miércoles, 18 de abril de 2012

Capitulo III, Tercera Parte


Su mano caliente colocada en la curva de su espalda.
—Usaremos mi habitación. La cama es más grande, y a mí me gusta tener mucho espacio para maniobrar.
Alcanzaron el final de las escaleras.
—¡Vaya! Olvidé las cadenas en el coche.
Sus dedos casi rompieron el tallo de la copa de vino.
—¿Qué?
Él puso los ojos en blanco.
—Era una pequeña broma. Para que no me tomaras tan seriamente.
No hubo respuesta, aunque le hubiera gustado decirle que eso hacía que su estado fuera más agitado, pero controló su lengua.
Él la dirigió a través de la puerta, encendiendo un interruptor, oscureciéndolo luego un poco. Como el resto de la casa, esta habitación estaba decorada elegantemente.
El blanco "cáscara de huevo" jugaba con las sombras azul marino y verde oscuro. Todos los muebles parecían ser obras de arte... la mesa lisamente diseñada, un armario de altura imponente terminado en silverleaf, una cama artdeco con un cabecero de silverleaf.
Ella contempló la cama y pensó, Aquí es dónde va a o currir. Allí, bajo un cabecero diseñado para un museo, con un hombre al que pagaba para hacer el trabajo, finalmente perdería su virginidad. Repentinamente tuvo la sensación de ser la cosa más triste que alguna vez la había ocurrido.
—Yo... necesito utilizar el wc
—Ahí a la derecha —él movió el vino de la copa en su mano—. Hay una bata negra colgado en la puerta por detrás. ¿Por qué no te quitas tu ropa de catedrática y te lo pones antes de volver aquí?
Justo como en la consulta del médico, pensó ella.
—O puedo desnudarte yo... —dirigió su mano hacia los pequeños botones de perla en el cuello de su suéter.
Ella escapó al cuarto de baño.
Cuando la puerta se cerró de golpe, Gastón sonrió. Rocío podría ser todo seria y estirada, pero a él le divertía tremendamente.
—La sensación de la seda sobre la piel desnuda es fantástica —gritó él.
Silencio absoluto detrás de la puerta.
Él había descubierto que a Rocío le gustaba su pecho, así que se sacó la camiseta por la cabeza y la tiró a un lado. Después se deshizo de sus zapatos y los calcetines, pero no de sus pantalones, porque quería construir la anticipación... abrió el armario para encender el equipo estéreo y cogió un CD de Michael Bolton. No es qué le gustara mucho Michael Bolton, pero era buena música, y, a pesar de lo que había comentado hacía un rato, podría funcionar a pedir de boca con música de fondo. Cuando una balada romántica llenó el cuarto, decidió que la mejor parte de besuquearse con ella sería el hecho que ella no podría besar y dar órdenes al mismo tiempo. Pensar en esa boca disparó calor directamente a través de su cuerpo. Era gracioso que Rocío no fuera consciente del armamento que Dios le había dado. Sus amantes debían haber conservado ese secreto para ellos mismos.
Se sentó cómodamente en una de las cuatro confortables sillas de la habitación a terminarse su vino. Era un Borgoña blanco de 1995 realmente agradable. Lo bebió a sorbos con los ojos clavados en la puerta, deseando que se abriera.
No ocurrió, y finalmente comprendió que iba a tener que entrar a por ella. También se percató que la espera estaba teniendo un efecto peligroso en su libido. En lugar de apaciguarle, estaba más caliente que su juego corto en el último Open Western. Si no intentaba controlarse, no valdría un penique, mucho menos los treinta dólares que ella pensaba que le pagaría. Y todo por esa boca, sin mencionar el cuerpo curvilíneo que él apenas si había podido vislumbrar.
Colocó el vaso en la alfombra y fue a la puerta del cuarto de baño, golpeteó una vez con sus nudillos, luego abrió la puerta.
—¿Rocío?
Ella se levantó congelada del suelo del cuarto de baño, vestida con la bata de seda negra, sus ropas formaban un montón perfectamente doblado en la encimera del lavabo.
Oh, Señor.
