Le despertó la
tormenta, pero al menos despertó en su propia cama. Los relámpagos estallaban
al otro lado de la ventana inundando la habitación con novas de luz.
Miró el despertador.
Un minuto para las doce. No podía ser, pensó Gastón. Se había acostado después
de la una. Sospechando que la tormenta había cortado la corriente, apretó el
interruptor de la lámpara.
La luz le deslumbró.
—Mierda. —Se frotó
los ojos y cogió la botella de agua que había dejado en la mesita de noche.
Luego salió a la terraza a contemplar el espectáculo.
Habría merecido pagar
una entrada para verlo, se dijo. Lluvia flagelante, relámpagos cegadores y el
viento que aullaba entre los árboles. Alcanzaba a oír el choque violento de las
botellas protectoras y la feroz guerra de truenos.
Y el llanto del bebé.
La botella de agua
resbaló de sus dedos, cayó al suelo y le empapó los pies.
No estaba soñando, se
dijo, y se agarró a la barandilla mojada. No estaba caminando sonámbulo. Estaba
despierto, totalmente consciente de su entorno. Y oía al bebé llorar.
Obligándose amoverse,
regresó al dormitorio, se puso unos pantalones de algodón y comprobó que su
linterna funcionaba. Descalzo, sin camisa, abandonó la seguridad de su cuarto y
se dirigió a la segunda planta.
Aguardó a que le
invadiera el pánico, ese nudo en el estómago, la dificultad para respirar, las
fuertes palpitaciones.
Pero esta vez no
llegó. Los escalones solo eran escalones, y la puerta una simple puerta con un
pomo de bronce que necesitaba lustre.
Y el bebé había
dejado de llorar.
—Justo cuando llego
—refunfuñó.
Las manos le sudaban,
pero de nervios, no de miedo. Giró el pomo. La puerta se abrió con un chirrido.
La chimenea estaba
encendida. La luz del fuego y de las velas dibujaba bellas formas en las
paredes de color melocotón. De las ventanas pendían cortinajes azules con
visillos de encaje. El suelo, reluciente como un espejo, tenía dos alfombras
con un estampado en tonos melocotones y azules.
Había una cuna de
hierro con sábanas blancas.
Ella estaba sentada
en una mecedora con un bebé junto al pecho. Gastón vio la mano del bebé posada
en un seno, blanca sobre dorado. El cabello de la mujer rodaba por los brazos
de la mecedora.
Sus labios entonaban
una canción o un cuento que Gastón no podía oír. Sus ojos contemplaban al bebé
mientras lo alimentaba y su rostro rebosaba amor.
—No los abandonaste
—dijo Gastón con voz queda—. No habrías sido capaz.
Ella miró hacia la
puerta y, durante un instante paralizador, Gastón pensó que le había oído. Que
le hablaría. Cuando ella le sonrió y extendió una mano, Gastón dio un paso
hacia delante.
Entonces vio a un
hombre pasar por su lado como una brisa y caminar hacia ella, y las rodillas le
fallaron.
Tenía el pelo rubio.
Era alto y delgado y vestía un batín granate. Tras arrodillarse junto a la
mecedora, acarició la mejilla del bebé y los diminutos dedos que amasaban el
pecho de la mujer.
La mujer, Valeria,
posó una mano sobre la del hombre. Y allí, rodeados por la tenue luz, los tres
permanecieron unidos mientras la boca lechosa de la pequeña succionaba y ella
la mecía suavemente.
—Nunca los
abandonaste. Descubriré qué te hicieron. Descubriré qué les hicieron.
Mientras hablaba, la
puerta se cerró de golpe. Gastón dio un salto, se volvió y se descubrió sumido
de nuevo en la oscuridad, con los relámpagos y la linterna como única luz.
Sintió un gran peso en el pecho, como el de una roca, que le robó el aire. La
habitación estaba vacía, helada, y el pánico le saltó a la garganta.
