Su mano caliente colocada en
la curva de su espalda.
—Usaremos mi habitación. La
cama es más grande, y a mí me gusta tener mucho espacio para maniobrar.
Alcanzaron el final de las
escaleras.
—¡Vaya! Olvidé las cadenas
en el coche.
Sus dedos casi rompieron el
tallo de la copa de vino.
—¿Qué?
Él puso los ojos en blanco.
—Era una pequeña broma. Para
que no me tomaras tan seriamente.
No hubo respuesta, aunque le
hubiera gustado decirle que eso hacía que su estado fuera más agitado, pero
controló su lengua.
Él la dirigió a través de la
puerta, encendiendo un interruptor, oscureciéndolo luego un poco. Como el resto
de la casa, esta habitación estaba decorada elegantemente.
El blanco "cáscara de
huevo" jugaba con las sombras azul marino y verde oscuro. Todos los
muebles parecían ser obras de arte... la mesa lisamente diseñada, un armario de
altura imponente terminado en silverleaf, una cama artdeco con un cabecero de
silverleaf.
Ella contempló la cama y
pensó, Aquí es dónde va a o currir. Allí, bajo un cabecero diseñado para un
museo, con un hombre al que pagaba para hacer el trabajo, finalmente perdería
su virginidad. Repentinamente tuvo la sensación de ser la cosa más triste que
alguna vez la había ocurrido.
—Yo... necesito utilizar el
wc
—Ahí a la derecha —él movió
el vino de la copa en su mano—. Hay una bata negra colgado en la puerta por
detrás. ¿Por qué no te quitas tu ropa de catedrática y te lo pones antes de
volver aquí?
Justo como en la consulta
del médico, pensó ella.
—O puedo desnudarte yo...
—dirigió su mano hacia los pequeños botones de perla en el cuello de su suéter.
Ella escapó al cuarto de
baño.
Cuando la puerta se cerró de
golpe, Gastón sonrió. Rocío podría ser todo seria y estirada, pero a él le
divertía tremendamente.
—La sensación de la seda
sobre la piel desnuda es fantástica —gritó él.
Silencio absoluto detrás de
la puerta.
Él había descubierto que a Rocío
le gustaba su pecho, así que se sacó la camiseta por la cabeza y la tiró a un
lado. Después se deshizo de sus zapatos y los calcetines, pero no de sus
pantalones, porque quería construir la anticipación... abrió el armario para
encender el equipo estéreo y cogió un CD de Michael Bolton. No es qué le
gustara mucho Michael Bolton, pero era buena música, y, a pesar de lo que había
comentado hacía un rato, podría funcionar a pedir de boca con música de fondo.
Cuando una balada romántica llenó el cuarto, decidió que la mejor parte de
besuquearse con ella sería el hecho que ella no podría besar y dar órdenes al
mismo tiempo. Pensar en esa boca disparó calor directamente a través de su
cuerpo. Era gracioso que Rocío no fuera consciente del armamento que Dios le
había dado. Sus amantes debían haber conservado ese secreto para ellos mismos.
Se sentó cómodamente en una
de las cuatro confortables sillas de la habitación a terminarse su vino. Era un
Borgoña blanco de 1995 realmente agradable. Lo bebió a sorbos con los ojos
clavados en la puerta, deseando que se abriera.
No ocurrió, y finalmente
comprendió que iba a tener que entrar a por ella. También se percató que la
espera estaba teniendo un efecto peligroso en su libido. En lugar de
apaciguarle, estaba más caliente que su juego corto en el último Open Western.
Si no intentaba controlarse, no valdría un penique, mucho menos los treinta
dólares que ella pensaba que le pagaría. Y todo por esa boca, sin mencionar el
cuerpo curvilíneo que él apenas si había podido vislumbrar.
Colocó el vaso en la
alfombra y fue a la puerta del cuarto de baño, golpeteó una vez con sus
nudillos, luego abrió la puerta.
—¿Rocío?
Ella se levantó congelada
del suelo del cuarto de baño, vestida con la bata de seda negra, sus ropas
formaban un montón perfectamente doblado en la encimera del lavabo.
Oh, Señor.