Su bata se aferraba como agua caliente a cada una de sus curvas. Cuando la miró observó, dos brotes deliciosos apareciendo en la suave seda sobre sus senos. En ese instante, casi se perdió. Luego pudo ver que sus manos agarraban firmemente la bata en su lado, y notó que estaba verdaderamente nerviosa. Miró sus desgreñados rizos color oro y esos ojos de brandy caliente temerosos, lo que quedaba de su honor volvió inoportunamente a su cabeza, y sintió vergüenza de sí mismo.
—Sabes, Rocío, no tienes que hacer esto si realmente no quieres.
Su pequeña barbilla subió rápidamente, sus hombros se irguieron, y esos labios llenos se posicionaron en una línea terca.
—Tonterías.
Ella entró deprisa en el dormitorio, casi tumbándole cuando pasó rápidamente, y su simpatía se convirtió en irritación. Ella tenía algo que le irritaba desde la coronilla a los dedos de los pies.
Él la siguió al dormitorio.
Sus dedos agarraron firmemente el cinturón de su bata.
—Puedes proceder.
Él procedería, de acuerdo. Se pondría a trabajarse esa pequeña mente mandona.
Él desabrochó su cinturón de cuero, y Rochi miró la hebilla como si observara una bomba a punto de explotar. Él dejó colgando el cinturón en lugar de sacarlo de las presillas.
—Antes de que vayamos más lejos, necesito verte en mi mente.
Metió el pulgar en la cintura del pantalón, justo encima de la cremallera, y caminó hacía ella. Luego y con gran teatralidad, cerró los ojos y puso las manos en sus hombros.
Ella saltó, pero él esperaba eso, y no dejó que lo detuviera. En lugar de eso, simplemente dejó sus manos allí hasta que sintió que se relajaban sus músculos. Luego deslizó las palmas a lo largo de sus brazos.  Después de eso, empezó a ir donde quiso. Sobre la curva de su espalda. A lo largo de sus costillas. Demorándose en la curva exterior de sus caderas.
Ella se quedó de pie allí mientras la acariciaba a través de la seda. El guerrero valiente. Hasta que llegó a sus senos. Resbalaron en sus manos, calientes y redondeados. Ella recobró el aliento cuando él los acarició. Suspiró suavemente. Sus brazos subieron, y sus palmas se colocaron en su pecho desnudo de un modo que sacudió ruidosamente sus sentidos.
Él abrió los ojos y la contempló detenidamente. Una arruguita débil de concentración se había formado en el puente de su nariz. Él acarició ligeramente sus pezones con los pulgares. Estaban duros como brotes en flor.
Ella jadeó, y sus labios se abrieron. Esos labios hinchados, tentadores.
Se miraron a los ojos un instante antes de que agachara la cabeza y los besara.
Fue como besar pétalos de rosa calientes. Olía a rosas, también, y pasó por su mente que esta mujer "rompepelotas" tenía la boca más suave, más dulce que alguna ver había besado.
Ella la mantuvo remilgadamente cerrada, del mismo modo que su cuerpo se tensó contra el suyo. Él deslizó la lengua sobre su labio inferior, luego a lo largo del centro. A ella ya no le quedaba una onza de obstinación, y se abrió para dejarle entrar.
Le gustaron sus besos franceses lentos, pero cuidadosos. A muchas mujeres no les gustaba este tipo de besos, pero Rocío no era escrupulosa, y no tenía ningún problema. Le dejó tomarse todo el tiempo que él quiso, mientras su lengua se movía amablemente contra la suya y la sangre rugía por su cuerpo.
Acunó sus pechos más profundamente en sus manos, y comprendió que había estado tan implicado con su boca que había olvidado atenderlos. Eran primordiales para él. Amablemente los apretó. Ella se retorció contra de él y su boca se abrió más. Otra vez, él se restregó contra sus pezones. Se pusieron aun más fruncidos, y quiso deslizar su lengua sobre ellos, pero todavía no había tenido suficiente de su boca.
Y tal vez ella tampoco parecía tener bastante porque sintió la punta de su lengua en su boca, y a pesar de todo lo que se había estado jactando sobre lo semental que él era, pensó que iba a explotar allí mismo.
Con un gemido, él la llevó hacía la cama, ya que el cambio de superficie era la distracción que necesitaba para no perder el control. Tenía que ver más, y, cuando se hundieron en el colchón, aflojó el abrazo un par de centímetros.
Ella jadeaba, y su aliento movía su pelo como una brisa primaveral caliente.