Se agarró al pomo y
las manos sudorosas le resbalaron por el bronce. Sus jadeos luchaban por
convertirse en gritos, en ruegos y oraciones. Mareado, cayó de rodillas y luchó
frenéticamente con el pomo, dolorido y pegado a la puerta.
Cuando consiguió
abrirla, salió a cuatro patas y se desplomó en el suelo, boca abajo, con el
corazón desbocado y los truenos sacudiendo las paredes.
—Estoy bien, maldita
sea, estoy bien. Voy a levantarme del suelo y luego me iré a la cama.
Tal vez perdiera
horas de sueño, pensó Gastón mientras se levantaba tembloroso, pero había averiguado
un par de cosas.
Si lo que había visto
en el cuarto infantil era cierto y no una fantasía, Valeria Rouse Ordóñez no
había abandonado Ordóñez Hall voluntariamente.
Y tenía más de un
fantasma en sus manos.
Probablemente estaba cometiendo un error, pensó Rocío
mientras deslizaba el vestido negro por el cuerpo. Ya había cometido algunos
errores con Gastón Dalmau.
Eso la irritaba
porque raras veces cometía errores con los hombres.
Si algo había
aprendido de su madre, era a manejar a la especie masculina. En el tema de las
relaciones, Rocío había convertido en un hábito hacer exactamente lo contrario
de lo que hacía Lilibeth.
El método la había
mantenido libre de afectos durante casi treinta años. No tenía el más mínimo
deseo ni intención de ponerse en manos de un hombre. Metafóricamente hablando,
pensó con una sonrisa mientras se pasaba el carmín por los labios.
Le encantaba estar en
las manos del hombre adecuado cuando tenía ganas de que la manejaran.
En su opinión, la
mujer que no disfrutaba del sexo simplemente no tenía ojo para elegir a sus
parejas. Una mujer lista escogía hombres que estuvieran dispuestos a aprender
cómo quería ser complacida. Y una mujer complacida solía dar al hombre buenos
viajes.
Todo el mundo salía
ganando.
El problema era que Gastón
tenía el don de hacer que le apeteciera el sexo en todo momento. No estaba
acostumbrada a que la guiaran sus hormonas.
Lo más sabio y seguro
que una mujer podía hacer con respecto al sexo era tenerlo controlado. Decidir
el cuándo, el dónde, el quién y el cómo. Los hombres, en fin, los hombres eran
lujuriosos por naturaleza. No era culpa de ellos.
Y las mujeres que
aseguraban que no intentaban excitar a los hombres, o no tenían sangre en las
venas o mentían.
Si creyese que ella y
Gastón iban a tener un rollo con un comienzo y un final amistoso, no estaría
preocupada. Pero Gastón era algo más. Poseía demasiadas capas, pensó, y no
parecía capaz de atravesarlas todas.
Más preocupante, mucho más preocupante aún era que él le
provocaba algo más que deseo. Eso también resultaba complicado y misterioso.
Le gustaba su aspecto, y su acento yanqui. Y para colmo
había tocado su punto flaco con ese cariño que le profesaba a la abuela.
También le calentaba
la sangre, reconoció Rocío. Ese hombre tenía unos labios realmente hábiles.
Y cuando él no
prestaba atención, tenía una mirada de hombre herido. Ella atraía los corazones
heridos.
Más le valía
tomárselo con calma. Arqueó el cuello y deslizó por la piel la varita de
cristal de su perfume. Despacio. No tenía sentido llegar al final del camino a
menos que hubieras disfrutado del viaje.
Pasó la varita por el
escote e imaginó en él los dedos de Gastón. Su boca.
Cayó en la cuenta de
que hacía mucho tiempo que no deseaba a un hombre tan... obviamente. Y puesto
que ya era demasiado tarde para un revolcón rápido y anónimo, más le valía
conocerlo un poco mejor antes de dejarle creer que podía llevársela a la cama.
—Qué puntual, cher
—dijo en voz alta al oír que llamaban. Comprobó su aspecto frente al espejo, se
envió un beso y caminó hasta la puerta.
