Gastón se durmió
pensando en Rocío. Soñó con ella. Sueños poderosos, intensos, donde Rocío yacía
debajo de él moviendo las caderas con sacudidas rápidas y enérgicas. La piel
empapada como oro líquido. Ojos oscuros como el chocolate, labios rojos y
húmedos.
Podía oír su
respiración, sus jadeos, sus pequeños ahogos de placer. Podía olería, podía
aspirar ese jazmín que le hacía pensar en harenes y sombras prohibidas.
Se sumergió en el
sueño, muerto de deseo por ella.
Y la vio correr por
el pasillo con los brazos llenos de sábanas. El pelo, ese hermoso pelo,
cruelmente recogido hacia atrás y su cuerpo tentador cubierto desde el cuello
hasta los tobillos con un vestido holgado de flores diminutas.
Llevaba los labios
apretados y sin pintar. Y podía oírle los pensamientos como si fueran suyos.
Tenía que darse
prisa, tenía que guardar las sábanas cuanto antes. Madame Ordóñez ya estaba
levantada y no le gustaba encontrarse criadas por los pasillos. Si no se daba
prisa, llamaría su atención.
No quería llamar la
atención de madame. Los sirvientes conservaban más tiempo el empleo cuando se
mantenían invisibles. Eso decía la señorita LaRue, el ama de llaves, y nunca se
equivocaba.
Necesitaba el empleo.
Su familia necesitaba el dinero que ella ganaba, pero, ay, también le gustaba
trabajar en el Hall. Era la casa más hermosa que había visto en su vida. Estaba
feliz y orgullosa de participar en sus cuidados.
¿Cuántas veces la
había contemplado desde las sombras del bayou? Admirándola, deseando la
oportunidad de contemplar a través de las ventanas toda la belleza que
encerraba dentro.
Y ahora ella estaba
dentro y era responsable, en cierta medida, de cuidar de esa belleza.
Le encantaba pulir la
madera, barrer los suelos, ver el brillo de los cristales después de frotarlos.
En el sueño, ella
salía al pasillo por una de las puertas falsas del primer piso. Sus ojos lo
miraban todo mientras corría: el papel de la pared, las alfombras, la madera,
el cristal. Entró en un cuarto y guardó las sábanas en un armario.
Pero cuando se
dirigía a la puerta algo llamó su atención y se acercó de puntillas a la
ventana.
Gastón vio, como
ella, los jinetes que se acercaban por la gran avenida de robles. Él sintió,
como ella, un sobresalto cuando sus ojos se posaron en el hombre subido al
hermoso caballo castaño. Su pelo era dorado y ondeaba al viento. Cabalgaba
erguido en la silla, como un soldado, con un abrigo gris sobre unos hombros
anchos y unas botas negras y lustrosas.
La joven se llevó la
mano a la garganta y pensó: he ahí un príncipe de regreso a su castillo.
Suspiró, como
suspiran las muchachas cuando se enamoran. Él sonrió, como si le sonriera a
ella, pero ella sabía que era la casa lo que hizo que su hermoso rostro se
iluminara.
Con el corazón
acelerado, la joven salió a toda prisa del cuarto y desapareció por la puerta
de servicio.
El joven señor había
vuelto a casa, pensó. Y se preguntó qué ocurriría ahora.
Gastón despertó
sobresaltado en medio de la oscuridad, en medio del frío. Olió a humedad y
polvo y notó la madera del suelo bajo su cuerpo.
—¿Qué demonios...?
—Atontado, alargó una mano con aprensión y golpeó una pared. Palpándola, se
levantó y echó a andar con la esperanza de alcanzar una esquina o una puerta.
Tardó un rato en percatarse de que la pared no estaba empapelada.
No se hallaba en el
cuarto de los fantasmas. Estaba en uno de los pasadizos del servicio, como la
chica del sueño.
Gastón había estado
siguiendo sus pasos.
La idea de tantear la
oscuridad hasta encontrar la salida no le atraía, pero menos le atraía esperar
en ese pasadizo a que amaneciera.
Echó a andar muy
lentamente. Para cuando notó la junta de una puerta, estaba empapado de sudor.
Salió con ímpetu,
pronunció una oración de agradecimiento al aspirar la primera bocanada de aire
fresco y contempló, en la tenue luz, la silueta del pasillo de la primera
planta.
Tenía telarañas en el
pelo y las manos y los pies llenos de polvo.
Si esto seguía así, se
dijo, tendría que ver a un médico y recurrir a los somníferos. Con la esperanza
de que las aventuras de esa noche hubieran terminado, se lavó y bebió agua para
calmar el ardor de su garganta. Y se encerró con llave en su habitación.
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