lunes, 2 de abril de 2012

Capitulo Catorce




-Acércate al agua, Daphne -dijo Benny-. No te mojaré.



Daphne lo ensucia todo

-¿Alguna idea para un nuevo libro? -preguntó Mery por teléfono a primera hora de la tarde siguiente.
Era un tema espinoso, pero como Rochi se había pasa­do los últimos diez minutos de su conversación esquivando las preguntas entrometidas de Celia la Gallina sobre Gastón, cualquier cambio era positivo.
-Unas pocas. Pero ten en cuenta que Daphne se cae de bruces es el primer libro de un contrato para tres, y Bird­cage no aceptará otro manuscrito hasta que termine los cam­bios que me pidieron.
No hacía falta contarle a su hermana que todavía no había empezado con esos cambios, aunque después del desayuno le había tomado prestado el coche a Gastón para ir al pueblo a comprar material de dibujo.
-Esta gente de NHAH son de chiste.
-De chiste malo. Oye, no tengo tele en la casita: ¿han vuelto a aparecer últimamente?
-Anoche. Gracias al nuevo proyecto de ley sobre dere­chos de los homosexuales en el Congreso, han tenido mucha repercusión mediática. -Rochi dudó unos instantes y eso no era una buena señal-. Ro, han vuelto a citar a Daphne.
-¡Es increíble! ¿Por qué me hacen esto? Ni que yo fue­ra una autora famosa de libros para niños.
-Esto es Chicago, y tú eres la esposa del quarterback más famoso de la ciudad. Y ellos utilizan esa relación para ganar minutos de emisión. Sigues siendo la esposa de Gastón, ¿no?
Rochi no quería volver a entrar en esa discusión.
-Temporalmente. La próxima vez, recuérdame que bus­que a una editora con agallas.
Rocío deseó no haberlo dicho: su editora no era la úni­ca que necesitaba agallas. Tuvo que recordarse nuevamente que no tenía elección, al menos si quería pagar sus facturas.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Mery dijo:
-¿Y qué estás haciendo para ganar dinero? Sé que no has...
-Ya me apaño, no te preocupes.
Aunque Rocío quería muchísimo a María, a veces de­seaba que no se convirtiera en oro todo lo que tocaba su her­mana. La hacía sentir tan incapaz. María era rica, hermosa y emocionalmente estable. Rocío era pobre, simplemente atractiva y había estado mucho más cerca de una crisis ner­viosa de lo que podría admitir jamás. Marís había supera­do enormes desventajas para convertirse en una de las pro­pietarias de la NFL más poderosas, mientras que Ro no podía siquiera defender a su conejita de ficción ante un ata­que de la vida real.
Tras colgar el teléfono, Rocío estuvo charlando con algu­nos de los huéspedes, y luego puso toallas limpias en todos los baños mientras Gastón registraba a una pareja de jubilados de Cleveland en una de las casitas. Luego se fue a su propia ca­sita para ponerse el bañador rojo que Gastónle había regalado e ir a nadar.
Cuando sacó el bañador de dos piezas de la bolsa, des­cubrió que, aunque la parte de abajo no era un tanga, iba su­jeta a cada lado únicamente por un cordelito y le pareció al­go exiguo para su gusto. La parte de arriba, sin embargo, tenía un aro inferior que ayudaba a mantenerlo todo en su sitio, y Cafre pareció dar su aprobación.
Aunque la temperatura del aire rondaba ya los treinta grados, el lago todavía no se había calentado, y la playa esta­ba desierta cuando ella llegó. Rochi se estremeció de frío al meter los pies en el agua, pero fue entrando lentamente. Cafre se mojó las patas, luego retrocedió y se dedicó a perseguir a las garzas. Cuando Rochi no pudo seguir soportando aque­lla tortura, se zambulló.
Salió a la superficie jadeando y empezó a dar brazadas vigorosas para entrar en calor; entonces vio a Gas en pie en el espacio comunitario. Nueve años de campamento de verano le habían enseñado la importancia de hacer las cosas acompañada, pero Gastón estaba lo bastante cerca para oírla gritar si se ahogaba.
Se puso boca arriba y nadó de espaldas durante un rato, evitando las aguas más profundas, porque, aunque Gastón dijese lo contrario, ella era una persona muy sensible en lo referente a la seguridad en el agua. Miró de nuevo hacia el comedor comunitario: Gastón seguía en pie exactamente en el mismo lugar.
