Rochi no recordaba haber
recogido la revista, pero estaba en sus manos, de modo que lo debió hacer.
Cuando se quedó con la mirada fija leyendo, las palabras de la portada nadaron
ante sus ojos.
EL CHICO MALO DE LA PGA GASTÓN
DALMAU HABLA DE SU JUEGO, SUS RECORRIDOS Y SUS MILLONES
—Uh. . . ¿Rochi?
Ella arrastró las piernas
sobre el lado de la cama lo más lejos de él y, con su mano libre, agarró
firmemente la bata cerrándola.
La foto era una imagen en
acción, con Gastón en la mitad de su movimiento de golpeo, el palo de golf
hacía arriba.
EL CHICO MALO DE LA PGA GASTÓN
DALMAU...
En un momento la furia se
enroscó dentro de ella. Pensaba que no habría cosa más dolorosa que la
humillación que sufrió cuándo compartió sus sentimientos con Jeremy Fox, pero
esto era muchísimo peor. Era una tremenda estúpida, la mujer más ingenua de la
tierra. ¡Él no era un acompañante profesional! Él era un millonario deportista
que la había seducido.
Ella arrojó al suelo la
revista, saltó de la cama, y ciegamente logró llegar al cuarto de baño para
recoger su ropa.
—¿No crees que deberíamos
hablar acerca de esto? —dijo él detrás de ella.
Ella pasó a su lado
rápidamente, con la ropa en sus brazos, y se dirigió a su dormitorio.
—¿Rocío?
Ella entró, cerró el
cerrojo, y empezó a ponerse su ropa interior.
Él golpeó con los nudillos
en la puerta.
—Sé que la portada de esa
revista debe avivar tu curiosidad, ¿por qué no sales y nos terminamos nuestra
botella de vino mientras contesto todas tus preguntas?
Ella ignoró sus tonterías,
metió sus ropas en una maleta, y la cerró. Luego recogió su maleta y su bolso y
salió por la puerta.
Él estaba de pie en el otro
lado. Aunque sus pantalones estaban cerrados, él no había perdido tiempo
poniéndose la camiseta. El odio, con grandes dosis de auto-repugnancia, corría
como lava a través de ella. Le empujó y se apresuró, escaleras abajo, tan rápido
como le permitía su pesada carga.
—¡Rochi!
Un tamborileo terrible hizo
eco dentro de su cabeza. Alcanzó la puerta principal y buscó palpando la
manija.
—Rochi, es de noche. No
puedes marcharte ahora —él la alcanzó y la cogió del brazo.
Ella se liberó de un tirón y
le dio un golpe con la esquina de la maleta en la entrepierna. Él dio un grito
de dolor y se tambaleó hacia atrás.
Ella se abalanzó hacía la
calle.
El aire húmedo de la noche
la envolvió. No tenía ni idea donde iba, y no le importaba, sólo sabía que
tenía que escaparse.
Alimentó su cólera para
evitar su necesidad de llorar. Él no era torpe o estúpido o cualquier de las
otras cosas que pensó de él. Él simplemente la manipulaba para divertirse esa
noche, y ella había caído como una tonta.
Llevaba la pesada maleta y
el bolso en sus brazos, pero apenas si notaba el peso. ¿Y si no hubiera visto
la revista? ¿Qué habría pasado si hubieran llegado al final antes de descubrir
quién era? Ya era absurdo planteárselo, así que se distrajo contemplando un
cruce de calles más abajo. Necesitaba llegar a un teléfono y llamar un taxi,
pero sólo veía casas caras, y gran cantidad de coches de lujo estacionados.
Nadie andaba de acá para allá, y, aparte del siseo de algunos aspersores, todo
estaba quieto.
Escuchó más atentamente y
creyó detectar el sonido apenas perceptible de tráfico a lo lejos. Las maletas
golpearon contra sus piernas cuando se giró hacia el ruido. Continuó caminando
hasta que tuvo que colocar en el suelo los bolsos para que descansaran sus
brazos, y fue cuando oyó el ronroneo de un coche de lujo a su espalda.
Ella agarró rápidamente las
maletas y las arrastró adelante. De reojo, vio a un Cadillac color champán familiar.
La ventana del conductor bajó.
—¿No crees que estás
exagerando un poco?
Sus mejillas ardieron. Ella
le miró directamente y siguió caminando despacio, si bien sus hombros habían
comenzado a latir.
—El hotel más cercano está a
dieciséis kilómetros. Y en caso de que no lo hayas notado, por aquí no pasan
taxis.
Ella siguió caminando.
—Dios mío, odio a las
mujeres malhumoradas.
—¡Imbécil —le miró un
segundo—. ¡Déjame sola! ¿O no has tenido suficiente diversión por esta noche?
Él la adelantó, y cruzó el
coche bloqueándole la calle, paró y salió, dejando las luces encendidas y el
motor en marcha. Con la camisa abierta y los pies con unas zapatillas sin
calcetines, se acercó a ella.
