lunes, 30 de abril de 2012

Capitulo IV, Primera Parte


Rochi no recordaba haber recogido la revista, pero estaba en sus manos, de modo que lo debió hacer. Cuando se quedó con la mirada fija leyendo, las palabras de la portada nadaron ante sus ojos.
EL CHICO MALO DE LA PGA GASTÓN DALMAU HABLA DE SU JUEGO, SUS RECORRIDOS Y SUS MILLONES
—Uh. . . ¿Rochi?
Ella arrastró las piernas sobre el lado de la cama lo más lejos de él y, con su mano libre, agarró firmemente la bata cerrándola.
La foto era una imagen en acción, con Gastón en la mitad de su movimiento de golpeo, el palo de golf hacía arriba.
EL CHICO MALO DE LA PGA GASTÓN DALMAU...
En un momento la furia se enroscó dentro de ella. Pensaba que no habría cosa más dolorosa que la humillación que sufrió cuándo compartió sus sentimientos con Jeremy Fox, pero esto era muchísimo peor. Era una tremenda estúpida, la mujer más ingenua de la tierra. ¡Él no era un acompañante profesional! Él era un millonario deportista que la había seducido.
Ella arrojó al suelo la revista, saltó de la cama, y ciegamente logró llegar al cuarto de baño para recoger su ropa.
—¿No crees que deberíamos hablar acerca de esto? —dijo él detrás de ella.
Ella pasó a su lado rápidamente, con la ropa en sus brazos, y se dirigió a su dormitorio.
—¿Rocío?
Ella entró, cerró el cerrojo, y empezó a ponerse su ropa interior.
Él golpeó con los nudillos en la puerta.
—Sé que la portada de esa revista debe avivar tu curiosidad, ¿por qué no sales y nos terminamos nuestra botella de vino mientras contesto todas tus preguntas?
Ella ignoró sus tonterías, metió sus ropas en una maleta, y la cerró. Luego recogió su maleta y su bolso y salió por la puerta.
Él estaba de pie en el otro lado. Aunque sus pantalones estaban cerrados, él no había perdido tiempo poniéndose la camiseta. El odio, con grandes dosis de auto-repugnancia, corría como lava a través de ella. Le empujó y se apresuró, escaleras abajo, tan rápido como le permitía su pesada carga.
—¡Rochi!
Un tamborileo terrible hizo eco dentro de su cabeza. Alcanzó la puerta principal y buscó palpando la manija.
—Rochi, es de noche. No puedes marcharte ahora —él la alcanzó y la cogió del brazo.
Ella se liberó de un tirón y le dio un golpe con la esquina de la maleta en la entrepierna. Él dio un grito de dolor y se tambaleó hacia atrás.
Ella se abalanzó hacía la calle.
El aire húmedo de la noche la envolvió. No tenía ni idea donde iba, y no le importaba, sólo sabía que tenía que escaparse.
Alimentó su cólera para evitar su necesidad de llorar. Él no era torpe o estúpido o cualquier de las otras cosas que pensó de él. Él simplemente la manipulaba para divertirse esa noche, y ella había caído como una tonta.
Llevaba la pesada maleta y el bolso en sus brazos, pero apenas si notaba el peso. ¿Y si no hubiera visto la revista? ¿Qué habría pasado si hubieran llegado al final antes de descubrir quién era? Ya era absurdo planteárselo, así que se distrajo contemplando un cruce de calles más abajo. Necesitaba llegar a un teléfono y llamar un taxi, pero sólo veía casas caras, y gran cantidad de coches de lujo estacionados. Nadie andaba de acá para allá, y, aparte del siseo de algunos aspersores, todo estaba quieto.
Escuchó más atentamente y creyó detectar el sonido apenas perceptible de tráfico a lo lejos. Las maletas golpearon contra sus piernas cuando se giró hacia el ruido. Continuó caminando hasta que tuvo que colocar en el suelo los bolsos para que descansaran sus brazos, y fue cuando oyó el ronroneo de un coche de lujo a su espalda.
Ella agarró rápidamente las maletas y las arrastró adelante. De reojo, vio a un Cadillac color champán familiar. La ventana del conductor bajó.
—¿No crees que estás exagerando un poco?
Sus mejillas ardieron. Ella le miró directamente y siguió caminando despacio, si bien sus hombros habían comenzado a latir.
—El hotel más cercano está a dieciséis kilómetros. Y en caso de que no lo hayas notado, por aquí no pasan taxis.
Ella siguió caminando.
—Dios mío, odio a las mujeres malhumoradas.
—¡Imbécil —le miró un segundo—. ¡Déjame sola! ¿O no has tenido suficiente diversión por esta noche?
Él la adelantó, y cruzó el coche bloqueándole la calle, paró y salió, dejando las luces encendidas y el motor en marcha. Con la camisa abierta y los pies con unas zapatillas sin calcetines, se acercó a ella.
Ella sintió un parpadeo de satisfacción cuando vio que él no podía enderezarse completamente, junto con un temblor de pánico. Aunque físicamente no le temía, notaba su autodominio a punto de explotar, y tenía que escapar.
Caminando con un ligero bamboleo por el peso de su equipaje, se apresuró al otro extremo de la calle. Él acortó la distancia entre ellos y le quitó de malos modos las maletas.
—Dámelas.
Ignorándola, él agarró su maleta y su bolso, y lo llevó al coche. Abrió la puerta trasera y lo lanzó en el asiento como si no pesara más de un puñado de guijarros de playa.
—Me debes mil dólares por esto.
Ella se mordió el labio, parpadeó, y empezó a caminar.
Él puso las manos en las caderas.
—Dime hasta dónde intentas llegar sin tu pasaporte, su dinero ni ropa. Sin mencionar esos paraguas.
Ella se sentía claramente ofendida, pero él en lugar de disculparse, empeoraba las cosas. Trató de revisar sus opciones, pero eran tan limitadas que se podían calificar de inexistentes. Sus pasos se ralentizaron.
—Llévame a un hotel de inmediato —finalmente dijo.
—Con mucho gusto.
Ella vaciló, pero no tenía mucho dónde escoger, y se obligó a caminar hacía el coche. Él abrió la puerta del pasajero para ella. Sin mirarle, ella se deslizó dentro, luego trató de hacerse invisible quedándose con la mirada fija mirando por la ventana. Sentía los labios hinchados, y recordó la sensación de esos besos profundos, falsos.
—Solamente déjame explicarme. Sé que te mueres por una explicación.
Antes él había conducido como un demonio, pero ahora el coche avanzaba lentamente calle abajo.
Ella no dijo nada.
—Bien, simplemente estaba divirtiéndome un poco contigo, fingiendo que estaba en el mundillo del sexo. Pero no esperaba que me tomaras en serio. Pero cuando sí lo hiciste... Pues bien, soy humano, y antes de que me condenes por ser un hombre, sugiero que te mires largamente en un espejo. Luego imagínate lo que tú habrías hecho si fueras yo, y te encontraras en esa situación con alguien parecido a ti.
Qué cruel por su parte burlarse de ella porque no era bella. Ya no pudo detener sus palabras.
—¡Yo no te he mentido! Nunca habría humillado a otro ser humano como tú has hecho.
—¿Humillado? —él sonó genuinamente insultado, pero entonces ella recordó qué buen actor él era. Él se metió por una serie de callejuelas antes de salir a una calle más transitada—. No intenté humillarte en ningún momento. Lo que estaba haciendo tiene que ver con el oportunismo, te lo admito, pero principalmente tuvo que ver con la lujuria.
—Por favor, Sr. Dalmau. No soy tonta. Esto no tuvo nada que ver con la lujuria. Eres un deportista profesional guapo y millonario. Estoy segura que puedes tener a la mujer que quieras. No tienes por qué conformarte con una maestra de escuela solterona como yo.
—¡Conozco la lujuria cuando la siento! Y tienes que admitir que fuiste muy fácil. Aunque no consigo entender porqué tienes que pagarle a un hombre para esto.
—Sí, he sido muy fácil. Dolorosamente fácil.
Él paró en un semáforo en rojo y la miró.
—Entiéndeme, Rochi, en ningún momento quise herir tus sentimientos. Simplemente me dejé llevar. Y tú estabas tan decidida a echar una cana al aire con un desconocido, que francamente no ví que hiciera daño a nadie.
—Me has mentido acerca de todo. Eres un famoso golfista, no un acompañante. Y según esa portada de la revista, eres multimillonario —la realidad la golpeó—. Y esa casa no era de ningún amigo. Es tuya, ¿no es cierto? Todo cuanto me dijiste fueron mentiras.
—Me exasperaste —el semáforo cambió a verde y el coche suavemente comenzó a avanzar.
—¡Yo! Pero si no he hecho nada.
—Eso es una mentira desvergonzada. Comenzaste a darme continuamente órdenes desde el minuto que pusiste los ojos en mí, además de elaborar listas, seguir dándome órdenes, y pinchándome con ese paraguas.
—No te he pinchado con mi paraguas.
—Pero tuviste ganas.
—Perdón —dijo ella fríamente.
—Bien. Te pido perdón, también, asunto cerrado.
—No, no está cerrado.

