jueves, 12 de abril de 2012

Capitulo III, Segunda Parte


Rochi dejó caer el pelador de patatas por tercera vez. Era un instrumento alemán plano de avanzada tecnología. Se mordió el labio y volvió su atención a las zanahorias. En algunas horas más estarían terminadas.
—¿Cómo van esas patatas?
Ella dejó caer el pelador por cuarta vez y se dio la vuelta.
Él sonrió abiertamente mientras caminaba con su andar perezoso hacía ella.
Ella miró los pantalones anchos color café claro que él se había puesto mientras ella estada tratando de dormir una siesta, junto con una camisa negra de polo con un logotipo de American Express. Esos colores combinados con su rubio y su piel bronceada hacían un contraste impresionante con su mirada verde.
Él abrió la puerta del horno, cogió un cuchillo, y pinchó las patatas.
—Estarán pronto hechas. ¿Has preparado el pollo?
—¿El Pollo? —se había olvidado completamente del pollo.
Él se enderezó e inclinó la cabeza hacia las zanahorias que ella estaba pelando.
—Si Bugs Bunny acierta a caer de visita para cenar, va a ser un conejo feliz.
Ella parpadeó y miró hacia abajo. En lugar de pelar simplemente unas cuantas, había pelado la bolsa entera. Más que suficiente para una docena de ensaladas.
Él le dedicó una sonrisa abierta conocedora, y la echó a un lado. En cierta forma una lata de harina apareció, junto con una tarrina de mantequilla. Con un golpecito lento de su mano, sacó el pollo y lo colocó echando humo en la cacerola.
—Échale un vistazo mientras voy a por el vino.
Ella clavó los ojos en el pollo. Su pulso saltaba, y su estómago estaba tan revuelto que lo notaba en los dedos del pie. Por un momento la extensión de lo que estaba perdiendo la abrumó, después de una década de sueños acerca de un marido cómodo, estudioso, con coderas de cuero en su chaqueta y manchas de tinta en sus dedos. Otras mujeres podrían soñar acerca de domesticar a algún sinvergüenza elegante con espeso pelo rubio, un cuerpo magnífico, y ojos verdes, pero eso nunca había sido lo que ella quería.
Gastón regresó del garaje con una botella y bajó el fuego del pollo, el cual comenzaba a echar humo.
—Rocío, o consigues relajarte o vas a estar muerta de los nervios antes de que consigamos llegar al dormitorio.
—¡Estoy relajada! ¡Perfectamente relajada! —ella aspiró profundamente cuando se percató de lo tonta que sonaba cuando era obvio que estaba tan tensa como el corcho en esa botella de vino que él llevaba.— Por favor llámame Rochi.
—Ajá. ¿Si dices que estás tan relajada, por qué das un respingo cada vez que te miro?
—¡No doy respingos!
Ella tragó cuando miró sus manos girar el sacacorchos, tomándose todo el tiempo del mundo. Pensó en esas manos perezosas demorándose con ella, luego se recordó que no había ninguna mancha de tinta sobre su pulgar, ningún callo de lápiz en aquellos dedos finos y largos.
—Bien, de acuerdo. Te propongo una prueba.
Él tiró fuertemente del corcho, cogió varias copas exquisitas de cristal de una alacena encima de la vitrocerámica, y echó el vino.
—Esto es lo que vamos a hacer. Simplemente, presta atención. Yo toco una de las partes de tu cuerpo, y mientras lo hago, tú tienes que permanecer perfectamente quieta. Si das un respingo, tú pierdes y yo gano.
—¿Tienes que tocarme?
—La parte del cuerpo de mi elección.
—Oh, no creo que sea una buena idea.
—Al contrario, es una idea excelente.
Él le dio una copa de vino. Sus dedos se tocaron, y ella saltó.
—Has perdido.
El triunfo brilló en sus ojos.
—¡Esto no vale!
—¿Por qué no?
—Porque. . . cuando dijiste que tocarías mi cuerpo... yo, naturalmente pensé...
Él levantó una ceja.
—¿Pensaste qué, Rocío?
—¡Simplemente Rochi! Pensé... Oh, no importa —agarró rápidamente un pepino—. Tienes razón. Estoy un poco nerviosa. Pero esto es normal. Yo nunca... yo nunca he hecho algo como esto.
Miró fijamente el pepino que apretaba entre sus manos, comprendió lo que era, y lo dejó caer como si fuera una de las patatas del horno.
Él se rió entre dientes.
—¿Nunca has alquilado un hombre para una noche?
—Oh, por Dios... ¿Tienes que decirlo así?
—Me he esmerado en decirlo finamente —quitó el pollo—. ¿Por qué no dejas a la catedrática que llevas dentro fuera y terminas esa ensalada? Así podremos comer.
