
joder!
«Bonita
forma de hablar para un H.P., sobre todo mientras auxilia a una víctima.» Rocío
hacía lo posible para mantener su mitad inferior lejos de la mitad inferior de
Gas, pero él no dejaba de deslizarse contra ella. Y se deslizaba y se deslizaba...
Rochi gimió tras una acometida de sensaciones.
El
ritmo de Gastón cambió, y Rochi se dio cuenta de que ya tocaban fondo. Intentó
soltarse.
-Suéltame, aquí
ya puedo andar.
Gastón
se acercó más a la orilla y finalmente la soltó y se puso en pie. Rocío colocó
los pies en el fondo y se enderezó.
El
agua le llegaba a la barbilla, aunque a Gastón no le llegaba a los hombros. El
pelo empapado le chorreaba sobre la frente, y parecía malhumorado.
-Podrías
ser un pelín más agradecida, ¿sabes? Te acabo de salvar la vida.
Al menos ya no se
le veía preocupado.
-Gracias.
Gas todavía la
sujetaba de un brazo y se puso a andar hacia la orilla.
-¿Habías tenido
antes calambres así?
-Nunca. Me ha
cogido totalmente por sorpresa.
-¿Por qué
arrastras los pies?
-Tengo frío. Tal
vez todavía estoy un poco aturdida. ¿Me puedes dejar la camiseta?
-Claro -respondió
sin dejar de arrastrarla hacia la playa.
-¿Me la podrías
dejar ahora, por favor? -dijo Rocío, arrastrando los talones.
-¿Ahora?
Gastón se detuvo.
Las olas del lago lamían los pechos de Rochi. La parte de arriba del biquini
rojo los mantenía en su sitio y a Gastón se le fueron los ojos. Rochi notó que
sus pestañas mojadas habían formado pequeñas espinas agresivas alrededor de sus
penetrantes ojos verdes, y sintió que se le aflojaban las rodillas.
-Me gustaría
ponérmela antes de salir del agua -dijo del modo más amable que pudo.
Gas apartó la
vista de sus pechos y echó a andar de nuevo.
-Será más fácil
cuando te hayas secado en la playa.
-¡Para! ¡Haz el
favor de parar!
Gastón se paró,
pero se quedó mirándola como si le faltara un tornillo.
Rochi se mordió
el labio inferior. Toda buena obra supone un sacrificio: iba a tener que
decírselo.
-Tengo un pequeño
problema...
-Eso
diría yo. No tienes el más mínimo sentido común. En el diploma de Northwestern
del que tanto presumes tendrían que haber puesto summa cum loca.
-Déjame la
camiseta. Por favor.
Gastón no hizo
ademán de quitársela. Más bien se puso receloso.
-¿Qué tipo de
problema?
-Parece que he...
Tengo mucho frío. ¿Tú no tienes frío?
Gastón esperó,
con esa expresión terca que indicaba que no iría a ninguna parte hasta que ella
confesara. Rochi cobró dignidad.
-Parece que he...
-Ro se aclaró la garganta-. He perdido la parte de abajo de mi biquini en el
lago.
Naturalmente, lo
primero que hizo él fue mirar abajo, escrutar las aguas turbias.
-¡No mires!
Cuando volvió a
levantar la mirada, sus ojos ya no parecían puñales de jade, sino alegres
gominolas verdes.
-¿Y cómo lo has
hecho?
-Yo no lo he
hecho. Has sido tú. Cuando me has rescatado.
-Te he quitado el
biquini.
-Pues sí.
Gas sonrió
burlón.
-Siempre se me
han dado muy bien las mujeres.
-Da igual.
¡Déjame tu camiseta de una vez!
¿Fue accidental
que el muslo de Gastón rozase su cadera? Él volvió a bajar la vista hacia las
aguas turbias, y Rochi se sintió poseída por el loco deseo repentino de que
desapareciera toda la turbiedad. Notó un tono ronco y seductor en la voz de Gastón.
-O sea, que me
estás diciendo que estás con el culo al aire debajo del agua.
-Has comprendido
perfectamente lo que te estoy diciendo.
-Pues
nos encontramos ante un interesante dilema.
-Aquí
no hay ningún dilema.
Gastón se
acarició la comisura de los labios con el pulgar, y su sonrisa fue tan suave
como el humo.
-Nos encontramos
ante la esencia del auténtico capitalismo, justo aquí y ahora, tú y yo, y que
Dios bendiga América como el gran país que es.
-¿De qué hablas?
-Puro
capitalismo. Yo tengo un producto que tú quieres...
-Se me está
volviendo a acalambrar la pierna.
-La cuestión es
-empezó a decir despacio, sin apartar la mirada de sus pechos-, ¿qué vas a
darme por ese producto?
-Ya te he estado
dando mis servicios como cocinera -respondió rápidamente ella.