Capitulo Siete, Segunda Parte


Guardó cuidadosamente el lazo en la bolsa, abrió el papel y lo dobló con esmero.
—¿Cuánto tiempo tardas en abrir tus regalos de Navidad? —preguntó Gastón.
—Me gusta tomarme mi tiempo. —Rocío abrió la caja y notó un tirón en los labios, pero mantuvo la expresión serena mientras contemplaba el salero y el pimentero con forma de cangrejos sonrientes—. ¡Qué pareja tan atractiva!
—Eso pensé yo. También había caimanes, pero estos tipos me parecieron más simpáticos.
—¿Forman parte de tu campaña de seducción, cher?
—Por supuesto. ¿Qué tal ha funcionado?
—No está mal. —Rocío paseó un dedo por la fea sonrisa de uno de los cangrejos—. No está nada mal.
—Bien. Puesto que ya te he interrumpido y te he seducido, ¿por qué no dejas que también te alimente? Para devolverte la tortilla.
Rocío se reclinó en su silla y dio vueltas mientras lo meditaba.
—¿Por qué cada vez que te veo tengo la sensación de que debería echar a andar en la otra dirección?
—A mí que me registren. Y aunque lo hicieras, mis piernas son más largas que las tuyas y te daría alcance. —Se inclinó sobre la mesa y levantó las cejas. Rocío llevaba una falda, una falda corta. Quizá sus piernas fueran más largas, pero esas medias no le quedarían ni la mitad de bien—-. Aunque tú tampoco te quedas corta. ¿Por qué vas tan arreglada?
—No voy arreglada. Vengo de misa. —Rocío sonrió—. Con ese nombre, te tomé por un chico católico.
—Culpable.
—¿Has ido hoy a misa. Gastón?
Gastón nunca había entendido por qué esa pregunta siempre lo violentaba.
—Soy medio lapso.
—Oh. —Rocío arrugó los labios—. Mi abuela se llevará una decepción.
—Fui monaguillo durante tres años. Eso debería contar.
—¿Cuál es tu nombre de confirmación?
—Te lo diré si comes conmigo. —Gastón cogió los cangrejos y los hizo bailar sobre la mesa—. Venga, Rocío, sal a jugar conmigo. Ha salido el sol.
—De acuerdo. —Craso error, le dijo su mente práctica, pero, así y todo, se levantó y cogió el bolso—. Puedes invitarme a comer, pero ha de ser algo rápido. —Guardó su archivo y apagó el ordenador.
—Michael —dijo Gastón, tendiéndole una mano—. Gastón Sullivan Michael Dalmau. Si fuera un poco más irlandés, tendría sangre verde.
—Louisa. Rocío Valentina Louisa Igarzábal.
—Muy francés.
—Bien sur. Y quiero italiano. —Rocío introdujo su mano en la de él—. Invítame a pasta.