—¿Puedes quitarte la ropa ahora?
Fue una apelación susurrada, no una orden, y su mano se trasladó al botón de sus pantalones sueltos. Lo abrió, pero estaba tan excitado que terminó tocando nerviosamente la cremallera como un adolescente, y luego se distrajo al ver la forma que su pecho subía y bajaba rápidamente. No podía dejar pasar ni un segundo más.
Apartándole una solapa de la bata negra de seda con un dedo, fue poco a poco descubriendo su pecho. La dejó ver su pezón, luego la apartó a un lado, dejándole el pecho expuesto a él, un globo de mármol pálido, con venas azules y coronado con un brote arrugado color albaricoque, todo eso enmarcado en una V de seda negra. Él se inclinó para saborearlo.
Rochi notó su boca en su pezón, y se quedó sin aliento. Sus labios se cerraron calurosamente alrededor de ella. Su lengua la acariciaba de acá para allá. Ella sintió como si su cuerpo fuera a emprender el vuelo, y se sujetó con los dedos a la cama, como una especie de alivio sedoso para mantenerla anclada.
Él comenzó a chupar su pecho.
Su cuerpo se estremeció de fuego y hielo. Las lágrimas nublaron sus ojos. Quería que él lo hiciera para siempre. Moriría si se detenía. Él ya no era un guapo vividor al que había contratado para pasar la noche. En lugar de eso, él era su primer amante. Lento y apacible. Infinitamente precioso.
Sus miembros se derretían en la cama. Ella sintió la uña del dedo pulgar a través de la seda en su otro pezón, y su cuerpo volvió a encenderse.
—No puedo... No puedo soportar esto —dijo en tono sofocado.
En respuesta, él chupó más profundamente. Tomó el otro pezón entre sus dedos y lo apretó.
Fue el dolor más dulce que ella había sentido jamás. Las lágrimas caían por sus mejillas y chorreaban encima de la almohada. Al borde del orgasmo, ella abrió las piernas e invitó a su mano a ir hacia allá. Simplemente una caricia. Un sólo toque. Era todo lo que necesitaba.
Él apretó otra vez, y ella lanzó un pequeño sollozo.
Su cabeza subió, y él frunció el ceño cuando vio sus lágrimas.
—¿Te hago daño?
Ella fue incapaz de responder. En lugar de eso, yació allí de forma licenciosa, su pecho expuesto, su pezón mojado y erguido, sus piernas abiertas bajo la seda arrugada.
Ella vio que sus pantalones tenían la cremallera bajada, y estaba erecto, pero unos calzoncillos de seda negra impedían que pudiera verlo mejor. Trató de tomar bastante aire para decirle que no se detuviera, suplicarle que la acariciara otra vez, rogarle que se quitara esos pantalones y quemara sus calzoncillos cortos negros.
Él se cambió al borde de la cama y apartó la mano de su pecho.
—¿Qué dices de bajar un poquito el ritmo y tomárnoslo con más clama? —su voz sonó ronca, como si sus palabras pasaran a través de una estrecha abertura.
—¡No! —Ella se incorporó a una posición sentada.
Él clavó los ojos en ella.
Ella se relamió los labios. Se pasó la manga de la bata por sus ojos húmedos.
Respiraba agitadamente. La bata abierta dejaba ver su pecho.
—No —plegó sus piernas bajo ella—. Esto estaba bien.
—He perdido un poco el control.
—Realmente. Digo, lo has hecho, pero... A mí... Es decir, me gustó lo que estabas...
Cielos, ella balbuceaba. Apartó la mirada para meditar retrospectivamente sobre la situación y se dio cuenta que había música sonando. Respiró profundamente y siguió paseando la vista por la habitación. Una cartera estaba sobre el tocador al lado de un montoncito de monedas. Los calcetines estaban tirados en el suelo. Detrás de ellos, la puerta del vestidor, a medias abierta.
Volvió a respirar profundamente.
Había varios libros en la mesita de noche, incluyendo un volumen de historia de Texas y una biografía de Theodore Roosevelt. Algunas revistas de golf. Una de ellas estaba encima y la foto de la portada le era familiar. Alguien que reconoció.
Diablos. Que ella conocía.
Miró más detenidamente y sintió que la sangre se le helaba en las venas.

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