domingo, 6 de mayo de 2012

Capitulo Ocho, Primera Parte


Le despertó la tormenta, pero al menos despertó en su propia cama. Los relámpagos estallaban al otro lado de la ventana inundando la habitación con novas de luz.
Miró el despertador. Un minuto para las doce. No podía ser, pensó Gastón. Se había acostado después de la una. Sospechando que la tormenta había cortado la corriente, apretó el interruptor de la lámpara.
La luz le deslumbró.
—Mierda. —Se frotó los ojos y cogió la botella de agua que había dejado en la mesita de noche. Luego salió a la terraza a contemplar el espectáculo.
Habría merecido pagar una entrada para verlo, se dijo. Lluvia flagelante, relámpagos cegadores y el viento que aullaba entre los árboles. Alcanzaba a oír el choque violento de las botellas protectoras y la feroz guerra de truenos.
Y el llanto del bebé.
La botella de agua resbaló de sus dedos, cayó al suelo y le empapó los pies.
No estaba soñando, se dijo, y se agarró a la barandilla mojada. No estaba caminando sonámbulo. Estaba despierto, totalmente consciente de su entorno. Y oía al bebé llorar.
Obligándose amoverse, regresó al dormitorio, se puso unos pantalones de algodón y comprobó que su linterna funcionaba. Descalzo, sin camisa, abandonó la seguridad de su cuarto y se dirigió a la segunda planta.
Aguardó a que le invadiera el pánico, ese nudo en el estómago, la dificultad para respirar, las fuertes palpitaciones.
Pero esta vez no llegó. Los escalones solo eran escalones, y la puerta una simple puerta con un pomo de bronce que necesitaba lustre.
Y el bebé había dejado de llorar.
—Justo cuando llego —refunfuñó.
Las manos le sudaban, pero de nervios, no de miedo. Giró el pomo. La puerta se abrió con un chirrido.
La chimenea estaba encendida. La luz del fuego y de las velas dibujaba bellas formas en las paredes de color melocotón. De las ventanas pendían cortinajes azules con visillos de encaje. El suelo, reluciente como un espejo, tenía dos alfombras con un estampado en tonos melocotones y azules.
Había una cuna de hierro con sábanas blancas.
Ella estaba sentada en una mecedora con un bebé junto al pecho. Gastón vio la mano del bebé posada en un seno, blanca sobre dorado. El cabello de la mujer rodaba por los brazos de la mecedora.
Sus labios entonaban una canción o un cuento que Gastón no podía oír. Sus ojos contemplaban al bebé mientras lo alimentaba y su rostro rebosaba amor.
—No los abandonaste —dijo Gastón con voz queda—. No habrías sido capaz.
Ella miró hacia la puerta y, durante un instante paralizador, Gastón pensó que le había oído. Que le hablaría. Cuando ella le sonrió y extendió una mano, Gastón dio un paso hacia delante.
Entonces vio a un hombre pasar por su lado como una brisa y caminar hacia ella, y las rodillas le fallaron.
Tenía el pelo rubio. Era alto y delgado y vestía un batín granate. Tras arrodillarse junto a la mecedora, acarició la mejilla del bebé y los diminutos dedos que amasaban el pecho de la mujer.
La mujer, Valeria, posó una mano sobre la del hombre. Y allí, rodeados por la tenue luz, los tres permanecieron unidos mientras la boca lechosa de la pequeña succionaba y ella la mecía suavemente.
—Nunca los abandonaste. Descubriré qué te hicieron. Descubriré qué les hicieron.
Mientras hablaba, la puerta se cerró de golpe. Gastón dio un salto, se volvió y se descubrió sumido de nuevo en la oscuridad, con los relámpagos y la linterna como única luz. Sintió un gran peso en el pecho, como el de una roca, que le robó el aire. La habitación estaba vacía, helada, y el pánico le saltó a la garganta.
