lunes, 30 de abril de 2012

Capitulo Siete, Segunda Parte


Guardó cuidadosamente el lazo en la bolsa, abrió el papel y lo dobló con esmero.
—¿Cuánto tiempo tardas en abrir tus regalos de Navidad? —preguntó Gastón.
—Me gusta tomarme mi tiempo. —Rocío abrió la caja y notó un tirón en los labios, pero mantuvo la expresión serena mientras contemplaba el salero y el pimentero con forma de cangrejos sonrientes—. ¡Qué pareja tan atractiva!
—Eso pensé yo. También había caimanes, pero estos tipos me parecieron más simpáticos.
—¿Forman parte de tu campaña de seducción, cher?
—Por supuesto. ¿Qué tal ha funcionado?
—No está mal. —Rocío paseó un dedo por la fea sonrisa de uno de los cangrejos—. No está nada mal.
—Bien. Puesto que ya te he interrumpido y te he seducido, ¿por qué no dejas que también te alimente? Para devolverte la tortilla.
Rocío se reclinó en su silla y dio vueltas mientras lo meditaba.
—¿Por qué cada vez que te veo tengo la sensación de que debería echar a andar en la otra dirección?
—A mí que me registren. Y aunque lo hicieras, mis piernas son más largas que las tuyas y te daría alcance. —Se inclinó sobre la mesa y levantó las cejas. Rocío llevaba una falda, una falda corta. Quizá sus piernas fueran más largas, pero esas medias no le quedarían ni la mitad de bien—-. Aunque tú tampoco te quedas corta. ¿Por qué vas tan arreglada?
—No voy arreglada. Vengo de misa. —Rocío sonrió—. Con ese nombre, te tomé por un chico católico.
—Culpable.
—¿Has ido hoy a misa. Gastón?
Gastón nunca había entendido por qué esa pregunta siempre lo violentaba.
—Soy medio lapso.
—Oh. —Rocío arrugó los labios—. Mi abuela se llevará una decepción.
—Fui monaguillo durante tres años. Eso debería contar.
—¿Cuál es tu nombre de confirmación?
—Te lo diré si comes conmigo. —Gastón cogió los cangrejos y los hizo bailar sobre la mesa—. Venga, Rocío, sal a jugar conmigo. Ha salido el sol.
—De acuerdo. —Craso error, le dijo su mente práctica, pero, así y todo, se levantó y cogió el bolso—. Puedes invitarme a comer, pero ha de ser algo rápido. —Guardó su archivo y apagó el ordenador.
—Michael —dijo Gastón, tendiéndole una mano—. Gastón Sullivan Michael Dalmau. Si fuera un poco más irlandés, tendría sangre verde.
—Louisa. Rocío Valentina Louisa Igarzábal.
—Muy francés.
—Bien sur. Y quiero italiano. —Rocío introdujo su mano en la de él—. Invítame a pasta.