Por sus visitas anteriores, Gastón sabía que en Nueva Orleáns tenías que esforzarte mucho para comer mal. Cuando Rocío lo condujo a un restaurante pequeño y sencillo, no se inquietó. No tuvo más que aspirar el aire para saber que iban a comer divinamente.
Rocío saludó a alguien con la mano, señaló una mesa vacía y, al parecer, recibió el visto bueno.
—Esto no es una cita —advirtió.
Gastón hizo lo posible por parecer inocente y casi lo consiguió.
—¿No?
—No. —Rocío se reclinó en su silla y cruzó las piernas—. Una cita es cuando quedamos a una hora y me recoges en casa. Esto es un encuentro casual. De modo que mañana será nuestra primera cita. Lo digo por si estás pensando en la regla de las tres citas.
—A los hombres no nos gusta pensar que las mujeres sabéis eso.
Rocío sonrió.
—Hay muchas cosas que no os gusta pensar que sabemos. —Sin apartar la mirada de Gastón, tendió una mano al hombre moreno que se había detenido frente a su mesa—. Hola, Marco.
—Rocío. —Marco le besó los dedos y le entregó la carta—. Me alegro de verte.
—Te presento a un amigo de universidad de Victorio,  Gastón, de Boston. Lo traje para que vea que en el Vieux Carré sabemos cocinar italiano.
—No podrías haber elegido mejor. —Marco estrechó la mano de Gastón y le tendió una carta—. Mi madre está hoy en la cocina.
—Eso significa festín —explicó Rocío—. ¿Qué tal la familia, Marco?
Gastón se percató entonces de cómo ocurría. Cuando Rocío cambió de postura, levantó la cara y miró a Marco, fue como si los dos estuvieran solos en una isla de intimidad. Era algo sexual, de eso no había duda, pero también... cortés, decidió.
—Estupendamente. El viernes mi Sofía ganó un concurso de ortografía.
—Tu niña es una lumbrera.
Charlaron durante un rato, pero Gastón se distrajo observando la cara de Rocío. Cómo sus cejas subían, bajaban o se unían según la emoción. Cómo movía los labios, resaltados por el diminuto lunar.
Cuando Rocío se volvió hacia él, Gastón sacudió la cabeza.
—Perdona, ¿qué decías? Te estaba mirando y me perdí.
—Veo que hay tipos con labia en el norte —dijo Marco.
—Y guapos, ¿no te parece? —preguntó Rocío.
—Mucho. Nuestra Rocío tomará los linguini con marisco. ¿Sabes ya lo que quieres o necesitas más tiempo?
—No pidas lo mismo que yo. —Rocío martilleó con un dedo la carta que Gastón aún no había leído—. O no será divertido picar de tu plato. Prueba las conchas rellenas. Mamá las hace buenísimas.
—Que sean conchas rellenas. —Gastón presintió que habría pedido virutas de cartón si ella se lo hubiera pedido—. ¿Quieres vino?
—No, porque tú has de conducir y yo he de trabajar.
—Estricta. ¿San Pellegrino entonces? —Gastón miró a Marco.
—Os traeré una botella.
Cuando Marco se hubo marchado, ella se remetió el pelo por detrás de la oreja.
—¿ Qué planes tienes para hoy, cher?
—Había pensado visitar algunos anticuarios. Estoy buscando una vitrina para la cocina y cosas con qué llenarla. Puede que haga una visita a la señorita Esperanza de regreso a casa. ¿Qué cosas le gustan? Quiero llevarle algo.
—No tienes que llevarle nada.
—Me gustaría.
Rocío colgó un brazo sobre el respaldo de su silla y martilleó la mesa con los dedos mientras le observaba.
—En ese caso, una botella de vino. Un buen tinto. Pero dime una cosa, cher. ¿Tú no utilizarías a mi abuela para conquistarme, verdad?
Advirtió que la furia encendía los ojos de Gastón, una furia más oscura, más candente de lo que había esperado en él. Hubiera debido imaginar, se dijo, que toda esa afabilidad ocultaba algo afilado, algo dentado. Le impresionó, pero más le impresionó la rapidez con que Gastón pasó de la furia a la dulzura.
Un hombre que podía dominarse de ese modo, decidió Rocío, tenía una voluntad de hierro. Un aspecto más a tener en cuenta.
—Es al revés —dijo él—. Te estoy utilizando a ti para conquistar a la señorita Esperanza. Es la chica de mis sueños.
—Lo siento.
—Me alegro, porque es para sentirlo.
Rocío esperó a que les sirvieran el agua y el pan. La dureza de Gastón le había molestado. Sobre todo, fue capaz de admitir, porque se la tenía merecida. Cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó.
—Lo siento porque he sido desagradable. Voy a decirte algo, Gastón. Mi boca tiene la costumbre de soltar cosas desagradables. No siempre lo lamento. No soy una mujer de carácter dulce y sereno. Soy desconfiada. Tengo cosas buenas, pero también cosas malas. Y me gusta así.
Gastón le imitó la postura.
—Soy tenaz, competitivo y temperamental. Tengo mal genio, pero también mucho aguante, lo cual es una suerte para la gente en general. No tengo que salirme con la mía en los detalles pequeños, pero cuando decido que quiero algo de verdad, encuentro la forma de conseguirlo. Así que a ti te conseguiré.
Rocío estaba equivocada. Gastón no había recuperado la dulzura. Todavía había genio en sus ojos. Puesto que la persona con la que siempre intentaba ser honesta era con ella misma, no se molestó en fingir que eso no la excitaba.
—Lo dices para que me enfade.
—Esa es una ventaja secundaria. —Gastón se recostó y le ofreció pan—. ¿Quieres pelea?
Malhumorada, aceptó un trozo.
—Quizá más tarde. Las peleas me quitan el apetito. —Se encogió de hombros y dio un bocado a su pan—. En cualquier caso, no te aconsejo que vayas a ver a mi abuela. Está en casa de su hermana.
—Entonces pasaré otro día de esta semana. Me han montado las encimeras de la cocina y ayer Victorio me ayudó, por llamarlo de algún modo, con los armarios superiores. La tendré terminada dentro de dos semanas.
—Me alegro. ¿Has vuelto a subir a la segunda planta?
—Sí. —Antes, sin embargo, había tenido que animarse con un buen trago de Jim Beam—. Esta vez no me caí de bruces, pero sufrí un ataque de pánico, y no soy propenso a ellos. He descubierto más cosas sobre la historia de la familia Ordóñez, pero todavía me falta información. Quizá tú la tengas.
—Quieres saber cosas sobre Valeria Rouse.
