Gastón cogió la pila
de libros de los brazos de Cande y la besó en la mejilla.
—No hacía falta que
me los trajeras. Podría haber ido a buscarlos.
—No importa, se
canceló una reunión y tenía tiempo libre. Además... —con un suspiro, Can dio
una vuelta completa— tenía que demostrarme que no echaría a correr en cuanto
entrara en esta casa.
—¿Estás bien?
—Sí. —Candela suspiró
de nuevo y asintió enérgicamente con la cabeza—. Bastante bien. —Entonces
reparó en las ojeras de Gastón—. Tú, en cambio, pareces agotado.
—No duermo muy bien
que digamos. —Mas no quería hablar de los sueños, ni de su sonambulismo, ni de
los ruidos que tantas veces le despertaban durante la noche—. Vamos a la cocina
para que pueda presumir. Tengo limonada. No es natural, pero está fría.
—Vale. —Cande
acarició el brazo de Gastón a modo de reconocimiento tácito y, porque
comprendía, aligeró el tono de su voz—. Solo dispongo de media hora, pero tengo
información para darte. Y algunas hipótesis. ¿Qué está ocurriendo aquí?
Se asomó al salón. El suelo estaba lleno de papeles,
libros abiertos y muestras de pintura y telas.
—Mi próximo proyecto.
He decidido empezar por esta habitación para que la gente pueda estar cómoda
cuando la haya terminado. ¿Qué clase de información?
—Sobre los Ordóñez
—respondió Can mientras seguían recorriendo la casa—. Henri Ordóñez se casó con
Justina Delacroix. Ambos pertenecían a familias criollas adineradas e influyentes.
Henri estaba metido en política. Se rumorea que su padre hizo una fortuna
durante la guerra comerciando con municiones entre esta-dos. La familia se hizo
republicana durante la Reconstrucción y se rumorea que utilizó su poder e
influencia para comprar votos y políticos. ¡Caray, Gas!
Candela entró en la
cocina y admiró los armarios inferiores que Gastón ya había montado.
—Son preciosos.
Gastón se llevó los
pulgares a los bolsillos traseros y esbozó una sonrisa.
—Pareces sorprendida.
—Y lo estoy, pero en
el buen sentido. Vico no es capaz ni de clavar una alcayata en la pared para
colgar un cuadro. —Acarició la madera y abrió una puerta—. Están muy bien
hechos. Seguro que estás orgulloso.
—La verdad es que
estoy bastante satisfecho de mí mismo. Los chicos de las encimeras acaban de
irse. He elegido una superficie lisa que imita pizarra. También he encargado un
enorme frigorífico Sub-Zero por razones que todavía desconozco, una cocina y un
lavavajillas. Lo forraré todo de madera.
Gastón dejó los
libros sobre el contrachapado que cubría temporalmente la superficie de los
armarios.
—¿Te apetece un vaso
de limonada?
—Sí. —Cande le siguió
hasta el comedor. Gastón había terminado dos armarios superiores e iba por el
tercero—. Te están quedando preciosos. Apuesto a que estás trabajando día y
noche.
Y perdiendo peso,
pensó Candela. Cada día estás más demacrado.
—Prefiero eso a
caminar en sueños. —Gastón se puso nervioso e introdujo las manos en los
bolsillos para mantenerlas quietas—. Cuéntame más cosas.
—De acuerdo. —Can se
reprimió el deseo de regañarle y volvió a los hechos—. Los propietarios
originales de esta casa perdieron la mayor parte de su dinero durante la
guerra. Fueron tirando vendiendo terrenos o arrendándolos a aparceros. Sus
ideas políticas estaban reñidas con las de los Ordóñez. Se produjo un incendio
y la casa quedó reducida a cenizas. Aquello los dejó en la miseria. Los Ordóñez
compraron la propiedad y construyeron esta mansión. Tenían dos hijos gemelos, Ramiro
y Simón, y ambos fueron a estudiar a Tulane. A Ramiro le fue muy bien, mientras
que Simón se licenció, por así decirlo, en la bebida y el juego. Ramiro era el
heredero y estaba destinado a dirigir los negocios de la familia. El dinero de
los Ordóñez había menguado considerablemente, pero Justina gozaba de una
herencia importante. Sus dos hijos murieron antes de cumplir los veintitrés.