Su bata se aferraba como
agua caliente a cada una de sus curvas. Cuando la miró observó, dos brotes
deliciosos apareciendo en la suave seda sobre sus senos. En ese instante, casi
se perdió. Luego pudo ver que sus manos agarraban firmemente la bata en su
lado, y notó que estaba verdaderamente nerviosa. Miró sus desgreñados rizos
color oro y esos ojos de brandy caliente temerosos, lo que quedaba de su honor
volvió inoportunamente a su cabeza, y sintió vergüenza de sí mismo.
—Sabes, Rocío, no tienes que
hacer esto si realmente no quieres.
Su pequeña barbilla subió
rápidamente, sus hombros se irguieron, y esos labios llenos se posicionaron en
una línea terca.
—Tonterías.
Ella entró deprisa en el
dormitorio, casi tumbándole cuando pasó rápidamente, y su simpatía se convirtió
en irritación. Ella tenía algo que le irritaba desde la coronilla a los dedos
de los pies.
Él la siguió al dormitorio.
Sus dedos agarraron
firmemente el cinturón de su bata.
—Puedes proceder.
Él procedería, de acuerdo.
Se pondría a trabajarse esa pequeña mente mandona.
Él desabrochó su cinturón de
cuero, y Rochi miró la hebilla como si observara una bomba a punto de explotar.
Él dejó colgando el cinturón en lugar de sacarlo de las presillas.
—Antes de que vayamos más
lejos, necesito verte en mi mente.
Metió el pulgar en la
cintura del pantalón, justo encima de la cremallera, y caminó hacía ella. Luego
y con gran teatralidad, cerró los ojos y puso las manos en sus hombros.
Ella saltó, pero él esperaba
eso, y no dejó que lo detuviera. En lugar de eso, simplemente dejó sus manos
allí hasta que sintió que se relajaban sus músculos. Luego deslizó las palmas a
lo largo de sus brazos. Después de eso,
empezó a ir donde quiso. Sobre la curva de su espalda. A lo largo de sus
costillas. Demorándose en la curva exterior de sus caderas.
Ella se quedó de pie allí
mientras la acariciaba a través de la seda. El guerrero valiente. Hasta que
llegó a sus senos. Resbalaron en sus manos, calientes y redondeados. Ella
recobró el aliento cuando él los acarició. Suspiró suavemente. Sus brazos
subieron, y sus palmas se colocaron en su pecho desnudo de un modo que sacudió
ruidosamente sus sentidos.
Él abrió los ojos y la
contempló detenidamente. Una arruguita débil de concentración se había formado
en el puente de su nariz. Él acarició ligeramente sus pezones con los pulgares.
Estaban duros como brotes en flor.
Ella jadeó, y sus labios se
abrieron. Esos labios hinchados, tentadores.
Se miraron a los ojos un
instante antes de que agachara la cabeza y los besara.
Fue como besar pétalos de
rosa calientes. Olía a rosas, también, y pasó por su mente que esta mujer
"rompepelotas" tenía la boca más suave, más dulce que alguna ver
había besado.
Ella la mantuvo
remilgadamente cerrada, del mismo modo que su cuerpo se tensó contra el suyo.
Él deslizó la lengua sobre su labio inferior, luego a lo largo del centro. A
ella ya no le quedaba una onza de obstinación, y se abrió para dejarle entrar.
Le gustaron sus besos
franceses lentos, pero cuidadosos. A muchas mujeres no les gustaba este tipo de
besos, pero Rocío no era escrupulosa, y no tenía ningún problema. Le dejó
tomarse todo el tiempo que él quiso, mientras su lengua se movía amablemente
contra la suya y la sangre rugía por su cuerpo.
Acunó sus pechos más
profundamente en sus manos, y comprendió que había estado tan implicado con su
boca que había olvidado atenderlos. Eran primordiales para él. Amablemente los
apretó. Ella se retorció contra de él y su boca se abrió más. Otra vez, él se
restregó contra sus pezones. Se pusieron aun más fruncidos, y quiso deslizar su
lengua sobre ellos, pero todavía no había tenido suficiente de su boca.
Y tal vez ella tampoco
parecía tener bastante porque sintió la punta de su lengua en su boca, y a
pesar de todo lo que se había estado jactando sobre lo semental que él era,
pensó que iba a explotar allí mismo.
Con un gemido, él la llevó
hacía la cama, ya que el cambio de superficie era la distracción que necesitaba
para no perder el control. Tenía que ver más, y, cuando se hundieron en el
colchón, aflojó el abrazo un par de centímetros.
Ella jadeaba, y su aliento
movía su pelo como una brisa primaveral caliente.