Por sus visitas anteriores, Gastón sabía que en Nueva Orleáns tenías que esforzarte mucho para comer mal. Cuando Rocío lo condujo a un restaurante pequeño y sencillo, no se inquietó. No tuvo más que aspirar el aire para saber que iban a comer divinamente.
Rocío saludó a alguien con la mano, señaló una mesa vacía y, al parecer, recibió el visto bueno.
—Esto no es una cita —advirtió.
Gastón hizo lo posible por parecer inocente y casi lo consiguió.
—¿No?
—No. —Rocío se reclinó en su silla y cruzó las piernas—. Una cita es cuando quedamos a una hora y me recoges en casa. Esto es un encuentro casual. De modo que mañana será nuestra primera cita. Lo digo por si estás pensando en la regla de las tres citas.
—A los hombres no nos gusta pensar que las mujeres sabéis eso.
Rocío sonrió.
—Hay muchas cosas que no os gusta pensar que sabemos. —Sin apartar la mirada de Gastón, tendió una mano al hombre moreno que se había detenido frente a su mesa—. Hola, Marco.
—Rocío. —Marco le besó los dedos y le entregó la carta—. Me alegro de verte.
—Te presento a un amigo de universidad de Victorio,  Gastón, de Boston. Lo traje para que vea que en el Vieux Carré sabemos cocinar italiano.
—No podrías haber elegido mejor. —Marco estrechó la mano de Gastón y le tendió una carta—. Mi madre está hoy en la cocina.
—Eso significa festín —explicó Rocío—. ¿Qué tal la familia, Marco?
Gastón se percató entonces de cómo ocurría. Cuando Rocío cambió de postura, levantó la cara y miró a Marco, fue como si los dos estuvieran solos en una isla de intimidad. Era algo sexual, de eso no había duda, pero también... cortés, decidió.
—Estupendamente. El viernes mi Sofía ganó un concurso de ortografía.
—Tu niña es una lumbrera.
Charlaron durante un rato, pero Gastón se distrajo observando la cara de Rocío. Cómo sus cejas subían, bajaban o se unían según la emoción. Cómo movía los labios, resaltados por el diminuto lunar.
Cuando Rocío se volvió hacia él, Gastón sacudió la cabeza.
—Perdona, ¿qué decías? Te estaba mirando y me perdí.
—Veo que hay tipos con labia en el norte —dijo Marco.
—Y guapos, ¿no te parece? —preguntó Rocío.
—Mucho. Nuestra Rocío tomará los linguini con marisco. ¿Sabes ya lo que quieres o necesitas más tiempo?
—No pidas lo mismo que yo. —Rocío martilleó con un dedo la carta que Gastón aún no había leído—. O no será divertido picar de tu plato. Prueba las conchas rellenas. Mamá las hace buenísimas.
—Que sean conchas rellenas. —Gastón presintió que habría pedido virutas de cartón si ella se lo hubiera pedido—. ¿Quieres vino?
—No, porque tú has de conducir y yo he de trabajar.
—Estricta. ¿San Pellegrino entonces? —Gastón miró a Marco.
—Os traeré una botella.
Cuando Marco se hubo marchado, ella se remetió el pelo por detrás de la oreja.
—¿ Qué planes tienes para hoy, cher?
—Había pensado visitar algunos anticuarios. Estoy buscando una vitrina para la cocina y cosas con qué llenarla. Puede que haga una visita a la señorita Esperanza de regreso a casa. ¿Qué cosas le gustan? Quiero llevarle algo.
—No tienes que llevarle nada.
—Me gustaría.
Rocío colgó un brazo sobre el respaldo de su silla y martilleó la mesa con los dedos mientras le observaba.
—En ese caso, una botella de vino. Un buen tinto. Pero dime una cosa, cher. ¿Tú no utilizarías a mi abuela para conquistarme, verdad?
Advirtió que la furia encendía los ojos de Gastón, una furia más oscura, más candente de lo que había esperado en él. Hubiera debido imaginar, se dijo, que toda esa afabilidad ocultaba algo afilado, algo dentado. Le impresionó, pero más le impresionó la rapidez con que Gastón pasó de la furia a la dulzura.
Un hombre que podía dominarse de ese modo, decidió Rocío, tenía una voluntad de hierro. Un aspecto más a tener en cuenta.
—Es al revés —dijo él—. Te estoy utilizando a ti para conquistar a la señorita Esperanza. Es la chica de mis sueños.
—Lo siento.
—Me alegro, porque es para sentirlo.
Rocío esperó a que les sirvieran el agua y el pan. La dureza de Gastón le había molestado. Sobre todo, fue capaz de admitir, porque se la tenía merecida. Cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó.