—Exacto. ¿Qué... ? —Gastón se detuvo porque Rocío había dirigido su atención a Marco, que en ese momento les traía la pasta. Cuando empezaron a hablar ociosamente de la comida, se recordó que en el sur las cosas iban más lentas.
—¿Qué sabes de ella? —preguntó cuando volvieron a estar solos.
Rocío enrolló la pasta en el tenedor y la deslizó entre sus labios. Suspiró profundamente y tragó.
—Mamá Realdo cocina como los dioses. Prueba tu plato —le ordenó, y se inclinó para catarlo ella también.
—Está delicioso. La mejor comida que he probado desde que me hicieron una tortilla en el microondas.
Rocío esbozó una sonrisa larga y lenta que se instaló en el estómago de Gastón. Luego siguió comiendo.
—Conozco las historias que contaban en mi familia, pero nadie puede asegurar que sean ciertas. Valeria trabajaba de criada en la mansión. En aquellos tiempos las familias adineradas solían contratar a chicas cajún. Cuentan que Ramiro Ordóñez llegó de Tulane y se enamoró de ella. Huyeron y se casaron. Tuvieron que huir porque nadie habría aprobado esa boda, ni la familia de él ni la de ella.
Partió un trozo de pan y lo mordisqueó mientras estudiaba a Gastón.
—La mezcla de clases es un asunto espinoso. Ramiro regresó a casa con Valeria y también eso fue un asunto espinoso. La gente dice que Justina Ordóñez era una mujer dura, orgullosa y fría. Empezaron a contar con los dedos, pero el bebé no nació hasta pasados diez meses.
—La habitación de arriba debía de ser el cuarto de la niña.
—Es muy probable. Había una niñera, que se casó más tarde con el hermano de Valeria. Ella es la fuente de la mayor parte de las historias sobre el Hall. Al parecer, dos días antes de que finalizara el año Ramiro se hallaba en Nueva Orleáns por asuntos de trabajo. Cuando regresó a casa, Valeria no estaba. Le contaron que había huido con un muchacho del bayou que había estado viendo a escondidas, pero eso no tenía sentido. La niñera, que se llamaba... Esperanza, dijo que Valeria jamás habría abandonado a Ramiro y la pequeña. Dijo que le había ocurrido algo malo, algo horrible, y se echó la culpa porque la noche que Valeria desapareció ella había bajado al río para ver a su novio.
Una muchacha muerta sobre una cama con dosel en una habitación fría, pensó Gastón, y la pasta se aferró a su estómago como el pegamento. Bebió un largo sorbo de agua.
—¿La buscaron?
—Su familia la buscó por todas partes. Dicen que Ramiro rondó el bayou hasta el día de su muerte. Cuando no buscaba allí, estaba en la ciudad tratando de dar con algún rastro de su esposa. No encontró nada y también él pereció joven. Muerto él y su gemelo, sin duda el favorito de su madre, Justina envió a la niña a casa de los padres de Valeria. Te has puesto pálido, Gastón.
—Lo sé. Sigue.
Esta vez, cuando Rocío partió un trozo de pan, lo untó de mantequilla y se lo dio. Su abuela tenía razón, pensó, el muchacho necesitaba comer.
—El bebé era la abuela de mi abuela. Los Ordóñez la repudiaron alegando que era bastarda y no llevaba su sangre. La trasladaron a casa de los Rouse con lo puesto y una bolsa que contenía algunos juguetes. Lo único que obtuvo del Hall fue el reloj de broche que Esperanza le entregó y que había pertenecido a Valeria.
La mano de Gastón se posó raudamente en la de Rocío.
—¿Todavía existe ese broche?
—Esas cosas pasan de hija a hija. Mi abuela me lo dio cuando cumplí dieciséis años. ¿Por qué?
—Un reloj esmaltado suspendido de unas alas doradas.
Rocío enrojeció.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he visto. —Gastón notó un escalofrío en la espalda—. Sobre la cómoda del dormitorio que debía de ser el de Valeria. Un cuarto vacío —prosiguió— con muebles fantasma. La habitación donde Lali vio una chica muerta tumbada en la cama. Ellos la mataron, ¿verdad?
La forma en que lo dijo, tan directa, tan fría, golpeó el estómago de Rocío.
—Eso piensa la gente. La gente de mi familia.
—En el cuarto infantil.
—No lo sé. Me estás asustando, Gastón.
—¿A ti? —Se pasó una mano por la cara—. En fin, supongo que ya conozco la identidad de mi fantasma. Pobre Valeria, todos estos años rondando el Hall, esperando el regreso de Ramiro.
—Pero si realmente murió en el Hall, ¿quién la mató?
—Tal vez sea eso lo que debo descubrir para que ella pueda...ya sabes, descansar en paz.
Gastón ya no estaba pálido, pensó Rocío. Su rostro se había endurecido. Otra vez esa determinación.
—¿Por qué tú?
—¿Por qué no? Tuvo que ser uno de los Ordóñez. La madre, el padre o el hermano. Luego la enterraron en algún lugar y dijeron que había huido. Tengo que averiguar más cosas de ella.
—Seguro que lo conseguirás. Tienes pinta de terco, cher. No entiendo por qué eso me atrae tanto. Habla con mi abuela. Quizá sepa más cosas o conozca a alguien que las sepa. —Rocío apartó su plato vacío—. Ahora invítanos a un capuchino.
—¿Quieres postre?
—No me queda sitio. —Rocío abrió el bolso y extrajo un paquete de cigarrillos.
—No sabía que fumaras.
—Me compro un paquete al mes. —Deslizó los dedos a lo largo de un cigarrillo.
—¿Un mes? ¿Qué sentido tiene?
Rocío se llevó el cigarrillo a los labios y lo encendió con un mechero plateado. Tal como había hecho con el primer bocado de pasta, suspiró tras la primera calada.
—Placer, cher. Un paquete tiene veinte cigarrillos y un mes treinta o treinta y un días. Salvo febrero. Me encanta el mes de febrero. Puedo fumarme el paquete entero en un día y volverme loca el resto del mes, o dosificarlo y hacer que dure, pues no volveré a comprarme un paquete hasta el mes siguiente.
—¿Y cuántos cigarrillos gorreas entretanto?
Los ojos de Rocío brillaron a través de la nube de humo.
—Eso sería hacer trampas, y yo no hago trampas. El placer no es nada, cielo, a menos que tengas la fuerza de voluntad para aguantar hasta que realmente puedas apreciarlo.
Pasó un dedo por el dorso de la mano de Gastón y, por puro placer, frotó el pie contra su pierna.
—¿Cómo andas tú de fuerza de voluntad? —preguntó.
—Pronto lo averiguaremos.