—¿Puedes quitarte la ropa
ahora?
Fue una apelación susurrada,
no una orden, y su mano se trasladó al botón de sus pantalones sueltos. Lo
abrió, pero estaba tan excitado que terminó tocando nerviosamente la cremallera
como un adolescente, y luego se distrajo al ver la forma que su pecho subía y
bajaba rápidamente. No podía dejar pasar ni un segundo más.
Apartándole una solapa de la
bata negra de seda con un dedo, fue poco a poco descubriendo su pecho. La dejó
ver su pezón, luego la apartó a un lado, dejándole el pecho expuesto a él, un
globo de mármol pálido, con venas azules y coronado con un brote arrugado color
albaricoque, todo eso enmarcado en una V de seda negra. Él se inclinó para
saborearlo.
Rochi notó su boca en su
pezón, y se quedó sin aliento. Sus labios se cerraron calurosamente alrededor
de ella. Su lengua la acariciaba de acá para allá. Ella sintió como si su
cuerpo fuera a emprender el vuelo, y se sujetó con los dedos a la cama, como
una especie de alivio sedoso para mantenerla anclada.
Él comenzó a chupar su
pecho.
Su cuerpo se estremeció de
fuego y hielo. Las lágrimas nublaron sus ojos. Quería que él lo hiciera para
siempre. Moriría si se detenía. Él ya no era un guapo vividor al que había
contratado para pasar la noche. En lugar de eso, él era su primer amante. Lento
y apacible. Infinitamente precioso.
Sus miembros se derretían en
la cama. Ella sintió la uña del dedo pulgar a través de la seda en su otro
pezón, y su cuerpo volvió a encenderse.
—No puedo... No puedo
soportar esto —dijo en tono sofocado.
En respuesta, él chupó más
profundamente. Tomó el otro pezón entre sus dedos y lo apretó.
Fue el dolor más dulce que
ella había sentido jamás. Las lágrimas caían por sus mejillas y chorreaban
encima de la almohada. Al borde del orgasmo, ella abrió las piernas e invitó a
su mano a ir hacia allá. Simplemente una caricia. Un sólo toque. Era todo lo
que necesitaba.
Él apretó otra vez, y ella
lanzó un pequeño sollozo.
Su cabeza subió, y él
frunció el ceño cuando vio sus lágrimas.
—¿Te hago daño?
Ella fue incapaz de
responder. En lugar de eso, yació allí de forma licenciosa, su pecho expuesto,
su pezón mojado y erguido, sus piernas abiertas bajo la seda arrugada.
Ella vio que sus pantalones
tenían la cremallera bajada, y estaba erecto, pero unos calzoncillos de seda
negra impedían que pudiera verlo mejor. Trató de tomar bastante aire para
decirle que no se detuviera, suplicarle que la acariciara otra vez, rogarle que
se quitara esos pantalones y quemara sus calzoncillos cortos negros.
Él se cambió al borde de la
cama y apartó la mano de su pecho.
—¿Qué dices de bajar un
poquito el ritmo y tomárnoslo con más clama? —su voz sonó ronca, como si sus
palabras pasaran a través de una estrecha abertura.
—¡No! —Ella se incorporó a
una posición sentada.
Él clavó los ojos en ella.
Ella se relamió los labios.
Se pasó la manga de la bata por sus ojos húmedos.
Respiraba agitadamente. La
bata abierta dejaba ver su pecho.
—No —plegó sus piernas bajo
ella—. Esto estaba bien.
—He perdido un poco el
control.
—Realmente. Digo, lo has
hecho, pero... A mí... Es decir, me gustó lo que estabas...
Cielos, ella balbuceaba.
Apartó la mirada para meditar retrospectivamente sobre la situación y se dio
cuenta que había música sonando. Respiró profundamente y siguió paseando la
vista por la habitación. Una cartera estaba sobre el tocador al lado de un
montoncito de monedas. Los calcetines estaban tirados en el suelo. Detrás de
ellos, la puerta del vestidor, a medias abierta.
Volvió a respirar
profundamente.
Había varios libros en la
mesita de noche, incluyendo un volumen de historia de Texas y una biografía de
Theodore Roosevelt. Algunas revistas de golf. Una de ellas estaba encima y la
foto de la portada le era familiar. Alguien que reconoció.
Diablos. Que ella conocía.
Miró más detenidamente y
sintió que la sangre se le helaba en las venas.
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