Parecía aburrido.
Rochi agitó el brazo para captar su atención. Gas le de­volvió el saludo sin mucha convicción.
Eso no era bueno. No era nada bueno.
Ro se zambulló y empezó a pensar.
Gastón observó a Rocío en el agua mientras esperaba a que los empleados de la empresa de basuras aparecieran con un nuevo contenedor. Un destello de rojo carmesí flotó en el aire cuando Rocío saltó al agua y luego la vio desaparecer bajo la superficie. Había sido un error comprarle ese biqui­ni: dejaba prácticamente al descubierto ese pequeño cuerpo tentador que a Gastón le estaba resultando cada vez más difí­cil ignorar. Pero el color de aquel biquini enseguida le había llamado la atención, porque era casi del mismo tono que te­nía su pelo el día en que se habían conocido.
Rochi ya no llevaba el pelo igual. Sólo habían pasado cuatro días, pero se estaba cuidando y sus cabellos habían ad­quirido el mismo color a miel con el que Gastón había adornado los pastelitos que ella había preparado. Gas se sentía como si la estuviera viendo volver a la vida. Su piel había perdido aquel aspecto pálido, y sus ojos habían em­pezado a brillar, especialmente cuando se trataba de fastidiarle.
Esos ojos... Esos endiablados ojos sesgados que parecían decir a gritos que no se proponía nada bueno, aunque Gastón parecía ser el único que captaba el mensaje. María y Nicolás veían en Rocío a la intelectual, a la amiga de los niños, los co­nejitos y los perros ridículos. Sólo él parecía comprender que por las venas de Rocío Igarzabal corrían los problemas en vez de la sangre.
Durante el vuelo de regreso a Chicago, Nicolás le había ser­moneado sobre lo seria que era Rochi en todo lo que hacía. Que de niña nunca había hecho nada malo. Lo buena estu­diante que había sido, y la ciudadana modélica que era. Le había dicho que Ro tenía veintisiete años, pero la madu­rez de cuarenta. Más bien veintisiete y la madurez de siete. No era extraño que se ganara la vida como escritora de libros infantiles. ¡Estaba entreteniendo a sus iguales!
Le mortificaba que tuviera la osadía de llamarle impru­dente. Él no se había desprendido nunca de quince millo­nes de dólares. Por lo que sabía de ella, Rocío no compren­día el significado de jugar sobre seguro.
Gas vio otro destello de rojo en el agua. Todos aque­llos años de campamento de verano la habían convertido en una buena nadadora, con una brazada regular y ágil. Y un cuerpo bonito y esbelto... Pero lo último que quería Gastón era volver a empezar a pensar en el cuerpo de Rochi, así que se concentró en lo mucho que lo hacía reír.
Lo que no significaba que no fuera una tabarra. Tenía mu­cho valor al intentar hurgar en su cabeza, porque la tenía cerrada herméticamente, mucho más de lo que ella llegaría a tenerla jamás.
Gastón volvió la vista hacia el lago, pero no vio a Rocío. Esperó un destello de rojo. Y esperó... Sintió que crecía la tensión en sus hombros al ver que la superficie no se movía. Dio un paso adelante. Entonces apareció su cabeza, como un punto a lo lejos. Justo antes de volver a desaparecer, Rochi logró gritar una palabra apenas inteligible.
-¡Socorro!
Gastón echó a correr.
Rocío contuvo la respiración tanto como pudo, luego volvió a salir a la superficie para llenar los pulmones. Como era de esperar, Gastón se acababa de lanzar al agua con un es­tilo impecable.
Ro se debatió en el agua hasta que estuvo segura de que él la había visto, entonces volvió a zambullirse, se su­mergió hacia el fondo y nadó hacia su derecha. Era una mala pasada hacerle eso, pero era por un bien superior. Un Gas aburrido era un Gas triste, y ya hacía demasiado tiempo que no se había divertido en el campamento de Wind Lake. Tal vez así ya no estaría tan ansioso por venderlo.
Rochi volvió a salir a la superficie. Gracias a su habilido­so cambio de dirección bajo el agua, Gastón se dirigía mucho más a la izquierda. Rocío tomó aire y volvió a sumergirse.

