Rochi dejó caer el pelador
de patatas por tercera vez. Era un instrumento alemán plano de avanzada tecnología.
Se mordió el labio y volvió su atención a las zanahorias. En algunas horas más
estarían terminadas.
—¿Cómo van esas patatas?
Ella dejó caer el pelador
por cuarta vez y se dio la vuelta.
Él sonrió abiertamente
mientras caminaba con su andar perezoso hacía ella.
Ella miró los pantalones
anchos color café claro que él se había puesto mientras ella estada tratando de
dormir una siesta, junto con una camisa negra de polo con un logotipo de
American Express. Esos colores combinados con su rubio y su piel bronceada
hacían un contraste impresionante con su mirada verde.
Él abrió la puerta del
horno, cogió un cuchillo, y pinchó las patatas.
—Estarán pronto hechas. ¿Has
preparado el pollo?
—¿El Pollo? —se había
olvidado completamente del pollo.
Él se enderezó e inclinó la
cabeza hacia las zanahorias que ella estaba pelando.
—Si Bugs Bunny acierta a
caer de visita para cenar, va a ser un conejo feliz.
Ella parpadeó y miró hacia
abajo. En lugar de pelar simplemente unas cuantas, había pelado la bolsa entera.
Más que suficiente para una docena de ensaladas.
Él le dedicó una sonrisa
abierta conocedora, y la echó a un lado. En cierta forma una lata de harina
apareció, junto con una tarrina de mantequilla. Con un golpecito lento de su
mano, sacó el pollo y lo colocó echando humo en la cacerola.
—Échale un vistazo mientras
voy a por el vino.
Ella clavó los ojos en el
pollo. Su pulso saltaba, y su estómago estaba tan revuelto que lo notaba en los
dedos del pie. Por un momento la extensión de lo que estaba perdiendo la
abrumó, después de una década de sueños acerca de un marido cómodo, estudioso,
con coderas de cuero en su chaqueta y manchas de tinta en sus dedos. Otras
mujeres podrían soñar acerca de domesticar a algún sinvergüenza elegante con
espeso pelo rubio, un cuerpo magnífico, y ojos verdes, pero eso nunca había
sido lo que ella quería.
Gastón regresó del garaje
con una botella y bajó el fuego del pollo, el cual comenzaba a echar humo.
—Rocío, o consigues
relajarte o vas a estar muerta de los nervios antes de que consigamos llegar al
dormitorio.
—¡Estoy relajada!
¡Perfectamente relajada! —ella aspiró profundamente cuando se percató de lo
tonta que sonaba cuando era obvio que estaba tan tensa como el corcho en esa
botella de vino que él llevaba.— Por favor llámame Rochi.
—Ajá. ¿Si dices que estás
tan relajada, por qué das un respingo cada vez que te miro?
—¡No doy respingos!
Ella tragó cuando miró sus
manos girar el sacacorchos, tomándose todo el tiempo del mundo. Pensó en esas
manos perezosas demorándose con ella, luego se recordó que no había ninguna
mancha de tinta sobre su pulgar, ningún callo de lápiz en aquellos dedos finos
y largos.
—Bien, de acuerdo. Te
propongo una prueba.
Él tiró fuertemente del
corcho, cogió varias copas exquisitas de cristal de una alacena encima de la
vitrocerámica, y echó el vino.
—Esto es lo que vamos a
hacer. Simplemente, presta atención. Yo toco una de las partes de tu cuerpo, y
mientras lo hago, tú tienes que permanecer perfectamente quieta. Si das un
respingo, tú pierdes y yo gano.
—¿Tienes que tocarme?
—La parte del cuerpo de mi
elección.
—Oh, no creo que sea una
buena idea.
—Al contrario, es una idea
excelente.
Él le dio una copa de vino.
Sus dedos se tocaron, y ella saltó.
—Has perdido.
El triunfo brilló en sus
ojos.
—¡Esto no vale!
—¿Por qué no?
—Porque. . . cuando dijiste
que tocarías mi cuerpo... yo, naturalmente pensé...
Él levantó una ceja.
—¿Pensaste qué, Rocío?
—¡Simplemente Rochi!
Pensé... Oh, no importa —agarró rápidamente un pepino—. Tienes razón. Estoy un
poco nerviosa. Pero esto es normal. Yo nunca... yo nunca he hecho algo como
esto.
Miró fijamente el pepino que
apretaba entre sus manos, comprendió lo que era, y lo dejó caer como si fuera
una de las patatas del horno.
Él se rió entre dientes.
—¿Nunca has alquilado un
hombre para una noche?
—Oh, por Dios... ¿Tienes que
decirlo así?
—Me he esmerado en decirlo
finamente —quitó el pollo—. ¿Por qué no dejas a la catedrática que llevas
dentro fuera y terminas esa ensalada? Así podremos comer.
Ella se obligó a concentrarse,
y, después de algunos pasos en falso más, estaban sentadas en una mesa de
comedor de cristal soportada por un par de pedestales negros lisos de mármol.