Gastón le tendió un
vaso.
—¿Cómo?
—Aquí es donde
comienzan los rumores y las hipótesis. —Cande dio un sorbo a su limonada—. La
hipótesis más plausible es que se quitaron mutuamente la vida. Nadie sabe por
qué, pero al parecer tuvieron una riña violenta. Se cuenta que Ramiro fue a
Nueva Orleáns, por orden de su madre, para sacar a su hermano de los burdeles
que frecuentaba. Simón opuso resistencia, discutieron y uno de ellos,
probablemente Simón, sacó un cuchillo. Forcejearon y ambos se hirieron. Simón
murió al instante. Ramiro agonizó durante una semana hasta que un día se
levantó, salió al jardín y cayó al estanque, donde se ahogó.
El estanque, pensó Gastón, cubierto de hojas de nenúfar,
empañado de neblina al amanecer.
—Los padres debieron
de quedar destrozados.
—El corazón del padre
dejó de funcionar pocos años después. Justina vivió unos años más, pero sufrió
un revés financiero. Aunque todavía tenía la casa y las tierras, no le quedaba
dinero. Se rumoreaba que Simón se lo había gastado casi todo en el juego.
—Vico dijo que había
una nieta, hija de Ramiro o de Simón.
—También existen
hipótesis a ese respecto. Aunque los informes muestran que Ramiro se casó con
una tal Valeria Rouse en 1898 y que el matrimonio tuvo una hija un año más
tarde, no existen documentos sobre la muerte de Valeria. Tras el fallecimiento
de Ramiro, los Ordóñez repudiaron legalmente a la niña y la excluyeron del
testamento. Por lo visto fue criada por los Rouse. No he encontrado ningún dato
referente a Valeria Rouse salvo su partida de nacimiento y su certificado de
matrimonio.
—A lo mejor la
echaron de la casa cuando Ramiro murió.
—Puede. Hablé de ello
con Vico. —Cande se acercó a la ventana y contempló los jardines—. Es un poco
impreciso, pero recuerda que corrían rumores de que Valeria se había fugado con
otro hombre. —Se volvió—. Las versiones de los Rouse son muy diferentes. Hablan
de juego sucio. Averiguarás más cosas de Valeria y de lo que pudo ocurrirle si
hablas con alguien de la familia Rouse o la familia Igarzábal.
—Averiguar más cosas
de una chica que huyó o murió hace cien años.
—Cariño, esto es el
sur. Cien años no son nada. Ella era del bayou y tenía diecisiete cuando se
casó con Ramiro. Es imposible que la familia de él aprobara ese matrimonio.
Dudo que la vida de Valeria en esta casa fuera color de rosa. Tal vez huyó. Por
otro lado... yo vi a alguien en la habitación de arriba. No creo en esas cosas.
No creía. —Candela reprimió un escalofrío—. Ahora mismo ya no sé qué pensar,
pero te aseguro que me gustaría averiguarlo.
—Hablaré con la
señorita Esperanza. Y con Rocío. Tengo una cita con ella el lunes.
—¿De veras? —La idea
levantó el ánimo de Cande—.
Por lo visto nos
esperan más rumores. —Le devolvió el vaso—. Debo irme. Te enviaré a Victorio
mañana para que te eche una mano y me deje tranquila. Tengo prueba con el
vestido de novia y otros recados nupciales.
—Lo mantendré
ocupado.
—¿Por qué no vuelves
a la ciudad con él? —preguntó Candela cuando se dirigía a la puerta. Deseaba
coger a Gastón del brazo y llevárselo de esa casa—. Podríamos cenar juntos e ir
al cine.
—Deja de preocuparte
por mí.
—No puedo evitarlo.