El traje le sentaba
muy bien. Elegante y moderno, decidió. Le acarició la solapa con los dedos.
—Mmm, sabes vestirte,
cher.
—Lo siento, toda la
sangre de mi cabeza se ha vaciado, así que lo único que soy capaz de decir es wow.
Rocío le miró
seductoramente y dio una vuelta sobre sus tacones de aguja.
—Entonces, ¿te parece
bien?
El vestido descendía
aferrado a su piel. Las glándulas de Gastón estaban bailando una giga.
—Me parece muy bien.
Rocío dobló un dedo.
—Acércate.
Dio un paso atrás,
tomó el brazo de Gastón y se volvió hacia un espejo antiguo de marco plateado.
—Estamos divinos
—dijo, y su reflejo se rió del reflejo de él—. ¿Adonde me llevas, cher?
—Pronto lo sabrás. —Gastón
recogió un fular de seda rojo y lo extendió sobre los hombros de Rocío—. ¿No
tendrás frío?
—Si lo tengo,
significará que el vestido no está tan bien. —Rocío salió a su pequeña terraza.
Se disponía a coger la mano de Gastón cuando bajó la vista y vio una limusina
blanca estacionada en la cuneta.
Tardó diez segundos
en recuperar la voz.
—¿Te has comprado un
coche nuevo, cariño?
—Es alquilado. Pensé
que de ese modo podríamos beber todo el champán que quisiéramos.
En cuanto a primeras
citas, pensó Rocío mientras bajaban a la calle, esta prometía. Y no hizo más
que mejorar cuando un chófer uniformado abrió la puerta y la invitó a subir.
Dentro había dos
cubiteras de plata. Una contenía una botella de champán y la otra un bosque de
tulipanes morados.
—Las rosas son
demasiado predecibles —dijo Gastón, y tiró de una flor para ofrecérsela—. Y tú
no.
Rocío giró el tulipán
bajo su nariz.
—¿Es así como seduces
a las chicas en Boston?
Gastón le tendió una
copa de champán.
—No hay ninguna otra
chica.
Sorprendida, Rocío
bebió.
—Me estás
deslumbrando, Gastón.
—Forma parte del plan.
—Unió su copa a la de ella—, Soy muy bueno llevando planes hasta el final.
Ella se recostó y
cruzó las piernas con un gesto lento que sabía atraería la mirada de Gastón.
—Eres un hombre
peligroso. ¿Sabes lo que te hace realmente peligroso? Que hay que mirar muy
adentro para percatarse de ello.
—No te haré daño, Rocío.
—Claro que no —repuso
ella, pero dejó escapar una risa deliciosa—. Es solo parte del viaje, cielo. Y
por ahora lo estoy disfrutando.
Gastón eligió un
elegante restaurante francés donde los camareros vestían pajarita, la luz era
tenue y la mesa del fondo ofrecía intimidad.
Segundos después de
que tomaran asiento llegó otra botella de champán y Rocío comprendió que Gastón
la había dispuesto de antemano. Eso y probablemente mucho más.
—Me han dicho que la
comida aquí es memorable —explicó—. La casa es de principios del siglo xx, del
renacimiento colonial georgiano, y perteneció a un pintor. Fue una casa
particular hasta hace treinta años.
—¿Siempre investigas
la historia de los restaurantes donde comes?
—El contexto importa,
sobre todo en Nueva Orleáns. Y también la cocina. Dicen que el canelón a
1'Orange es una especialidad de la casa.
—En ese caso, uno de
nosotros debería pedirlo. —Intrigada, Rocío dejó la carta a un lado. Gastón no
solo era divertido. No sólo era sexy e inteligente. También era interesante—.
Esta vez elige tú.
Gastón pidió desde
los entrantes hasta el soufflé de chocolate con la soltura de un hombre
acostumbrado a comer en restaurantes exclusivos.
—Tu francés es bueno,
al menos pidiendo platos. ¿Lo hablas bien?
—Sí, pero el francés
cajún todavía me desconcierta.
—¿Has estado en
París?
