viernes, 13 de abril de 2012

Segunda Parte, Capitulo Quince


Media hora más tarde, mientras Rochi colocaba el últi­mo de sus bollos de albaricoque en un cesto de mimbre, apa­reció Amy y le anunció que Troy y ella se quedarían en el dormitorio que Gastón había abandonado arriba para mu­darse a la casita de Rochi.
-Alguien tiene que dormir aquí por las noches -ex­plicó Amy-, y Gastón ha dicho que nos pagaría un extra. Es fantástico, ¿no?
-Está muy bien.
-Claro que no podremos hacer ruido, pero...
-Trae la mermelada, ¿quieres?
Ro no podía soportar seguir oyendo más detalles de la vida sexual de campeonato de Amy y Troy.
Pero Amy no quería abandonar, y mientras se acercaba a Rocío con la mayor seriedad, la luz mantecosa del sol de últi­ma hora de la tarde salpicó su cuello lleno de mordiscos de amor.
-Me parece que las cosas entre Gas y tú podrían fun­cionar si tú, simplemente, te esforzaras un poco más. Lo del perfume iba en serio. El sexo es muy importante para los hom­bres, y basta que utilices un poco...
Rocío le dejó los bollos a Amy y salió a toda prisa hacia la sala de estar.
Más tarde, cuando regresó a la casita, gas ya estaba allí. Estaba sentado en el viejo sofá inclinado de la sala con Cafre repantigado en el cojín, junto a él. Tenía los pies apoyados y un libro abierto en su regazo. Aunque parecía como si no tu­viera preocupaciones en el mundo, Rochi sabía la verdad.
Gas alzó la mirada al oírla entrar.
-Me gusta el personaje de Benny.
A Rochi le dio un vuelco el corazón al ver que estaba le­yendo Daphne dice hola. Y tenía a su lado los otros cuatro libros de la serie.
-¿De dónde los has sacado?
-Anoche, cuando fui al pueblo. Hay una tienda para ni­ños; básicamente es de ropa, aunque también venden libros y juguetes. Y tenían éstos en el escaparate. La dueña se emocio­nó bastante cuando le conté que tú estabas aquí. Este persona­je de Benny... -dijo golpeando la página con su dedo índice.
-Son libros para niños. No sé por qué te molestas en leerlos.
-Curiosidad. ¿Sabes?, hay un par de cosas sobre este Benny que me resultan familiares. Por ejemplo...
-¿Ah, sí? Pues gracias. Aunque son totalmente imagi­narios, intento darles a mis personajes unas cualidades con las que pueda sentirse identificado el lector.
-Sí, bueno, yo me puedo sentir identificado con Benny, claro -dijo mirando un dibujo de Benny luciendo unas gafas de sol muy parecidas a sus Rayban de montura plateada-. Hay algo que no entiendo... La dueña de la tienda me dijo que ha­bían recibido algunas presiones de una de sus clientas para quitar los libros del aparador porque eran pornográficos. Dime qué me he perdido.
Cafre bajó finalmente de un salto del sofá y se acercó a sa­ludarla. Rochi se agachó para acariciarlo.
-¿Has oído hablar de NHAH? ¿Niños Heterosexuales por una América Heterosexual?
-Claro. Le encuentran placer a ir fastidiando a gays y lesbianas. Todas las mujeres llevan el pelo largo y a los hom­bres se les ven demasiado los dientes cuando hablan.
-Exactamente. Y justamente ahora van fastidiando a mi conejita.
-¿Qué quieres decir?
Cafre volvió trotando hacia Gastón.
-Han tachado la serie de Daphne de propaganda ho­mosexual.
Gastón se echó a reír.
-No es broma. No le habían prestado ninguna atención a mis libros hasta que nos casamos, pero después de tantas historias sobre nosotros en la prensa, decidieron subirse al carro de la publicidad para ir a por mí.
Rocío se encontró contándole su conversación con Jimena y los cambios que Birdcage quería que hiciera en los li­bros de Daphne.
-Supongo que les dirías dónde podían meterse exacta­mente los cambios.
-No es tan sencillo. Tengo un contrato, y han apartado Daphne se cae de bruces de la lista de producción hasta que les envíe las nuevas ilustraciones. -No mencionó lo del res­to del dinero del anticipo que le debían-. Además, tampo­co es que colocar a Daphne unos centímetros más lejos de Melissa vaya a afectar a la historia.
-Entonces, ¿por qué todavía no has hecho los dibujos?
