miércoles, 18 de abril de 2012

Capitulo Seis, Cuarta Parte


Gastón se durmió pensando en Rocío. Soñó con ella. Sueños poderosos, intensos, donde Rocío yacía debajo de él moviendo las caderas con sacudidas rápidas y enérgicas. La piel empapada como oro líquido. Ojos oscuros como el chocolate, labios rojos y húmedos.
Podía oír su respiración, sus jadeos, sus pequeños ahogos de placer. Podía olería, podía aspirar ese jazmín que le hacía pensar en harenes y sombras prohibidas.
Se sumergió en el sueño, muerto de deseo por ella.
Y la vio correr por el pasillo con los brazos llenos de sábanas. El pelo, ese hermoso pelo, cruelmente recogido hacia atrás y su cuerpo tentador cubierto desde el cuello hasta los tobillos con un vestido holgado de flores diminutas.
Llevaba los labios apretados y sin pintar. Y podía oírle los pensamientos como si fueran suyos.
Tenía que darse prisa, tenía que guardar las sábanas cuanto antes. Madame Ordóñez ya estaba levantada y no le gustaba encontrarse criadas por los pasillos. Si no se daba prisa, llamaría su atención.
No quería llamar la atención de madame. Los sirvientes conservaban más tiempo el empleo cuando se mantenían invisibles. Eso decía la señorita LaRue, el ama de llaves, y nunca se equivocaba.
Necesitaba el empleo. Su familia necesitaba el dinero que ella ganaba, pero, ay, también le gustaba trabajar en el Hall. Era la casa más hermosa que había visto en su vida. Estaba feliz y orgullosa de participar en sus cuidados.
¿Cuántas veces la había contemplado desde las sombras del bayou? Admirándola, deseando la oportunidad de contemplar a través de las ventanas toda la belleza que encerraba dentro.
Y ahora ella estaba dentro y era responsable, en cierta medida, de cuidar de esa belleza.
Le encantaba pulir la madera, barrer los suelos, ver el brillo de los cristales después de frotarlos.
En el sueño, ella salía al pasillo por una de las puertas falsas del primer piso. Sus ojos lo miraban todo mientras corría: el papel de la pared, las alfombras, la madera, el cristal. Entró en un cuarto y guardó las sábanas en un armario.
Pero cuando se dirigía a la puerta algo llamó su atención y se acercó de puntillas a la ventana.
Gastón vio, como ella, los jinetes que se acercaban por la gran avenida de robles. Él sintió, como ella, un sobresalto cuando sus ojos se posaron en el hombre subido al hermoso caballo castaño. Su pelo era dorado y ondeaba al viento. Cabalgaba erguido en la silla, como un soldado, con un abrigo gris sobre unos hombros anchos y unas botas negras y lustrosas.
La joven se llevó la mano a la garganta y pensó: he ahí un príncipe de regreso a su castillo.
Suspiró, como suspiran las muchachas cuando se enamoran. Él sonrió, como si le sonriera a ella, pero ella sabía que era la casa lo que hizo que su hermoso rostro se iluminara.
Con el corazón acelerado, la joven salió a toda prisa del cuarto y desapareció por la puerta de servicio.
El joven señor había vuelto a casa, pensó. Y se preguntó qué ocurriría ahora.

Gastón despertó sobresaltado en medio de la oscuridad, en medio del frío. Olió a humedad y polvo y notó la madera del suelo bajo su cuerpo.
—¿Qué demonios...? —Atontado, alargó una mano con aprensión y golpeó una pared. Palpándola, se levantó y echó a andar con la esperanza de alcanzar una esquina o una puerta. Tardó un rato en percatarse de que la pared no estaba empapelada.
No se hallaba en el cuarto de los fantasmas. Estaba en uno de los pasadizos del servicio, como la chica del sueño.
Gastón había estado siguiendo sus pasos.
La idea de tantear la oscuridad hasta encontrar la salida no le atraía, pero menos le atraía esperar en ese pasadizo a que amaneciera.
Echó a andar muy lentamente. Para cuando notó la junta de una puerta, estaba empapado de sudor.
Salió con ímpetu, pronunció una oración de agradecimiento al aspirar la primera bocanada de aire fresco y contempló, en la tenue luz, la silueta del pasillo de la primera planta.
Tenía telarañas en el pelo y las manos y los pies llenos de polvo.
Si esto seguía así, se dijo, tendría que ver a un médico y recurrir a los somníferos. Con la esperanza de que las aventuras de esa noche hubieran terminado, se lavó y bebió agua para calmar el ardor de su garganta. Y se encerró con llave en su habitación.

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