Ella sintió un parpadeo de
satisfacción cuando vio que él no podía enderezarse completamente, junto con un
temblor de pánico. Aunque físicamente no le temía, notaba su autodominio a
punto de explotar, y tenía que escapar.
Caminando con un ligero
bamboleo por el peso de su equipaje, se apresuró al otro extremo de la calle.
Él acortó la distancia entre ellos y le quitó de malos modos las maletas.
—Dámelas.
Ignorándola, él agarró su
maleta y su bolso, y lo llevó al coche. Abrió la puerta trasera y lo lanzó en
el asiento como si no pesara más de un puñado de guijarros de playa.
—Me debes mil dólares por
esto.
Ella se mordió el labio,
parpadeó, y empezó a caminar.
Él puso las manos en las
caderas.
—Dime hasta dónde intentas
llegar sin tu pasaporte, su dinero ni ropa. Sin mencionar esos paraguas.
Ella se sentía claramente
ofendida, pero él en lugar de disculparse, empeoraba las cosas. Trató de
revisar sus opciones, pero eran tan limitadas que se podían calificar de
inexistentes. Sus pasos se ralentizaron.
—Llévame a un hotel de
inmediato —finalmente dijo.
—Con mucho gusto.
Ella vaciló, pero no tenía
mucho dónde escoger, y se obligó a caminar hacía el coche. Él abrió la puerta
del pasajero para ella. Sin mirarle, ella se deslizó dentro, luego trató de
hacerse invisible quedándose con la mirada fija mirando por la ventana. Sentía
los labios hinchados, y recordó la sensación de esos besos profundos, falsos.
—Solamente déjame
explicarme. Sé que te mueres por una explicación.
Antes él había conducido
como un demonio, pero ahora el coche avanzaba lentamente calle abajo.
Ella no dijo nada.
—Bien, simplemente estaba
divirtiéndome un poco contigo, fingiendo que estaba en el mundillo del sexo.
Pero no esperaba que me tomaras en serio. Pero cuando sí lo hiciste... Pues
bien, soy humano, y antes de que me condenes por ser un hombre, sugiero que te
mires largamente en un espejo. Luego imagínate lo que tú habrías hecho si
fueras yo, y te encontraras en esa situación con alguien parecido a ti.
Qué cruel por su parte
burlarse de ella porque no era bella. Ya no pudo detener sus palabras.
—¡Yo no te he mentido! Nunca
habría humillado a otro ser humano como tú has hecho.
—¿Humillado? —él sonó
genuinamente insultado, pero entonces ella recordó qué buen actor él era. Él se
metió por una serie de callejuelas antes de salir a una calle más transitada—.
No intenté humillarte en ningún momento. Lo que estaba haciendo tiene que ver
con el oportunismo, te lo admito, pero principalmente tuvo que ver con la
lujuria.
—Por favor, Sr. Dalmau. No
soy tonta. Esto no tuvo nada que ver con la lujuria. Eres un deportista profesional
guapo y millonario. Estoy segura que puedes tener a la mujer que quieras. No
tienes por qué conformarte con una maestra de escuela solterona como yo.
—¡Conozco la lujuria cuando
la siento! Y tienes que admitir que fuiste muy fácil. Aunque no consigo entender
porqué tienes que pagarle a un hombre para esto.
—Sí, he sido muy fácil.
Dolorosamente fácil.
Él paró en un semáforo en
rojo y la miró.
—Entiéndeme, Rochi, en
ningún momento quise herir tus sentimientos. Simplemente me dejé llevar. Y tú
estabas tan decidida a echar una cana al aire con un desconocido, que
francamente no ví que hiciera daño a nadie.
—Me has mentido acerca de
todo. Eres un famoso golfista, no un acompañante. Y según esa portada de la
revista, eres multimillonario —la realidad la golpeó—. Y esa casa no era de
ningún amigo. Es tuya, ¿no es cierto? Todo cuanto me dijiste fueron mentiras.
—Me exasperaste —el semáforo
cambió a verde y el coche suavemente comenzó a avanzar.
—¡Yo! Pero si no he hecho
nada.
—Eso es una mentira
desvergonzada. Comenzaste a darme continuamente órdenes desde el minuto que
pusiste los ojos en mí, además de elaborar listas, seguir dándome órdenes, y
pinchándome con ese paraguas.
—No te he pinchado con mi
paraguas.
—Pero tuviste ganas.
—Perdón —dijo ella
fríamente.
—Bien. Te pido perdón,
también, asunto cerrado.
—No, no está cerrado.
que brava es Rochi,me encanta!
ResponderEliminarJodido paraguas....
ResponderEliminarjajajaj la Gata soltó las garras... No es ninguna niña boba que se deja manejar... El es un idiota pero le concedo el beneficio de qe es hombre y se dejo llevar..
espero la siguiente pelea
gracias por subir...