Cuando Daphne se hundió por tercera vez, Benny nadó...

Borremos eso.

Cuando Benny se hundió por tercera vez, Daphne nadó más y más rápido...

Ser rescatado por Daphne le serviría de lección a Benny, pensó Rocío virtuosamente. Benny no debería haber ido a nadar sin compañía.
Rocío abrió los ojos bajo el agua, pero después de tanto llover el lago estaba turbio y no pudo ver gran cosa. Recordó lo aprensivos que eran algunos de sus compañeros de campamento cuando tenían que nadar en un lago en vez de en una piscina, « ¿y si me muerde un pez?», pero Ro se acostumbró ya en su primer verano y se sentía como en casa. Empezaban a quemarle los pulmones y salió a por más aire. Gastón estaba a unos veinte metros a su izquierda. Rocío no quiso pensar en el cuento del pastor y el lobo, y realizó su siguiente movimiento.
-¡Socorro!
Gas dio media vuelta; y siguió nadando con su sober­bia frente cubierta por esos cabellos rubios.
-¡Aguanta, Rochi!
-¡Deprisa! ¡Tengo -«un tornillo flojo»- un calam­bre! -gritó antes de volver a sumergirse.
Rocío torció a su derecha y nadó paralela a la orilla, como un auténtico número once. Sus pulmones volvían a pedir aire, había llegado el momento de volver a emerger cerca de la línea de gol.
Gastón llevaba dos décadas localizando a receptores en­tre el tumulto, y la divisó al instante. Sus brazadas eran po­derosas y Rocío se quedó tan absorta viendo cómo batía la superficie del lago que casi se le olvidó volver a sumergirse.
La mano de Gastón frotó su muslo y la agarró por la par­te de abajo del minúsculo biquini.
La mano de Gastón. En su trasero. Rocío debería haberlo pensado antes.
Gas tiró bruscamente del biquini para llevar a Rochi a la superficie, y los delicados cordones se rompieron. Gastón la rodeó con un brazo y tiró de ella hacia arriba.
La parte de abajo del biquini no emergió con ellos.
Mientras contemplaba cómo se lo llevaba la corrien­te, Rocío intentaba comprender cómo se había metido en aquella situación. ¿Iba a ser aquélla su recompensa por ha­ber querido hacer algo con buena intención?
-¿Estás bien?
Rocío pudo ver fugazmente la cara de Gastón antes de que éste empezara a tirar de ella hacia la orilla. Le había asustado de verdad. Una parte de Rochi se sentía culpable, pero aun así no se olvidó de toser y tomar aire mientras Gastón la arras­traba por el agua. Y, al mismo tiempo, Rocío se esforzaba por superar su pudor.
La respiración de Gastón no era en absoluto agitada, y por un momento Rocío relajó por completo sus músculos y se dejó llevar disfrutando de la sensación de que fuera él y no ella quien se esforzara. Pero resultaba difícil estar relaja­ da y con el culo al aire al mismo tiempo. 
-He... he tenido un calambre.
-¿En qué pierna?
Rocío notó que le rozaba la pierna con su cadera, pero Kevin no pareció darse cuenta de que algo faltaba.
-Para... Para un momento, ¿quieres? -le pidió Rocío.
Gastón dejó de dar brazadas y la giró entre sus brazos sin soltarla. Rochi vio en su rostro que el enfado había sido sus­tituido por la preocupación.
-¡No deberías haber ido a nadar sola! Podrías haberte ahogado.
-Ha sido una estupidez.
-¿Qué pierna?
-La... izquierda. Pero ya está mejor. Ya puedo moverla.
Gastón la dejó ir de un brazo para tocarle la pierna. -¡No! -chilló Rocío, temiendo lo que podía encontrar por el camino.
-¿Otro calambre?
-No exactamente.
-Vamos a la orilla. Ya te miraré la pierna allí.
-Ya estoy bien. Puedo...

Gastón no le prestó ninguna atención, y empezó a tirar de ella hacia la playa.

-Esto, Gas... -Rochi tosió al tragar agua.

-¡Cierra el pico, joder!

«Bonita forma de hablar para un H.P., sobre todo mien­tras auxilia a una víctima.» Rocío hacía lo posible para mante­ner su mitad inferior lejos de la mitad inferior de Gas, pero él no dejaba de deslizarse contra ella. Y se deslizaba y se des­lizaba... Rochi gimió tras una acometida de sensaciones.