—Lo siento porque he sido desagradable. Voy a decirte algo, Gastón. Mi boca tiene la costumbre de soltar cosas desagradables. No siempre lo lamento. No soy una mujer de carácter dulce y sereno. Soy desconfiada. Tengo cosas buenas, pero también cosas malas. Y me gusta así.
Gastón le imitó la postura.
—Soy tenaz, competitivo y temperamental. Tengo mal genio, pero también mucho aguante, lo cual es una suerte para la gente en general. No tengo que salirme con la mía en los detalles pequeños, pero cuando decido que quiero algo de verdad, encuentro la forma de conseguirlo. Así que a ti te conseguiré.
Rocío estaba equivocada. Gastón no había recuperado la dulzura. Todavía había genio en sus ojos. Puesto que la persona con la que siempre intentaba ser honesta era con ella misma, no se molestó en fingir que eso no la excitaba.
—Lo dices para que me enfade.
—Esa es una ventaja secundaria. —Gastón se recostó y le ofreció pan—. ¿Quieres pelea?
Malhumorada, aceptó un trozo.
—Quizá más tarde. Las peleas me quitan el apetito. —Se encogió de hombros y dio un bocado a su pan—. En cualquier caso, no te aconsejo que vayas a ver a mi abuela. Está en casa de su hermana.
—Entonces pasaré otro día de esta semana. Me han montado las encimeras de la cocina y ayer Victorio me ayudó, por llamarlo de algún modo, con los armarios superiores. La tendré terminada dentro de dos semanas.
—Me alegro. ¿Has vuelto a subir a la segunda planta?
—Sí. —Antes, sin embargo, había tenido que animarse con un buen trago de Jim Beam—. Esta vez no me caí de bruces, pero sufrí un ataque de pánico, y no soy propenso a ellos. He descubierto más cosas sobre la historia de la familia Ordóñez, pero todavía me falta información. Quizá tú la tengas.
—Quieres saber cosas sobre Valeria Rouse.
—Exacto. ¿Qué... ? —Gastón se detuvo porque Rocío había dirigido su atención a Marco, que en ese momento les traía la pasta. Cuando empezaron a hablar ociosamente de la comida, se recordó que en el sur las cosas iban más lentas.
—¿Qué sabes de ella? —preguntó cuando volvieron a estar solos.
Rocío enrolló la pasta en el tenedor y la deslizó entre sus labios. Suspiró profundamente y tragó.
—Mamá Realdo cocina como los dioses. Prueba tu plato —le ordenó, y se inclinó para catarlo ella también.
—Está delicioso. La mejor comida que he probado desde que me hicieron una tortilla en el microondas.
Rocío esbozó una sonrisa larga y lenta que se instaló en el estómago de Gastón. Luego siguió comiendo.
—Conozco las historias que contaban en mi familia, pero nadie puede asegurar que sean ciertas. Valeria trabajaba de criada en la mansión. En aquellos tiempos las familias adineradas solían contratar a chicas cajún. Cuentan que Ramiro Ordóñez llegó de Tulane y se enamoró de ella. Huyeron y se casaron. Tuvieron que huir porque nadie habría aprobado esa boda, ni la familia de él ni la de ella.
Partió un trozo de pan y lo mordisqueó mientras estudiaba a Gastón.
—La mezcla de clases es un asunto espinoso. Ramiro regresó a casa con Valeria y también eso fue un asunto espinoso. La gente dice que Justina Ordóñez era una mujer dura, orgullosa y fría. Empezaron a contar con los dedos, pero el bebé no nació hasta pasados diez meses.
—La habitación de arriba debía de ser el cuarto de la niña.
—Es muy probable. Había una niñera, que se casó más tarde con el hermano de Valeria. Ella es la fuente de la mayor parte de las historias sobre el Hall. Al parecer, dos días antes de que finalizara el año Ramiro se hallaba en Nueva Orleáns por asuntos de trabajo. Cuando regresó a casa, Valeria no estaba. Le contaron que había huido con un muchacho del bayou que había estado viendo a escondidas, pero eso no tenía sentido. La niñera, que se llamaba... Esperanza, dijo que Valeria jamás habría abandonado a Ramiro y la pequeña. Dijo que le había ocurrido algo malo, algo horrible, y se echó la culpa porque la noche que Valeria desapareció ella había bajado al río para ver a su novio.
Una muchacha muerta sobre una cama con dosel en una habitación fría, pensó Gastón, y la pasta se aferró a su estómago como el pegamento. Bebió un largo sorbo de agua.
—¿La buscaron?
—Su familia la buscó por todas partes. Dicen que Ramiro rondó el bayou hasta el día de su muerte. Cuando no buscaba allí, estaba en la ciudad tratando de dar con algún rastro de su esposa. No encontró nada y también él pereció joven. Muerto él y su gemelo, sin duda el favorito de su madre, Justina envió a la niña a casa de los padres de Valeria. Te has puesto pálido, Gastón.
—Lo sé. Sigue.
Esta vez, cuando Rocío partió un trozo de pan, lo untó de mantequilla y se lo dio. Su abuela tenía razón, pensó, el muchacho necesitaba comer.
—El bebé era la abuela de mi abuela. Los Ordóñez la repudiaron alegando que era bastarda y no llevaba su sangre. La trasladaron a casa de los Rouse con lo puesto y una bolsa que contenía algunos juguetes. Lo único que obtuvo del Hall fue el reloj de broche que Esperanza le entregó y que había pertenecido a Valeria.
La mano de Gastón se posó raudamente en la de Rocío.
—¿Todavía existe ese broche?
—Esas cosas pasan de hija a hija. Mi abuela me lo dio cuando cumplí dieciséis años. ¿Por qué?
—Un reloj esmaltado suspendido de unas alas doradas.
Rocío enrojeció.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he visto. —Gastón notó un escalofrío en la espalda—. Sobre la cómoda del dormitorio que debía de ser el de Valeria. Un cuarto vacío —prosiguió— con muebles fantasma. La habitación donde Lali vio una chica muerta tumbada en la cama. Ellos la mataron, ¿verdad?
La forma en que lo dijo, tan directa, tan fría, golpeó el estómago de Rocío.
—Eso piensa la gente. La gente de mi familia.
—En el cuarto infantil.
—No lo sé. Me estás asustando, Gastón.
—¿A ti? —Se pasó una mano por la cara—. En fin, supongo que ya conozco la identidad de mi fantasma. Pobre Valeria, todos estos años rondando el Hall, esperando el regreso de Ramiro.
—Pero si realmente murió en el Hall, ¿quién la mató?
—Tal vez sea eso lo que debo descubrir para que ella pueda...ya sabes, descansar en paz.
Gastón ya no estaba pálido, pensó Rocío. Su rostro se había endurecido. Otra vez esa determinación.
—¿Por qué tú?
—¿Por qué no? Tuvo que ser uno de los Ordóñez. La madre, el padre o el hermano. Luego la enterraron en algún lugar y dijeron que había huido. Tengo que averiguar más cosas de ella.
—Seguro que lo conseguirás. Tienes pinta de terco, cher. No entiendo por qué eso me atrae tanto. Habla con mi abuela. Quizá sepa más cosas o conozca a alguien que las sepa. —Rocío apartó su plato vacío—. Ahora invítanos a un capuchino.
—¿Quieres postre?
—No me queda sitio. —Rocío abrió el bolso y extrajo un paquete de cigarrillos.
—No sabía que fumaras.
—Me compro un paquete al mes. —Deslizó los dedos a lo largo de un cigarrillo.
—¿Un mes? ¿Qué sentido tiene?
Rocío se llevó el cigarrillo a los labios y lo encendió con un mechero plateado. Tal como había hecho con el primer bocado de pasta, suspiró tras la primera calada.
—Placer, cher. Un paquete tiene veinte cigarrillos y un mes treinta o treinta y un días. Salvo febrero. Me encanta el mes de febrero. Puedo fumarme el paquete entero en un día y volverme loca el resto del mes, o dosificarlo y hacer que dure, pues no volveré a comprarme un paquete hasta el mes siguiente.
—¿Y cuántos cigarrillos gorreas entretanto?
Los ojos de Rocío brillaron a través de la nube de humo.
—Eso sería hacer trampas, y yo no hago trampas. El placer no es nada, cielo, a menos que tengas la fuerza de voluntad para aguantar hasta que realmente puedas apreciarlo.
Pasó un dedo por el dorso de la mano de Gastón y, por puro placer, frotó el pie contra su pierna.
—¿Cómo andas tú de fuerza de voluntad? —preguntó.
—Pronto lo averiguaremos.

Había oscurecido cuando llegó a casa. El cajón de su camioneta estaba lleno de tesoros que había encontrado en los anticuarios. El mejor de todos, no obstante, era la vitrina que había adquirido y por la que había suplicado y sobornado para que se la trajeran al día siguiente.
Trasladó lo que pudo en un primer viaje y lo dejó todo en el vestíbulo. Luego cerró la puerta y se quedó muy quieto.
—Valeria —dijo. Escuchó el eco de su voz y esperó.
Mas no sintió ninguna corriente fría y nada rompió el silencio.
Y allí, de pie en la base de la escalinata, no podía explicarse por qué sabía que no estaba solo.

1 comentario:

  1. Que histérica Rocío! jajaja Me da mucha pena Vale,su historia es muy triste :|

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