Se agarró al pomo y las manos sudorosas le resbalaron por el bronce. Sus jadeos luchaban por convertirse en gritos, en ruegos y oraciones. Mareado, cayó de rodillas y luchó frenéticamente con el pomo, dolorido y pegado a la puerta.
Cuando consiguió abrirla, salió a cuatro patas y se desplomó en el suelo, boca abajo, con el corazón desbocado y los truenos sacudiendo las paredes.
—Estoy bien, maldita sea, estoy bien. Voy a levantarme del suelo y luego me iré a la cama.
Tal vez perdiera horas de sueño, pensó Gastón mientras se levantaba tembloroso, pero había averiguado un par de cosas.
Si lo que había visto en el cuarto infantil era cierto y no una fantasía, Valeria Rouse Ordóñez no había abandonado Ordóñez Hall voluntariamente.
Y tenía más de un fantasma en sus manos.


Probablemente estaba cometiendo un error, pensó Rocío mientras deslizaba el vestido negro por el cuerpo. Ya había cometido algunos errores con Gastón Dalmau.
Eso la irritaba porque raras veces cometía errores con los hombres.
Si algo había aprendido de su madre, era a manejar a la especie masculina. En el tema de las relaciones, Rocío había convertido en un hábito hacer exactamente lo contrario de lo que hacía Lilibeth.
El método la había mantenido libre de afectos durante casi treinta años. No tenía el más mínimo deseo ni intención de ponerse en manos de un hombre. Metafóricamente hablando, pensó con una sonrisa mientras se pasaba el carmín por los labios.
Le encantaba estar en las manos del hombre adecuado cuando tenía ganas de que la manejaran.
En su opinión, la mujer que no disfrutaba del sexo simplemente no tenía ojo para elegir a sus parejas. Una mujer lista escogía hombres que estuvieran dispuestos a aprender cómo quería ser complacida. Y una mujer complacida solía dar al hombre buenos viajes.
Todo el mundo salía ganando.
El problema era que Gastón tenía el don de hacer que le apeteciera el sexo en todo momento. No estaba acostumbrada a que la guiaran sus hormonas.
Lo más sabio y seguro que una mujer podía hacer con respecto al sexo era tenerlo controlado. Decidir el cuándo, el dónde, el quién y el cómo. Los hombres, en fin, los hombres eran lujuriosos por naturaleza. No era culpa de ellos.
Y las mujeres que aseguraban que no intentaban excitar a los hombres, o no tenían sangre en las venas o mentían.
Si creyese que ella y Gastón iban a tener un rollo con un comienzo y un final amistoso, no estaría preocupada. Pero Gastón era algo más. Poseía demasiadas capas, pensó, y no parecía capaz de atravesarlas todas.
Más preocupante, mucho más preocupante aún era que él le provocaba algo más que deseo. Eso también resultaba complicado y misterioso.
Le gustaba su aspecto, y su acento yanqui. Y para colmo había tocado su punto flaco con ese cariño que le profesaba a la abuela.
También le calentaba la sangre, reconoció Rocío. Ese hombre tenía unos labios realmente hábiles.
Y cuando él no prestaba atención, tenía una mirada de hombre herido. Ella atraía los corazones heridos.
Más le valía tomárselo con calma. Arqueó el cuello y deslizó por la piel la varita de cristal de su perfume. Despacio. No tenía sentido llegar al final del camino a menos que hubieras disfrutado del viaje.
Pasó la varita por el escote e imaginó en él los dedos de Gastón. Su boca.
Cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no deseaba a un hombre tan... obviamente. Y puesto que ya era demasiado tarde para un revolcón rápido y anónimo, más le valía conocerlo un poco mejor antes de dejarle creer que podía llevársela a la cama.
—Qué puntual, cher —dijo en voz alta al oír que llamaban. Comprobó su aspecto frente al espejo, se envió un beso y caminó hasta la puerta.