Cuando te imagino aquí solo, con esa habitación allí arriba, siento
escalofríos. —Miró la escalera con nerviosismo.
—Los fantasmas no
pueden hacer daño. —Gastón le dio un beso en la frente—. Están muertos.
Pero por las noches,
con el sonido del viento y la lluvia, con el tintineo de las botellas
protectoras, no parecían muertos.
Se dio fiesta el
domingo. Durmió hasta tarde, despertó con un cielo que se esforzaba por aclarar
y pasó otra hora en la cama con los libros que Candela le había traído.
Le había marcado las
páginas que creía que podían interesarle más. Gastón estudió viejas fotografías
de las grandes plantaciones. Y se emocionó cuando contempló la foto en blanco y
negro de Ordóñez Hall en su esplendor de principios de siglo.
Los retratos formales
de Henri y Justina Ordóñez no le produjeron la misma emoción. Por ellos sintió
curiosidad. La mujer era indudablemente hermosa, muy al estilo de su tiempo,
con el corpiño cuadrado de su vestido de noche ribeteado de rosas y la peineta
de plumas adornándole el cabello recogido en lo alto.
El traje, ajustado a
una cintura increíblemente estrecha, le confería una fragilidad que se veía
acentuada por la extensión de las faldas de brocado y las mangas de farol
terminadas en unos guantes largos y blancos.
La cara, sin embargo,
era fría, y no por la rigidez de la pose ni la calidad de la foto, pensó Gastón.
Sobresalía por encima de su frágil constitución y la hacía formidable.
Pero fue el retrato
de Ramiro Ordóñez el que le dejó de piedra.
Había visto esa cara
en el sueño. El apuesto joven de cabellos dorados subido a un caballo castaño,
galopando por la avenida de robles.
¿Autosugestión?
¿Había esperado que la cara del sueño fuera real y la estaba proyectando ahora
en Ramiro?
Sea como fuere, se le
puso la carne de gallina.
Decidió ir a Nueva
Orleáns y obsequiarse con unas horas revolviendo anticuarios.
En lugar de eso, se
descubrió una hora más tarde entrando en Et Trois.
Los domingos por la
tarde eran un buen negocio, se dijo. Mezcla de turistas y lugareños. Estaba
aprendiendo a distinguir a unos de otros, pensó satisfecho. La música estaba
ahora a cargo de la máquina de discos, y en ese momento una canción de Beau
Soleil se colaba en las conversaciones de los clientes.
El olor a frito le
recordó que su estómago se había saltado el desayuno. Reconociendo a la
camarera rubia de su segunda visita, se acercó y probó una sonrisa con ella.
—Hola. ¿Está Rocío?
—En el despacho.
Mirando al escenario, la puerta de la derecha.
—Gracias.
—No hay de qué,
monada.
Gastón llamó a la
puerta que decía PRIVADO e introdujo la cabeza. Rocío estaba sentada frente a
una mesa, trabajando en el ordenador. Llevaba el pelo recogido y Gastón sintió
deseos de mordisquearle la nuca.
—Hola. ¿Cómo andas?
Rocío se recostó y
estiró perezosamente los hombros.
—Aprendes deprisa.
¿Qué haces en mi puerta, cher?
—Paseaba por el
barrio y decidí acercarme para invitarte a comer. Como un preludio de la cita
de mañana.
Rocío había pensado
en él más de la cuenta. Y ahora aquí estaba, alto, sensual y varonil.
—Estoy haciendo la
contabilidad.
—Y te he
interrumpido. ¿No es un fastidio? —Gastón entró de todos modos y se sentó en el
borde de la mesa—. Te he traído un regalo.
Fue entonces cuando
ella reparó en la bolsa.
—Dudo que ahí dentro
quepa un coche.
—Estamos en ello.
Rocío le miró
fijamente mientras aceptaba la bolsa y extrajo una caja envuelta en papel
dorado con un lazo blanco. Lo abrió lentamente. Siempre había creído que la
expectación era tan importante como el regalo.
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