-He tenido problemas de... de bloqueo de escritora. Aunque la cosa ha mejorado mucho desde que estoy aquí.
-Entonces, ¿los harás?
A Ro no le gustó el tono de desaprobación de su voz.
-Es fácil mantener los principios cuando tienes unos millones de dólares en el banco, pero no los tengo.
-Ya.
Rochi se levantó y se dirigió a la cocina. Mientras sacaba una botella de vino, Cafre se restregó contra sus tobillos. Oyó que Gastón entraba detrás de ella.
-Ya volvemos a beber, ¿eh?
-Eres lo bastante corpulento como para desembara­zarte de mí si me desmadro.
-Pero procura que no pueda lesionarme el brazo de dar pases.
Rochi sonrió y escanció. Gas tomó el vaso que ella le ofreció y, sin tener que mediar palabra, salieron juntos al por­che. El columpio chirrió cuando Gastón se dejó caer junto a ella. Tomó un sorbo de vino y le dijo:
-Eres una buena escritora, Rochi. Comprendo que a los niños les gusten tus libros. Cuando dibujas a Benny, ¿no has notado nunca lo mucho que...?
-¿Qué ha pasado entre mi perro y tú?
-Ya me gustaría saberlo -dijo bajando la vista hacia el caniche, que se había tumbado sobre uno de sus pies-. Me ha seguido hasta aquí desde la casa de huéspedes. Créeme, yo no le he dado cuerda.
Rochi recordó que, en el huerto de plantas aromáticas, Cafre había notado el desasosiego que Gas había sentido con Julia. Aparentemente, se había creado un vínculo entre ellos, sólo que Gas no se había enterado.
-¿Cómo tienes la pierna? -preguntó.
-¿La pierna?
-¿Algún efecto posterior del calambre?
-Está... Me duele un poco. Mucho. Unos pinchazos cons­tantes. Y muy dolorosos. Tendré que tomar antiinflamato­rios. Aunque seguro que mañana ya estará mejor.
-Se acabó el nadar sola, ¿entendido? Va en serio. Ha sido una estupidez -dijo apoyando el brazo en la parte pos­terior de los cojines y lanzándole una mirada de «hablo­-muy-en-serio-insignificante-novato». Y, ya puestos, no intimes demasiado con Julia.
-No creo que tengas que preocuparte por eso. Por si no lo has notado, no me tiene en demasiada estima. Aun así, creo que deberías escucharla.
-Pues no lo haré. Es mi vida, Ro, y tú no entiendes nada sobre esto.
-Eso no es del todo cierto -dijo con cautela-. Yo tam­bién soy huérfana.
Gastón retiró el brazo.
-Nadie te llama huérfano cuando ya eres mayor de edad.
-El caso es que mi madre murió cuando yo tenía dos años, así que algo entiendo sobre sentirse desarraigado.
-Nuestras circunstancias no se parecen en nada, así que no trates de establecer comparaciones -dijo mirando hacia el bosque-. Yo tuve dos padres fantásticos. Tú no tuviste ninguno.
-Tuve a Mery y Nico.
-Entonces ya eras adolescente. Antes de eso, parece que te criaste sola.
Gas estaba desviando deliberadamente la conversa­ción. Rochi lo comprendió y se lo permitió.
-Sola con Julia Medina.
-¿De qué hablas?
-Yo era una fan suya, y sabía que tenía muchos hijos. Solía hacerme pasar por una de ellos -dijo sonriendo al ver el regocijo de Gastón-. Aunque haya quien pueda encon­trarlo patético, yo creo que era bastante creativo.
-Es original, sin duda.
-Entonces soñaba despierta con una muerte piadosa­mente indolora para Bartolomé, momento en el que me era mági­camente revelado que en realidad no era mi padre. Mi padre de verdad era...
-A ver si lo adivino. Bill Cosby.
-No estaba tan bien adaptada. Era Bruce Springsteen. Y sin comentarios, ¿vale?
-¿Para qué iba a hacer comentarios si Freud ya hizo el trabajo?
Rochi arrugó la nariz. Estaban sentados en un silencio sorprendentemente amigable, que sólo rompían los rítmicos ronquidos de Cafre. Pero a Rochi nunca se le había dado bien prolongar los buenos momentos.
-Sigo pensando que deberías escucharla.
-No se me ocurre un solo motivo para hacerlo.
-Porque no se marchará hasta que la escuches. Y porque será algo que planeará sobre tu cabeza el resto de tu vida.
Gas dejó su vaso.