Ella se obligó a concentrarse, y, después de algunos pasos en falso más, estaban sentadas en una mesa de comedor de cristal soportada por un par de pedestales negros lisos de mármol. Los servicios de mesa individuales parecieron haberse materializado de la nada: alfombrillas blancas con servilletas de hilo a juego, porcelana china azul y oro... Su compañero ciertamente sabía cómo escoger a sus amigos. Ella había encontrado a algunos de los colegas de Gastón en Inglaterra, y no le habían gustado... los hermosos hombres sin dinero que cambiaron el encanto por la hospitalidad de sus amigos.
La idea de comer la asqueaba, así que tomó un sorbo de vino. Era maravilloso, fragante y obviamente caro. Él comenzó a comer, y ella pudo ver que el nerviosismo no interfería en su apetito. Ella tomó un pedacito de patata asada al horno. Se la metió en la boca.
Él parecía perfectamente confortable con el silencio, pero ella no. Tal vez alguna conversación la relajaría.
—Su amigo tiene un gusto exquisito.
Él contempló alrededor del comedor lujoso como si lo viera por primera vez.
—Supongo. Algunos posters de deportes no estarían mal. Unos cuantos de La—Z—Boys en la sala de estar. Y una TV de pantalla gigante para ver la ESPN mientras comemos.
Su tono despreocupado la molestó, aunque él probablemente no fuera mala persona, simplemente demasiado perezoso para hacer algo de él mismo. Tal vez nadie se había molestado en aconsejarle un mejor camino.
—¿Has pensado alguna vez en cambiar la manera cómo te ganas la vida? —le preguntó.
—Realmente no —pinchó en su pollo—. El servicio de acompañantes me va perfectamente.
Ella sucumbió a su instinto natural de ayudar a otros a formar su carácter.
—¿Entonces no es un problema para ti cuando alguien te pregunta a qué te dedicas y dices que eres simplemente un acompañante?
—¿Problema?
—La gente debe saber que esto es... bueno, perdóname si soy demasiado pretenciosa, pero se llama... bueno... Un gigoló.
—¡Un Gigoló!
Ella no había tenido la intención de ser grosera, y comenzó a enmarcar una disculpa, sólo para hacerle sonreír abiertamente.
—Un gigoló. Me gusta eso.
—Eso es un término peyorativo —se sintió obligada a apuntar.
—Tal vez en ese estado socialista dónde vives, pero no aquí en la tierra de la libertad, en casa de los valientes, la gente tiene respeto por un hombre que está dispuesto a hacer con su vida un buen trabajo atendiendo a damas solas.
—¡Yo no estoy sola!
—O las que están sexualmente frustradas.
Ella abrió la boca para negarlo, pero la volvió a cerrar. Le dejaría que pensara lo que quisiera. Además, a ella sexualmente la frustraron, ese era el motivo para usar sus servicios. Ella buscó palpando su copa.
Él cortó con su cuchillo un segundo trozo de pollo, y ella notó que él tenía unos modales en la mesa excelentes. A pesar de todo, él lo realizaba con una combinación de gracia perezosa y movimiento mínimo.
Demasiadas veces en su vida ella había dejado a un lado sus propios deseos en deferencia hacia otros, pero esta noche estaba decidida a no hacer eso, y se fortaleció pues lo que necesitaba era decisión.
—Esta noche... Durante nuestra... Nuestra interacción... Quiero asegurarme que entiendes que puedo poner fin a los procedimientos en cualquier momento.
—Oh, eso no es un problema en absoluto.
—Bien.
—Porque no me imagino que quieras poner fin al procedimiento tú sola. A menos que, claro está, seas una lesbiana. Y, de todos modos...
—No soy lesbiana.
Él tuvo el descaro de parecer decepcionado.
Ella siguió adelante.
—Simplemente creo que más vale que establezcamos ciertas reglas básicas.
Él suspiró.
—Soy, después de todo, la clienta, y como la clienta...
—¿Vas a comerte esa patata o simplemente la vas a acuchillar?
Ella clavó el tenedor en su patata.
—Simplemente advierto...
—Arriba.
—¿Qué?
—Continuamos arriba —retrocedió su silla y se levantó de la mesa—. Puedo ver que no voy a disfrutar de la comida hasta que no terminemos nuestro negocio.
Ella contempló su plato vacío.
Él gesticuló hacia su copa.
—Puedes llevártela, si lo deseas. O te la puedo llevar yo, como mis atribuciones como acompañante. Sé cuánto te gusta que la gente lleve tus cosas por ti.
—Puedo llevar mi copa —se la arrebató—. Eso eran mis maletas que...
Antes de que pudiera terminar, estaba en cierta forma de pie y siendo timoneada hacia las escaleras.

3 comentarios:

  1. pobre! lo que sufre esta chica jajaja

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  2. ay noo tengo ganas de leer el siguiente aver lo k pasa

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  3. jajajajaja pero bueee... Rochi esta mas qe nerviosa. va a sufrir un ataque cardiaco.. y Gas con toda la obra montada.. no puede gozar mas... jajaja-. me mata... ya espero el siguienteeee... un beso

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