Había oscurecido cuando llegó a casa. El cajón de su camioneta estaba lleno de tesoros que había encontrado en los anticuarios. El mejor de todos, no obstante, era la vitrina que había adquirido y por la que había suplicado y sobornado para que se la trajeran al día siguiente.
Trasladó lo que pudo en un primer viaje y lo dejó todo en el vestíbulo. Luego cerró la puerta y se quedó muy quieto.
—Valeria —dijo. Escuchó el eco de su voz y esperó.
Mas no sintió ninguna corriente fría y nada rompió el silencio.
Y allí, de pie en la base de la escalinata, no podía explicarse por qué sabía que no estaba solo.

viernes, 27 de abril de 2012

Capitulo 002 - Primera Parte (LIBRO 02)

El primer día de clase, poco después de despuntar el alba, comenzó la procesión.
Los primeros alumnos llegaron a pie. Salieron del bosque, vestidos con sencillez, la mayoría llevando únicamente una bolsa en bandolera. Creo que algunos de ellos se habían pasado toda la noche caminando. Miraban ávidamente el internado a medida que se acercaban, como si esperaran obtener de inmediato las respuestas que buscaban. Incluso antes de ver el primer rostro familiar, Julián, que tenia más de mil años y no comprendía la época moderna en lo mas mínimo, supe quienes eran los alumnos de aquel grupo. Eran los vampiros desorientados, los más viejos de todos. No daban problemas a nadie: se quedaban en un segundo plano estudiando, escuchando, intentando compensar los siglos perdidos.
Lucas se había mezclado con ellos el año anterior. Recordé como había emergido de la niebla con su largo abrigo negro. Aunque sabía que era imposible, no dejaba de escrutar los rostros de todos los alumnos que iban llegando, deseando poder ver otra vez su cara.
A la hora del desayuno empezaron a llegar los coches. Yo estaba en el pasillo de la zona de aulas, dos plantas por encima, de manera que podía ver los adornos de los capos: Jaguar, Leux, Verle. Había pequeños deportivos italianos y vehículos todoterreno lo bastante grandes como para que los deportivos aparcaran en su interior. Supe que aquellos eran los alumnos humanos porque ninguno venia solo. Casi todos venían acompañados de sus padres y de unos cuantos hermanos menores. Hasta conocí a Clementine Nichols, que llevaba los cabellos castaños recogidos en una coleta y tenia pecas en la nariz. Para mi sorpresa, la señora Bethany recibía a la mayoría en el patio, alargando la mano con la elegancia de una reina que recibe a sus cortesanos. Parecía querer hablar con los padres y les sonreía afectuosamente como si se estuvieran haciendo amigos para siempre. Yo sabía que estaba fingiendo, pero tenía que admitir que era buena. En lo que respectaba a los alumnos humanos, cuanto más rato se pasaban en el patio mirando las imponentes torres de piedra de la Academia Mandalay, más se le borraba la sonrisa.
– Estas aquí.
Al volverme vi a mi padre, que había logrado levantarse temprano para la ocasión. Llevaba traje y corbata, como correspondía a un profesor, si bien sus rebeldes cabellos pelirrojos reflejaban mas su autentica personalidad.
– Si – dije sonriéndole – solo quería ver qué pasaba, supongo.
– ¿Buscando a tus amigos? – Los ojos le brillaron cuando se situó junto a mí y miro por la ventana – O viendo que tal están los chicos nuevos
– ¡Papa!
– Vale, vale. Lo retiro – Alzo las manos – Pareces un poco más contenta que el año pasado.
– Lo contrario sería casi imposible, ¿no?
– Supongo que tienes razón – dijo mi padre, y nos reímos los dos. El año anterior, yo había sido tan anti Mandalay que había intentado fugarme el día que llegaban los alumnos. Parecía que hubiera pasado una eternidad hasta entonces – Oye, si quieres desayunar, creo que tu madre tiene la plancha caliente para hacer gofres.
– Subo enseguida, ¿vale?
– Vale – Me toco el hombro antes de darse la vuelta para marcharse.
Yo eche un último vistazo al patio. Aun quedaban unas cuantas familias despidiéndose o arrastrando maletas, pero ya había empezado la tercera y última tanda de alumnos.
Todos venían solos en coches de alquiler. Había un par de taxis, pero casi todos los vehículos eran sedanes o limusinas alquilados. Cuando los alumnos se bajaban de ellos, con el lustroso pelo peinado hacia atrás, ya llevaban sus uniformes hechos a medida. Ninguno traía equipaje. Aquellos eran los alumnos que habían enviado sus muchas pertenencias por anticipación en las cajas y baúles que habían ido llegando a Mandalay en las dos últimas semanas. Para mi disgusto, vi a Eugenia, una de las personas que peor me caía, saludando desenvueltamente a otras chicas. Era una de las muchas que llevaba gafas de sol. Eso significaba que la luz del sol les molestaba, lo cual significaba a su vez que llevaban un tiempo sin alimonarse a base de sangre. Debían estar haciendo régimen para parecer más delgadas y feroces.
Aquellos eran los vampiros que necesitaban ayuda para desenvolverse en pleno siglo XXI, si bien no habían perdido todavía el tren de los tiempos. Eran los vampiros que aún conservaban su poder, y no pensaban permitir que nadie del internado lo olvidara. Siempre pensaba en ellos de la misma forma.
Eran el "prototipo Medianoche".