-Tal vez te obstinas tanto en analizar mi vida para no deprimirte pensando en tus propias neurosis.
-Probablemente.
Gastón se levantó del columpio.
-¿Qué me dices de ir al pueblo a cenar?
Aquel día ya había pasado demasiado tiempo junto a él, pero no pudo soportar la idea de quedarse sola mientras él iba al pueblo a echar una canita al aire con la fräulein.
-De acuerdo. Déjame ir a por un jersey.
Mientras se dirigía a su dormitorio, Rochi se repitió lo que ya sabía. Salir a cenar con él era una idea pésima, tan pé­sima como estar los dos juntos tomando vino en el porche. Casi tan pésima como no insistir en que él durmiese bajo otro techo.
Aunque no le importaba impresionarle, decidió que un chal quedaría mejor con su vestido de verano que un jer­sey, y sacó de un tirón el brillante mantel rojo que había des­cubierto en el cajón inferior de la cómoda. Mientras lo desplegaba, advirtió algo extraño en la mesilla de noche, al­go que no estaba allí antes y que sin ninguna duda no era suyo.
-¡Aaaaaargh!
Gastón entró disparado en la habitación.
-¿Qué sucede?
-¡Mira eso! -dijo señalando el botellín de perfume de supermercado-. ¡La muy... marrana me meto en todo!
-¿De qué estás hablando?
-¡Amy ha dejado aquí ese perfume! -exclamó dándo­se media vuelta para mirarle-. ¡Muérdeme!
-¿Por qué te enfadas conmigo? Yo no he hecho nada.
-¡No! Muérdeme. Déjame un chupetón aquí-dijo se­ñalándose con el dedo un punto a pocos centímetros de la cla­vícula.
-¿Quieres que te haga un chupetón?
-¿Estás sordo?
-Sólo estupefacto.
-No se lo puedo pedir a nadie más, y no me es posible seguir soportando ni un día más los consejos matrimoniales de una ninfómana de diecinueve años. Con esto se acabará todo.
-La verdad es que con unas patatas fritas serías un au­téntico «Happy Meal».
-Adelante. Búrlate de mí. A ti no te trata con la misma condescendencia que a mí.
-Olvídalo. No pienso hacerte un chupetón.
-Vale. Ya me buscaré a otro que lo haga.
-¡Ni hablar!
-Tiempos desesperados exigen medidas desesperadas.
Se lo pediré a Jacinta.
-Qué desagradable.
-Ya sabe cómo se comportan los tortolitos. Lo com­prenderá.
-Sólo de pensar en esa mujer mordiéndote el cuello se me ha quitado el apetito. ¿Y no te dará vergüenza ir enseñando el moratón cuando haya otra gente cerca?
-Me pondré algo que tenga cuello para ocultarlo.
-Y cuando veas a Amy te lo destaparás.
-Vale, no me siento orgullosa de mí misma. Pero si no hago algo, acabaré estrangulándola.
-Sólo es una adolescente. ¿Por qué te importa tanto?
-Bueno, olvídalo.
-¿Y tener que verte correr detrás de Jacinta Long?
-Su voz adquirió cierta ronquera-. De eso nada.
Rochi tragó saliva.
-¿Lo harás tú?
-Supongo que tengo que hacerlo.
«Ay, madre...» Rochi cerró los ojos con fuerza e inclinó el cuello hacia él. El corazón le latía fuerte. ¿Qué se suponía que estaba haciendo?
Nada, aparentemente, porque él no la tocaba. Rocío abrió los ojos y pestañeo­
-¿No podrías darte prisa?
Gas no la tocaba, pero tampoco se apartaba. Santo cie­lo, ¿por qué tenía que ser tan atractivo? ¿Por qué no podía tener la piel arrugada y un buen barrigón en lugar de ser un anuncio ambulante de cuerpos atléticos?
-¿A qué esperas?
-No le he hecho un chupetón a una chica desde los ca­torce.
-Estoy segura de que te acordarás si te concentras.
-El problema no es la concentración.
La chispa de aquellos ojos verdes indicaba que el com­portamiento de Ro estaba justo en el límite entre la ex­centricidad y la locura. Su estallido de mal genio se había disipado. Tenía que salir de aquella situación.
-Bah, no importa.
Rocío se volvió para marcharse, pero Gas la cogió por el brazo. Al notar el tacto de los dedos de Gastón sobre su piel se estremeció.
-Yo no he dicho que no vaya a hacerlo. Sólo tengo que calentarme un poco.