El traje le sentaba muy bien. Elegante y moderno, decidió. Le acarició la solapa con los dedos.
—Mmm, sabes vestirte, cher.
—Lo siento, toda la sangre de mi cabeza se ha vaciado, así que lo único que soy capaz de decir es wow.
Rocío le miró seductoramente y dio una vuelta sobre sus tacones de aguja.
—Entonces, ¿te parece bien?
El vestido descendía aferrado a su piel. Las glándulas de Gastón estaban bailando una giga.
—Me parece muy bien.
Rocío dobló un dedo.
—Acércate.
Dio un paso atrás, tomó el brazo de Gastón y se volvió hacia un espejo antiguo de marco plateado.
—Estamos divinos —dijo, y su reflejo se rió del reflejo de él—. ¿Adonde me llevas, cher?
—Pronto lo sabrás. —Gastón recogió un fular de seda rojo y lo extendió sobre los hombros de Rocío—. ¿No tendrás frío?
—Si lo tengo, significará que el vestido no está tan bien. —Rocío salió a su pequeña terraza. Se disponía a coger la mano de Gastón cuando bajó la vista y vio una limusina blanca estacionada en la cuneta.
Tardó diez segundos en recuperar la voz.
—¿Te has comprado un coche nuevo, cariño?
—Es alquilado. Pensé que de ese modo podríamos beber todo el champán que quisiéramos.
En cuanto a primeras citas, pensó Rocío mientras bajaban a la calle, esta prometía. Y no hizo más que mejorar cuando un chófer uniformado abrió la puerta y la invitó a subir.
Dentro había dos cubiteras de plata. Una contenía una botella de champán y la otra un bosque de tulipanes morados.
—Las rosas son demasiado predecibles —dijo Gastón, y tiró de una flor para ofrecérsela—. Y tú no.
Rocío giró el tulipán bajo su nariz.
—¿Es así como seduces a las chicas en Boston?
Gastón le tendió una copa de champán.
—No hay ninguna otra chica.
Sorprendida, Rocío bebió.
—Me estás deslumbrando, Gastón.
—Forma parte del plan. —Unió su copa a la de ella—, Soy muy bueno llevando planes hasta el final.
Ella se recostó y cruzó las piernas con un gesto lento que sabía atraería la mirada de Gastón.
—Eres un hombre peligroso. ¿Sabes lo que te hace realmente peligroso? Que hay que mirar muy adentro para percatarse de ello.
—No te haré daño, Rocío.
—Claro que no —repuso ella, pero dejó escapar una risa deliciosa—. Es solo parte del viaje, cielo. Y por ahora lo estoy disfrutando.
Gastón eligió un elegante restaurante francés donde los camareros vestían pajarita, la luz era tenue y la mesa del fondo ofrecía intimidad.
Segundos después de que tomaran asiento llegó otra botella de champán y Rocío comprendió que Gastón la había dispuesto de antemano. Eso y probablemente mucho más.
—Me han dicho que la comida aquí es memorable —explicó—. La casa es de principios del siglo xx, del renacimiento colonial georgiano, y perteneció a un pintor. Fue una casa particular hasta hace treinta años.
—¿Siempre investigas la historia de los restaurantes donde comes?
—El contexto importa, sobre todo en Nueva Orleáns. Y también la cocina. Dicen que el canelón a 1'Orange es una especialidad de la casa.
—En ese caso, uno de nosotros debería pedirlo. —Intrigada, Rocío dejó la carta a un lado. Gastón no solo era divertido. No sólo era sexy e inteligente. También era interesante—. Esta vez elige tú.
Gastón pidió desde los entrantes hasta el soufflé de chocolate con la soltura de un hombre acostumbrado a comer en restaurantes exclusivos.
—Tu francés es bueno, al menos pidiendo platos. ¿Lo hablas bien?
—Sí, pero el francés cajún todavía me desconcierta.