Pero cuando terminé mis bafles, bajé y el gran hall estaba lleno de estridentes risas y de alumnos conversando. Por un par de minutos, me sentí pequeña y empecé a merodear, hasta que oí una voz que me llamaba sobre el tumulto conmocionado:
– Rocío!
– Vitorio!
Sonreí y levanté mi mano por sobre mi cabeza, saludándolo entusiasmada. Él era un tipo grande, tan alto y tan musculoso que me podría haber intimidado la manera en que apartaba con “empujoncitos” a la multitud para abrirse camino hacia mí, si no tuviera esa sonrisa amistosa en el rostro.
Me puse de puntillas para abrazarlo firmemente.
–¿Cómo estuvo tu verano?”
– Estuvo bien. Trabajé de artillero durante la noche en el puerto de Baltimore – Lo dijo con el mismo entusiasmo de cualquier persona que haya tenido sus vacaciones soñadas en Cancún – Los chicos y yo hicimos amigos, fuera de los bares en su mayoría. Aprendí cómo jugar al pool. Empecé a fumar otra vez, también
– Creo que tus pulmones lo resistirán – Nos sonreímos abiertamente, sin poder compartir la broma con el resto de los estudiantes humanos que andaban cerca – ¿Necesitas ayuda para organizar tu papeleo?
– Ya está hecho y el escritorio de la señora Bethany – Todos los vampiros tenían que pasar sus vacaciones “ocupados en el mundo humano”, como una asignatura confirmada, y se requerían reportes sobre las experiencias el inicio de todos los años. Era como el endemoniado “¿Qué hice en mis pasadas vacaciones de verano?”
Victorio echó un vistazo alrededor – ¿Está María?”
–Todavía está en Escandinavia – Había recibido una postal de los valles un mes atrás – Creo que volverá en un año dos, supongo que conoció a algún chico
– Que mal – dijo Victorio – Esperaba encontrarme con algunas caras conocidas más. Quiero decir, antes de que venga esa persona desde las cuatro en punto…
–Qué quieres decir? – traté de figurarme dónde estaban las cuatro en punto, pero luego su voz cortó el murmullo de la muchedumbre.
–Victorio – Eugenia estiró una de sus manos hacia él, como si esperase que se la besara. Él se la sacudió una vez, luego la dejó caer. La brillante sonrisa de ella nunca flaqueó – ¿Has tenido unas maravillosas vacaciones? Yo estaba en Miami rompiendo las pistas de los clubes. Totalmente fantástico. Alguna vez tendrás que probarlo con alguien que sepa a qué lugares modernos ir –

–Estoy sorprendida de verte aquí – dije. Sorprendida era una palabra mucho más bonita que molesta – No pareciste disfrutar mucho el año pasado –
Se encogió de hombros.
–Pensé en irme, pero la primera noche que estuve en Miami me di cuenta que lo que me tenía mal era que estaba usando la anteúltima estación de moda en vestidos. Y mis zapatos estaban como tres años atrasados. Lo artificial está de moda! Obviamente necesitaba un poco de renovación de conocimientos, por lo que creí que debería pasar unos meses más en Mandalay – Nuevamente sus ojos estaban posados en Victorio – Además, siempre disfruto pasar el tiempo con mis viejos amigos –
–Si quisiéramos aprender sobre moda – dije – no iríamos a un lugar donde todas las personas usan uniforme –
La boca de Victorio se torció tratando de contener una sonrisa. Eugenia puso sus ojos en blanco, pero su sonrisa se ensanchó aún más cuando se fijó en mis ropas.
–Y tú nunca te has interesado en aprender sobre moda, eso está muy claro – Le dio una palmadita a Victorio en el hombro – Bueno, nos vemos luego – Eugenia se volvió y su largo cabello rubio se balanceó en su ritmo.
–Me había propuesto llevarme mejor con ella este año – murmuré – Creo que no cambié tanto como pensaba –
– No trates de cambiar. Eres hermosa siendo tú misma –
Yo miré hacia otro lado tímidamente. Parte de mi pensó “Oh, no, tendré que volver a defraudarlo”. La otra parte no pudo evitar sentirse halagada por lo que había dicho. Estuve tan sola este verano – sin Lucas, sin nadie – y el saber que a alguien de aquí le importaba algo de mí, era como si me dieran un abrazo tibio luego de meses de frio.
Antes de que pudiera pensar en algo bueno que responder, el silencio cubrió al murmullo. Nos volvimos instintivamente hasta el podio, donde la señora Bethany se disponía a hablar.

