Guardó cuidadosamente
el lazo en la bolsa, abrió el papel y lo dobló con esmero.
—¿Cuánto tiempo tardas
en abrir tus regalos de Navidad? —preguntó Gastón.
—Me gusta tomarme mi
tiempo. —Rocío abrió la caja y notó un tirón en los labios, pero mantuvo la
expresión serena mientras contemplaba el salero y el pimentero con forma de
cangrejos sonrientes—. ¡Qué pareja tan atractiva!
—Eso pensé yo.
También había caimanes, pero estos tipos me parecieron más simpáticos.
—¿Forman parte de tu
campaña de seducción, cher?
—Por supuesto. ¿Qué tal ha funcionado?
—No está mal. —Rocío
paseó un dedo por la fea sonrisa de uno de los cangrejos—. No está nada mal.
—Bien. Puesto que ya
te he interrumpido y te he seducido, ¿por qué no dejas que también te alimente?
Para devolverte la tortilla.
Rocío se reclinó en
su silla y dio vueltas mientras lo meditaba.
—¿Por qué cada vez
que te veo tengo la sensación de que debería echar a andar en la otra
dirección?
—A mí que me
registren. Y aunque lo hicieras, mis piernas son más largas que las tuyas y te
daría alcance. —Se inclinó sobre la mesa y levantó las cejas. Rocío llevaba una
falda, una falda corta. Quizá sus piernas fueran más largas, pero esas medias
no le quedarían ni la mitad de bien—-. Aunque tú tampoco te quedas corta. ¿Por
qué vas tan arreglada?
—No voy arreglada.
Vengo de misa. —Rocío sonrió—. Con ese nombre, te tomé por un chico católico.
—Culpable.
—¿Has ido hoy a misa.
Gastón?
Gastón nunca había
entendido por qué esa pregunta siempre lo violentaba.
—Soy medio lapso.
—Oh. —Rocío arrugó
los labios—. Mi abuela se llevará una decepción.
—Fui monaguillo
durante tres años. Eso debería contar.
—¿Cuál es tu nombre
de confirmación?
—Te lo diré si comes
conmigo. —Gastón cogió los cangrejos y los hizo bailar sobre la mesa—. Venga, Rocío,
sal a jugar conmigo. Ha salido el sol.
—De acuerdo. —Craso
error, le dijo su mente práctica, pero, así y todo, se levantó y cogió el
bolso—. Puedes invitarme a comer, pero ha de ser algo rápido. —Guardó su
archivo y apagó el ordenador.
—Michael —dijo Gastón,
tendiéndole una mano—. Gastón Sullivan Michael Dalmau. Si fuera un poco más
irlandés, tendría sangre verde.
—Louisa. Rocío Valentina
Louisa Igarzábal.
—Muy francés.
—Bien sur. Y quiero
italiano. —Rocío introdujo su mano en la de él—. Invítame a pasta.
Por sus visitas
anteriores, Gastón sabía que en Nueva Orleáns tenías que esforzarte mucho para
comer mal. Cuando Rocío lo condujo a un restaurante pequeño y sencillo, no se
inquietó. No tuvo más que aspirar el aire para saber que iban a comer
divinamente.
Rocío saludó a
alguien con la mano, señaló una mesa vacía y, al parecer, recibió el visto
bueno.
—Esto no es una cita
—advirtió.
Gastón hizo lo
posible por parecer inocente y casi lo consiguió.
—¿No?
—No. —Rocío se
reclinó en su silla y cruzó las piernas—. Una cita es cuando quedamos a una
hora y me recoges en casa. Esto es un encuentro casual. De modo que mañana será
nuestra primera cita. Lo digo por si estás pensando en la regla de las tres
citas.
—A los hombres no nos
gusta pensar que las mujeres sabéis eso.
Rocío sonrió.
—Hay muchas cosas que
no os gusta pensar que sabemos. —Sin apartar la mirada de Gastón, tendió una
mano al hombre moreno que se había detenido frente a su mesa—. Hola, Marco.
—Rocío. —Marco le
besó los dedos y le entregó la carta—. Me alegro de verte.
—Te presento a un amigo de universidad de Victorio, Gastón, de Boston. Lo traje para que vea que
en el Vieux Carré sabemos cocinar italiano.
—No podrías haber
elegido mejor. —Marco estrechó la mano de Gastón y le tendió una carta—. Mi
madre está hoy en la cocina.