El ritmo de Gastón cambió, y Rochi se dio cuenta de que ya tocaban fondo. Intentó soltarse.
-Suéltame, aquí ya puedo andar.
Gastón se acercó más a la orilla y finalmente la soltó y se puso en pie. Rocío colocó los pies en el fondo y se enderezó.
El agua le llegaba a la barbilla, aunque a Gastón no le lle­gaba a los hombros. El pelo empapado le chorreaba sobre la frente, y parecía malhumorado.
-Podrías ser un pelín más agradecida, ¿sabes? Te acabo de salvar la vida.
Al menos ya no se le veía preocupado.
-Gracias.
Gas todavía la sujetaba de un brazo y se puso a andar hacia la orilla.
-¿Habías tenido antes calambres así?
-Nunca. Me ha cogido totalmente por sorpresa.
-¿Por qué arrastras los pies?
-Tengo frío. Tal vez todavía estoy un poco aturdida. ¿Me puedes dejar la camiseta?
-Claro -respondió sin dejar de arrastrarla hacia la playa.
-¿Me la podrías dejar ahora, por favor? -dijo Rocío, arrastrando los talones.
-¿Ahora?

Gastón se detuvo. Las olas del lago lamían los pechos de Rochi. La parte de arriba del biquini rojo los mantenía en su sitio y a Gastón se le fueron los ojos. Rochi notó que sus pestañas mojadas habían formado pequeñas espinas agresivas alrededor de sus penetrantes ojos verdes, y sintió que se le aflojaban las rodillas.