viernes, 20 de abril de 2012

Tercera Parte, Capitulo Quince




El comedor de la posada de Wind Lake, decorado según el estilo típico de los bosques del norte, parecía una antigua cabaña de cazadores. Sobre las ventanas largas y estrechas col­gaban unas cortinas con grabados de mantas indias, y en las paredes, muy rústicas, había una colección de botas de nieve y trampas antiguas para animales, junto a las cabezas enmar­cadas de ciervos y alces. Rochi decidió concentrarse en la canoa de corteza de abedul que colgaba de las vigas para evi­tar encontrarse con la mirada de aquellos ojos de cristal.
A Gastón cada vez se le daba mejor leer sus pensamien­tos, y señaló con la cabeza hacia los animales muertos.
-Había habido un restaurante en Nueva York espe­cializado en la caza exótica, bistecs de canguro, de tigre, de elefante. Una vez unos amigos me llevaron allí a probar las « Ieonburguesas».
-¡Eso es repugnante! ¿Qué tipo de persona enferma querría comerse a Simba?
Gas soltó una risilla y volvió a su trucha.
-Yo no. Pedí un picadillo de carne variada y pastel de pacana.
-Deja de jugar conmigo.
Los ojos de Gastón se marcaron unos pasos de tango por el cuerpo de Rocío.
-Antes no parecía importarte.
-Ha sido el alcohol -dijo Rochi jugueteando con el pie de su copa de vino.
-Ha sido el sexo del que no estamos disfrutando.
Rocío abrió la boca para interrumpirle, pero él la inte­rrumpió antes.
-Ahórrate la saliva, Daphne. Ya va siendo hora que afrontes algunos hechos importantes. Primero, estamos ca­sados. Segundo, estamos viviendo bajo el mismo techo...
-No porque yo lo eligiera.
-Y tercero, ambos estamos célibes en este momento.
-No se puede ser célibe por momentos. Es un estilo de vida a largo plazo. Créeme, yo lo sé. -Esta última parte ha­bría preferido no decirla en voz alta. O tal vez sí. Rochi pin­chó una rodaja de zanahoria que no se quería comer.
Gas dejó su tenedor para estudiar a Rocío más atenta­mente.
-Bromeas, ¿verdad?
-Por supuesto que bromeo -dijo Ro tragándose la zanahoria-. ¿Creías que hablaba en serio?
-No estás bromeando -dijo Gastón frotándose la bar­billa.
-¿Ves al camarero? Creo que ya pasaré a los postres.
-¿Te importaría explicarte?
-No.
Gastón esperó el momento propicio.
Rochi jugó con otra rodaja de zanahoria y se encogió de hombros.
-Tengo mis propias opiniones.
-Igual que la revista Times. Déjate de evasivas.
-Dime adónde crees que nos lleva esta conversación.
-Ya sabes adónde. Directamente al dormitorio.
-Dormitorios -enfatizó ella, deseando que Gastón no se mostrara tan obstinado con el tema-. Uno para él y otro para ella, y así tiene que seguir.
-Hace un par de días te habría dado la razón. Pero am­bos sabemos que si no hubiera sido por los colmillos de tu Godzilla ahora mismo estaríamos desnudos.
Rochi sintió un escalofrío.
-Eso no lo puedes dar por sentado.
-Mira, Rochi, el anuncio del periódico no saldrá hasta el próximo jueves. Hoy sólo es sábado. Me pasaré un par de días más con las entrevistas. Luego otro día, como mínimo, para instruir a la persona que contrate. Eso son muchas noches.
Rocío llevaba ya un rato jugueteando con su ensalada, así que abandonó toda pretensión de comer.
-Gastón, no me gusta el sexo por el sexo.
-Eso sí que me sorprende. Me parece recordar una no­che de febrero...
-Me había encaprichado contigo, ¿vale? Un estúpido encaprichamiento que se me fue de las manos.
-¿Un encaprichamiento? -Gastón se inclinó en su silla, disfrutando de la situación-. ¿Cuántos años tienes? ¿Doce?
-No te rías de mí.
-¿Así que te habías encaprichado conmigo?
Su sonrisa torcida era exactamente como la de Benny cuando creía que tenía a Daphne justo donde la quería. A la conejita no le gustaba, ni tampoco a Rochi.
-Me había encaprichado contigo y con Alan Greenspan al mismo tiempo. No me puedo imaginar en qué pensaba. Aunque el encaprichamiento por Greenspan era mucho peor. Gracias a Dios que no topé con él y su atractivo maletín.
Gas hizo oídos sordos a esa última tontería.
-Es interesante observar que Daphne parece haberse encaprichado con Benny, también.
-¡Eso no es verdad! Benny la trata fatal.
-Tal vez si ella se lo confesara, sería más simpático.
-¡Eso es más desagradable que lo de Charlotte Long y yo! -Ro tenía que lograr cambiar de tema de conversa­ción-. Se puede encontrar sexo en cualquier parte, pero no­sotros tenemos una amistad, y eso es más importante.
-¿Una amistad?
Ro asintió.
-Sí, supongo que sí -admitió Gas-. Tal vez sea eso lo que lo hace tan excitante. Nunca he tenido relaciones se­xuales con una amiga.
-No es más que la fascinación por lo prohibido.
-No sé en qué sentido es prohibido para ti -dijo Kevin frunciendo el ceño-. Yo tengo mucho más que perder.
-¿Y eso cómo lo has calculado, exactamente?
-Vamos, ya sabes lo importante que es mi carrera para mí. Tus familiares más directos resultan ser mis jefes, y aho­ra mismo mi situación ante ellos es inestable. Es exactamen­te por eso por lo que siempre mantengo mis relaciones con las mujeres lejos del equipo. Ni siquiera he salido jamás con nin­guna de las animadoras de los Stars.
-Y, en cambio, mírate, aquí tirándole los tejos a la her­mana de tu jefa.
-Yo lo puedo perder todo. Tú no tienes nada que perder.
«Sólo este frágil corazón mío.»
Gas acarició el pie de su copa de vino con el dedo.
-La verdad es que unas pocas noches de flirteo podrían ayudar en tu carrera de escritora.
-Me muero de ganas de oír por qué.
-Reprogramarán tu subconsciente para que dejes de en­viar mensajes homosexuales secretos en tus libros.
Rocío puso los ojos en blanco.
Gas soltó una risita.
-Déjame respirar, Gastón. Si estuviéramos en Chicago, ni siquiera se te habría ocurrido tener relaciones sexuales conmigo. ¿Te parece adulador?
-Seguro que se me ocurriría si pasáramos juntos tanto tiempo como lo estamos pasando aquí.
Gastón estaba evitando deliberadamente la cuestión, pero antes de que Rocío pudiera hacérselo notar, apareció la ca­marera para averiguar si había algún problema con la comi­da que llevaban ya rato sin tocar. Gas le aseguró que no pa­saba nada. La camarera esbozó la mejor de sus sonrisas y se puso a charlar con Gastón como si fuera su mejor amigo. La gente solía reaccionar de la misma manera con Mery y Nico, así que Ro ya estaba acostumbrada a aquel tipo de interrupciones, pero la camarera era guapa y con muchas curvas, y en esa ocasión su actitud le pareció molesta.
Cuando la mujer se marchó finalmente, Gastón se apoyó en el respaldo de su silla y retomó la conversación por la par­te que Rochi deseaba que hubiera olvidado.
-Eso del celibato... ¿desde cuándo dura?
Rocío estaba cortando un pedacito de pollo y se tomó su tiempo.
-Una temporada.
-¿Algún motivo en particular?
Ro masticó lentamente, como si estuviera reflexio­nando sobre la cuestión cuando en realidad se esforzaba por encontrar una escapatoria.
-Es una elección que tomé.
-¿Es una parte más de la niña buena que todo el mun­do piensa que eres excepto yo?
-¡Soy una niña buena!
-Eres una impertinente.
-¿Por qué tiene que justificarse una mujer virtuosa? O semivirtuosa, vaya, no vayas a pensar que era virgen an­tes de perder la chaveta por ti.
Pero, en cierto modo, sí que era virgen. Aunque sabía algo de sexo, ninguna de sus dos aventuras le había enseña­do nada sobre hacer el amor, y menos aún aquella horroro­sa noche con Gastón.
-Porque somos amigos, ¿recuerdas? Los amigos se cuentan estas cosas. Tú ya sabes mucho más de mí que la ma­yoría de la gente.
A Rochi no le gustaba sentirse con esta revelación más avergonzada de lo que se había sentido al contarle lo de la herencia, así que se esforzó por parecer piadosa y, apoyan­do los codos en la mesa, juntó las manos como en una ple­garia.
-Ser sexualmente exigente no tiene nada de vergonzoso.
En cierto modo, Gastón la entendía mejor que su propia familia, y su ceja levantada le indicó que no le había impre­sionado.
-Es que... Conozco a mucha gente que trata el sexo des­preocupadamente, pero yo no puedo hacerlo. Creo que es demasiado importante.
-No voy a discutir eso contigo.
-Pues bien, es eso.
-Me alegro.
¿Era la imaginación de Rocío, o había notado cierta su­ficiencia en la expresión de Gastón?
-¿De qué te alegras? ¿De haber tenido un estadio lleno de mujeres fáciles mientras yo mantenía las piernas cruza­das? A eso lo llamo yo doble rasero.
-Eh, que tampoco me siento orgulloso de ello. Viene programado en los cromosomas X. Y tampoco ha sido un estadio lleno.
-Déjame que te lo diga de otro modo. Hay gente que puede tener relaciones sexuales sin compromiso, pero resulta que yo no soy una de ellas, así que sería mejor que te muda­ras de nuevo a la casa de huéspedes.
-Técnicamente hablando, Daphne, ya me comprometí seriamente contigo, y creo que ha llegado el día de la paga.
-El sexo no es un producto. No se puede comerciar con él.
-¿Quién dice eso? -preguntó con una sonrisa defini­tivamente diabólica-. Había montones de vestidos precio­sos en aquella boutique del pueblo, y puedo ser muy liberal con mi tarjeta de crédito.
-Qué gran momento de orgullo para mí. Escritora de libros de conejitos convertida en fulana en un sencillo paso.
A Gas le gustó el chiste, pero su risotada fue interrum­pida por una pareja que se acercaba desde la otra punta del comedor.
-Perdona, pero ¿eres Gastón Dalmau? Mira, mi mujer y yo somos forofos...
Rochi dejó de escuchar y sorbió su café mientras Gastón se encargaba de sus admiradores. Aquel hombre la derretía, y no tenía sentido pretender lo contrario. Si se tratara sólo del atractivo físico, no sería tan peligroso, pero aquel encan­to arrogante estaba derrumbando sus defensas. Y en cuanto al beso que habían compartido...
¡Quieta ahí! Que aquel beso le hubiera aflojado las pier­nas no significaba que fuera a dejarse llevar. Acababa de re­cuperarse de una caída emocional en barrena, y no era tan autodestructiva como para volver a lanzarse en ella. Simple­mente tenía que recordarse que Gastón estaba aburrido y que le apetecía un rollete pasajero. La cruda realidad era que cual­quier mujer le valdría, y ella estaba a mano. Aun así, Ro no podía seguir negando que había recuperado su viejo encaprichamiento
Hay mujeres que son bobas hasta para respirar.