 Aunque hubiera tenido fuego en los pies, Rochi no po­dría haberse movido.
-No puedo simplemente embestir y morder. -El pul­gar de Gastón le acarició el brazo-. No va conmigo.
A Rochi se le puso la carne de gallina cuando Gas re­corrió su cuello con un dedo.
-No pasa nada. Embiste y muerde-dijo con voz áspera.
-Soy un deportista profesional -dijo mientras traza­ba lentamente una S en la base de su garganta. Sus palabras eran como una caricia seductora-. La ausencia de un calen­tamiento adecuado puede provocar lesiones.
-Así que era eso, ¿eh? Las... lesiones.
Gastón no respondió, y Rocío contuvo la respiración al notar que su boca se acercaba. Tuvo un sobresalto cuando los labios de Gas acariciaron la comisura de los suyos.
Ni siquiera había sido un impacto directo, pero a ella se le derritieron los huesos. Oyó un sonido suave e indescifra­ble y se dio cuenta de que lo producía ella misma, la mujer más fácil del planeta Tierra.
Gastón la acercó a su lado con un movimiento suave, pero el contacto hizo saltar chispas. Hueso duro y carne ca­liente. Rochi quería toda su boca, y giró la cabeza en su bus­ca, pero él alteró el rumbo. En vez de darle el beso que ella estaba deseando, Gas tocó la comisura opuesta de sus labios.
La sangre de Ro palpitaba. Los labios de Gastón siguie­ron por la mandíbula hasta el cuello. Entonces se dispuso a hacer exactamente lo que ella le había pedido.
« ¡He cambiado de idea! ¡No me muerdas, por favor!»
Gastón no la mordió. Jugueteó con su garganta hasta que su respiración se volvió rápida y superficial. Rochi le detes­tó por atormentarla de aquella manera, pero no lograba apar­tarse de él. Y entonces, Gas dio por finalizado el juego y la besó de verdad.
El mundo giró y todo se volvió patas arriba. Los brazos de Gastón la mecían como si ella le perteneciera realmente. Ro no supo quién separó antes los labios, pero sus len­guas se tocaron.
Era el beso dado en sueños solitarios. Un beso que re­quería su tiempo. Un beso que sentaba tan bien que Rochi no podía recordar todos los motivos por los que estaba mal.
La mano de Gas peinó sus cabellos, y sus duras cade­ras se apretaron contra las de Rocío. Notó lo que había pro­vocado en él y le encantó. Sintió un hormigueo en el pecho cuando Gas lo cubrió con la mano.
Gastón gritó y apartó bruscamente la mano.
-¡Maldita sea!
Rocío dio un paso atrás e instintivamente comprobó que a su pecho no le hubieran salido dientes. Pero no era su pecho. Gas miró hacia abajo: los afilados colmillos de Cafre apretaban su pierna.
-¡Quita, chucho!
Ro volvió de golpe y porrazo a la realidad. ¿Qué se suponía que hacía jugando a besitos con el señor Demasia­do Atractivo? Y ni siquiera podía culparle porque las cosas se hubieran salido de madre porque había sido ella la que lo había empezado.
-Basta, Cafre.
Desconcertada, Ro apartó al perro.
-¿Nunca le limas los dientes al «klingon»?
-No te estaba atacando. Sólo quería jugar.
-¿Sí? ¡Pues igual que yo!
Un largo silencio palpitó entre ellos.
Rochi quería que fuera él el primero en apartar la mira­da, pero no lo hizo, así que ella miró hacia atrás. Era des­concertante. Mientras ella parecía que se escondiera bajo las sábanas, Gas parecía perfectamente capaz de quedarse en pie toda la tarde y considerar detenidamente el asunto. Rochi todavía sentía el calor de su mano en el pecho.
-Esto se está complicando -dijo Gastón finalmente.
Tenía enfrente a la NFL, así que no dio importancia a que se le aflojaran las piernas.
-No para mí. Besas muy bien, por cierto. Muchos de­portistas no entienden la diferencia entre besar y morder.
-Nunca dejas de discutir, Daphne. ¿Qué hacemos? ¿Va­mos a que nos den de cenar? ¿O volvemos a probar lo del chupetón que tanto deseas?
-Olvídate del chupetón. A veces la cura es peor que la enfermedad.
-Y a veces las conejitas se convierten en gallinas.
Rochi no iba a ganar ese juego, así que alzó la nariz como la rica heredera que no era, tomó el mantel rojo y se lo en­volvió sobre los hombros.

1 comentario: