lunes, 30 de abril de 2012

Capitulo IV, Primera Parte


Rochi no recordaba haber recogido la revista, pero estaba en sus manos, de modo que lo debió hacer. Cuando se quedó con la mirada fija leyendo, las palabras de la portada nadaron ante sus ojos.
EL CHICO MALO DE LA PGA GASTÓN DALMAU HABLA DE SU JUEGO, SUS RECORRIDOS Y SUS MILLONES
—Uh. . . ¿Rochi?
Ella arrastró las piernas sobre el lado de la cama lo más lejos de él y, con su mano libre, agarró firmemente la bata cerrándola.
La foto era una imagen en acción, con Gastón en la mitad de su movimiento de golpeo, el palo de golf hacía arriba.
EL CHICO MALO DE LA PGA GASTÓN DALMAU...
En un momento la furia se enroscó dentro de ella. Pensaba que no habría cosa más dolorosa que la humillación que sufrió cuándo compartió sus sentimientos con Jeremy Fox, pero esto era muchísimo peor. Era una tremenda estúpida, la mujer más ingenua de la tierra. ¡Él no era un acompañante profesional! Él era un millonario deportista que la había seducido.
Ella arrojó al suelo la revista, saltó de la cama, y ciegamente logró llegar al cuarto de baño para recoger su ropa.
—¿No crees que deberíamos hablar acerca de esto? —dijo él detrás de ella.
Ella pasó a su lado rápidamente, con la ropa en sus brazos, y se dirigió a su dormitorio.
—¿Rocío?
Ella entró, cerró el cerrojo, y empezó a ponerse su ropa interior.
Él golpeó con los nudillos en la puerta.
—Sé que la portada de esa revista debe avivar tu curiosidad, ¿por qué no sales y nos terminamos nuestra botella de vino mientras contesto todas tus preguntas?
Ella ignoró sus tonterías, metió sus ropas en una maleta, y la cerró. Luego recogió su maleta y su bolso y salió por la puerta.
Él estaba de pie en el otro lado. Aunque sus pantalones estaban cerrados, él no había perdido tiempo poniéndose la camiseta. El odio, con grandes dosis de auto-repugnancia, corría como lava a través de ella. Le empujó y se apresuró, escaleras abajo, tan rápido como le permitía su pesada carga.
—¡Rochi!
Un tamborileo terrible hizo eco dentro de su cabeza. Alcanzó la puerta principal y buscó palpando la manija.
—Rochi, es de noche. No puedes marcharte ahora —él la alcanzó y la cogió del brazo.
Ella se liberó de un tirón y le dio un golpe con la esquina de la maleta en la entrepierna. Él dio un grito de dolor y se tambaleó hacia atrás.
Ella se abalanzó hacía la calle.
El aire húmedo de la noche la envolvió. No tenía ni idea donde iba, y no le importaba, sólo sabía que tenía que escaparse.
Alimentó su cólera para evitar su necesidad de llorar. Él no era torpe o estúpido o cualquier de las otras cosas que pensó de él. Él simplemente la manipulaba para divertirse esa noche, y ella había caído como una tonta.
Llevaba la pesada maleta y el bolso en sus brazos, pero apenas si notaba el peso. ¿Y si no hubiera visto la revista? ¿Qué habría pasado si hubieran llegado al final antes de descubrir quién era? Ya era absurdo planteárselo, así que se distrajo contemplando un cruce de calles más abajo. Necesitaba llegar a un teléfono y llamar un taxi, pero sólo veía casas caras, y gran cantidad de coches de lujo estacionados. Nadie andaba de acá para allá, y, aparte del siseo de algunos aspersores, todo estaba quieto.
Escuchó más atentamente y creyó detectar el sonido apenas perceptible de tráfico a lo lejos. Las maletas golpearon contra sus piernas cuando se giró hacia el ruido. Continuó caminando hasta que tuvo que colocar en el suelo los bolsos para que descansaran sus brazos, y fue cuando oyó el ronroneo de un coche de lujo a su espalda.
Ella agarró rápidamente las maletas y las arrastró adelante. De reojo, vio a un Cadillac color champán familiar. La ventana del conductor bajó.
—¿No crees que estás exagerando un poco?
Sus mejillas ardieron. Ella le miró directamente y siguió caminando despacio, si bien sus hombros habían comenzado a latir.
—El hotel más cercano está a dieciséis kilómetros. Y en caso de que no lo hayas notado, por aquí no pasan taxis.
Ella siguió caminando.
—Dios mío, odio a las mujeres malhumoradas.
—¡Imbécil —le miró un segundo—. ¡Déjame sola! ¿O no has tenido suficiente diversión por esta noche?
Él la adelantó, y cruzó el coche bloqueándole la calle, paró y salió, dejando las luces encendidas y el motor en marcha. Con la camisa abierta y los pies con unas zapatillas sin calcetines, se acercó a ella.
Ella sintió un parpadeo de satisfacción cuando vio que él no podía enderezarse completamente, junto con un temblor de pánico. Aunque físicamente no le temía, notaba su autodominio a punto de explotar, y tenía que escapar.
Caminando con un ligero bamboleo por el peso de su equipaje, se apresuró al otro extremo de la calle. Él acortó la distancia entre ellos y le quitó de malos modos las maletas.
—Dámelas.
Ignorándola, él agarró su maleta y su bolso, y lo llevó al coche. Abrió la puerta trasera y lo lanzó en el asiento como si no pesara más de un puñado de guijarros de playa.
—Me debes mil dólares por esto.
Ella se mordió el labio, parpadeó, y empezó a caminar.
Él puso las manos en las caderas.
—Dime hasta dónde intentas llegar sin tu pasaporte, su dinero ni ropa. Sin mencionar esos paraguas.
Ella se sentía claramente ofendida, pero él en lugar de disculparse, empeoraba las cosas. Trató de revisar sus opciones, pero eran tan limitadas que se podían calificar de inexistentes. Sus pasos se ralentizaron.
—Llévame a un hotel de inmediato —finalmente dijo.
—Con mucho gusto.
Ella vaciló, pero no tenía mucho dónde escoger, y se obligó a caminar hacía el coche. Él abrió la puerta del pasajero para ella. Sin mirarle, ella se deslizó dentro, luego trató de hacerse invisible quedándose con la mirada fija mirando por la ventana. Sentía los labios hinchados, y recordó la sensación de esos besos profundos, falsos.
—Solamente déjame explicarme. Sé que te mueres por una explicación.
Antes él había conducido como un demonio, pero ahora el coche avanzaba lentamente calle abajo.
Ella no dijo nada.
—Bien, simplemente estaba divirtiéndome un poco contigo, fingiendo que estaba en el mundillo del sexo. Pero no esperaba que me tomaras en serio. Pero cuando sí lo hiciste... Pues bien, soy humano, y antes de que me condenes por ser un hombre, sugiero que te mires largamente en un espejo. Luego imagínate lo que tú habrías hecho si fueras yo, y te encontraras en esa situación con alguien parecido a ti.
Qué cruel por su parte burlarse de ella porque no era bella. Ya no pudo detener sus palabras.
—¡Yo no te he mentido! Nunca habría humillado a otro ser humano como tú has hecho.
—¿Humillado? —él sonó genuinamente insultado, pero entonces ella recordó qué buen actor él era. Él se metió por una serie de callejuelas antes de salir a una calle más transitada—. No intenté humillarte en ningún momento. Lo que estaba haciendo tiene que ver con el oportunismo, te lo admito, pero principalmente tuvo que ver con la lujuria.
—Por favor, Sr. Dalmau. No soy tonta. Esto no tuvo nada que ver con la lujuria. Eres un deportista profesional guapo y millonario. Estoy segura que puedes tener a la mujer que quieras. No tienes por qué conformarte con una maestra de escuela solterona como yo.
—¡Conozco la lujuria cuando la siento! Y tienes que admitir que fuiste muy fácil. Aunque no consigo entender porqué tienes que pagarle a un hombre para esto.
—Sí, he sido muy fácil. Dolorosamente fácil.
Él paró en un semáforo en rojo y la miró.
—Entiéndeme, Rochi, en ningún momento quise herir tus sentimientos. Simplemente me dejé llevar. Y tú estabas tan decidida a echar una cana al aire con un desconocido, que francamente no ví que hiciera daño a nadie.
—Me has mentido acerca de todo. Eres un famoso golfista, no un acompañante. Y según esa portada de la revista, eres multimillonario —la realidad la golpeó—. Y esa casa no era de ningún amigo. Es tuya, ¿no es cierto? Todo cuanto me dijiste fueron mentiras.
—Me exasperaste —el semáforo cambió a verde y el coche suavemente comenzó a avanzar.
—¡Yo! Pero si no he hecho nada.
—Eso es una mentira desvergonzada. Comenzaste a darme continuamente órdenes desde el minuto que pusiste los ojos en mí, además de elaborar listas, seguir dándome órdenes, y pinchándome con ese paraguas.
—No te he pinchado con mi paraguas.
—Pero tuviste ganas.
—Perdón —dijo ella fríamente.
—Bien. Te pido perdón, también, asunto cerrado.
—No, no está cerrado.

2 comentarios:

  1. Jodido paraguas....
    jajajaj la Gata soltó las garras... No es ninguna niña boba que se deja manejar... El es un idiota pero le concedo el beneficio de qe es hombre y se dejo llevar..

    espero la siguiente pelea
    gracias por subir...

    ResponderEliminar