Gas dejó a un lado el último de los libros de Daphne que Rochi había intentado esconder sin éxito cuando vol­vieron a la casita. ¡No se lo podía creer! En aquellas páginas estaba la mitad de su vida reciente. Censurada, por supues­to. Pero aun así...
¡Él era Benny el Tejón! Su Harley roja... Su moto acuá­tica. Aquel pequeño incidente del salto en caída libre, pero exageradísimo... Y Benny practicando el snowboard en la Montaña de Nieve Nueva llevando unas Rayban plateadas... ¡Debería demandarla!
Pero se sentía tan adulado. Rocío escribía muy bien, y las historias eran fantásticas: adaptadas a los niños de hoy y divertidas. Aunque hubo algo que no le gustó de los libros de Daphne: por lo general, la conejita acababa casi siempre imponiéndose al tejón. ¿Qué clase de mensaje les estaba dan­do a los niños? ¿O a los mayores, si vamos a eso?
Gas se apoyó en el respaldo del destartalado sofá y echó un vistazo hacia la puerta del dormitorio que Rocío ha­bía cerrado al entrar. El buen humor del que Gastón había dis­frutado durante la cena se había esfumado. Había que ser cie­go para no saber que Rocío se sentía atraída por él. Entonces ¿cuál era la cuestión?
Rochi quería darle un tirón a su correa, ésa era la cuestión. Quería que Gas le suplicara para sentir que había recupe­rado su orgullo. Para ella, aquello era una especie de lucha de poder. Empezaba a mostrarse coqueta y divertida cuando es­taba con él, le hacía disfrutar de su compañía, se encrespa­ba los cabellos, se ponía ropa vistosa pensada únicamente para que a él le dieran ganas de quitársela. Entonces, cuando llegaba el momento exacto de quitarle la ropa, daba un salto hacia atrás y decía que no creía en el sexo sin compromiso.
Bobadas.
Gastón necesitaba una ducha, y fría, pero lo único que ha­bía en esa casa era aquella bañera pequeña como una jarra de cerveza. Dios, cuánto detestaba aquel lugar. ¿Por qué Rochi hacía una montaña de todo aquello? Tal vez había dicho que no durante la cena, pero mientras la besaba, aquel dulce cuer­pecito sin duda le estaba diciendo que sí. ¡Estaban casados! ¡Era él quien había tenido que comprometerse, no ella!
Su política de no mezclar los negocios con el placer le había estallado en la cara. Los problemas que experimenta­ba para apartar la mirada de la puerta del dormitorio de Ro le repugnaron. Él era Gastón Dalmau, maldita sea, y no tenía por qué suplicar las atenciones de ninguna mujer, y menos cuan­do había tantas otras haciendo cola para llamar su atención.
Bueno, ya había tenido bastante. Desde aquel momento iba a dedicarse únicamente a los negocios. Se encargaría del campamento y aumentaría el ritmo de sus entrenamientos para estar en plena forma al empezar la pretemporada. En cuanto a aquella esnob irritante que resultaba ser su esposa... Hasta que volvieran a Chicago, quedaba estrictamente prohi­bido tocarla.