—Sí.
Rocío se inclinó de
esa manera suya, con los brazos cruzados sobre el canto de la mesa y la mirada
fija en él.
—¿Es tan maravilloso
como dicen?
—Sí.
—Algún día me
gustaría ir. A París y Florencia, a Barcelona y Atenas. —Eran sueños vivos, y
la expectación le resultaba tan excitante como el deseo—. ¿Has estado en todos
esos lugares?
—En Atenas no.
Todavía. A mi madre le gustaba viajar, así que de joven íbamos a Europa cada
año, y a Irlanda cada dos. Todavía tenemos familia allí.
—Y de todos los
lugares que has visitado, ¿cuál es tu favorito? —Rocío descansó los codos en la
mesa y el mentón en los dedos enlazados.
—Es difícil decirlo.
La costa oeste de Irlanda, las montañas de la Toscana, los cafés de París. Pero
en este momento, este es mi lugar favorito.
—Otra vez esa lengua
de seda. Entonces háblame de Boston.
—Boston es una ciudad
portuaria de Nueva Inglaterra de gran importancia histórica. —Cuando ella rió,
él se reclinó en su asiento y absorbió su risa—. Ah, no te referías a eso.
—Háblame de tu
familia. ¿Tienes hermanos?
—Dos hermanos y una
hermana.
—Familia numerosa.
—¿Bromeas? Mis padres
fueron unos roñosos en lo que a procreación se refiere. Mi madre tiene seis
hermanos y mi padre ocho, y ninguno de ellos tuvo menos de cinco hijos. Somos
una legión.
—Los echas de menos.
—¿De veras? Sí, la
verdad es que sí—confesó Gastón a regañadientes—. Con esta agradable distancia
de por medio, me he dado cuenta de que mi familia me gusta.
—¿ Vendrán a verte?
—Más adelante.
Esperarán a que mi madre vuelva a hablarme. En nuestra casa cuando no es una
cosa, es nuestra madre.
Rocío probó el
entrante que él le había elegido. No lucía ningún anillo y Gastón se preguntó
por qué. Tenía unas manos preciosas, elegantes y delicadas. La llave de plata
descansaba sobre esa piel suave, y había un destello plateado en las orejas.
Los dedos y las muñecas, no obstante, estaban desnudos. Hermosamente desnudos,
pensó, y se preguntó si la ausencia de adornos era una estrategia femenina para
hacer que los hombres prestaran atención a las líneas del cuerpo.
No había duda de que
con él funcionaba.
—¿Crees que está
enfadada contigo? ¿ Tu madre?
Gastón tuvo que
esforzarse por recuperar el hilo de la conversación.
—Enfadada no.
Irritada, molesta, desconcertada. Si realmente estuviera enfadada, estaría aquí
poniendo el grito en el cielo hasta que se hiciera su voluntad.
—¿Desea que seas
feliz?
—Sí. Lo cierto es que
nos queremos como idiotas, pero ella estaría más contenta si mi felicidad
coincidiera con su idea de la misma.
Rocío ladeó la cabeza
y Gastón apreció de nuevo ese destello plateado a través de los rubios rizos.
—¿Por qué no le dices
que está hiriendo tus sentimientos?
—¿Qué?
—Si no se lo dices,
¿cómo esperas que deje de comportarse así?
—Les decepcioné.
—Te equivocas
—respondió Rocío con impaciente solidaridad—. ¿Crees que tu familia quiere que
seas desgraciado? ¿Que te cases con una mujer que no amas y trabajes en una
profesión que no te gusta?
—Sí. No. La verdad es
que no lo sé.
—En ese caso, creo
que deberías preguntárselo.
—¿Tienes hermanos?
—No. Y esta noche
vamos a hablar de ti. Yo me reservaré para otra ocasión. ¿Encontraste lo que
querías en tus anticuarios?
—Y mucho más. —Más
cómodo hablando de adquisiciones que de familia, Gastón le ofreció una
descripción detallada que los condujo hasta el plato principal.
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