-No sé. Esas
sandalias de ayer eran muy caras. Creo que ya te he pagado al menos tres días
de cocinera.
Gastón estaba
haciendo ronronear las entrañas de Rocío, y a ella no le gustó.
-¡No pienso
quedarme aquí ni un día más si no te quitas esa estúpida camiseta de tu
estúpido pecho hipermusculado ahora mismo!
-No había
conocido a ninguna mujer tan desagradecida en mi vida.
Gastón empezó a
quitársela, se paró para rascarse un brazo, volvió a tirar de la camiseta, se
la subió muy despacito por el pecho, flexionó aquellos músculos sublimes...
-¡Eso son veinte
yardas por pérdida de tiempo!
-Es una
penalización de cinco yardas -puntualizó Gastón desde debajo de su camiseta.
-¡Hoy no!
Por fin se quitó
la camiseta, y ella se la arrebató de las manos antes de que se le pasara por
la cabeza jugar a «a que no lo pillas», un juego al que un quarterback de
la NFL sin duda ganaría a una escritora de cuentos de conejitos.
-Con el culo al
aire... -dijo con una amplia sonrisa.
Rochi
le ignoró y se peleó con la camiseta para ponérsela, pero manejar todo aquel
algodón empapado con el agua gélida que le llegaba a los pechos no era
exactamente fácil. Naturalmente, él no la ayudó. '
-Tal vez te sería
más fácil si salieras del agua antes de ponértela.
Era un humor
demasiado infantil para merecer respuesta. Finalmente logró ponerse la
camiseta, aunque una enorme bolsa de aire la hinchaba a su alrededor. Rochi
tiró hacia abajo y caminó hacia la orilla, que, por suerte, estaba desierta.
Gastón se quedó
donde estaba y observó a Rocío mientras salía del agua. La visión trasera de Rocío
le estaba entorpeciendo a Gas la respiración. Al parecer Rocío no había caído
en que las camisetas blancas son casi como el papel de fumar cuando se mojan.
Primero emergió su cintura esbelta, luego unas caderas curvas, y finalmente
las piernas, vigorosas y bonitas como ningunas.
Gastón tragó
saliva al ver aquel culito dulce. La tela blanca de la camiseta se le adhería
a la piel y parecía como si lo hubiesen salpicado con azúcar mojado.
Gas se lamió los
labios. Menos mal que el agua estaba fría como el hielo, porque verla caminando
hacia la playa le había puesto caliente. Aquel culito redondo... la hendidura
oscura y seductora. Y todavía no había contemplado las vistas desde delante.
Circunstancia que
estaba a punto de cambiar.
Rochi oyó a Gastón
que chapoteaba detrás de ella. Enseguida estuvo a su lado, dando pasos de
gigante en el agua. Gas se adelantó, con los músculos de sus hombros chorreando
cada vez que levantaba los brazos. Llegó a la playa y se giró para mirarla.
¿Qué debía de ser
exactamente lo que le parecía tan interesante?
Rocío empezó a
ponerse nerviosa. Gastón movió una mano y tiró sin darse cuenta de la parte
delantera de sus vaqueros empapados.
-Tal vez no es
tan difícil de creer que tu madre era una corista.
Rocío miró hacia
abajo y chilló. Luego tiró de la camiseta para apartarla de su cuerpo y salió
corriendo hacia la casita.
-¡Eh, Rochi! La
vista desde detrás también es bastante interesante. Y pronto tendremos
compañía.
Efectivamente,
los Pearson, aunque todavía estaban lejos, se acercaban. Apenas se les veía
detrás de las sillas, las bolsas y la nevera de playa.
Rocío no podía
contar con la colaboración de Gas para volver a la casita, así que se dirigió
hacia el bosque, separando la camiseta de su cuerpo por delante y por detrás,
al tiempo que tiraba de ella para hacerla más larga.
-Si alguien te
tira un pez -gritó Gas mientras Rochi se alejaba-, es porque andas como un pingüino.
-Y si alguien te
pide que rebuznes, es porque te comportas como un...
-Guárdate las
lindezas para más tarde, Daphne. Acaban de llegar los de la basura con el nuevo
contenedor.
-Cierra la tapa
después de entrar.
Rcío aceleró su
paso de pingüino y, sin saber muy bien cómo, logró llegar a la casita sin más
tropiezos. Una vez dentro, se apretó las mejillas sonrojadas con las manos y
se rió.
Pero Gastón no se
reía. De pie en el espacio comunitario, mirando en dirección a la casita, sabía
que no podía seguir así. Qué ironía. Era un hombre casado, pero no podía disfrutar
de la principal ventaja que ofrecía el matrimonio.
La cuestión era:
¿qué pretendía hacer al respecto?
como me reí con este capítulo jajajaja GENIAL!
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