—¿Has estado en París?
—Sí.
Rocío se inclinó de esa manera suya, con los brazos cruzados sobre el canto de la mesa y la mirada fija en él.
—¿Es tan maravilloso como dicen?
—Sí.
—Algún día me gustaría ir. A París y Florencia, a Barcelona y Atenas. —Eran sueños vivos, y la expectación le resultaba tan excitante como el deseo—. ¿Has estado en todos esos lugares?
—En Atenas no. Todavía. A mi madre le gustaba viajar, así que de joven íbamos a Europa cada año, y a Irlanda cada dos. Todavía tenemos familia allí.
—Y de todos los lugares que has visitado, ¿cuál es tu favorito? —Rocío descansó los codos en la mesa y el mentón en los dedos enlazados.
—Es difícil decirlo. La costa oeste de Irlanda, las montañas de la Toscana, los cafés de París. Pero en este momento, este es mi lugar favorito.
—Otra vez esa lengua de seda. Entonces háblame de Boston.
—Boston es una ciudad portuaria de Nueva Inglaterra de gran importancia histórica. —Cuando ella rió, él se reclinó en su asiento y absorbió su risa—. Ah, no te referías a eso.
—Háblame de tu familia. ¿Tienes hermanos?
—Dos hermanos y una hermana.
—Familia numerosa.
—¿Bromeas? Mis padres fueron unos roñosos en lo que a procreación se refiere. Mi madre tiene seis hermanos y mi padre ocho, y ninguno de ellos tuvo menos de cinco hijos. Somos una legión.
—Los echas de menos.
—¿De veras? Sí, la verdad es que sí—confesó Gastón a regañadientes—. Con esta agradable distancia de por medio, me he dado cuenta de que mi familia me gusta.
—¿ Vendrán a verte?
—Más adelante. Esperarán a que mi madre vuelva a hablarme. En nuestra casa cuando no es una cosa, es nuestra madre.
Rocío probó el entrante que él le había elegido. No lucía ningún anillo y Gastón se preguntó por qué. Tenía unas manos preciosas, elegantes y delicadas. La llave de plata descansaba sobre esa piel suave, y había un destello plateado en las orejas. Los dedos y las muñecas, no obstante, estaban desnudos. Hermosamente desnudos, pensó, y se preguntó si la ausencia de adornos era una estrategia femenina para hacer que los hombres prestaran atención a las líneas del cuerpo.
No había duda de que con él funcionaba.
—¿Crees que está enfadada contigo? ¿ Tu madre?
Gastón tuvo que esforzarse por recuperar el hilo de la conversación.
—Enfadada no. Irritada, molesta, desconcertada. Si realmente estuviera enfadada, estaría aquí poniendo el grito en el cielo hasta que se hiciera su voluntad.
—¿Desea que seas feliz?
—Sí. Lo cierto es que nos queremos como idiotas, pero ella estaría más contenta si mi felicidad coincidiera con su idea de la misma.
Rocío ladeó la cabeza y Gastón apreció de nuevo ese destello plateado a través de los rubios rizos.
—¿Por qué no le dices que está hiriendo tus sentimientos?
—¿Qué?
—Si no se lo dices, ¿cómo esperas que deje de comportarse así?
—Les decepcioné.
—Te equivocas —respondió Rocío con impaciente solidaridad—. ¿Crees que tu familia quiere que seas desgraciado? ¿Que te cases con una mujer que no amas y trabajes en una profesión que no te gusta?
—Sí. No. La verdad es que no lo sé.
—En ese caso, creo que deberías preguntárselo.
—¿Tienes hermanos?
—No. Y esta noche vamos a hablar de ti. Yo me reservaré para otra ocasión. ¿Encontraste lo que querías en tus anticuarios?
—Y mucho más. —Más cómodo hablando de adquisiciones que de familia, Gastón le ofreció una descripción detallada que los condujo hasta el plato principal.

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