-Me gustaría ponérmela antes de salir del agua -dijo del modo más amable que pudo.
Gas apartó la vista de sus pechos y echó a andar de nuevo.
-Será más fácil cuando te hayas secado en la playa.
-¡Para! ¡Haz el favor de parar!
Gastón se paró, pero se quedó mirándola como si le fal­tara un tornillo.
Rochi se mordió el labio inferior. Toda buena obra su­pone un sacrificio: iba a tener que decírselo.
-Tengo un pequeño problema...
-Eso diría yo. No tienes el más mínimo sentido común. En el diploma de Northwestern del que tanto presumes ten­drían que haber puesto summa cum loca.
-Déjame la camiseta. Por favor.
Gastón no hizo ademán de quitársela. Más bien se puso receloso.
-¿Qué tipo de problema?
-Parece que he... Tengo mucho frío. ¿Tú no tienes frío?
Gastón esperó, con esa expresión terca que indicaba que no iría a ninguna parte hasta que ella confesara. Rochi cobró dignidad.
-Parece que he... -Ro se aclaró la garganta-. He perdido la parte de abajo de mi biquini en el lago.
Naturalmente, lo primero que hizo él fue mirar abajo, escrutar las aguas turbias.
-¡No mires!
Cuando volvió a levantar la mirada, sus ojos ya no pare­cían puñales de jade, sino alegres gominolas verdes.
-¿Y cómo lo has hecho?
-Yo no lo he hecho. Has sido tú. Cuando me has rescatado.
-Te he quitado el biquini.
-Pues sí.
Gas sonrió burlón.
-Siempre se me han dado muy bien las mujeres.
-Da igual. ¡Déjame tu camiseta de una vez!
¿Fue accidental que el muslo de Gastón rozase su cadera? Él volvió a bajar la vista hacia las aguas turbias, y Rochi se sintió poseída por el loco deseo repentino de que desapare­ciera toda la turbiedad. Notó un tono ronco y seductor en la voz de Gastón.
-O sea, que me estás diciendo que estás con el culo al aire debajo del agua.
-Has comprendido perfectamente lo que te estoy di­ciendo.
-Pues nos encontramos ante un interesante dilema.
-Aquí no hay ningún dilema.
Gastón se acarició la comisura de los labios con el pulgar, y su sonrisa fue tan suave como el humo.
-Nos encontramos ante la esencia del auténtico capita­lismo, justo aquí y ahora, tú y yo, y que Dios bendiga Amé­rica como el gran país que es.
-¿De qué hablas?
-Puro capitalismo. Yo tengo un producto que tú quieres...
-Se me está volviendo a acalambrar la pierna.
-La cuestión es -empezó a decir despacio, sin apartar la mirada de sus pechos-, ¿qué vas a darme por ese producto?
-Ya te he estado dando mis servicios como cocinera -respondió rápidamente ella.
-No sé. Esas sandalias de ayer eran muy caras. Creo que ya te he pagado al menos tres días de cocinera.
Gastón estaba haciendo ronronear las entrañas de Rocío, y a ella no le gustó.
-¡No pienso quedarme aquí ni un día más si no te qui­tas esa estúpida camiseta de tu estúpido pecho hipermuscu­lado ahora mismo!
-No había conocido a ninguna mujer tan desagradecida en mi vida.
Gastón empezó a quitársela, se paró para rascarse un bra­zo, volvió a tirar de la camiseta, se la subió muy despacito por el pecho, flexionó aquellos músculos sublimes...
-¡Eso son veinte yardas por pérdida de tiempo!
-Es una penalización de cinco yardas -puntualizó Gastón desde debajo de su camiseta.
-¡Hoy no!
Por fin se quitó la camiseta, y ella se la arrebató de las manos antes de que se le pasara por la cabeza jugar a «a que no lo pillas», un juego al que un quarterback de la NFL sin duda ganaría a una escritora de cuentos de conejitos.
-Con el culo al aire... -dijo con una amplia sonrisa.
Rochi le ignoró y se peleó con la camiseta para ponérse­la, pero manejar todo aquel algodón empapado con el agua gélida que le llegaba a los pechos no era exactamente fácil. Naturalmente, él no la ayudó.     '
-Tal vez te sería más fácil si salieras del agua antes de ponértela.
Era un humor demasiado infantil para merecer respuesta. Finalmente logró ponerse la camiseta, aunque una enorme bolsa de aire la hinchaba a su alrededor. Rochi tiró hacia aba­jo y caminó hacia la orilla, que, por suerte, estaba desierta.
Gastón se quedó donde estaba y observó a Rocío mientras salía del agua. La visión trasera de Rocío le estaba entorpe­ciendo a Gas la respiración. Al parecer Rocío no había caí­do en que las camisetas blancas son casi como el papel de fumar cuando se mojan. Primero emergió su cintura esbel­ta, luego unas caderas curvas, y finalmente las piernas, vigo­rosas y bonitas como ningunas.
Gastón tragó saliva al ver aquel culito dulce. La tela blan­ca de la camiseta se le adhería a la piel y parecía como si lo hubiesen salpicado con azúcar mojado.
Gas se lamió los labios. Menos mal que el agua estaba fría como el hielo, porque verla caminando hacia la playa le había puesto caliente. Aquel culito redondo... la hendidura oscura y seductora. Y todavía no había contemplado las vis­tas desde delante.
Circunstancia que estaba a punto de cambiar.
Rochi oyó a Gastón que chapoteaba detrás de ella. Ense­guida estuvo a su lado, dando pasos de gigante en el agua. Gas se adelantó, con los músculos de sus hombros cho­rreando cada vez que levantaba los brazos. Llegó a la playa y se giró para mirarla.
¿Qué debía de ser exactamente lo que le parecía tan in­teresante?
Rocío empezó a ponerse nerviosa. Gastón movió una ma­no y tiró sin darse cuenta de la parte delantera de sus vaque­ros empapados.
-Tal vez no es tan difícil de creer que tu madre era una corista.
Rocío miró hacia abajo y chilló. Luego tiró de la cami­seta para apartarla de su cuerpo y salió corriendo hacia la casita.
-¡Eh, Rochi! La vista desde detrás también es bastante interesante. Y pronto tendremos compañía.
Efectivamente, los Pearson, aunque todavía estaban le­jos, se acercaban. Apenas se les veía detrás de las sillas, las bolsas y la nevera de playa.
Rocío no podía contar con la colaboración de Gas para volver a la casita, así que se dirigió hacia el bosque, separan­do la camiseta de su cuerpo por delante y por detrás, al tiem­po que tiraba de ella para hacerla más larga.
-Si alguien te tira un pez -gritó Gas mientras Rochi se alejaba-, es porque andas como un pingüino.
-Y si alguien te pide que rebuznes, es porque te com­portas como un...
-Guárdate las lindezas para más tarde, Daphne. Acaban de llegar los de la basura con el nuevo contenedor.
-Cierra la tapa después de entrar.
Rcío aceleró su paso de pingüino y, sin saber muy bien cómo, logró llegar a la casita sin más tropiezos. Una vez den­tro, se apretó las mejillas sonrojadas con las manos y se rió.
Pero Gastón no se reía. De pie en el espacio comunitario, mirando en dirección a la casita, sabía que no podía seguir así. Qué ironía. Era un hombre casado, pero no podía dis­frutar de la principal ventaja que ofrecía el matrimonio.
La cuestión era: ¿qué pretendía hacer al respecto?

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