Los servicios de mesa individuales parecieron haberse materializado de la nada:
alfombrillas blancas con servilletas de hilo a juego, porcelana china azul y
oro... Su compañero ciertamente sabía cómo escoger a sus amigos. Ella había
encontrado a algunos de los colegas de Gastón en Inglaterra, y no le habían
gustado... los hermosos hombres sin dinero que cambiaron el encanto por la
hospitalidad de sus amigos.
La idea de comer la
asqueaba, así que tomó un sorbo de vino. Era maravilloso, fragante y obviamente
caro. Él comenzó a comer, y ella pudo ver que el nerviosismo no interfería en
su apetito. Ella tomó un pedacito de patata asada al horno. Se la metió en la
boca.
Él parecía perfectamente
confortable con el silencio, pero ella no. Tal vez alguna conversación la
relajaría.
—Su amigo tiene un gusto
exquisito.
Él contempló alrededor del
comedor lujoso como si lo viera por primera vez.
—Supongo. Algunos posters de
deportes no estarían mal. Unos cuantos de La—Z—Boys en la sala de estar. Y una
TV de pantalla gigante para ver la ESPN mientras comemos.
Su tono despreocupado la
molestó, aunque él probablemente no fuera mala persona, simplemente demasiado
perezoso para hacer algo de él mismo. Tal vez nadie se había molestado en
aconsejarle un mejor camino.
—¿Has pensado alguna vez en
cambiar la manera cómo te ganas la vida? —le preguntó.
—Realmente no —pinchó en su
pollo—. El servicio de acompañantes me va perfectamente.
Ella sucumbió a su instinto
natural de ayudar a otros a formar su carácter.
—¿Entonces no es un problema
para ti cuando alguien te pregunta a qué te dedicas y dices que eres
simplemente un acompañante?
—¿Problema?
—La gente debe saber que
esto es... bueno, perdóname si soy demasiado pretenciosa, pero se llama...
bueno... Un gigoló.
—¡Un Gigoló!
Ella no había tenido la
intención de ser grosera, y comenzó a enmarcar una disculpa, sólo para hacerle
sonreír abiertamente.
—Un gigoló. Me gusta eso.
—Eso es un término
peyorativo —se sintió obligada a apuntar.
—Tal vez en ese estado
socialista dónde vives, pero no aquí en la tierra de la libertad, en casa de
los valientes, la gente tiene respeto por un hombre que está dispuesto a hacer
con su vida un buen trabajo atendiendo a damas solas.
—¡Yo no estoy sola!
—O las que están sexualmente
frustradas.
Ella abrió la boca para
negarlo, pero la volvió a cerrar. Le dejaría que pensara lo que quisiera.
Además, a ella sexualmente la frustraron, ese era el motivo para usar sus
servicios. Ella buscó palpando su copa.
Él cortó con su cuchillo un
segundo trozo de pollo, y ella notó que él tenía unos modales en la mesa
excelentes. A pesar de todo, él lo realizaba con una combinación de gracia
perezosa y movimiento mínimo.
Demasiadas veces en su vida
ella había dejado a un lado sus propios deseos en deferencia hacia otros, pero
esta noche estaba decidida a no hacer eso, y se fortaleció pues lo que
necesitaba era decisión.
—Esta noche... Durante
nuestra... Nuestra interacción... Quiero asegurarme que entiendes que puedo
poner fin a los procedimientos en cualquier momento.
—Oh, eso no es un problema
en absoluto.
—Bien.
—Porque no me imagino que
quieras poner fin al procedimiento tú sola. A menos que, claro está, seas una
lesbiana. Y, de todos modos...
—No soy lesbiana.
Él tuvo el descaro de
parecer decepcionado.
Ella siguió adelante.
—Simplemente creo que más
vale que establezcamos ciertas reglas básicas.
Él suspiró.
—Soy, después de todo, la
clienta, y como la clienta...
—¿Vas a comerte esa patata o
simplemente la vas a acuchillar?
Ella clavó el tenedor en su
patata.
—Simplemente advierto...
—Arriba.
—¿Qué?
—Continuamos arriba
—retrocedió su silla y se levantó de la mesa—. Puedo ver que no voy a disfrutar
de la comida hasta que no terminemos nuestro negocio.
Ella contempló su plato
vacío.
Él gesticuló hacia su copa.
—Puedes llevártela, si lo
deseas. O te la puedo llevar yo, como mis atribuciones como acompañante. Sé cuánto
te gusta que la gente lleve tus cosas por ti.
—Puedo llevar mi copa —se la
arrebató—. Eso eran mis maletas que...
Antes de que pudiera
terminar, estaba en cierta forma de pie y siendo timoneada hacia las escaleras.
pobre! lo que sufre esta chica jajaja
ResponderEliminaray noo tengo ganas de leer el siguiente aver lo k pasa
ResponderEliminarjajajajaja pero bueee... Rochi esta mas qe nerviosa. va a sufrir un ataque cardiaco.. y Gas con toda la obra montada.. no puede gozar mas... jajaja-. me mata... ya espero el siguienteeee... un beso
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