—Eso significa festín
—explicó Rocío—. ¿Qué tal la familia, Marco?
Gastón se percató
entonces de cómo ocurría. Cuando Rocío cambió de postura, levantó la cara y
miró a Marco, fue como si los dos estuvieran solos en una isla de intimidad.
Era algo sexual, de eso no había duda, pero también... cortés, decidió.
—Estupendamente. El
viernes mi Sofía ganó un concurso de ortografía.
—Tu niña es una
lumbrera.
Charlaron durante un
rato, pero Gastón se distrajo observando la cara de Rocío. Cómo sus cejas
subían, bajaban o se unían según la emoción. Cómo movía los labios, resaltados
por el diminuto lunar.
Cuando Rocío se
volvió hacia él, Gastón sacudió la cabeza.
—Perdona, ¿qué decías?
Te estaba mirando y me perdí.
—Veo que hay tipos
con labia en el norte —dijo Marco.
—Y guapos, ¿no te
parece? —preguntó Rocío.
—Mucho. Nuestra Rocío
tomará los linguini con marisco. ¿Sabes ya lo que quieres o necesitas más
tiempo?
—No pidas lo mismo
que yo. —Rocío martilleó con un dedo la carta que Gastón aún no había leído—. O
no será divertido picar de tu plato. Prueba las conchas rellenas. Mamá las hace
buenísimas.
—Que sean conchas rellenas.
—Gastón presintió que habría pedido virutas de cartón si ella se lo hubiera
pedido—. ¿Quieres vino?
—No, porque tú has de
conducir y yo he de trabajar.
—Estricta. ¿San
Pellegrino entonces? —Gastón miró a Marco.
—Os traeré una
botella.
Cuando Marco se hubo
marchado, ella se remetió el pelo por detrás de la oreja.
—¿ Qué planes tienes
para hoy, cher?
—Había pensado
visitar algunos anticuarios. Estoy buscando una vitrina para la cocina y cosas
con qué llenarla. Puede que haga una visita a la señorita Esperanza de regreso
a casa. ¿Qué cosas le gustan? Quiero llevarle algo.
—No tienes que
llevarle nada.
—Me gustaría.
Rocío colgó un brazo
sobre el respaldo de su silla y martilleó la mesa con los dedos mientras le
observaba.
—En ese caso, una
botella de vino. Un buen tinto. Pero dime una cosa, cher. ¿Tú no utilizarías a
mi abuela para conquistarme, verdad?
Advirtió que la furia
encendía los ojos de Gastón, una furia más oscura, más candente de lo que había
esperado en él. Hubiera debido imaginar, se dijo, que toda esa afabilidad
ocultaba algo afilado, algo dentado. Le impresionó, pero más le impresionó la
rapidez con que Gastón pasó de la furia a la dulzura.
Un hombre que podía
dominarse de ese modo, decidió Rocío, tenía una voluntad de hierro. Un aspecto
más a tener en cuenta.
—Es al revés —dijo
él—. Te estoy utilizando a ti para conquistar a la señorita Esperanza. Es la
chica de mis sueños.
—Lo siento.
—Me alegro, porque es
para sentirlo.
Rocío esperó a que
les sirvieran el agua y el pan. La dureza de Gastón le había molestado. Sobre
todo, fue capaz de admitir, porque se la tenía merecida. Cruzó los brazos sobre
la mesa y se inclinó.
—Lo siento porque he
sido desagradable. Voy a decirte algo, Gastón. Mi boca tiene la costumbre de
soltar cosas desagradables. No siempre lo lamento. No soy una mujer de carácter
dulce y sereno. Soy desconfiada. Tengo cosas buenas, pero también cosas malas.
Y me gusta así.
Gastón le imitó la
postura.
—Soy tenaz,
competitivo y temperamental. Tengo mal genio, pero también mucho aguante, lo
cual es una suerte para la gente en general. No tengo que salirme con la mía en
los detalles pequeños, pero cuando decido que quiero algo de verdad, encuentro
la forma de conseguirlo. Así que a ti te conseguiré.
Rocío estaba equivocada.
Gastón no había recuperado la dulzura. Todavía había genio en sus ojos. Puesto
que la persona con la que siempre intentaba ser honesta era con ella misma, no
se molestó en fingir que eso no la excitaba.
—Lo dices para que me
enfade.
—Esa es una ventaja
secundaria. —Gastón se recostó y le ofreció pan—. ¿Quieres pelea?
Malhumorada, aceptó
un trozo.
—Quizá más tarde. Las
peleas me quitan el apetito. —Se encogió de hombros y dio un bocado a su pan—.
En cualquier caso, no te aconsejo que vayas a ver a mi abuela. Está en casa de
su hermana.
—Entonces pasaré otro
día de esta semana. Me han montado las encimeras de la cocina y ayer Victorio me
ayudó, por llamarlo de algún modo, con los armarios superiores. La tendré
terminada dentro de dos semanas.
—Me alegro. ¿Has
vuelto a subir a la segunda planta?
—Sí. —Antes, sin
embargo, había tenido que animarse con un buen trago de Jim Beam—. Esta vez no
me caí de bruces, pero sufrí un ataque de pánico, y no soy propenso a ellos. He
descubierto más cosas sobre la historia de la familia Ordóñez, pero todavía me
falta información. Quizá tú la tengas.
—Quieres saber cosas
sobre Valeria Rouse.
—Exacto. ¿Qué... ? —Gastón
se detuvo porque Rocío había dirigido su atención a Marco, que en ese momento
les traía la pasta. Cuando empezaron a hablar ociosamente de la comida, se
recordó que en el sur las cosas iban más lentas.
—¿Qué sabes de ella?
—preguntó cuando volvieron a estar solos.
Rocío enrolló la
pasta en el tenedor y la deslizó entre sus labios. Suspiró profundamente y tragó.
—Mamá Realdo cocina
como los dioses. Prueba tu plato —le ordenó, y se inclinó para catarlo ella
también.
—Está delicioso. La
mejor comida que he probado desde que me hicieron una tortilla en el
microondas.
Rocío esbozó una
sonrisa larga y lenta que se instaló en el estómago de Gastón. Luego siguió
comiendo.
—Conozco las
historias que contaban en mi familia, pero nadie puede asegurar que sean
ciertas. Valeria trabajaba de criada en la mansión. En aquellos tiempos las
familias adineradas solían contratar a chicas cajún. Cuentan que Ramiro Ordóñez
llegó de Tulane y se enamoró de ella. Huyeron y se casaron. Tuvieron que huir
porque nadie habría aprobado esa boda, ni la familia de él ni la de ella.
Partió un trozo de
pan y lo mordisqueó mientras estudiaba a Gastón.
—La mezcla de clases
es un asunto espinoso. Ramiro regresó a casa con Valeria y también eso fue un
asunto espinoso. La gente dice que Justina Ordóñez era una mujer dura,
orgullosa y fría. Empezaron a contar con los dedos, pero el bebé no nació hasta
pasados diez meses.
—La habitación de
arriba debía de ser el cuarto de la niña.
—Es muy probable.
Había una niñera, que se casó más tarde con el hermano de Valeria. Ella es la
fuente de la mayor parte de las historias sobre el Hall. Al parecer, dos días
antes de que finalizara el año Ramiro se hallaba en Nueva Orleáns por asuntos
de trabajo. Cuando regresó a casa, Valeria no estaba. Le contaron que había
huido con un muchacho del bayou que había estado viendo a escondidas, pero eso
no tenía sentido. La niñera, que se llamaba... Esperanza, dijo que Valeria
jamás habría abandonado a Ramiro y la pequeña. Dijo que le había ocurrido algo
malo, algo horrible, y se echó la culpa porque la noche que Valeria desapareció
ella había bajado al río para ver a su novio.
Una muchacha muerta
sobre una cama con dosel en una habitación fría, pensó Gastón, y la pasta se
aferró a su estómago como el pegamento. Bebió un largo sorbo de agua.
—¿La buscaron?
—Su familia la buscó
por todas partes. Dicen que Ramiro rondó el bayou hasta el día de su muerte.
Cuando no buscaba allí, estaba en la ciudad tratando de dar con algún rastro de
su esposa. No encontró nada y también él pereció joven. Muerto él y su gemelo,
sin duda el favorito de su madre, Justina envió a la niña a casa de los padres
de Valeria. Te has puesto pálido, Gastón.
—Lo sé. Sigue.
Esta vez, cuando Rocío
partió un trozo de pan, lo untó de mantequilla y se lo dio. Su abuela tenía
razón, pensó, el muchacho necesitaba comer.
—El bebé era la
abuela de mi abuela. Los Ordóñez la repudiaron alegando que era bastarda y no
llevaba su sangre. La trasladaron a casa de los Rouse con lo puesto y una bolsa
que contenía algunos juguetes. Lo único que obtuvo del Hall fue el reloj de
broche que Esperanza le entregó y que había pertenecido a Valeria.
La mano de Gastón se
posó raudamente en la de Rocío.
—¿Todavía existe ese
broche?
—Esas cosas pasan de
hija a hija. Mi abuela me lo dio cuando cumplí dieciséis años. ¿Por qué?
—Un reloj esmaltado
suspendido de unas alas doradas.
Rocío enrojeció.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he visto.
—Gastón notó un escalofrío en la espalda—. Sobre la cómoda del dormitorio que
debía de ser el de Valeria. Un cuarto vacío —prosiguió— con muebles fantasma.
La habitación donde Lali vio una chica muerta tumbada en la cama. Ellos la
mataron, ¿verdad?
La forma en que lo
dijo, tan directa, tan fría, golpeó el estómago de Rocío.
—Eso piensa la gente.
La gente de mi familia.
—En el cuarto
infantil.
—No lo sé. Me estás
asustando, Gastón.
—¿A ti? —Se pasó una
mano por la cara—. En fin, supongo que ya conozco la identidad de mi fantasma.
Pobre Valeria, todos estos años rondando el Hall, esperando el regreso de Ramiro.
—Pero si realmente
murió en el Hall, ¿quién la mató?
—Tal vez sea eso lo
que debo descubrir para que ella pueda...ya sabes, descansar en paz.
Gastón ya no estaba
pálido, pensó Rocío. Su rostro se había endurecido. Otra vez esa determinación.
—¿Por qué tú?
—¿Por qué no? Tuvo
que ser uno de los Ordóñez. La madre, el padre o el hermano. Luego la
enterraron en algún lugar y dijeron que había huido. Tengo que averiguar más
cosas de ella.
—Seguro que lo
conseguirás. Tienes pinta de terco, cher. No entiendo por qué eso me atrae
tanto. Habla con mi abuela. Quizá sepa más cosas o conozca a alguien que las
sepa. —Rocío apartó su plato vacío—. Ahora invítanos a un capuchino.
—¿Quieres postre?
—No me queda sitio. —Rocío abrió el bolso y extrajo un
paquete de cigarrillos.
—No sabía que
fumaras.
—Me compro un paquete
al mes. —Deslizó los dedos a lo largo de un cigarrillo.
—¿Un mes? ¿Qué
sentido tiene?
Rocío se llevó el
cigarrillo a los labios y lo encendió con un mechero plateado. Tal como había
hecho con el primer bocado de pasta, suspiró tras la primera calada.
—Placer, cher. Un
paquete tiene veinte cigarrillos y un mes treinta o treinta y un días. Salvo
febrero. Me encanta el mes de febrero. Puedo fumarme el paquete entero en un
día y volverme loca el resto del mes, o dosificarlo y hacer que dure, pues no
volveré a comprarme un paquete hasta el mes siguiente.
—¿Y cuántos cigarrillos
gorreas entretanto?
Los ojos de Rocío
brillaron a través de la nube de humo.
—Eso sería hacer
trampas, y yo no hago trampas. El placer no es nada, cielo, a menos que tengas
la fuerza de voluntad para aguantar hasta que realmente puedas apreciarlo.
Pasó un dedo por el
dorso de la mano de Gastón y, por puro placer, frotó el pie contra su pierna.
—¿Cómo andas tú de
fuerza de voluntad? —preguntó.
—Pronto lo
averiguaremos.
Había oscurecido
cuando llegó a casa. El cajón de su camioneta estaba lleno de tesoros que había
encontrado en los anticuarios. El mejor de todos, no obstante, era la vitrina
que había adquirido y por la que había suplicado y sobornado para que se la
trajeran al día siguiente.
Trasladó lo que pudo
en un primer viaje y lo dejó todo en el vestíbulo. Luego cerró la puerta y se
quedó muy quieto.
—Valeria —dijo.
Escuchó el eco de su voz y esperó.
Mas no sintió ninguna
corriente fría y nada rompió el silencio.
Y allí, de pie en la base de
la escalinata, no podía explicarse por qué sabía que no estaba solo.
Que histérica Rocío! jajaja Me da mucha pena Vale,su historia es muy triste :|
ResponderEliminar